¿Por qué tantas personas temen a eventos que nunca los afectarán e ignoran los peligros reales? Porque los miedos son contagiosos, y a menudo no obtenemos números absolutos.

Toda la desgracia de las personas proviene del hecho de que no pueden mantener la calma en una habitación. Iván Goncharov. Oblomov

El miedo a lo incorrecto

Tenemos pues miedo con demasiada frecuencia, y lo peor: tenemos, especialmente, miedo a lo incorrecto. Sin duda hay muchas razones para estar preocupado hoy en día.

El terror es una cosa, pero en números limpios, por ejemplo, tan sólo en Suiza mueren entre 200 y 300 personas en accidentes de tráfico en un año, y más de 300 suizos mueren cada año por accidentes domésticos. Se entiende pues que, para un médico europeo, la mayor preocupación es ir al hospital y recoger allí mismo los gérmenes, y no digamos de lo que podría ser el caso de un médico en África, o en América Latina.

Se estima que cada año mueren unas 25,000 personas en Alemania, y otras 1,000 se van a morir este año en Suiza, y no de ataques terroristas. Otro dato a considerar, alrededor de 150 personas murieron en París en el peor ataque hasta la fecha en Europa en noviembre de 2015. Es trágico. Pero sólo en un fin de semana de Pascua extendido, casi tantas personas mueren en accidentes automovilísticos en Francia.

Lo que es realmente peligroso del terror son las consecuencias sociales, porque limitan la libertad individual y porque la cohesión social se pone en riesgo si se sospecha que otras personas son terroristas o están infectadas por un virus

Pero lo cierto es que ahora, más probable que un ataque terrorista es que me caiga un rayo. Entendámonos, vivimos en un tiempo en el que la comida reemplaza a la religión, se viva en un castillo, asentamiento multifamiliar o una casita. Por otro lado, el papel que juegan los medios en el miedo es decididamente uno muy desafortunado, sobre todo en Europa donde a menudo se recogen y explotan los mini peligros.

¿Qué tiene que ver una salchicha por ejemplo con el cáncer de colon? Si la gente lo supiera, ahí sí que se espantaría, porque lo que sí sabemos es que, indefectiblemente, cinco de cada 100 personas desarrollan cáncer colorrectal y seis con consumo diario de salchichas, y esos sí son puntos porcentuales, y no la vaguedad de un virus que en 32 países a todo mundo alarma, pero que nadie encuentra.

Lo que es un modo de decir que, si escucha que el riesgo de algo, lo que sea, ha aumentado un 100 por ciento, ahí sí preste atención. Otro detalle a seguir es: ¿sabe usted, en realidad, cómo es que la industria farmacéutica y cómo los medios de comunicación malinterpretan o interpretan los números? ¿Y cómo es que un consumidor de papel higiénico puede evaluar correctamente un riesgo?

Hablamos de cifras absolutas que son más importantes que el riesgo relativo. Asumamos pues, por ejemplo, que el riesgo de cólera, que se ha duplicado en Alemania, según varios informes de los medios, antes eran dos personas de un total de 80 millones y luego cuatro. Me refiero con esto a periódicos de buena reputación que siempre mencionan números absolutos, pero en México yo, desafortunadamente, no conozco a ninguno.

Al discutir racionalmente con estadísticas se debe de entender que los miedos son irracionales, y que si un valor aumenta en 1, el riesgo aumenta diez veces

Pero los riesgos mayores de 6 son comunes en nuestras vidas. No sé si esto se observa cabalmente, pero relativizamos con los peligros, como con los residuos de sustancias tóxicas o cancerígenas en alimentos o agua potable. Por supuesto, que debemos evitar peligros innecesarios. Pero la pregunta es, sin embargo, si los residuos mínimos de pesticidas en una dieta deben reducirse a cero. Hasta el día de hoy, muchos niegan el hecho de que la dosis es el veneno.

Éste es también el caso de las toxinas vegetales, que se encuentran naturalmente en grandes cantidades en alimentos normales como las papas, los frijoles o las judías. Si no, por ejemplo, cómete dos kilogramos de papas orgánicas crudas y sin pelar y estarás muerto. ¿Quién es el responsable? La solanina venenosa, que es particularmente rica en las áreas verdes. Y no es que las papas sean tóxicas (benditas papas, que por ellas aún puedo leer literatura europea de la Edad Media y baja Edad Media latina), sino que cada alimento es venenoso si se consume en grandes cantidades.

