Yo estaba solo con mi melancolía —sutil, disimulada en los claroscuros de las enredaderas de mi jardín bajo la luz intensa del verano tropical— cuando la poesía me trajo a un amigo desde el siglo VIII del antiguo Japón.

A través de grandes distancias culturales, geográficas e históricas, pero no humanas, Otomo Yakamochi (¿718? – 785) me habló con su voz cargada de tristeza, lamento y duelo, pero también de sensibilidad estética, consolación naturalista, añoranza amorosa y esperanza minimalista.

En Navidad empecé a leer los poemas clásicos japoneses seleccionados y traducidos por Carlos Rubio en El pájaro y la flor (Madrid: Alianza Editorial, 2011). En una mañana cálida y límpida de enero me encontré con el primer poema de Yakamochi.

Primero lo leí en japonés, gracias a la transliteración de Rubio, disfrutando la sonoridad de los versos y la estructura rítmica del género tanka (cinco versos de 5-7-5-7-7 sílabas), ¡aunque sin entender nada!, excepto la palabra hana, flor. Luego leí la bellísima traducción al castellano:

En el jardín

que ella tanto miraba

ya se ven flores.

Mas sin secarse siguen

estas lágrimas mías.

Yo llevaba más de un mes observando las flores de pétalos morados y estambres blanco y violeta que se abrían en la Passiflora alata de mi jardín. Había sembrado la planta en compañía de una Oréade y yo seguía preguntándome por qué la enredadera había empezado a florecer justo cuando ya no la veríamos juntos.

Andaba yo en ese suspirar cuando llegó Yakamochi a través de los siglos a decirme que él entendía mi sentir. Y sucedió también al revés: él me contó su sentir y yo lo comprendí en mis entrañas

Por ello la acotación de Rubio al poema me estremeció: “Compuesto tras la muerte de su primera esposa”. Tuve la corazonada de que nacía una relación solidaria. La sensación se profundizó con los dos siguientes poemas, también de duelo, uno otoñal y otro primaveral. En ambos aparecía la palabra kokoro. En el primero, el corazón nostálgico del poeta se reflejaba en el monte de Kasuga, vestido de otoño. En el segundo, el corazón es un ave solitaria:

En la serena

luz de la primavera

sube una alondra.

El corazón, qué triste,

solo en sus pensamientos.

En mi jardín neotropical no hay alondras euroasiáticas, pero sí anidan los comemaíz (Zonotrichia capensis), tan hermosos como el ave que despertaba las saudades en el corazón sentipensante del poeta nipón.

Quise saber más sobre él y sobre la mujer que le dejó tal vacío interior, caverna emocional y manantial literario al mismo tiempo. En la página de Poetry Foundation encontré un tanka traducido al inglés, “Now The Season Turns”, imbuido de pesadumbre, en el cual las brisas otoñales dan paso a los vientos invernales y el hombre solo (hitori) se prepara para vivir largas noches de insomnio.

El traductor, Sam Hamill, señala que es un poema del otoño del 739. Se publicó en la primera antología imperial de poesía, Man’yooshuu, compilada por el mismo Otomo Yakamochi. En la antología se apuntaba que el poema se escribió “después de la muerte de la concubina del poeta”.

Hamill explica que la palabra hitori significa “soltero”, además de “solo”. Ese detalle da discreción al poema. La mujer que falleció fue la madre de al menos uno de los hijos del poeta. Los editores de la antología, en deferencia a la esposa y la familia Otomo, la llamaron “concubina”. “En todas casas cuecen habas; y en la mía, a calderadas” diría Cervantes (El Quijote II 13).

Yakamochi además fungió como kokushi o gobernador provincial en la actual prefectura de Niigata y que allí, lejos de la capital imperial y de su familia, vivió su época más prolífica como poeta

Con esas habas en cocción, empecé a imaginarme la historia sobre cómo y por qué añoraba tanto la presencia de aquella mujer amada.

Pero no todo es tristeza en su poesía. Hamill agrega que en el poema se intuye que el hitori enfrentará sus largas noches con perseverancia. Y hace pocos días yo mismo, ya en Brooklyn, al caminar bajo una nevada, recordé un poema esperanzador traducido por Rubio:

Como estos copos,

los primeros que caen

de Año Nuevo,

ojalá se acumulen

miles de cosas buenas.

¡Ojalá! ¡Oxalá! ¡Insh’Allah!”, pensé. Aunque en enero, allá en el trópico, no vi copos de nieve, sí los he visto aquí, abundantes y acompañados de granizo, en febrero y marzo, y deseo que así mismo se acumulen las bondades.

Rubio comenta que el poema fue compuesto el día de año nuevo del 759 en Inaba, Niigata, “cuando el poeta ya había caído en desgracia”. Resulta que Yakamochi se metió en intrigas políticas con respecto al poder imperial, apoyó al lado perdedor y acabó sus días de servicio en un rango inferior al de su padre estadista. ¡Ay, mi muchacho! A pesar del relativo ostracismo, sin embargo, fue capaz de ver esperanza en una nevada invernal.

Y en su vida se habían cocido aún más habas amorosas. El pájaro y la flor incluye un poema de la dama Kasa, dirigido justamente a Yakamochi:

Me desvanezco

entre los pensamientos

como el rocío

entre las altas hierbas.

¡Oh, jardín tenebroso!

Rubio apunta que es uno de los veintinueve poemas de amor que Kasa le escribió a Yakamochi. ¡A mi muchacho lo amaban con pasión! ¿Quizá con obsesión? En todo caso, le dedicaban poesía tan melancólica como la suya y él dejó el rastro de sus amores poéticos para nuestro deleite.

Ruleta Rusa agradece a nuestra revista hermana Suburbano.net las facilidades para la publicación de este texto.

  • Ilustración: Kitagawa Utamaro