Era domingo el de esa visita que le hice a Raúl Zárate. Desde entonces se me quedó en vilo este texto que nunca pude escribir antes de ahora.

Fui a una casa donde estuvo Raúl Zárate, un pintor al que conocí de niño, y le di vueltas a la idea de escribir sobre esa visita, sobre ese pintor. No pude abordar el tema de forma que no resultara un fallido intento. No logré redactar unas cuartillas que merecieran la pena antes; no es que éstas la merezcan, pero el tono que he encontrado es distinto al nudo que atoró cualquier impulso otras veces.

Si hago un recuento, a la casa a la que fui a verlo esa vez, era la cuarta casa. Hablo de visitas a un pintor en distintas casas, en diferentes momentos. Conforme pasa mi vida, se van haciendo estampas que se despliegan cuando uno le exige al terreno de los recuerdos. Al preguntarle a esos escenarios cristalizados en alguna imagen ingrávida y casi onírica, me vienen a la mente detalles, movimientos, palabras, impresiones de lo que sucedió. Me encaramo en un paisaje inmóvil y pasado, pero, no atino a explicar cómo, empieza a cobrar vida esa serie de imágenes con presencia.

La primera de las casas a la que fui a verlo fue ésa de la calle 5 de Mayo. Digo con conciencia que era porque ya no existe. Como mucho, ese segundo piso aireado con olor a tabaco, a Delicados y a resina, helechos y geranios, dejó de ser una casa para ser una bodega. La industria todo lo alcanza, el progreso borra lo que se le pone al paso. Cuando camino por ahí, entre el edificio de Telégrafos, el edificio donde estaban las carnitas Chavacán y esa tienda de objetos de peltre que está en la siguiente esquina, evoco alguna de las visitas. Hablo de una junto a mi padre y dos franceses que visitamos al pintor.

Yo era un niño balbuceante. No podría ni siquiera tener en claro de qué hablaban, pero invento esa estampa en donde Zárate está en una tumbona: camisa a cuadros y jeans, botas moteadas de pintura

Emmanuelle Houllés mira con detenimiento cuadros, habla a lo lejos con quien los ha hecho. Le pregunta cosas a las que el pintor responde con desgano o modestia, o con interés poético también. Antoine y mi padre fuman y sonríen, miran hacia el patio de abajo que se abre como una bocanada si uno miraba al precipicio. Posiblemente fuman mota, quizá beben algo, un cuba libre, nunca cerveza. Esos recuerdos son sordos, pero son paisaje también. Estas memorias carecen de contornos firmes, pero su fragilidad me termina jalando la nariz. Despierta mi olfato memorioso. Lo que recuerdo son los olores. Ya lo dije: mota, resina y Delicados, un humor que le sale al cuarto como de sutil humedad y olor a tierra mojada, helechos y geranios. Y en el fondo, un perchero con sombreros.  

Cuando pienso en las visitas al pintor, caigo a la casa de Ramón Corona. No existe ya tampoco. Al lado de lo que alguna vez fue el cine Rialto de Irapuato, un imponente escenario para ir ver películas, hubieron un par de edificios, no sé si de condominios o de vecindades. Apenas alcanzo a recordar uno y otro de los terrenos como si fuera más una vida que quise haber vivido. Aspirante sistemático a lo que no me tocó entender, seguramente confundo, pero, en uno de los edificios a los que aludo había departamentos grandes, como de película de Julissa. Predios gigantescos, incluso con dos pisos, ventanales enormes, barandal en la escalera de herrería art decó habitados por vecinos burócratas venidos a menos, trabajadores del ISSSTE jubilados, habituales del Centro, todos conocidos.

El otro lugar en el que pienso era una hilera de cuartos. Ahí es donde ubica mi memoria una segunda casa de Raúl, el pintor. Recuerdo sobre todo una exposición en tendederos. Una exposición a la que Raúl invitaba con pequeñas postales hechas por él mismo. Las pintaba con detalle, por las tardes. Le emocionaba como a un profesional cada exposición. Entendía un mundo que se le dificulta a uno entender. Lo pienso a él sentado, en un patio, garabateando su firma en cada postal. Sopeso cómo cada quien encuentra lo importante y particular en su propia existencia: un empeño. Para él era importante invitar a sus amigos de una manera generosa: uno iba a ver las pinturas de esa exposición luego de recibir un pequeño cuadro en cartoncillo donde un paisaje de Irapuato viejo era el recordatorio.

