El libro del que hoy hacemos uso es un invento relativamente reciente. Es un objeto al que siempre acudimos en busca de muchas cosas, pero esas cosas que buscamos en los libros siempre son cosas que se sitúan más allá del libro, lo que necesitamos de un libro es algo que se sitúa en una zona de ausencia, en una zona abstracta que llamamos conocimiento, saber, placer o información, y puede ser todas estas cosas juntas. Es una zona que en el libro empieza a adquirir cierta palpabilidad, pues allí estamos cumpliendo un acto de desciframiento del mundo o de la realidad, o de las realidades del mundo, o del mundo de las realidades, como lo queramos llamar: es un mundo que convocamos cuando ejercemos el acto de leer. Digamos que el libro contiene bajo la forma de las palabras aquello que hablamos, aquello que pensamos, sentimos, soñamos o imaginamos, y al hacerlo el libro entabla con nosotros un diálogo silencioso que nos piensa y hasta pudiéramos decir que nos imagina, pues nos hace partícipes de mundos insospechados.

El libro, objeto misterioso 

El libro contiene elementos cifrados en palabras, en símbolos de pensamiento y en símbolos mentales engendradores de todo tipo de situaciones que convocan las presuposiciones de la filosofía, los ritmos de la poesía, los relatos de la tradición, el tejido de las costumbres, la historia de las ideas. Y éstas pueden dar origen al análisis de la investigación científica, a los documentos comentados que constituyen la historia y a los distintos ideales del arte. Todas estas pretensiones tiene el libro, el cual no es más que un objeto frágil que apenas atrapa una parte ínfima de la vida humana, mucho menos importante que el sencillo acto de existir y de pensar; incluso de pensar sobre él, sobre el libro.

Posterior a la oralidad, el libro no existiría sin ella, sin un lector que pueda pensar y hablar, sin necesidad de leer. Lo que ocurre es que el libro cifra nuestra memoria y luego la esparce para que sea del otro, de los otros. Hace varios siglos, los libros eran papiros o pergaminos, manuscritos de un oficiante especializado que de modo ritual se sentaba a una mesa a fijar las palabras trabajosamente, con métodos rudimentarios.

En la Edad Media, ámbito de nacimiento del libro y de la cultura letrada, no eran los escritores sino los juglares y los clérigos los responsables de divulgar el saber, las costumbres o los valores de la sociedad. Los sacerdotes y los cantantes populares tenían un mayor peso en la familia o en la población que los escritores o profesores. Los juglares –los cantantes— generalmente ajenos a la lengua oficial y a la cultura de la iglesia eran quienes divulgaban, a través de las cantigas o los cantares de gesta, aquellos mensajes, se ganaban la vida frente a un público y eran los responsables de transmitir la música o la literatura con gestos, acrobacias, mimos, canciones o poemas.

La cultura oral es entonces la que crea el ámbito principal del saber, y no el libro. La comunicación oral, a diferencia del libro, permite la proximidad real y se apoya en la memoria, e insiste para que ésta no se diluya. Por eso es que el lenguaje literario y poético surge como modo de recuperar la información cultural que se va extraviando y puede memorizar mitos, leyes, técnicas, ritmos y concepciones del mundo que de otra manera se hubiesen perdido.

La escritura surgió hace como seis mil años, y si somos más rigurosos y nos referimos a la escritura alfabética, tendríamos que situarla alrededor del año 1500 antes de Cristo.; fue siempre minoritaria frente a la actividad de los juglares. Aunque a veces se apoyaban mutuamente, ambas prácticas engendran modos distintos de situarse ante la realidad: la mente estructurada por la palabra escrita o sin ella, afecta sin duda el mensaje final, aquello que desea ser expresado.

Por otro lado habría que citar el papel de la Iglesia con sus prácticas evangelizadoras, que requieren de un esfuerzo de adaptación por parte de los clérigos o sacerdotes, para llevar a cabo sus sermones o cantos a través de las ceremonias, del ritual de la misa o de las procesiones, como modos de asegurar a sus siervos.