Las frambuesas, por ejemplo, tienen tantos venenos naturales que no se pueden vender artificialmente. Incluso uno se puede morir por el consumo excesivo de agua, y tales casos son por demás conocidos. Por supuesto, los medios ignoran todos estos tipos de riesgos naturales, que no son hechos por el hombre, pero lo que los medios necesitan son víctimas y chivos expiatorios. Y la naturaleza, lamentablemente, es un mal chivo expiatorio.

Tenemos pues riesgos sobrevalorados, sobre todo como occidentales.  Por ejemplo, ni una sola persona murió en el accidente del reactor de Fukushima debido a la exposición de radiación, pero alrededor de 20,000 personas murieron por un tsunami o un terremoto. ¿Quién, por ejemplo, le presta atención a la caída de cocos durante las vacaciones en lugar de a los tiburones? La horrible idea de que un tiburón podría arrancarnos una pierna provoca miedo. Pero el riesgo es insignificante. Cada año, menos de 100 tiburones atacan a menos de diez personas en todo el mundo. Preste pues un poco más atención a la caída de cocos durante las vacaciones y a cuántos turistas matan en un año.¿De dónde viene entonces nuestro miedo?

Genéticamente programados, a menudo heredamos miedo a la comida en mal estado por nuestros antepasados, lo que era vital para la supervivencia hace miles de años. Así también el veneno en los alimentos es invisible, por lo que era particularmente importante tener cuidado. Si nuestra especie persiste durante un millón de años, tendremos más miedo a los puntos de venta no seguros, y sin más en una ciudad como León, Guanajuato, que es la capital de las taquerías, hay una por cada esquina.

Pero ya que estamos hablando de taquerías y de puntos de venta no seguros, la pregunta que me asalta entre nosotros es porque sólo sobreviven aquellos miembros de la especie que evitan meter los dedos. Los accidentes domésticos con corriente eléctrica a menudo son fatales. Pero no había electricidad en la jungla, por lo que el miedo a esto aún no está conectado con nuestros genes.

¿De qué es lo que tenemos miedo? El miedo es parte de la naturaleza humana. Aseguró la supervivencia de nuestros antepasados, pero hoy nos preocupan las preocupaciones difusas

A mí por ejemplo me preocupan más otros peligros cotidianos que se subestiman… El tráfico, los hospitales, los accidentes domésticos, los alimentos grasos, el alcohol. Soy escritor, y por supuesto bebo, y lo que puedo decir es que el alcohol es peligroso, es asesino serio. Y si algo he visto en estos años de ser escritor, y de ser persona, es que nuestros temores cambian.

¿Cómo han cambiado nuestros temores en las últimas décadas?, me pregunto. Pongo un ejemplo, tenemos, esencialmente, miedo de las mismas cosas que nuestros ancestros en la sabana o jungla. Es por eso que no tenemos miedo al tráfico de la ciudad o la electricidad. Y sin embargo, muchos ahora tienen miedo de morir de cáncer. Al día de hoy, una quinta parte de mi generación ha muerto de eso, y moriremos de eso, probablemente.

Si se encontró un medicamento para el cáncer, la esperanza de vida aumentaría en tres años, pero otras enfermedades como el Alzheimer o las enfermedades cardiovasculares aumentarían significativamente. Lo que es un modo de decir que no hay escapatoria del miedo a morir, porque seguramente moriremos de cualquier cosa.

Más bien, a solas me pregunto, ¿de qué tendremos miedo en los siguientes diez años? Algo me dice que la programación genética permanece, como el miedo al veneno en la comida, y con todo, creo que el miedo al terror disminuirá, si se controla el miedo a grupos como el Estado Islámico.


La idea apocalíptica de lo correcto

Del otro lado, la historia del progreso eterno se está volviendo cada vez menos contada. Las guerras mundiales, las bombas atómicas, el Holocausto siempre habían sido una creencia en el progreso.

