Nada temen más las personas que el toque de lo desconocido”, dice Elías Canetti, al principio de su libro Masa y poder.

Lo espeluznante, y tal vez también lo increíblemente fascinante sobre el coronavirus es su invisibilidad, su velocidad y el miedo a la infección que se deriva de la enfermedad. Este miedo parece estar anclado en nosotros arquetípicamente, y se encuentra en muchas novelas, pero sobre todo en innumerables películas de vampiros y zombies. Un mordisco, un contacto con la persona equivocada, y te sucedió a ti.

El arcaico miedo al contacto no es infundado, somos seres metabólicos, dependientes del intercambio, y las cosas mortales pueden penetrar a través de los canales de la vida. Además, la infección divide a la sociedad entre quienes la tienen y quienes no la tienen, y el miedo a la infección es también el miedo a cruzarse con el lado del ostracismo y volverse contagioso.

Incluso, hoy todo mundo se burla de la fuerza moral de un presidente, pero el famoso cronista de las guerras del Peloponeso, Tucídides, cuenta cómo una epidemia reveló la debilidad moral de sus contemporáneos, y echó por tierra alrededor del 430 a. C. el concepto de democracia.

El episodio es conocido como la “plaga de Atenas”, y nunca sabremos cuál fue la verdadera enfermedad que golpeó a los griegos. ¿Meningitis, tifus, sarampión?, ha habido muchas controversias para calificar la naturaleza de esta epidemia crónica por una de las mentes más grandes de la antigüedad. Relatado en el segundo libro de su inmensa Guerra del Peloponeso, el historiador nos cuenta de la llegada y propagación de este nuevo mal que diezmó a Atenas. “En ninguna parte de la memoria humana nadie se ha visto afectado por tal contagio, con una mortalidad tan terrible”, advierte Tucídides desde el principio.

Lo aterrador de la pandemia es pues la velocidad con la que se propaga el virus. El politólogo y teórico de guerra Herfried Münckler defiende con ello la tesis de que la geopolítica hoy apunta más a controlar flujo y reflujo de las sociedades: “Controlar los flujos de personas y bienes, capital e información se ha vuelto mucho más importante que la ocupación geográfica de los espacios alineados”, escribe.

El coronavirus aparece como un reflejo de nuestros tiempos y sus temores: ya no hay tierra firme, por así decirlo

Como la pandemia, todo fluye sin problemas y muy rápidamente; las noticias y los videoclips se vuelven virales, lo que significa que alcanzan una escala mundial enormemente alta en muy poco tiempo.

Curiosamente, el segundo gran titular de esta semana pertenece también a este patrón de miedo: Erdogan abre las fronteras para refugiados. Las metáforas siguen siendo pues las mismas: algo estalla y penetra; como si todos fuéramos refugiados de los que debemos protegernos en América Latina o Asia o la Unión Europea.

Hoy, que al parecer los mexicanos somos la burla en España, en Argentina y en Europa, quisiera recordar que acá tenemos un libro, el más hermoso que yo haya leído sobre literatura de guerra y que está mejor escrito que cualquier premio Pulitzer, Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Hoy casi nadie lo recuerda, pero ahí Fray Bartolmé inoculó una idea por demás potente durante la Conquista, que posteriormente, a mi ver, sobrevivió a la Colonia. Y es que frente a la epidemias tenemos que contaminarnos con moderación para sobrevivir.

¿Qué nos enseña Fray Bartolomé?, ¿qué nos enseña el coronavirus? Que los temores de infección son reales y al mismo tiempo son míticos-arcaicos, y que no podemos cerrar fronteras de ningún modo. La era de Trutzburg no sólo ha terminado físicamente, sino que también debe dar paso a conceptos más suaves e inteligentes. Las corrientes pueden ser dirigidas, aisladas, divididas y ralentizadas. Cuanto más rápido es el virus, más lento tenemos que movernos, y esto es lo que empieza a suceder ahora mismo en verdaderos países de avanzada, no en Italia o España. Se trata de sobrevivir juntos, es lo que enseña Fray Bartolmé de las Casas.

Hasta ahora el coronavirus ha sido relativamente amable en cuanto a la cantidad de muertes y el curso de la enfermedad. Tal vez también aprendamos de esto: nos infectaremos, pero la vida es, en la mayoría de los casos, no una película de terror en la que solo queda uno al final.

La pandemia está volcando al mundo, y lo más devastador es que se aísla, y que la esperanza de supervivencia nos separa. Pero aquí también hay un error en el pensamiento, porque generalmente no es la oposición dura, ni el adentro ni el afuera, ni el enfermo contra el saludable. Porque ya de entrada todas las epidemias están vinculadas a las principales fases de la globalización.

Desde Tucídides, las epidemias son el reverso de las civilizaciones, son el detrás del escenario. No sólo Fray Bartolomé, todos los cazadores de virus y pandemias de la historia y la arqueología lo saben. Basta con observar a las aves en las fronteras de China, basta con examinar la forma en que nuestras sociedades reaccionan ante las pandemias.

En lugar de ceder ante el miedo, ésta es una invitación a repensar la globalización y nuestra relación con la naturaleza

Lo importante no es cuándo o dónde comenzará una pandemia, sino si estamos listos para enfrentar sus catastróficas consecuencias, y eso significa un repensar también las nuevas formas de nuestra ayuda vecinal. Lo que es también una mayor participación de los gobiernos y más comunicación directa con los ciudadanos

Los políticos y los científicos tuvieron la oportunidad durante décadas, pero podrían empezar por tener más confianza en la sociedad. Si en realidad quieren romper cadenas virales en todo nivel, deben construir cadenas de comunicación —sensus comuni— que las sociedades por sí mismas ya construyen. No deben dejar a las personas en sus celdas, en la oscuridad de su casa. Esa es la fragilidad del mundo, y la fragilidad del mundo  es la nuestra.

Algo está volando por el aire allá afuera, algo que no podemos ver, que no podemos oler, que no podemos tocar y que, sin embargo, toca y afecta profundamente nuestras vidas.

Avanzando