Así, durante la Edad Media, el libro no tuvo ninguna influencia en las gentes corrientes, pues fue una expresión minoritaria localizada en eruditos, escribanos de la Iglesia, formas sacralizadas que suponen el racionalismo de esa Iglesia, heredado de la cultura aristocrática de los griegos y los romanos; en el fondo es una fijación de la letra que suponía una autoridad del texto. Entonces, un libro como la Biblia asume la autoridad máxima de ese texto y se erige como referencia máxima de lo escrito. Pero la Biblia es un texto que se lee en un culto, en una misa, fue y sigue siendo un texto colectivo basado en una lectura social y ritual, que de éste modo subraya aún más su carácter de texto máximo.

Aunado a ello está la catedral, antiguo espacio público del libro, espacio donde acuden los iletrados y los analfabetos a escuchar palabras emanadas de su libro. El templo surge así como marco de la cultura, donde el libro es un vehículo para obtener cosas más importantes. Sin embargo, la Biblia comienza a ser objeto de fetichismo, de libro único. Mientras que en aquel tiempo la biblioteca era un coto cerrado y las viviendas se reducían a ser espacio de meras labores físicas, plazas y calles surgen como espacios donde se da rienda suelta al vocabulario familiar para representar obras cómicas o vulgares (del vulgo, del pueblo); así, el espacio público es esencialmente de diversión y risa, mientras que en los templos se iba a oír las palabras del Gran Libro (la Biblia), y a purgar los pecados.

Tenemos entonces que los refranes, las fábulas morales, los cuentecillos chismosos –que son recogidos luego por escritores prominentes como Bocaccio y Chaucer— fundan en estos autores la literatura narrativa en Italia e Inglaterra respectivamente. Vemos cómo los llamados cuentos literarios no son sino redacciones artísticas de estos cuentos folklóricos y tradicionales.

 Con todo esto queremos indicar que la cultura o civilización del libro (cultura proviene de cultivo y civilización de ciudad) mantuvieron antes unas formas canonizadas dominadas por muy pocos, sólo visibles gracias a unas técnicas muy específicas, que independientemente de sus contenidos siempre pretendieron poner límites y racionalizar la existencia del continuum vital, mediante el ejercicio de los signos escritos, y al mismo tiempo mostrarse como un símbolo de distinción o de distanciamiento social hacia los iletrados.

Comienza entonces el fetichismo del manuscrito, el alarde de la caligrafía, de la escritura artística de los caracteres que dan origen al coleccionismo, al fetichismo y a la concepción clasista del conocimiento. Comienza también el fenómeno de las especializaciones, del copista profesional localizado en conventos y universidades y en la organización de este trabajo, hasta llegar a los monasterios.

En estos monasterios los monjes cortaban, a cuchillo y regla, los pergaminos, con la técnica conocida como quadratio medían líneas y bordes, trazaban rayas a lápiz o tinta, y luego se sentaban en pupitres donde los esperaban tinteros y plumas, para que dieran comienzo a su labor de escritura.

La Iglesia y los libreros

Poco a poco, los manuscritos se van personalizando, pues en los mismos textos se informa de las dificultades del trabajo, al incorporar colofones, fechas de conclusión, agradecimientos, etc., que van adquiriendo unas características peculiares y muchas veces complejas, las cuales producen dudas acerca de los datos precisos de ejecución. Esta labor artesanal de ejemplares únicos crea un espacio e prestigio para el libro, que sólo será vulnerada hasta la aparición de la Universidad como institución, donde se ejerce la crítica y el libre albedrío. La hostilidad de la Iglesia hacia los saberes laicos determinó una gran diferencia en la libertad de elegir los temas para el libro.

