Recibí un mensaje de M.A. clamando chilaquiles.

Era muy temprano. Caminé hasta la Glorieta de los Insurgentes, pensaba en la primera vez que A.K. y yo alquilamos un pequeño bote para remar en el Serpentine en Hyde Park. Era un día soleado, muy parecido a esta mañana. El metro estaba vacío. Me recargue en la ventana y me imaginé sentada en un extremo de aquél bote. Estábamos justo en medio del lago, dejamos los remos y flotamos entre los patos para disfrutar del sol.

De repente y sin previo aviso, desde allí en la proa, A.K. comenzó a recitar de memoria, a John Donne. Sólo se detuvo para explicar, que había leído en algún lado, que Warren le había recitado ese mismo poema de memoria a Nick Cave en este mismo lago —no le creí—. En realidad me impresionaba que pudiese recitar ese poema de memoria, porque es bastante largo, porque no entiendo su elección y porque los dos estábamos increíblemente drogados.

Después de un tiempo, me quedé dormida en el bote. Metro San Lázaro, Metro Morelos, Metro Tepito, Metro Lagunilla. Cuando desperté, caminaba por el centro con las manos metidas en los bolsillos. Hace mucho que no caminaba por el centro, hace mucho que no me quitaba el cubrebocas. Hace mucho que no estaba tan desvelada. M.A. debe pensar que traigo chilaquiles pero los he olvidado. Aún me siento medio dormida, los patos y el sol se habían ido, pero en mi cabeza, la voz de A.K. todavía recitaba a Donne. Toqué la puerta —ahí en República de Nicaragua—. Nadie respondió.

Whatsappié. Esperé paciente sentada en la banqueta. Un morenazo que empujaba un diablito me preguntó si necesitaba algo. Le dije que sí, que me pusiera unos gramos. Me temblaba la mano al sacar la llave, pero necesitaba despertar.

Hueco, se llama el show que vengo a visitar, es la exposición individual del artista de San Francisco, Anson Cyr

Aproveché que un vecino salió para colarme en la vecindad. M.A. seguía sin responder los mensajes. Caminé entre gatos, más despierta. Encontré a M.A. trabajando en la galería —lo que dice mucho sobre la increíble resistencia de mi amigo— y su infatigable habilidad para estar siempre de pie chambeando, aún después de una larga noche de mezcal.

Tengo una debilidad por John Donne, como la tengo por el deslumbrante Break, Blow, Burn de Camille Paglia y por la belleza de los panecitos feos del Soriana —no sé por qué, pero pienso en mis debilidades en lo que saludo. Ladrón Galería me golpeó con eso, con mis debilidades. No sé mucho del artista pero acá huele a Gorilla Glue y aerosol. No leo el texto curatorial —a propósito— me escabullo sola para apreciar un poquito. Estoy muy colocada y pensando en la Paglia. Aún así las máscaras, cabezotas, monstruos y animales me cautivan y me traen aquí y ahora. Existe la posibilidad de una inmersión profunda y apasionada en lo que veo. Un canto en las piezas que apela al encuentro con el humanismo.

Dibujo, fanzine, pintura y cerámica. Un patrón que se repite y unifica. Parece gracia de un stencil o una mano fina curtida en lo callejero.

La cara de un Mickey Mouse epóxico, estridente, colorido me pone en pausa… me recuerda las enormes cabezas de los botes de basura de las ferias, fauces abiertas que te tragan la mano en los parques infantiles cuando tratas de tirar la basura, shots de Benadrex en una montaña rusa, el hombre cabeza cartón piedra en El obsceno pájaro de la noche de José Donoso. Disney en neón, cabezotas de merengue en un pastelito, alucine urbano y tropical.

Los pájaros, los animales, las bestias en Anson Cyr poseen un punto ciego en el que posiblemente habite un humano más superado, uno que está recorriendo su propia historia. Una historia que se rige por las leyes de lo correcto pero tropieza con objetos que le impiden ser libre, ser lo que realmente desea ser: El hombre dentro de la botarga.

Hay un sentido muy peculiar en lo que hace Anson Cyr, uno que parece hablar de vínculos, lazos, extensiones, cables o más bien lenguas que conectan más que atar. Leguas que son un recordatorio de que estamos apegados a lo que somos y que las cosas que hacemos siempre tienen consecuencias. Que no hay vidas lineales, no en lo humano —quizá en la ficción—. No importa a dónde vayamos siempre partimos de un sitio, un punto de referencia y no podemos condenar o aprobar ese punto, ese lugar de donde venimos, eso que fuimos en el pasado.

Basta de pedir perdón por lo que fuimos: pájaros, monstruos, Mickey Mouse… o quizá valga la pena sólo hacerlo desde un sentido del humor, con ligereza y sin tomarnos tan en serio a nosotros mismos

Pienso que Paglia reseña sus poemas favoritos, en una especie de gusto y berrinche. Incluye, por supuesto The Flea y Holy Sonnet XIV de Donne —sus debilidades— pero se justifica en el prólogo, nos trata de convencer de que ha incluido sólo poemas en inglés, debido a su amor bellamente expresado por el idioma. No admite que su selección es por gusto y ya. La mitad de los poemas de Break, Blow, Burn son, de hecho, poemas que Paglia siempre cita y que repite porque quiere y “la que sooooporte”.

No admite que son de su gusto más sensible. No obstante, a pesar de característica soberbia, Paglia se justifica… “No era necesario baby” —quiero decirle— “Tienes razón, nunca hay suficiente de Dickinson, Donne y menos de John Berryman”.

Comprendo lo difícil que es seleccionar poesía porque pasa también con la curaduría de arte.

No es fácil ser justo, o más bien, preciso. Pocos galeristas comprenden que la mesura es la madre de la poética dentro de una sala de exhibición. Que pocas veces vale la pena desbordarse y que el desborde —cuando sucede— debe ser natural, emana del sentido no de la pretensión. Imaginen al tipo que eligió las Sabritas que integran el Paquetaxo… ¿difícil no?

En Ladrón Galería, la cosa es honesta. Me pasa que siempre me devuelve satisfecha porque tiene pulso curatorial. No hay justificaciones barrocas ni citas de Baudrillard en los textos. Las cosas fluyen porque es una galería con personalidad, posee la sensibilidad de brindar acompañamiento al artista, respeto por los procesos y una mirada mesurada para la curaduría. Estoy convencida de que su mayor virtud es que todo lo que expone, es fino. Como flotar en un bote en medio de un lago o viajar en el metro vacío. Pocas galerías con esta gracia en la CDMX.

Para mí, poco importa si me gustan los poemas que Camille Paglia ha elegido para su antología… Sus lecturas precisas son lecciones pequeñas sobre cómo amar la poesía mientras examina lo que vive dentro de un buen poema.

Así es una justa curaduría en una galería, se convierte en una defensa muy necesaria de la belleza misma y, eso, es lo que construye lugares para comenzar una relación natural con el arte.

  • Foto: Marevna Gámez

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