Vivo en conversación con los difuntos, Y escucho con mis ojos a los muertos. (Quevedo)

Advierto, con moderado espanto, que mi relación con las ferias de libros es torpe, ambigua, desastrosa. Diré algo a mi favor: nunca he comprado, en esos recintos, playeras o tazas cursis con frases pedantes.

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Tuve la fortuna, aunque muchos la consideran una desgracia, de nunca ir a una feria de libro en mi niñez. Así que no tengo recuerdos de un yo infantil pastando y leyendo en un Edén libresco. Lo mío fue inventarme historias con tramas sin gobierno en la cabeza.

Tampoco hubo muchos libros en la casa de mis padres. Un diccionario enciclopédico era mi refugio para evadirme de no sé qué. Quizá de mis propias historias. Sé que eran siniestras, atroces. El insomnio no fue, en mi caso, asunto de generación espontánea. Labré mis ojos abiertos por las noches con el cincel de una patológica imaginación.

Fui un niño nervioso, propenso a la lectura de lo que me encontrara encuadernado. Pero insisto, afortunado al no pisar, en aquellos años, una feria del libro. Estoy seguro que no me hubieran comprado libros, no por castigo, sino por falta de presupuesto. Qué hubieran hecho mis padres para paliar esa insatisfacción. Lo que hacen otros, meterme a cursos o talleres de manualidades. Quizá, sin prever los futuros traumas, también me hubieran sentado en un semicírculo donde un odioso cuentacuentos leyera en voz alta.

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La raíz de mi mala escritura puede que venga desde ese entonces, de mi poca familiaridad con libros en la niñez. O simplemente soy un inepto sin excusa.

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Son muchos los lectores y escritores que presumen el gozo que supuso visitar una feria del libro en su infancia. Malamente pienso que eso equivale a pararse el culo sin que nadie les pregunte de dónde viene su cultura libresca, claro, en caso de que la tengan

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El lector es una anomalía. Tarde o temprano cogerá los libros y no los soltará, aunque eso suponga una vida gris y miserable a ojos de quienes se proponen fundar una familia, comprese un auto o escalar puestos en su trabajo.

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Cuando comencé a visitar la feria del libro en mi ciudad, por ahí de los 15 años, únicamente compraba obras en oferta, libros de saldo, libros malbaratados, libros en remate. No ha cambiado mucho eso, lo admito.

En aquel tiempo yo era un adolescente jodido que muy a penas conocía el concepto y realidad de traer dinero en las bolsas del pantalón. En el presente la cosa no ha cambiado mucho, pero dejemos el discurso lacrimógeno para otra ocasión.

A lo que voy es que esa circunstancia ha sido favorable para inventarme una especie de poética de lector. En un primer momento no hubo voluntad por confeccionar esta poética. Sólo era un asunto incidental. Soñaba, como lo hace todo adolescente, en que el futuro me pintaría una realidad mejor, es decir, que llegaría a comprar novedades costosas sin problema alguno. Y como ese futuro cada vez se aplazaba más, terminé por acostumbrarme a comprar libros de segunda en tianguis, en destartalados estanquillos de periódicos, en puestos callejeros y, algunas veces, en patios de casas que remataban la biblioteca de algún pariente desquiciado ya muerto.

A las librerías ni me metía, era espantoso y frustrante nunca contar con dinero suficiente para hacerme de un librillo. Y, lerdo desde entonces, nunca robé los libros que deseaba leer, salvo en una ocasión. Pero, para colmo, ni siquiera lo hurté yo. Fue un conocido quien, sin avisarme, depositó un librito (Mi suicidio, de Henri Roorda) en la capucha de mi sudadera. Cuando salimos de la librería me dijo lo que había hecho. Me molesté, o eso fingí para ocultar el miedo que sentía. En un volado nos jugamos quién se quedaría con el ejemplar. Yo lo gané. Años más tarde, un remedo de pintor me lo robó. Me consuela saber que sus 100 años de perdón ahora son menos.    

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Pero iba a lo de la poética del lector jodido, disculpen el pajareo. No recuerdo el momento preciso en que decidí ya no soñar en comprar libros fuera del alcance de mi presupuesto. Quizá tendría unos 22 años.