El ámbito universitario comienza a propiciar la aparición de libros de bestiarios y alquimia, inventos, símbolos y milagros extravagantes, con lo cual se produce un enfrentamiento entre lo eclesiástico y lo laico, en tanto que la Universidad también propicia la transmisión de saberes a través del libro, y aporta clases, aulas y técnicas de estudio para revolucionar así las funciones del libro. Surge entonces la noción de ejemplar, del cual se sacan copias en cuadernos llamados pecia, los cuales llevan indicados el número de copias realizadas.

Estas pecia o copias son cotejadas con el ejemplar y se alquilan a libreros y estudiantes para que éstos hagan sus propias copias. Estas copias se van gastando con el uso y son sustituidas por otras nuevas. Aparece entonces el aspecto de la comercialización del libro, pues se requiere de dinero para tener acceso a la copia. Surgen así los intermediarios, que hacen versiones “autorizadas” de los libros de texto, para alquilarlas por dinero a los estudiantes, para que éstos a su vez las copien. Estos las venderían a las Universidades y así se iba cumpliendo el ciclo de comercialización. Estos intermediarios se conocían con el nombre de stationarii.

El libro comienza a circular anónimamente, pero luego, cuando se constituye la figura de liberia, el libro recupera aquel contacto que había perdido en las compras anónimas. Los intermediarios (stationarii) se convierten entonces en libreros (librarii).

Estos libros eran muy escasos, podían perderse o ser hurtados por los estudiantes (incluso los amarraban a los pupitres). El pergamino y el papel artesanal eran los principales soportes entonces, pero había otros como el papiro, la seda, las pieles de animal y las tablillas de cera, que también eran usados para sustituir los rollos de papiro. El papiro llamado palimpsesto es aquel del cual se ha borrado la escritura para volver a escribir sobre él. Todos estos manuscritos alcanzaron una belleza artística considerable que marcó toda una época, valiéndose de caracteres góticos o romanos, ilustraciones a color, tintas y sobre todo una encuadernación cuidadísima, que alcanza altos niveles de lujo pero también de funcionalidad. Marfil, esmalte y hasta piedras preciosas se usaron entonces, para dar preeminencia a la piel repujada o estampada, que poco a poco va colocando al libro en el rango de objeto de veneración.

Con la encuadernación nace la técnica de los cuadernillos cosidos, de hojas cuadradas o rectangulares. La biblioteca es el destino final de todos estos ejemplares, y no sólo la biblioteca del monasterio, sino la biblioteca universitaria y de la nobleza que, a la postre, en el Renacimiento, va a convertirse por vía de los letrados en un espacio cultural. Entonces los burgos (las ciudades) tienen acceso a ellos, es decir, los humanistas, los reyes, los nobles son quienes generan la idea de incrementar la producción de libros, dando lugar otras ideas, que poco a poco van renovando el concepto de libro, y propician el nacimiento de la imprenta.

La galaxia Gutenberg 

 La imprenta consiste esencialmente en el uso de caracteres móviles de emoción, –que permiten un mayor número de impresiones— y pueden ser usados en distintos libros. El primero de ellos es el libro xilográfico, el cual prepara el terreno para Johann Gutenberg. Este uso de tipos móviles metálicos perfecciona la tinta y la prensa, y mediante matrices las adapta. Todo ello da origen al objeto libro tal como lo conocemos hoy.

Al inventar la imprenta, Gutenberg está cambiando sin saberlo la transmisión de ideas, y con seguridad, la rapidez y eficacia del movimiento de los saberes. Gutenberg imprimió libros desde 1444 hasta 1500, lapso en que se consideran los primeros incunables.

Por supuesto, hay numerosos impresores contemporáneos de Gutenberg, como Fust, Schöfer, Custer y Castaldi, que dieron a la imprenta un desarrollo notable. No es si no hasta 1800, con el desarrollo de la técnica, que los llamados incunables empiezan a imitar a los manuscritos, incluso a parecer manuscritos, a objeto de alcanzar un rango de prestigio.