El escenario era de paredes gastadas, ropa en tendedero goteando todavía al lado de los cuadros que proponía Zárate, también en tendedero o en la pared gastada. Olía a jabón Zote y a alcantarilla

Uno entraba por Ramón Corona y pasaba por unos metros de cierta oscuridad. El portón lucía oxidado, como a punto de caerse de una buena vez. Afuera del cuartucho de Raúl, había mesas de la Corona, metálicas, donde se ponían los canapés que los concurrentes traían para la conversa que se hacía en esas galerías improvisadas de una rotunda honestidad y, ahora, como distingo cuando escribo esto, inolvidables. La gente que asistía a las exposiciones también habitaba la vecindad. Lejos de ser una nostalgia de arrabal, lo que hacía Zárate era un gesto político, pienso que incluso estoico. Dotaba a sus espacios de una naturalidad que hacía sentir a la cuadrilla muy cómoda, como para conversar y debatir, quejarse y criticar. Recuerdo o invento, ya no sé, que en esa vecindad Raúl pintó un mural de toda la pared que se comía el sol y que el pintor retocaba cada que podía. El tema de ese mural era, puedo estar mintiendo, el Ferrocarril, la estación de Irapuato al lado de la tabacalera El Águila. Luego que desalojaran a todo mundo de esas vecindades para derruir, Raúl habitó La Castañeda.

Posiblemente invento y primero debo mencionar La Casa del Arte, una idea promovida por otro de los solitarios intelectuales de Irapuato. Me refiero a Rubén Pérez Vargas, quien merece su espacio a parte. Digo que confundo porque los tiempos se me enciman y porque no sé si Raúl sólo pintó el mural de esa pared o también fue su casa. Lo que sí he de decir al lector es que merodeo el centro histórico de una ciudad chaparra que ha desaparecido casi por completo. Las ciudades cambian tanto como el voluble corazón del hombre, decía el poeta.

La Castañeda estaba en una calle principal, en Hidalgo. La recuerdo como se recuerdan las experiencias inaugurales, aunque no es la nostalgia la que me mueve. Evoco con matices ocres ese espacio porque es una algarabía de fiesta y bohemia la de esa casa. Sonrío al escribir porque me sigue pareciendo increíble el mundo aparte que era Raúl y cómo lo impuso cada vez, con saldo en contra siempre. No es la nostalgia del pasado sino la conciencia demoledora la que dicta estos reglones. Descubro en este recuento que conocí a varios de los que son los pintores de ahora. Nos encontramos todos, medio extraviados, merodeando esa casa vieja.

No sé qué tanto significaría Raúl Zárate para Omar Hidrogo o Javier Durán, para Carmen Morales o Joaquín Cano, pero ahí los conocí. Nos encontramos como una especie de cachorros curioseando algo. Coincidimos y creo que eso se lo debemos a los caprichos del Jefe, como le decían. Y, luego, la vida siguió con la misma mínima importancia

La Castañeda era una casa que cobraba una juventud escondida tras el desgaste de las paredes a punto de caerse. Despertaba esa casa cuando la comunidad acudía al llamado del pintor que invitaba con postales hechas por él mismo. Lo que recuerdo de ese lugar es que yo solía pasar los viernes por la noche, cuando volvía de la universidad. Todavía no daba pavor caminar por las calles. La noche era caminable. Lo que recuerdo era que solía estar Raúl ahí, con conocidos, pintando mientras conversaban. Más que platicar, entonces, escuchábamos radio: emisiones cubanas o al Doctor Lamoglia, algo de Radio Francia o lo que apareciera en el radio desde la onda corta. Lo que recuerdo es que le compré un cuadro hecho en tela de terciopelo de la que ahora es la Catedral. Tiene un lunar blanco color ostión casi en el centro, que es la luna, y reina ahí el punto de fuga. Es una clase de simetría y líneas ese cuadro. Eso yo entonces no lo sabía. Sólo entendí que quería hacerme de un cuadro de Raúl cumplida mi mayoría de edad. Lo compré, además, con el dinero de una beca estudiantil. Este orgullo ingenuo que me delata como un cursi lo ostento con cierta dignidad en esta memoria que hago del Jefe.

La cuarta casa fue es ésta que tengo en la mente ahora, ya con aires elegíacos. Suena sordo el tiempo que ha pasado. Esta casa es un cuchitril a las afueras de la ciudad, en las Villas de San Cayetano. La modestia y la cierta calma de otros tiempos, ahora, se convirtieron en sarcasmo y algo de rabia. El día que tengo en la mente, el de la visita, hacía sol, aunque en el cuarto estaba fresco. Esa tarde, en mi recuerdo, Raúl, reacio a la alegría, me cuenta cosas. Dice que se siente en un limbo, que a él le importa poco el infierno, o el cielo, que sólo quiere su vida. Se refiere a otra vida. A una de libertad. A una que ya no tiene.

Raúl y yo charlamos esa tarde. La piadosa figura que veo y que debo describir es la de un joven sentado y a un viejo postrado en una cama. El joven tiene frente a sí a un cojo ciego al que da de comer en la boca. El tiempo ha roto algunas cosas como cuando los cristales de una ventana atajan una pedrada; ese vidrio no se parece a lo que fue.

