La fila para ingresar a la Alhóndiga de Granaditas alcanza hasta el Jardín Reforma. La espera se traduce en más de horas para el acceso libre. A las 8:15 de la noche ya no hay cupo. Y hay que pelear un espacio de pie en la calle de Positos.

Para A.B. por siempre, por todo

En el escenario ya están en pleno concierto la cantante colombo-canadiense Lido Pimienta y los canadienses A Tribe Called Red, con una estética visual que recuerda a Manu Chao. Una pantalla central muestra un bucle de la película animada Pocahontas y dos pantallas laterales lo que ocurre en el escenario.

La música es potente. Poderosa. Como la voz de Lido que viste un mono negro con borlas de plumas turquesa, magenta, celeste, grana y albas–una reminiscencia de las culturas indígenas de América-, mientras los DJs canadienses Tim 2oolman Hill y Ehren Bear Witness Thomas, hombres robustos y barbados, visten al estilo motorista de los Hell Angels.

El paisaje se recorta en escalonado ascenso de casas multicolor por los cerros que circundan la cañada de la ciudad-laberinto que es Guanajuato. Titilan luces amarillas por el sodio o verdosas por el mercurio. En el cielo apenas tres estrellas son el telón ambiental que ciñe a la Alhóndiga a tope.

En la calle de Positos los aromas se mezclan. Sudor, tabaco, perfumes, una estela dulzona de marihuana que acompaña a un transeúnte, luminosos licores

Lido Pimienta y A Tribe Called Red, una fusión innovadora que abrió la edición 47 del FIC.

La apertura de la edición 47 del FIC, fue una revolucionara propuesta sobre la fusión de culturas. Desde el linaje antiguo de pájaros y flores hasta el moderno baile callejero y la vestimenta de las grandes urbes, desde la cumbia colombiana hasta los furiosos beats de hip-hop o el hipnótico pulso melancólico del dubstep.

¡Guananjuato. Cómo estás esta noche!” grita Lido y la masa se vuelve un grito colectivo que eriza la piel mientras la danza de un conchero azteca –con largas plumas de faisán en penacho y cascabeles de plata en los tobillos- electriza al auditorio.

Una mujer con trenzas y vestimenta de los pueblos indígenas de Norteamérica, con ecos aéreos y ula ulas en las manos, danza bajo un paisaje donde aparece –a sus espaldas-  un lago, lo verde de los prados y montañas coronadas de impoluta nieve.

Los cabellos de tu madre acarician tu cara. Los cabellos de tu padre se fueron en la mañana”, canta Lido con una dulzura tal que uno no puede sino sentir un fuego interno, una especie de sosiego etéreo ante el cántico que brota con pureza, como el agua.

La música electrónica ahora se transforma en una fusión contemporánea donde la cumbia atruena entre los beats, algo que hace gritar a muchos: “¡Celso Piña!”, por los acordes que remiten al regio, al ‘Rebelde del Acordeón’ que logró la internacionalización del chuntaro style con su transgresor álbum Barrio Bravo.

Con un bucle de imágenes del Día de Muertos en la pantalla central, el baile ahora es un street dance que honra al chuntaro style, a México y Colombia, a los hermanos latinoamericanos, a los pueblos primigenios de América y a los que hoy se asientan en las urbes contemporáneas.

La Alhóndiga de Granaditas y la calle de Positos hierven en un fervor casi religioso ante la voz de Lido y los acordes de A Tribe Called Red; algunos bailan y otros agitan las manos. La ‘Fiesta del Espíritu’ está en pleno ascenso

El espíritu de los pueblos primigenios de América se manifestó en la ‘Fiesta del Espíritu’.

Mientras la música revuelve en el interior emociones lánguidas, el mensaje de Lido convoca una llamarada: “¡Un aplauso para todas las mujeres madres dueñas de su libertad y otro para las que aún no lo son, pero pronto lo serán!”, exclama la cantante para engolar la voz y seguir su cántico.

Los gritos y aplausos se suceden tras el mensaje para honrar a la mujer. A su fortaleza. A su fuerza nutricia. A lo sagrado de su constitución. Porque la mujer es el origen. Es la madre, es la amante, es la hermana, es la hija. Es multiplicidad de luz.

Del amor que yo tenía no me queda nada. Yo te soy sincero, si es que mañana muero no le tengo miedo a la muerte”, canta y baila Lido en un ritual sonoro enfundada ahora en un vaporoso vestido plata y la oscura cabellera rizada suelta al viento.

El intercalado entre las danzas tribales y el street dance, lo mismo que la música electroconvulsa, terminan por fundirse en un final espectacular cuando aparece el cuerpo de baile, donde destaca una bailarina que viste un hermoso vestido indígena reluciente con destellos de fuego que asemejan al granate almandino y una danza evocando ese linaje antiguo de pájaros y flores.

A las 9:15 de la anoche Lido se despide y quedan  entonces los acordes más puros de A Tribe Called Red, una propuesta musical nacida en 2007 que combina hip-hop instrumental, reggae , moombahton y música de baile influenciada por el dubstep y la música indígena de Norteamérica –según se expone en Wikipedia-, gracias al talento de Tim, un mohawk, y Ehren, un cayuga; ambos pertenenientes a la Confederación Iroquesa.

Cuando el reloj marca religiosamente las 9:30 de la noche la música se apaga y se suceden 240 segundos de fuegos artificiales. Mis ojos ebrios de cohetes estallando en mitad de la noche derraman lágrimas.

Lento, algo entristecido me voy con la marea de gente que parte. Enfilo rumbo a los callejones degollados por el ladrido de los perros. Aunque mi corazón arde por Ella. La que hoy no está aquí conmigo. Pero a quien encuentro siempre, desde hace tantos años, en ese deseado estallido de luces multicolor coronado a la ciudad-laberinto con fuego vivo.

  • Fotos: Gobierno del Estado/Francisco Morales