Asimismo el formato del libro comienza a tener importancia para su ubicación en bibliotecas, y para hacerlo más manuable. Comienza paralelamente una nueva estética del libro asociada a la noción de mercancía, a clientes que pudieran pagar por un objeto estandarizado, con características fijas y conservadoras. Esta regularidad de letras, líneas y páginas se ha asociado a una voluntad de imitar las formas de la arquitectura y de la tapicería, a celosías, ventanas, alfombras, y otros objetos estéticos, aunque éstos fueran complicados o muy ornamentados. La legibilidad quedaba aquí en segundo plano.

Las profesiones del libro 

El libro impreso genera entonces una serie de necesidades profesionales, especializaciones en la estructura de creación material del mismo, y dando origen a profesiones independientes. El impresor no es el mismo encuadernador, ni el distribuidor es el vendedor, como tampoco el escritor es el editor. Aparte están los que hacen el papel, los ilustradores y los correctores. De modo que el impresor corre los riesgos económicos de esta actividad, y a la vez la responsabilidad de acertar o fracasar con cada libro, pues debe crear las expectativas en el público, y promover el terreno para la lectura continua de la obra.

En este momento nace la contrariedad entre rentabilidad y calidad artística del libro, entre si éste cubre las expectativas del público o no. Surgen por supuesto los diversos intereses derivados del libro, y las contradicciones dimanadas de estos intereses.

Durante el siglo XIX y bien entrado el XX, el impresor era el editor, y quien intentaba encauzar e influir al lector, pero luego esta idea se disolvió y empiezan las contradicciones más graves entre el libro como objeto de conocimiento o de placer real, o libro como mercancía dirigida a crear solamente rentabilidad. El libro pierde su dignidad artística o conceptual y se convierte en un objeto manipulado por empresas o por intereses mercantilistas.

Como objeto divulgador, el libro se abre a una vasta posibilidad de abarcarlo todo –como es el caso de las enciclopedias y diccionarios— o a trabajar sobre el placer de leer historias seriadas, novelas por entrega (el folletín decimonónico), y también abre su campo a la masificación. Y es aquí donde se produce la confusión principal, pues una cosa es cultura popular (enraizada en lo tradicional y los saberes del pueblo) y otra cosa cultura de masas (cultura sin raíz basada en el consumo mediático); en ésta última los contenidos han de ser trivializados a objeto de poder manipularlos mejor.

Esta cultura de la masificación (los llamados mass media) se vale de los medios de comunicación de masas como la TV o los periódicos, y no tiene en cuenta el carácter de diálogo del libro entre un autor y un receptor silenciosos, sino entre dos entes despersonalizados. Entonces comienza a diferenciarse la figura del impresor de la del editor: el impresor es ante todo un técnico que puede ser contratado por el editor, quien a su vez puede estar contratado por otra empresa que maneja sus líneas editoriales.

Hasta las primeras décadas del siglo XX, en Venezuela y otros países latinoamericanos, los impresores tenían una personalidad editorial, que fueron perdiendo cuando se les contrataban trabajos mediocres, que el impresor aceptaba para no dejar decaer su negocio. Lentamente, los impresores se convirtieron en unos meros operarios de máquinas, que no intervienen en el contenido y a veces hasta ni en la forma del libro (que viene dada casi en su totalidad por el diseñador gráfico). Con el perfeccionamiento de las máquinas digitales se ha logrado mayor eficacia, rapidez y belleza externa de la edición, pero no necesariamente respeto por el texto o la palabra. La imagen ha prevalecido en el libro a tal punto, que el texto ha pasado a un segundo orden.

La palabra escrita, como portadota o forjadora de saberes, valores, creación estética o ideas, le ha cedido el terreno al diseño gráfico, al abuso colorístico o el efectismo momentáneo de la fotografía, de las películas y de los videos.

