De una actualidad abrumadora, la novela del Premio Nobel escrita en 1947 traza un retrato fidedigno de la situación mundial por el Covid-19 e insiste en la bondad de los seres humanos.

¿Cómo podían pensar en la peste que quitaba el porvenir, los desplazamientos y las pláticas?Ellos pensaban que eran libres, pero nadie puede ser libre mientras existan plagas. Albert Camus. La peste

Albert Camus lo entendió bien y supo contar con una pluma exquisita un ensayo de apocalipsis en su novela La peste (1947).

Tan pertinente, tan honesta y descarnada que su lectura sí resulta obligada pese a lo opinión de algunos puristas.

La epidemia que cuenta Camus en la ciudad de Orán no es solo un detallado análisis de las implicaciones de una pandemia, como la que se vive desde hace semanas es, sobre todo, un contundente retrato de la condición humana, su fragilidad, un repaso de la solidaridad y el egoísmo entre los hombres donde se develan aquellas cosas que en verdad importan.

Toda esta crónica de los acontecimientos nos la relata el doctor Bernard Rieux, un hombre dedicado a hacer aquello que le toca sin mayor juicio moral.

Cada una de las casi trescientas páginas de la novela de
Camus están cargadas de una lucidez, como si al Nobel le hubiesen corrido a trote las imágenes de un futuro que olería a cementerio en este 2020.

Si se lee y se relee La peste, podrá encontrarse una copia muy fiel de lo que acontece cada hora y cada día con la expansión del coronavirus.

Hoy, 24 de marzo, ya se suman más de 350 mil contagios en el mundo y casi 16 mil muertos.

El escritor fecha el inicio de la enfermedad en su novela un 16 de abril, cuando aún varios de los habitantes de la ciudad ignoran lo que vendrá, pero conforme pasan los días, el golpe de realidad les cae como una lanza de exterminio.

“Desde ese momento, la peste era el único asunto en el que pensábamos todos. Hasta entonces, a pesar de la sorpresa y la inquietud que causaban aquellos acontecimientos singulares, cada uno de nuestros compatriotas continuaba sus ocupaciones, como podía, en su puesto de siempre”.

Camus, como en otras de sus obras, se pregunta o nos pregunta de continuo como lectores, qué significa existir, cuál es el sentido de la existencia, cómo lidiar con ello y con la responsabilidad de los seres humanos como individuos.

Lo mejor y lo peor de los hombres se manifiesta ante la adversidad como en esta pandemia que se vive y arrasa todas las fronteras, la ciencia y las armas cual bestia indómita

Con La peste se avizora que acaso es posible tener resistencia, oponerse de algún modo a la destrucción y la violencia.

Pululan en las páginas los diversos tipos de comportamiento y personalidades, los debates sobre lo que debe o no hacerse, la desesperación, los juicios individuales y el sentido de solidaridad, amor, posesiones; todo o casi todo se cuestiona, la existencia de un Dios, por ejemplo, la balanza ante el sufrimiento de un niño o de los viejos o de aquellos amantes que no volverán a verse nunca.

En una parte de la narración, cuando los muertos ya han llegado a los quinientos por semana, el sacerdote Paneloux, crispado, afirma a sus feligreses que la plaga es un castigo de Dios por la depravación.

Juzguen los lectores la actualidad de este párrafo:

 “Pero el narrador está tentado a creer que al dar demasiada importancia a las bellas acciones, se rinde un homenaje indirecto y poderoso al mal. Pues se da a entender de ese modo que las bellas acciones solo tienen tanto valor porque son escasas y que la maldad y la indiferencia son motores mucho más frecuentes en los actos de los hombres. Esta es una idea que el narrador no comparte.

El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia a veces ocasiona tantos desastres como la maldad. Los hombres son más buenos que malos, y, a decir verdad, no es esta la cuestión”.

Considerada una de las mejores novelas de la posguerra, La peste hace una apuesta también por la bondad de la humanidad y el combate a la ignorancia

Alain de Botton escribió a propósito del libro en The New York Times: “Para Camus, cuando se trata de morir, no hay progreso en la historia, no hay escapatoria de nuestra fragilidad; estar vivo siempre fue y siempre será una emergencia; es realmente una ‘condición subyacente’ ineludible.

Plaga o no plaga, siempre existe, por así decirlo, la peste, si lo que queremos decir con eso es una susceptibilidad a la muerte súbita, un evento que puede hacer que nuestras vidas carezcan instantáneamente de sentido”.

Sin ser clarividente, el escritor francés supo muy bien tomarle pulso a la condición humana, al igual que un Dostoievski o un Shakespeare.

En su novela, la pandemia dura poco más de un año y después vienen las celebraciones, los abrazos y un decidido amor por una vida simple, sin accesorios.

  • Ilustración: Alejandro Lloret
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