La Compañía Nacional de Teatro ha revitalizado la puesta en escena de la obra clásica de Pedro Calderón de la Barca, en su presentación en el Teatro del Bicentenario Roberto Plascencia Saldaña.

Muchas de las preguntas del hombre pueden caber en el contenedor del teatro. ¿Qué falta por decirse de La vida es sueño?

El texto del español Pedro Calderón de la Barca es una de las más bellas obras del Siglo de Oro y su belleza en el cuidado del verso y del uso del lenguaje, resonó potente en las tres funciones que tuvo en el Teatro Estudio del Teatro del Bicentenario.

La Compañía Nacional de Teatro trajo a escena este clásico que en dirección y adaptación de Claudia Ríos, se decanta en un trabajo escénico cuidado en su conjunto, con toques de artesano.

Esa vigencia única que únicamente, sí señores, únicamente pueden tener los clásicos, corrió como agua fresca y limpia en ese escenario tipo arena diseñado por Kay Pérez que resulta una eficaz síntesis de espacios pues se prescinde de mobiliario y al centro hay una base elíptica reflejante como espejo que cambia de tonalidades claras a oscuras y al que parece rodearla un camino que se bifurca en varias direcciones.

La vida es sueño‘ es un juego de realidad, de ficción, de mentiras y verdades, donde no se sabe si se sueña y se vive, se está predestinado o hay libre albedrío, esto último es lo que más se cuestiona en la puesta en escena

La fatalidad está presente a lo largo de la obra cumbre de Calderón de la Barca.

La historia del príncipe Segismundo cuenta cómo es encerrado en una torre por su propio padre, el rey Basilio, quien temeroso de un augurio sobre la supuesta crueldad del hijo al saberse príncipe, lo hace poner a prueba el vaticinio pues el rey lo libera y le hace creer que está soñando.

Segismundo se torna agresivo y el padre lo vuelve a encerrar, acrecentando más la confusión.

A la par, se cuenta la historia de Rosaura, que llegó a ese sitio para vengarse de la traición de su enamorado, el príncipe Astolfo.

Todo es confusión en Segismundo y al final, entre los juegos de ficción y realidad, el príncipe perdona a su padre y casa a Astolfo con Rosaura.

La belleza de los versos barrocos y un atinado trazo escénico para potenciar la actuación y el esplendor de la lengua española, son las premisas evidentes del montaje que acude al texto original de la versión de Zaragoza de 1636.

Fernando Huerta Zamacona brilla en el papel de Segismundo, con una contención y abordaje del verso destacable, lo mismo que Cecilia Ramírez Romo (Rosaura) y Arturo Beristain (Basilio).

El acompañamiento de Ichi Balmori (Estrella), David Linn (Astolfo) y Marco Antonio García (Clotaldo), hace crecer y bien la puesta en escena que dispone al público en una cercanía con los actores para sentir el pulso incontenible de la obra que en sus 150 minutos de duración, se van en una cabalgata disfrutable.

Plagada de metáforas, cuestionamientos al devenir del hombre, la historia, la literatura, la ciencia y la filosofía, ‘La vida es sueño‘ es una obra total

‘La vida es sueño’ es una obra metafìsica de gran belleza en el lenguaje que aborda los misterios del amor, la vida y la muerte.

La obra de Calderón de la Barca se alimenta de toda una corte de pensamiento como la filosofía hindú, la leyenda de Buda, la tradición de los textos bíblicos, el mito de la caverna de Platón, el estoicismo, el mito de Edipo, la alegata sobre la razón y la predestinación; y ante todo, una descarnada visión de la vida barroca como sueño y como tragedia.

Hay, en La vida es sueño, una relación entre la astrología y el poder innegable.

¿Qué es real, qué es irreal? ¿La vida es lo mismo que la muerte?

Porque si ha sido soñado
lo que vi palpable y cierto,
lo que veo será incierto;
y no es mucho que, rendido,
pues veo estando dormido,
que sueñe estando despierto

Estrenada en noviembre pasado en la casa sede de  la Compañía Nacional de Teatro, el montaje de Calderón de la Barca arrancó de sus butacas a un público cautivado que de pie, estrechó las manos del elenco.

  • Fotos: Teatro del Bicentenario
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