Con una excesiva especialización técnica se pierde a veces el sentido del libro como totalidad, sólo se perciben partes aisladas de él. Muchos técnicos de los que participan en la manufactura de un libro no poseen necesariamente un orgullo de editores que les permita ser creativos, sino que aceptan a ciegas sus roles de meros operarios y no quieren o no se les permite opinar sobre las características formales del libro. Para colmo, ahora los impresores se deshacen casi totalmente de la responsabilidad del texto o el diseño porque éstos vienen dados y diseñados por el editor, y suministrados en discos compactos o disquetes, con lo cual el impresor se vuelve un simple reproductor.

La escritura 

La escritura es un fenómeno bien distinto. A través de ella se ejecuta el acto del pensamiento con unos signos que hemos cifrado de las palabras habladas en un alfabeto, y le hemos otorgado sentidos y significados, que llamamos palabras escritas. A ellas le hemos formulado reglas de redacción, puntuación y acentuación; las hemos organizado mediante un determinado léxico, le hemos desarrollado una sintaxis más completa de la que podemos desarrollar con la lengua hablada.

A cada sintaxis o redacción le hemos adjudicado un estilo que podemos elevar a la categoría de arte, para crear el arte literario que consignamos bajo el nombre de Literatura, en sus formas de verso o prosa, de celebración lírica o relato donde caben el cuento, la novela o el ensayo, las cartas, la crónica o el arte de escribir diálogos que constituye el teatro.

Escribir es ante todo una forma de expresarse en silencio. Despojadas del sonido, sin el fonema, podemos organizar las palabras en una página y corregirlas, tacharlas, enmendarlas a objeto de perfeccionarlas para que digan las cosas mejor de lo que podemos decirlas cuando hablamos. La escritura es más organizada, más consciente de lo que dice porque en la página podemos detenernos y pensar, volver atrás, reconsiderar, agregar o quitar para lograr un discurso más acabado.

Se pudiera decir que a través de la escritura se piensa mejor. El alfabeto se incorpora a la mente (a la psique) y origina una costumbre, una dedicación para crear una lengua particular, una lengua (un lenguaje) que se puede ir perfeccionando con el oficio. Mientras que la tradición oral se perpetúa con fórmulas predecibles de persona a persona y de generación en generación (los antiguos rapsodas, por ejemplo, llevan el relato con ellos, para poderlo transmitir), el sonido predomina en la organización verbal y es por ello acumulativa, la mente alfabética usa la vista.

El mundo de los sonidos es fugaz (“a las palabras se las lleva el viento” reza un dicho popular), pero en la escritura la palabra se convierte en una expresión silenciosa fijada en el espacio de una página, el cual puede ser marcado con un lápiz, un bolígrafo, una máquina de escribir y luego fijado en la imprenta. De manera que las ideas se almacenan ante la vista y se organizan en la mente, en el blanco de la página, lo cual permite una reflexión progresiva de todo lo que hacemos y, sobre todo, nos permite reflexionar sobre lo ya reflexionado, otorgándonos la posibilidad, privada o colectiva, de transmitir el pensamiento, los saberes, los pareceres personales.

En este sentido, con la tipografía, la palabra escrita permite el nacimiento de los géneros literarios tradicionales, surgiendo así la noción de “obra”. Con ella también la noción de “autor” y por supuesto de ese conjunto de personas que leen aquellas obras y aquellos autores. Poco a poco la idea de texto, tanto de texto sagrado como de texto literario, va definiéndose en la cultura de occidente hasta adquirir un rango de logos, es decir de conocimiento o de iluminación.

Los religiosos buscan a Dios en los libros sagrados como aquellos que buscan al hombre de letras creado por el humanismo renacentista, gravitan en torno a la idea de texto y de libro, pues se crea una memoria alfabética que contiene los saberes y, como dijimos antes, el fetichismo de los libros y de las bibliotecas.

