No se me da lo festivo, pero haciendo piruetas quizá algo de eso me salga.

Es cosa de zangolotearse, de ceder ante la insistente invitación a bailar. Déjate llevar, dice la mártir que no quiere, a priori, darse cuenta de la tiesa cadera. Ella hace lo que el pobretón con su alcancía. Sabe que no se asomará el cinco porque no lo hay, pero espera con avidez que brote, por la rendija, la morusa de pan que un día guardó, la cucaracha seca, el pedazo de barro huérfano en las tripas del marrano cerámico, del tullido bailarín. Algo habrá de salir, una teja de nada, una prueba contundente que nos obligue a ahorrar, sean monedas o pasos de baile.

Lo peor que puede salir es un pedo triste, como los llamaba Quevedo, o un pedo mudo, según la clasificación del dublinés Jonathan Swift

Así las cosas, leo aquí y allá los homenajes que se le rinden a Jorge, el Ibargüengoitia menos olvidado de las letras guanajuatenses y nacionales. De tanta anti-solemnidad que le imprimen sus deudos termina esta cosa por ser solemne, vicio que Jorge no cultivaba, salvo por vía negativa.

En su reciente e hipotético cumpleaños nonagésimo la parvada de lectores y no lectores de su obra tienen en boca y mano un rosario de frases y anécdotas que proferir. La lengua, sobre todo la de los que la tienen larga y gorda como las vacas, no se les cansa de tanto opinar, de tanto citar y referir elogios. Y bueno, que así sea, total, para eso se mueren los escritores, para que sus restos y obras sean ornamento de nuestra sobremesa, motivo de despilfarro, aliciente para llorar robustas lágrimas y ejemplificar perendengues que nadie osará tipificar de ridículos y sobrados.

Puedo decir, aunque no deba, presumir que a mí también me invitaron a la fiesta, a esperar la rebanada del pastel, pero no llegué puntal, ya todos se habían ido a curar la cruda, a buscar a otro muerto a quien loar con mocos y sonrisas. Del betún del pastel no queda más que el recuerdo en el bigote del más contento por las sobras. O quizá no llegué a la pachanga en tiempo porque no supe dónde era el domicilio, con lo despistado que soy más de las veces me cuesta llegar a mi propia casa.

Los cierto es que llegué y no hubo puerta que tocar, sólo ruinas vistas por mis ojos miopes, vasos con cerveza y orina diabética, toallas femeninas sin sanitario, hormigas gordas y brillosas explorando las páginas donde las Balandro se santiguan. Ya no sé si fui cándido o imbécil.

Le digo a mis pies que se muevan para alejarnos, no vaya a ser que algún funcionario me invite a recoger lo que los relámpagos de agosto se entretienen en destruir

Ya en el café, mientras leo lo que se escribe en torno a Jorge Ibargüengoitia y a su obra, pienso en cómo las palabras “autoayuda”, “perdón” y “bendición”, pronunciadas de manera compungida y con gravedad, pueden socorrer a los que se dicen no solemnes.

Antes de irme a vagar, mientras busco amargamente la moneda que me falta para pagar el café, me vienen a la cabeza unos fragmentos de la carta que escribió Cioran a Fernando Savater un 10 de diciembre de 1976. En esas líneas suscribían su negación ante la invitación de homenajear a Borges.

Le envidio al insomne de los Cárpatos haber escrito: ¿Para qué celebrarlo cuando hasta las universidades lo hacen? La desgracia de ser conocido se ha abatido sobre él… La consagración es el peor de los castigos… Quienes desean hacerle justicia a toda costa no hacen en realidad más que precipitar su caída…, algo que me hubiera gustado decir cuando me invitaron al festejo de Ibargüengoitia.

  • Ilustración: Especial
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