La filosofía posmoderna declaró el final de las grandes historias y además nos sacudió del pensamiento del progreso. Pero el inminente colapso ecológico ahora puede matarlo, y es entonces es cuando se reactiva el pensamiento apocalíptico

La idea de un apocalipsis se ha encontrado en muchísimas culturas y sociedades durante miles de años. El cristianismo, por ejemplo, traduce la palabra griega apocalipsis, como revelación, cuando se trata del juicio de Dios, del fin del mundo, de un catastrófico fin de la historia. Pero incluso con aquellos que no tienen conexión religiosa, el miedo al fin del mundo ha dejado una profunda impresión en su conciencia.

Yo por ejemplo he dejado de ir a las librerías porque las novelas distópicas están en auge en el mercado del libro, ficciones de los últimos tiempos de un futuro no lejano. He dejado de ir al cine porque las pantallas de cine siempre tratan sobre virus asesinos que destruyen a la humanidad, asteroides gigantes que corren hacia la tierra y gigantescos desastres naturales.

El debate sobre una posible nueva pandemia desencadenada por el coronavirus, que se ha despertado en parte en estos días, ilustra el deseo humano a veces existente de fantasías de fatalidad

Según la científica cultural Eva Horn, podemos pensar en el futuro principalmente como un desastre. Una idea que algunos parecen aceptar, e incluso llegar a decir: “¡Bravo, por fin al mundo se lo está cargando el payaso!”. Pero desde hace un año que vengo escuchado por las calles sobre advertencias de desastres, de catástrofes, de distopías, o de condición apocalíptica.

El nuevo movimiento climático no sólo tiene en mente un futuro catastrófico, sino también el fin del mundo tal como lo conocemos. El otoño pasado, la niña Greta Thunberg habló con las Naciones Unidas con lágrimas en los ojos sobre el comienzo de una “extinción masiva”. Esto suena similar al controvertido grupo de política climática Extinction Rebellion, sobre el que escribí un artículo aquí en Ruleta Rusa, y que nos advierte sobre la extinción de plantas, animales y la humanidad entera.

Pero para esta narrativa apocalíptica, el movimiento climático tiene mucho viento en contra. Principalmente de la derecha, la niña es acusada de ser histérica. Pero también hay críticas de la izquierda, y algunos autores y activistas ponen a quienes advierten sobre una catástrofe climática en el rincón derecho. A lo que voy es que el pensamiento apocalíptico ocurre de diferentes maneras en la sociedad. Todavía no es una narrativa uniforme. Más bien, el pensamiento apocalíptico es una estructura narrativa, una forma con la que se pueden contar varias historias apocalípticas. Y debido a que el apocalipsis es más forma que contenido, los críticos de izquierda hacen que sea demasiado fácil para ellos asumir que quienes advierten sobre el fin de la humanidad están en lo correcto.

Y hasta donde observo, hay tres narrativas apocalípticas que difieren mucho en contenido. En primer lugar, existe la variante conservadora cristiana, que tiene como objetivo preservar la creación y confiar en un Salvador que pueda encargarse del asunto, con mucha suerte.

Está también la narrativa reaccionaria de la fatalidad: se trata menos de un apocalipsis de toda la humanidad que del final inminente de un pueblo, por muy definido que sea. Quiero observar que Oswald Spengler lanzó esta historia en forma de libro hace unos 100 años y escribió La caída de Occidente, uno de los libros de no ficción más vendidos en la República de Weimar. Pero el miedo al colapso de Occidente cayó en desgracia después de la derrota de los nacionalsocialistas y sus crímenes.

Con todo, Alemania se suprime a sí misma de Thilo Sarrazin, podría reactivarse, y los nuevos líderes alemanes con su AfD (Alternativa para Alemania) ven en ello quizá la “última oportunidad evolutiva” para el pueblo alemán.

La preocupación expresada en el movimiento climático se encuentra antes del fin de toda la humanidad. Esta variante de la narrativa apocalíptica es antagónica al miedo reaccionario a la caída de Occidente. El miedo a la extinción humana incluye pues a todas las personas y, por tanto, es universalista

La variante reaccionaria, por otro lado, se refiere a una parte limitada de la humanidad, como un pueblo étnico o culturalmente homogéneo, y por lo tanto es particularista y exclusiva.