Asimismo, surgen los conceptos de plagio, lengua, traducción, ficción, verdad, todos con el fenómeno de la escritura. Y con estos, un concepto inédito y central: tanto el que escribe como el que lee son ambos oficiantes ausentes, no se conocen personalmente ni se escuchan esas palabras. Están conectados por un silencio, por una reflexión que tiene al silencio como mediador, pero hay en ese silencio una voz que emerge con un poder esencial. Algunos hasta se han atrevido a perfilar una ciencia sobre este acto de escritura, basada en los conceptos de tiempo y memoria. Aparece entonces la condición de pensar aunada a la del lenguaje, para identificar nuestra conciencia con una voz interior que es justamente la que el pensamiento desea abarcar: “oírse hablar”.

Escuchar la propia voz implica un afuera y un adentro, simultáneamente un espíritu y una mecanicidad, un acto intuitivo y una lógica, un doble valor, con frecuencia paradójico.

Tiempo y ciencias de la escritura 

El filósofo francés Jacques Derrida ha hablado en este sentido de una ciencia general de la escritura, la gramatología, que estudia las primeras historias de la escritura, su desarrollo y funcionamiento. Ese desciframiento implica una mirada hacia la filosofía y la historia de las lenguas, y aquello que Derrida llama el fonocentrismo, donde invierte el valor del sonido hacia la cultura alfabética y da origen a una serie de mitos y conceptos que se complementan para conformar una teoría interesante, más que una ciencia. La gramatología dice, por ejemplo, que el tiempo es un efecto de lo consecutivo del lenguaje escrito.

Así, la estructura del lenguaje no podría ser solamente fonética, pues se perdería su organización, su huella. También estaría la noción de sujeto en el tejido constitutivo de nuestra cultura, de nuestro logos. El logos (que es esencialmente iluminación o revelación interior) viene dado por el aporte de unas letras escritas, como en las frases: “Yo soy el alfa y el omega, el primero y el último, el principio y el fin”, tal se lee en el Apocalipsis de San Juan de Patmos.

El tiempo de la escritura es en realidad uno de los conceptos más abstractos; va dibujando el espacio cultural de sí mismo, que ha sido competencia de dos ciencias del lenguaje: la filosofía y la lingüística. La lingüística es posiblemente la disciplina que ha estudiado con mayor profundidad las leyes del lenguaje oral y escrito (no las normas, que es el campo de la gramática), y en el caso de la escrita ha creado lo que llamamos semiología o semiótica, que es el estudio de los significados.

Los franceses Ferdinand de Saussure y Roland Barthes han reflexionado sobre estos temas en sus libros, desde las décadas de los años 60 y 70, avanzando hacia varias direcciones, donde se estudian las posibles leyes que expliquen el carácter de la escritura, cuestión harto compleja que por supuesto no podremos tratar aquí.

Bástenos decir que la llamada Ley de reproducción de Barthes y los principios que la rigen, –los principios de inscripción y de escritura–, están dominados el primero por la ritualización social que ordena simbólicamente – para bien o para mal— los conflictos que de ella surgen. En el de escritura, ésta tiende a transformarse o metamorfosearse, y constituiría el reino de lo literario o de la literatura.

Máquinas y escritura

Cuando hacen aparición las máquinas, –desde la máquina de escribir mecánica, pasando por la eléctrica hasta llegar al computador–, la escritura entra en una fase de simplificación instrumental del texto. Ellos están agilizando y no suplantando la edición de textos.

La máquina de escribir o escritora de tipos (typewriter) que nació durante la Guerra Civil Americana, es una síntesis de la composición y la edición, mientras que en la era electrónica el asunto se complica notablemente, pues la computadora permite el tecleo suave (software) y a la vez es instrumento de un complejo juego comunicacional que implica el fax, el teléfono celular y el Internet.

