Antes de comenzar, debo ser sincero.

Llegué con mucho tiempo de retraso a Lady Bird y, para cuando llegué, estaba tan alimentado por el entusiasmo desmedido que había suscitado el debut de Greta Gerwig -“la película adolescente perfecta” según GQ, “perfección a la pantalla grande” según The New York Times, 100% en Rotten Tomatoes (ahora 99%) rompiendo un récord y siendo la película mejor evaluada en ese agregador- que terminé estando predispuesto a decepcionarme con ella. Estaba seguro de que el fervor con que la crítica estaba recibiéndola era en parte por el clima social y político. Debo decir que Lady Bird me cerró la boca y me alegra.

Christine, Lady Bird (Saoirse Ronan), es una adolescente que está a punto de salir de preparatoria. Como muchas adolescentes, está impaciente por dejar escuela, etiquetas, ciudad provinciana y familia atrás y avanzar a lo que se imagina será una vida mucho más emocionante, interesante, especial.

En esa edad en que todo es búsqueda inquieta e insatisfacción, Lady Bird se ha dado ese nombre a sí misma porque cree que Christine no la representa, desea ir a Yale o a Columbia y olvidarse de su escuela católica aunque sus calificaciones no son lo suficientemente buenas, desea vivir en Nueva York “o por lo menos Connecticut o New Hampshire donde los escritores viven en el bosque” olvidarse de Sacramento que le parece aburrido y falto de vida cultural a pesar de que ella misma no es muy culta. Quiere ser más rica y más popular, quiere estar en la olimpiada de matemáticas aunque no entiende sus clases, quiere ser la estrella del grupo de teatro aunque no tiene el talento: quiere todo lo que ella no es.

¿Y qué adolescente no quiere ser cualquier otra persona menos sí misma?

La vida de un adolescente siempre será un reto. Esto esto lo que plantea ‘Lady Bird’.

Lady Bird es distinta, eso es verdad. Es única, pero aún no sabe por qué o cómo, y en el accidentado camino a descubrirlo, se enamorará, le romperán el corazón por primera vez, se dejará llevar por las hormonas (desilusionándose aquí también), se rebelará, será egoísta, querrá ser siempre el centro de atención, creerá que es víctima de su circunstancia, se quejará de que su madre no la entiende… en fin, será una chica de 17 años siendo una chica de 17 años.

Y si todo esto suena predecible y común es porque lo es, pero esto es un acierto y no una falla de la película. Lady Bird es extraordinaria porque se atreve a ser ordinaria. En el reino de las películas indie, que casi siempre recorren o los caminos de la rareza encantadora encandilada por Wes Anderson o Charlie Kauffman, o una melancolía hipster al estilo de Sofia Coppola; Greta Gerwig elige ser ella misma y contar una historia simple, con una narrativa lineal, sin experimentaciones visuales ni grandes hazañas cinematográficas. Es sólo una adolescente creciendo y no necesita ser más.

Esto no quiere decir que la película no sea compleja. Muchas veces el mayor triunfo del arte es retratar la complejidad a través de la sencillez y, ¿qué es más complejo que atravesar la adolescencia? El trabajo de Greta Gerwig y de Saoirse Ronan es fenomenal pues, aunque Lady Bird es una chica normal y en momentos ridícula, nunca es una caricatura ni un estereotipo y la verdad es que retratar la adolescencia sin caricaturizarla o encasillarla no es fácil.

Pero esta complejidad y la sensibilidad agudísima de Gerwig brillan aún más en la forma en que Lady Bird se relaciona con quienes la rodean y en los pequeños retazos de las vidas de los personajes que la circundan: Su padre (Tracy Letts) es un hombre de lo más afable y dulce, pero ha sido despedido de su trabajo como consultor financiero y lleva batallando con depresión clínica toda su vida; su madre, enfermera, debe trabajar doble turno para mantener a flote a la familia; su hermano (Jordan Rodrigues) es un graduado de Berkley que no encuentra trabajo y se ve obligado a ser cajero en una tienda local; la novia de su hermano (Marielle Scott) vive con ellos porque la corrieron de su casa; el sacerdote que es profesor de teatro en la escuela también sufre de depresión porque perdió a un hijo; Danny (Lucas Hedges), su primer y fugaz novio, está tratando de aceptarse a sí mismo; y Julie, su mejor amiga, tiene sobrepeso y está enamorada trágicamente de su maestro de matemáticas además de que tiene una turbulenta vida familiar.

