Somos proclives a pensar que si nos permitimos hacerlo sólo una vez, es casi como si nunca lo hubiéramos hecho.

Los mexicanos, de hecho, tenemos una expresión que anima a libar al compañero de farra que se muestra demasiado quisquilloso a la hora de pedir una cerveza más; le decimos: “una no es ninguna; dos, la mitad de una; tres, una…”.

Así que bajo la lógica de esta aritmética, cuando lleve ya bastantes cervezas bebidas, digamos nueve, el libador renuente puede aplacar la conciencia consolándose con la idea de que sólo ha ingerido tres.

Milán Kundera sostiene en La insoportable levedad del ser, que si sólo nos ocurre una vez, toda tragedia, por grave que sea, se aligera en nuestra conciencia, flota y se diluye en la levedad

Eso la hace susceptible de sobrellevar; esto es: hasta la más grande tragedia podemos superarla si sabemos que no se repetirá. Pero si la misma tragedia nos ocurriera una y otra vez, sería insoportable. Esto lo demostró Nietzsche al postular la idea del eterno retorno.

Nietzsche se planteaba: ¿qué pasaría si el hombre estuviera condenado a repetir una y otra vez sus errores? Y Kundera responde: su vida se volvería una carga insoportable, cada error adquiriría un peso descomunal, que lo doblegaría.

Entonces, sostiene Kundera, cada decisión, por insignificante que fuera, sería crucial, sería un terrible peso sobre los hombros. Si decidimos y nos equivocamos, tal vez mañana todo haya pasado y se olvide nuestro error.

Pero en el mundo del eterno retorno, estamos condenados a cometer ese error por siempre, nuestra equivocación jamás acabará de pasar y, por lo tanto, jamás se perderá en la multitud de hechos que una vez tuvieron lugar pero que ya ni siquiera tienen importancia.

La de Nietzsche es una idea hermosa, desprende una especie de estética del pensamiento que cautiva y conmueve

Pero en la realidad el alcance que puedan tener nuestras acciones no funciona exactamente así: no es cierto que hacerlo una sola vez es como no haberlo hecho nunca. Es más: hacerlo una sola vez, en muchas ocasiones, es condenarnos a hacerlo, sino por siempre, sí por el resto de nuestra vida.

Si lo vemos con todo el rigor que la cuestión amerita, una sola vez es todo lo que tenemos para dar un rumbo definitivo a nuestra vida. De hecho, todos los pasos que damos son definitivos o definitorios; esto es: nos definen, definimos lo que somos a cada paso.

Nos ilusionamos pensando que no es grave si nos permitimos o permitimos a otros por única vez algo que deploramos.

Pero, en demasiadas ocasiones, ese salvoconducto especial, único, sólo abre la puerta a una conducta perniciosa que, cada vez que se repita, se fortalecerá en nuestra personalidad o en nuestra vida.

Así es como una mujer se ve atrapada en una espiral de vejaciones y de violencia marital.

La primera vez perdonó la agresión con la promesa —y la esperanza— de que no se repetiría. Pero transigir esa primera vez lo único que facilitó fue la segunda. Hasta que la deplorable dinámica se normalizó en la percepción de víctima y victimario.

Igual el adicto que cayó en las garras de su adicción: la primera vez se dijo que ésta sería la única, y en cada reincidencia se habrá prometido lo mismo.

Debo confesar que este proceso de asimilación lo he sufrido en carne propia: sin darme cuenta de la conducta a que me estaba condenando, abandoné mis estudios a los doce años

Entonces no lo sabía, pero esa fue la primera vez que rehuí de lo que me incomodaba. En el curso de mi adolescencia y de mi juventud, di la espalda a empleos, relaciones y oportunidades de todo tipo, por incomodidad de mi conciencia.

Una psicóloga con la que salí me abrió los ojos a la trascendencia que tiene la primera vez en la instauración de toda dinámica conductual. La conocí en una institución de asistencia gubernamental donde ambos trabajábamos, ella en el área de psicología, yo en la de comunicación.

Durante un año al menos fuimos excelentes amigos pero, durante todo ese tiempo, yo intenté enamorarla.

Ella se negaba a mis proposiciones por su pareja de toda la vida, con el que sostenía un noviazgo desde los años de preparatoria. Yo, en cambio, quería superar una relación que, luego de tres años intensos, llevaba ya un año de intermitencias, de encuentros ocasionales, pero que se moría inexorable y lentamente. Al final, la psicóloga me confesó: dejé a mi novio, ha pasado una semana desde entonces y, cumplida esa semana, quiero aceptarte a ti.

Habíamos sido los mejores amigos durante un año. Nos confiábamos mutuamente nuestros azoros sentimentales. En el transcurso de la primera semana de nuestro noviazgo, me permití una última confidencia sobre mi ex. Era mi cierre, mi vuelta de página sobre esa relación malograda. Mi nueva novia me comprendería. Era psicóloga y era mi confidente, alguien que me escuchaba y con quien me sentía conectado a un nivel profundo, una chica inteligente y, aunque joven, bastante sabia.

Una semana después de esa conversación, terminó su relación conmigo. Me dijo que ella sabía con absoluta certeza que no debía transigir ni una sola vez con una confesión de amor de su novio por otra mujer

Me quedé perplejo. En vano alegué que ésa había sido la primera y la última vez, que ya era un tema superado pues, en aquella ocasión, le había puesto punto final. No pude enojarme con ella. Ni siquiera cuando ella volvió con su novio y, al cabo de un tiempo, se casó con él.

Yo aprendí la lección, pero demasiado tarde para muchos hábitos perniciosos que, tolerándolos una primera vez, ya se me habían enquistado en mi conducta.

Todavía tuve que cometer el error una vez más.

Luego de la psicóloga, me entregué a una relación de años. Desde el principio advertí en la conducta de mi pareja ciertas señales de alarma: intransigencia, intolerancia y actitud controladora.

Pero yo mismo acusaba rasgos de conducta bastante deplorables. Así que seguí adelante a pesar de las advertencias y de las vivencias tan lamentables que me vi obligado a soportar.

Eso que permití una vez al principio, tuve que pugnar durante años para corregirlo, pero sólo en parte; otras reacciones conductuales jamás las pude corregir.

No habría pasado por esas tortuosas vivencias a lo largo de tantos años, si hubiera sido tajante y no la hubiese permitido ni una sola vez. No significa, necesariamente, que no habría pasado ese periodo de mi vida con esa persona: significa que en todo caso, la experiencia habría sido otra. Incluso es probable que no hubiese terminado, como terminó, al cabo de los años.

Uno cree que aceptando una vez, y luego otra, y otra lo que no debería aceptar, está salvando su relación, pero no es cierto

Una canción de Shakira dice: “no se puede vivir con tanto veneno; pesa más la rabia que el cemento”.

Aquello con lo que no debimos transigir, cuando se acumule demasiado, acabará aplastando con su peso lo que hubiese tenido un desarrollo sano.

Así que cuando estés ante una situación en la que te adviertas diciéndote: “sólo esta vez, no pasa nada”, recuerda que esa única vez acaso esté poniendo en riesgo la estabilidad de todo tu sistema personal de conducta, y con eso estés comprometiendo el desarrollo saludable de tu trayectoria por el mundo.

  • Ilustración: Patricia González