Él habla. Lo animo a contarme cosas. No soy optimista, eso le gusta. Me hace pensar en la estampa que preservo de cuando yo fui niño que él recuerda a ratos pero sin nostalgias. Son recuerdos, hechos vividos, pues. No tienen ni tono especial ni edulcora nada. Raúl no me puede ver, soy otro del que de niño fui. Pero yo sí pienso ahora que aprendí cosas sin saber, como esperando a que se unieran los puntos a la hora en que, en el futuro, en mi vida, vaya a un museo o lea notas históricas. Yo no sabía qué era un anarquista, pero desayunaba huevos a la mexicana con uno. No entendía qué era el surrealismo o el dadaísmo, pero teorizaba al respecto cuando nos contábamos los sueños. Tampoco sabía de Chagal, pero veía a diario reminiscencias de eso.

 «No preví la vejez. Fui un ingenuo», me dice. Es la frase que repica en mi cabeza un par de veces al día desde entonces. Lo pienso y me encandilo o me abrumo o me angustio o me repito, ¿ese es el precio del anarquismo existencial? ¿Es un precio justo?, remato en el delirio

¿Seré yo un ingenuo? ¿Se puede prever algo? Vaya preguntas retóricas. Crecí con los pasajes y los países de este pintor. Mi Irapuato se finca mucho en ése y es posible que ese sea el motivo de mi aferre a concebir los cambios sucedáneos como una anomalía. Un paisaje es un paisaje, es una estampa: algo fijado. Pienso que a lo mejor ésta es una de las razones por las que acudo a la escritura. Terminé escribiendo, por lo menos mis primeros textos, que iban de una memoria exterior filtrada por una conciencia y terquedad por recorrer el niño que fui, justo debido a que hay un inocente idealismo por ver en cuadros un tiempo que no era ni fue ni será mío. Una suerte de impostura o de viaje a través de cuadros. Qué cursi descubrimiento, como cuando se dice que con la lectura uno habita otros mundos. Qué cliché.

Pero también hay un cierto refugio con una nostalgia que me apetece, lejana, risueña, como de aire resignado. Ya no escribo nostálgico, más bien enlisto las casas y las cosas como un firme deudor de la imaginación. Lo que pienso es que al escribir este texto precisamente me doy cuenta de cómo se ha movido mi mirada.

Confieso que era incapaz de formular un texto acerca del pintor Zárate que no fuera entre rabioso, pusilánime y llorón. Como si pensara que había algo de injusticia para él, como si, falacia clara, pensara que nadie lo había conocido como yo y era yo un apóstol que lucharía por su reconocimiento. Me esforzaba por mostrar un lado matizado y terminaba consignando lugares comunes encriptados en una suerte de análisis soporífero sobre una persona que la mayor parte del tiempo no se preocupó por los panegíricos. Los intentos, vanos todos, por pintar al pintor redundaron siempre en un temple llovido de tragedia.

Me dolía, pienso, verlo demacrado. He entendido ahora que esto es lo habitual. Su frase, masoquista y castigadora, creo, también es honesta e inevitable. Nadie controla el futuro

Este texto de las casas es uno que llega unos diez años luego de haberlo intentado. Y es un paisaje con memoria donde yo mismo me muevo en la narración, con cierta plasticidad, desde la mirada del niño preguntón, cursi y tierno, impertinente, pasando por la insensatez del estudiante universitario que lo vio como un mentor. Camino por el temple ya pasado de arrogante cardumen de escritor joven premiado, pero con toda la vida por delante para darse cuenta de que, a veces, vivimos más de lo que querríamos y así tiene que ser. Escribo desde aquí, ahora, un ensayo sobre casas y un pintor de provincia y pienso que luego los textos solo necesitan calma y catalejos, luego exigen que el que mira se detenga, luego enseñan, en la revisita los hallazgos.

Ahora que caigo en la cuenta de esto, de los hallazgos, no puedo evitar decirme que tenemos boleto asignado para vernos cambiar. Para ver lo que siempre hemos visto desde los ángulos más insospechados. Ahora que redacto este texto me ataca un poco la sensación de que en realidad siempre somos ingenuos y falaces y ahí está la vida, o su transcurso, para colocaros siempre en el lugar correspondiente que, habitualmente, no es ni el que esperamos ni el que querríamos.

Así que escribo un texto sobre casas que pretende recordar a un pintor. Una seguidilla que tiene su germen en una visita hecha hace unos años y que se atoró ahí, hasta ahora, que recuento y revivo ciertos momentos con el pretexto de escribir un ensayo personal sobre Raúl Zárate que no pude escribir nunca antes a pesar de que merodeaba con obsesión ese tema que era para mí una deuda o un deseo o una necesidad.

  • Foto: Cortesía de Luis Felipe Pérez