Lady Bird ve todo esto, pero está demasiado ocupada tratando de hacer su propia vida para darse cuenta de que estas personas son su vida

La amistad es una de la relaciones afectivas más determinantes en la adolescencia.

Y aquí es donde debo hablar de lo mejor de esta película, la relación de Lady Bird con su madre, Marion, interpretada maravillosamente por Laurie Metcalf. Marion es una madre dura, exigente, hiriente a veces, demasiado orgullosa, intimidante. Nunca está conforme con lo que Lady Bird hace, no le gustan los planes de su hija para su futuro, no le agrada su gusto en ropa, no tiene problemas en restregarle sus malas calificaciones y decirle que tiene más posibilidades de acabar en la cárcel que en Yale, abreviando, habría sido fácil convertirla en una especie de antagonista de Lady Bird, al igual que todos y todas vemos como antagonistas a nuestros padres en algún momento; pero Gerwig evita que pensemos eso y la manera en que lo hace es tan sutil que casi pasa desapercibida.

Aunque siempre vemos el mundo desde los ojos de Lady Bird, hay momentos brevísimos en que vemos el mundo de Marion. La vemos ayudando a un paciente. La vemos atendiendo con inmensa compasión al profesor de teatro deprimido. La vemos riendo en el baño con su esposo mientras se lavan los dientes. Estas escenas son apenas registradas, no cumplen una función narrativa, más bien una función contrapuntual. Son la mirada que nos permite ver el mundo de nuestros padres, no de los tiranos ni de los aguafiestas que veíamos, sino de las personas a las que sólo empezamos a entender mucho más tarde.

En algún momento de la película Lady Bird le reclama a su madre: “Desearía caerte bien”, a lo que Marion responde: “Pero por supuesto que te amo”. Este intercambio de líneas me parece de lo más torpe, poético y significativo. Ambas tienen razón, pero ambas están equivocándose.

En una visita a la madre superiora de su preparatoria, Lady Bird escucha con sorpresa que “es evidente por lo que escribe que ama a Sacramento”. ¿Cómo es posible si desde el inicio de la película ha quedado claro que Lady Bird odia a Sacramento, que espera con ansias el minuto en que pueda alejarse de California? “Supongo que le prestó atención”, dice Lady Bird. “¿No crees que es lo mismo?”, responde la madre superiora, pero la joven Christine tardará en comprender la importancia de esto y cuánto se relaciona con su mamá y con ella.

Esta mirada sensible y sabia que se siente tan personal no es fortuita, Greta Gerwig, como Lady Bird, nació y creció en Sacramento y asistió a una escuela católica. Es hija de una enfermera (llamada Christine, como ella) y de un consultor financiero.

Esta película es, claro, una carta a sí misma en su adolescencia, a su ciudad, a las personas de esa etapa de su vida, pero sobre todo creo que es una carta de amor a su madre

El paso del tiempo ayuda a entender mejor las acciones de los padres.

Así que vean Lady Bird. Olvidémonos de Rotten Tomatoes y de los extraños arrebatos que se generan en redes sociales. Lady Bird no es mejor que El ciudadano Kane, no es superior a El Padrino parte I o II. Pero no lo necesita. Es Lady Bird; es su propia categoría.

Es una peliculita valiente, que retrata las contradicciones de la adolescencia mejor que ninguna otra que tenga en la memoria (excepto quizá Los años maravillosos, si contamos series), la ridiculez, el dramatismo, la gravedad, lo hilarante, lo triste. Una película importante porque ofrece a chicas adolescentes reales una historia de crecimiento con la cual identificarse (los hombres tenemos tantas), que no cae en el ámbito de la comedia de Chicas pesadas, pero tampoco en la sórdida tragedia de Precious, que sólo retrata este periodo para una chica normal, que duda, teme, se emociona, se ríe, se equivoca y que, inevitablemente, crece.