En este momento, el movimiento climático enfrenta el desafío de no estar satisfecho con las “soluciones” técnicas y tecnológicas. Muchos confían en mentes constructivas y creativas que deberían juzgarlo. Algunos inventos aquí, algunas ideas inteligentes allá, tal vez aún se pueda evitar el fin de la humanidad.

Huelga decir que esta esperanza va de la mano con el sueño del capitalismo verde con el que sueñan algunas grandes empresas. Los pragmáticos, que confían en tales soluciones, tienden a ignorar las causas sociales y económicas del cambio climático. Esperan una luz al final del túnel en lugar de pensar en cambiar la dirección del viaje, y en política real confían en la continuación de nuestro sistema económico y social, que se basa en el beneficio y la explotación de las personas y la naturaleza. Pero, ¿qué tipo de luz es esta que políticos orientados a la solución, pragmáticos y reales ven allí?

En El coraje de la desesperanza, el filósofo esloveno Žižek apela a pensar constantemente en la desesperanza de nuestra situación. Porque el verdadero coraje es “admitir que las luces al final del túnel son probablemente los faros de un tren que se aproxima”. En Žižek, la desesperanza es el impulso para cuestionar los conceptos básicos para cambiar las coordenadas. Además de aquellos que todavía esperan la luz al final del túnel, también hay voces en el movimiento climático que están mirando las bases económicas y sociales de la inminente catástrofe, y son quienes esperan una revolución.

Una revolución, sin embargo, como Walter Benjamin lo entendería, que se opone explícitamente a la idea de la locomotora de la historia mundial. Para él, las revoluciones son más como alcanzar el freno de emergencia: “que las cosas sigan” es el verdadero desastre para Benjamin.

El pensamiento apocalíptico puede tener un efecto liberador y de ninguna manera es necesariamente autodestructivo. Pero los matices son importantes. El destino inminente no es pues el resultado de desafortunadas coincidencias, sino el resultado de la acción humana: y es de este mundo

Aunque ciertamente como el mismo Žižek dijo una vez entre los críticos de la globalización, “otro mundo es posible”. “Otro mundo o ninguno”, podría decir hoy. O como dirían Benjamin o Žižek, en el sentido de lo que esto significa, tire del freno de emergencia. Salga, confíe en la cooperación en lugar de la competencia, deje atrás viejas certezas, diseñe una nueva ruta, tome nueva dirección. La desesperanza podría crear una nueva esperanza: evitar nuestro fin del mundo.

Finalmente, mientras escribo esto —y escucho a los Intergalactic Lovers: “Too many people, too many thoughts/Driving me crazy, driving me up the wall/Too many insiders, too many sighs …”—, pienso que el discurso de la viralidad tiene sus raíces en la biología molecular temprana y la teoría de la información del siglo XX, pero sólo hemos estado ganando terreno desde la década de los sesenta.

Virulencia y metáfora, vinculadas al drama del SIDA y al descubrimiento del VIH retroviral, lo que es popularmente: la posmodernidad. El virus como medio de cambio con tecnología. Requisitos para almacenar y transformar información cultural considerada. Demandas artísticas modernistas de apertura, permeabilidad, interacción y participación, especialmente en el contexto de Dada y Fluxus, que se promueven con la ayuda de agentes de contagio interpretados como fenómenos biológicamente inspirados de intermediación y analizados como modelos virales de interacción y transmisión que parecen aproximarse al arte y la vida y la cultura de participación digital practicadas actualmente.

Pienso pues que en virología hay más personas y virus en el mundo que estrellas en el cielo, y no es sólo una visión holística. Hoy, el interés científico en los virus ya no es exclusivo ni determinado por su amenaza como patógenos e intrusos subversivos. Y hoy el concepto de vida: la vida como programa codificado sólo puede entenderse en el contexto de la virología.

Los virus pues están básicamente involucrados en todos los procesos evolutivos y deben demostrar ser el último hallazgo de particular importancia para la transferencia horizontal de genes, en una red de código abierto, completamente reconfigurado de información genética que transmite una historia de la vida, una de vida cada vez más cuidadosamente examinada.

  • Ilustración: Bernt Notke
OCT 2