De tal modo, se ha creado un modo paralelo a la escritura, con el mismo instrumento de la máquina de escribir: el teclado. El teclado permanece igual, pero los significados varían como han variado los modos de dominación sobre los sujetos, cuyo nuevos centros de atención no son las palabras, sino los sonidos o las imágenes.

A la vez, el monitor de las computadoras se asemeja al de los televisores, y procrea una simbiosis entre TV, Internet y teléfono celular que implica un intercambio vertiginoso de signos, los cuales al combinarse hacen de la información un objeto común y posible, y al mismo tiempo un espacio neutro, estándar, unívoco, que ha dado lugar a la llamada cultura global, la cual no es cultura popular arraigada ni cultura universal, sino mundialización de la información y una nueva cultura de masas en forma de mensajes dirigidos y estandarizados, que dan forma a su vez a un nuevo fetichismo: el fetichismo de las máquinas y a su sucedáneo: el esnobismo tecnológico.

Así pues, nos encontramos ante un nuevo momento de la escritura que, ante el avasallante poder de los artefactos cibernéticos, ha cedido el paso de la escritura alfabética al chat, a los juegos, a los videos y a la música serializada.

Aclaro que música serializada es aquella que se impone por los medios como una moda efímera y luego es sustituida por otra muy similar, que no surge de necesidades expresivas arraigadas en la gente, sino de patrones impuestos desde afuera, los cuales son divulgados en cualquier país con la misma frecuencia mediática. Hay quienes se han atrevido a inferir que la palabra como tal –la escrita y la hablada—se encuentra amenazada por estos medios electrónicos, como lo sostiene la escritora Ivonne Bordelois en su brillante libro La palabra amenazada, donde nos alega que el rescate de la palabra no es ya un problema de crítica filológica o de talento literario, sino el requerimiento de una nueva conciencia ecológica; o el desgaste del lenguaje como motor del pensamiento en la sociedad mercantilista.

También en Internet localizamos textos escritos, pero esos textos ya están hechos para ser copiados y “pegados” a otro texto, cuya importancia autoral se pierde en cuanto hacemos esta operación de pegado y copiado, y permiten alimentar la voluntad ágrafa y cuasi analfabeta de los nuevos usuarios. No voy a entrar aquí en terrenos especulativos acerca de si la literatura o el libro van a sucumbir ante las realidades tecnológicas virtuales o audiovisuales. Lo que hay que preguntarse en todo caso es cómo va a aprovechar la escritura estas realidades novedosas, y las va a refundir a su sintaxis o a su tradición literaria.

Tampoco abordaremos el tema del oficiante de la escritura, el escritor, porque el tema del escritor es el tema de una vocación, de un estilo, de una expresión, de una personalidad y de un modo de ser, todos intransferibles. Para un escritor no hay ninguna reflexión apriorística que valga, ningún modelo, ninguna estructura ideológica preestablecida. Por supuesto, en la actualidad las funciones del escritor han variado radicalmente de época en época, pero esencialmente al escritor le ha tocado ser intérprete de un mundo y de unas realidades visibles e invisibles, comprobables o imaginadas, tangibles o soñadas, todas ellas destinadas a re-construir la conciencia humana a través del lenguaje, lo cual no es poco.

Leer o no leer ¿está ahí la cuestión?

El fenómeno de la lectura es una consecuencia directa de las dos realidades anteriores. Si no existieran libros ni escritores, tampoco existirían lectores. Por supuesto, un escritor también es un lector, pero la actividad de leer implica tanta libertad que, cuando se produce, el lector es esencialmente un buscador de placer. Leer es una actividad voluntaria, nunca coercitiva.

La gente no debe leer; a lo sumo quiere leer o necesita leer quizá, pero nunca tiene que hacerlo, principalmente porque leer no es un deber ni una obligación. No se puede decir a un estudiante ni a nadie que lea porque aquello es importante, ni siquiera para que apruebe exámenes. Una persona acude a una Universidad para aprender, no para obtener un grado o licenciatura. Está ahí porque quiere aprender, no porque debe aprender. Su deber moral es primero consigo mismo, después con los demás.

