Georg Christoph Lichtenberg es un filósofo a pesar de si mismo, es decir no se propuso serlo cuando escribió sus Aforismos, publicados en 1789. Fue profesor de Física en la universidad de la pequeña ciudad alemana de Gotinga durante el siglo XVIII. Tuvo bastante reputación como científico, sobre todo en el terreno de la electricidad.

Pero sus apuntes, anotaciones, frases y sentencias gustaron mucho a los lectores de su tiempo, y fueron muy elogiadas después por Goethe (aunque Lichtenberg no gustaba del Werther de Goethe) y por Schopenhauer, Nietzsche y Freud.

Sus escritos oscilan entre pensamientos sueltos y frases humorísticas no carentes de imaginación poética, que han recibido elogios de escritores de todas las generaciones, y le confirman como uno de los pensadores más notables de la modernidad en cuanto aborda los más disímiles asuntos, desde referencias a grandes obras de la filosofía hasta consejos personales y anotaciones ligeras.

Lichtenberg habla con gran desenfado y espontaneidad y puede decir cosas como “Los relojes de arena no sólo recuerdan la veloz huida del tiempo, sino también el polvo en el que alguna vez nos convertiremos”; o: “Puede asolearse el día entero bajo una idea cálida”. También: “Hablar en sueños es algo que podría utilizarse en una novela para contribuir un poco a la formación del protagonista.”

Lo más notable en Lichtenberg sea quizá su impresionante claridad, que deja al lector anonadado. Lo otro es una curiosidad que se mueve libre, con un ingrediente que no puede faltar en una obra de este tipo: el humor y la sátira sin prejuicios

Fue un hijo del Iluminismo, defensor de la Ilustración, pero ello no le impidió escribir que “Se habla mucho de la Ilustración y se desean más luces. Pero ¿de qué sirve tanta luz, Dios mío, si la gente no tiene ojos, o, si los tiene, los cierra intencionadamente?”. De la pequeña ciudad de Gotinga, donde vivió casi toda su vida, dijo: “En Gotinga vivimos en hogueras provistas de puertas y ventanas”.

Abrimos su libro (una edición española de Juan del Solar de 1971) al azar y podemos hallar frases del tipo: “Todo es igual a si mismo, cada parte representa al todo. A veces he visto mi vida entera en una hora”. O sobre el acto de la escritura anota: “Escribir es una excelente ocupación para despertar las potencialidades que dormitan en cada hombre, y todo el que alguna vez haya escrito, habrá notado que el hecho de escri-bir despierta siempre algo que antes no distinguíamos clara-mente, aunque estuviera dentro de nosotros”.

Más adelante y sobre el mismo tópico anota: “¿Dejar reposar un libro 9 años? ¡Qué ingenuidad! ¿Acaso un libro es un proceso? ¿O es que las ideas mejoran cuando reposan largo tiempo?”. Otras frases geniales son: “La superficie más entretenida de la Tierra es, para nosotros, el rostro humano”.

Sobre el proceso mismo del concepto filosófico y del filosofar ha escrito: “Todo el que habla su idioma es un filósofo popular, y nuestra filosofía universitaria consiste en una serie de restricciones de aquella. Toda nuestra filosofía es rectificación del uso idiomático, es decir, rectificación de una filosofía, la más universal. Sólo que la filosofía común tiene la ventaja de hallarse en posesión de las declinaciones y conjugaciones”.

De los textos no aforísticos, recomiendo un escrito que redactó sobre el idealismo uno de cuyos párrafos dice:

Cuando uno reflexiona sobre el idealismo en diferentes estadios de la vida, suele ocurrir lo siguiente: en un primer momento, siendo adolescente, sonríe ante los desatinos del mismo; un poco mas tarde la doctrina le parece elegante, ingeniosa y excusable, y discute sobre ella con gente que por su edad o condición se encuentra aún en el primer estadio. En los años de madurez la considera altamente ingeniosa para bromear consigo mismo y los demás, pero apenas digna de ser investigada en su conjunto, y contraria a la naturaleza. Uno piensa que no vale la pena seguir pensando en ella porque cree haberlo hecho ya suficientemente. Pero luego, cuando se ha reflexionado seriamente y se ha tratado en no esa medida en asuntos humanos, el idealismo adquiere una fuerza de todo punto insuperable. Pues basta con pensar que, aunque existan objetos fuera de nosotros, no podemos saber absolutamente nada sobre su realidad objetiva. Pase lo que pase, somos y seremos tan sólo idealistas, y hasta diría que, decididamente, no podemos ser otra cosa. Pues todo nos puede ser dado sólo a través de nuestra representación. Creer que estas representaciones y sensaciones son determinadas por objetos exteriores, es, a su vez, una representación.

Es imposible refutar el idealismo, pues, aunque existieran objetos fuera de nosotros, seguiríamos siendo siempre idealistas ante la imposibilidad de poder saber algo sobre esos objetos”.  (Aforismos, 1789).