A esa edad ya había terminado la carrera en filosofía, lo cual significó una disminución del ansia por leer novedades filosóficas. Leería lo que pudiera comprar, sin importar qué tan pasada de moda estuviera la obra.

Al paso del tiempo le he visto gracia a este procedimiento. Las charlas con otros lectores se hicieron parcas. Nunca estaba al día de tal o cual novedad. Luego, cuando ya le hacía al escritor, pasaba lo mismo. Rehuían de mí los que canturreaban a este o aquel escritor súper leído, los que recitaban los versos de fulano o mengano que la estaban rompiendo en los premios nacionales

No seguirles el paso a las novedades editoriales me permitió cultivar un gusto propio, pinche, si ustedes quieres llamarlo así, pero gusto, a fin de cuentas.

Un efecto colateral de esta poétiquita de lector fue que dejé de ir a la feria del libro de mi ciudad durante algunos años. Por más rebajados de precio que ahí estuvieran los libros, siempre encontraba obras más baratas en los lugares que ya mencioné. Además, la feria del libro de esta ciudad donde vivo es, no sé desde qué años, más una infernal guardería que un escaparate de autores o libros.

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Cuando comencé a publicar mis libros visité otras ferias del libro en cuidades y países diferentes. Quizá incurra en una torpe generalización, pero esas otras ferias no son muy desiguales a las de mi ciudad. Unas son más grandes, con mejores programas de presentaciones editoriales, con espacios más pomposos, con más libros, pero todas, a fin de cuantas, son un hervidero de gente pedantesca y ñoña por igual; por supuesto, yo soy parte de esa gleba. Y creo que padezco de agorafobia. Al cumplirse una o dos horas de caminar por pasillos y estantes de editoriales comienzo a sentirme sofocado, sudoroso, irritable.

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Sumado a la agorafobia que me impide ese gozo del que hablan hartos, está mi torpeza para relacionarme con las personas, que en esos espacios son lectores, escritores y editores. Me aburro cuando los primeros me cuentan su epicureísmo soso entre libros, la proeza que supuso conseguir la firma de su autor favorito. Y como no muestro signos de excitación ante sus anécdotas, me tiran de ignorante y pendejo. Me han dicho: bueno, es que tú no sabes ni conoces qué tan hermoso es leer un libro, ni lo mágico que es sacarse una foto con un renombrado autor. Otros me preguntan: ¿ya leíste el libro  ‘Hipopótamos morados’, o el de  ‘ Penetrado por la teja del jabón Roma’? No, respondo. Es que por eso estamos como estamos, alegan con un desplante de lucidez e inteligencia que, o me deja ciego o bizco.

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Ir a las ferias del libro equivale a coleccionar, además de libros, enemistades, sobre todo de autores. A mí me pasa esto con cierta facilidad. Caigo mal a las primeras, y no hago nada para evitarlo. A la fecha, no sé saludar a mis colegas. Y se toman esa ineptitud mía como una declaración de guerra, un signo de enemistad o, los más avezados en bajas pasiones, como una inconsciente confesión de envidia. Ni modo, me digo a mí mismo, esto son los efectos de no ser el buena-onda-chido, o el cool-loco-transgresor-que-invariablemente-chupa-culos. O simplemente, un distraído.

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Con los editores hablo poco. También ellos hablan poco conmigo. Nos vemos, les digo y me dicen. Asunto arreglado. Y salgo de su vista lo antes posible, antes de caer, como suelo hacerlo, en alguna imprudencia.

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Me las veo mejor, parafraseando a Quevedo, con autores muertos, con libros de antaño. Esa es mi poetiquilla de lector.

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¿Sigo sin leer novedades? Diré que las leo, y con mucho gusto algunas. No hacerlo sería mezquino de mi parte, lo reconozco. Pero lo cierto que no me pega la gana seguirle el ritmo a quienes se mueven como delfines entre novedades editoriales. Leer a esa velocidad me parece inverosímil, pero conozco a más de alguno que lo hace. Y bien.

  • Ilustración: Ramón Casas