Otra cosa es que después de aprender desee compartir sus conocimientos con otros que a su vez lo desean también, lo cual tendría más sentido. Los libros están allí para ser abiertos y disfrutados, refutados, discutidos, investigados. De ellos puede nacer una devoción hacia el conocimiento o el saber que no puede ser inculcada por presiones sociales (excepto por el afecto de los padres o la conciencia de los maestros) o académicas (el triste caso de que “si no se gradúa no será nadie en la vida”).

Las presiones para leer surgen esencialmente de uno mismo, de nuestra curiosidad y de las necesidades que tenemos de los saberes para conducir nuestras vidas; no como adornos superfluos para obtener recompensas monetarias ni títulos universitarios.

De modo que si alguien considera que no necesita leer o no debe leer, lo mejor será que no lo haga (para la gente del campo, por ejemplo, leer no es indispensable, pues adquiere su saber directo de la Naturaleza), serían inútiles todas las campañas de lectura y todos los premios que puedan ofrecérsele. Pero puede ocurrir que el hijo de una persona inculta o iletrada tenga un hijo cuya pasión por leer puede ser notoria. La causa aquí puede estar en el código genético de su abuelo o en la intervención de una tía o de un amigo en su formación, que se acercaron a él con un libro en la mano.

Una vez, durante una Feria del Libro en Santo Domingo, cayó en mis manos un folleto donde se describían los diez derechos del posible lector (su autor es José Rafael Lantigua) cuyo título es Buscando tiempo para leer. Con mucha gracia e ingenio, su autor los enumera: Primero, El derecho a no leer, donde se nos dice que la libertad de escribir no puede ir acompañada del deber de leer, pues la lectura no es de ningún modo una obligación moral, ni debes considerar a quien no lee “un bruto potencial o un cretino contumaz”. Es decir, aceptar y respetar de una vez por todas a las personas que no les gusta leer.

Luego, en “El derecho a saltarse las páginas” vemos que no tenemos por qué leer un libro íntegramente; somos libres de leer fragmentariamente, y leer aquello que realmente nos guste o nos interese. De grandes (también por el volumen) novelas como Guerra y paz o Moby Dick, tenemos el perfecto derecho a leer lo que nos venga en gana.

El tercer derecho es el derecho a no terminar un libro que está mal escrito o cuya historia no nos atrape, aburrido, de personajes mal dibujados, o sencillamente porque no entendemos nada de aquello, aunque el autor sea famoso o salga todos los días en la prensa. Luego, el derecho a releer es uno de los más estimulantes, un derecho que es como el de ver otra vez una buena película u oír las veces que deseemos una hermosa canción.

Después, el derecho de leer en cualquier parte, pues hay quienes creen que sólo se debe leer en bibliotecas, librerías, salones universitarios o piscinas de hotel, cuando en verdad la lectura puede producirse en cualquier lugar confortable como la hamaca, la cama o la poceta, en las colas de los bancos o en las extenuantes colas para pagar algunos servicios. Este último derecho alude a los escritores, al espacio silencioso de la lectura solitaria. Una lectura solitaria que a la vez es nuestra mejor pasión, un acto y un derecho íntimo, inviolable, para el que siempre sacamos tiempo.

La palabra lectura ha venido adquiriendo otros significados en la modernidad. Ya no se usa sólo para referirse a un texto escrito, sino también para aplicarla a otros espacios. Podemos realizar la lectura de un cuadro, de una película, de una fotografía, o de la propia realidad, con lo cual se está aludiendo al carácter completo que comporta este fenómeno complejo, este acto mágico con el que muchos intentamos acercarnos al mundo.

  • Pintura: John Lavery