Sobre un filósofo tan serio como Kant llega a decir Lichtenberg, por ejemplo, que “La filosofía común y corriente sólo es, en realidad, el cuerpo de la kantiana”, mientras sobre el Iluminismo aseveró: “En todas las clases sociales, la Ilustración consiste realmente en tener conceptos precisos de nuestras necesidades esenciales

Sobre temas aparentemente más triviales como las ocurrencias o la naturaleza del azar, opina, sobre las primeras que “Si alguien reuniera todas las ocurrencias felices que ha tenido en su vida, haría con ellas un buen libro. Cada cual es un genio al menos una vez al año, sólo que en los llamados genios menudean más las buenas ocurrencias. Vemos, pues, lo importante que es anotarlo todo”. Y sobre lo segundo considera que “Siempre llueve cuando hay mercado o queremos poner ropa a secar, lo que buscamos está siempre en el último bolsillo en que metemos la mano”.

Sobre la relatividad del filosofar Lichtenberg nos dice que:

Dado que un género humano integrado exclusivamente por sabios sería algo tan poco feliz como uno formado sólo por locos o gente ingeniosa, y ya que la felicidad de aquel estriba sobre todo en la mezcla de unos y otros, ninguno de sus miembros podría afirmar que su propio sistema de ideas y convicciones sea la medida de lo mejor. Séneca y Plinio tienen tanta razón como Cicerón.

Quien mejor escriba será el que lo haga de forma que sus escritos hallan buena acogida entre los más sensatos de la clase a la que pretenda instruir con ellos. Nunca podrán darse reglas universales a este respecto”. O la sabiduría que encierra esta breve frase: “El hombre puede adquirir habilidades y convertirse en animal cuando quiere. Dios hace a los animales, el hombre se hace a si mismo”.

De los que pudieran llamarse pensamientos con imágenes pueden citarse estos pocos ejemplos: “Un trago de razón”;  “Oler qué hora es: un reloj especial”; “Un pez que se ahogó en el aire”; “Un tornillo sin principio”: “La hermenéutica de la hipocondría”; o: “Un patíbulo con un pararrayos”.

Lichtenberg se sentía atraído culturalmente por Inglaterra, por su teatro, literatura y costumbres, y allá viajó entre 1776 y 1778. Escribió, entre otros trabajos, sus impresiones sobre los grabados del artista Hogarth. También admiró mucho el idealismo del gran filósofo alemán del arte Winckelman, quien había dicho una vez que “El goce de si mismo se da más entre las almas tranquilas”. Para concluir este retablo de citas de Lichtenberg, pudiéramos copiar aquella que reza: “Realmente hay muchísima gente que lee sólo para no tener que pensar”.

En verdad, este escritor alemán nos parece ahora uno de los más renovados filósofos de la modernidad por su carácter desprejuiciado, atemporal, pleno de una inteligencia clara y aguda, que no se dejó encasillar en los moldes del academicismo.

Al parecer fue también presa de terribles crisis existenciales y espirituales, y tentaciones sensuales continuas, que le hicieron pensar más de una vez en el suicidio y en la idea de la muerte como algo regenerador. “Un hombre cuyo instinto de auto conservación llegue a debilitarse tanto que pueda ser fácilmente vencido podrá suicidarse sin tener culpa alguna”, escribió.

Una de las cosas asombrosas de Lichtenberg es que no establece prioridades en nada, ni categorías, puede hablar de dios, de una planta, de una costumbre, de la filosofía, de las palabras, del tiempo, y lo hace con la misma intensidad, no establece diferencias de tono, todo para él es importante

Por ello cuando escribe sobre los sueños, se adelanta a la moderna psiquiatría y a los surrealistas, cuando nos dice “Los sueños nos enfrentan a menudo a situaciones y acontecimientos en los que, en estado de vigilia, difícilmente hubiéramos podido ser involucrados, o bien nos hacen sentir inconvenientes que quizás hubiéramos despreciado por pequeños y remotos y en los cuales, precisamente por eso, nos hubiéramos visto im-plicados con el tiempo. De ahí que, a menudo, un sueño mo-dif i que nuestra decisión y af i ance nuestro fundamento moral mejor que todas las doctrinas que llegan al corazón dando un rodeo”.

O bien esta idea de Dios sobre la materia cuando anota: “Acaso sea una idea la causa de todo el movimiento del mundo, y los filósofos que han enseñado que el mundo es un animal quizá llegaran a esa conclusión siguiendo este camino, sólo que tal vez no se expresaran con la precisión con que hubieran debido hacerlo. Todo nuestro universo no es más que el efecto de una idea de Dios sobre la materia”.

En fin, Lichtenberg puede hablar de cualquier tema, sobre moral, sobre ciencia, sobre religión, con una mesura y sentido de la propiedad muy suyos, sin solicitar la autorización de ningún otro filósofo ni de ninguna otra autoridad; se desplaza por su propio pensamiento y su propia sensibilidad como un pez en el agua, y lo que es mejor, con una humildad que nos deja perplejos.

Se trata de un pensador moderno sui generis, a quien habría que acercarse realizando otro tipo de esquemas investigativos. Muchos de sus estudiosos lo han relacionado con los escritores ingleses del siglo XVIII (Johnson, Fielding, Sterne, Swift), especialmente son Lawrence Sterne; y su posterior influjo en las vanguardias del siglo XX ha sido decisivo.

  • Ilustración: Science Photo Library