Por qué no admitirlo. En efecto, la he pasado triste. Insatisfecho, inconforme por cómo ha ido mi vida.

Pero este Hombre, es decir Dios, contesta que los purificará con sus escobas, es decir con sus juicios y castigos, y mientras tanto afligirá con muchos flagelos y calamidades a los hombres que han sido manchados con los pecados, hasta que vuelvan a Él por la penitencia. De este modo preparará la buena voluntad de muchos hombres.

Santa Hildegarda de Bingen (Liber Vitae Meritorium)

Esa tristeza va y viene cuando la pega la gana. Se enquista en mis pensamientos, en mis sensaciones, y cuando entro en charla con ella no se aleja como el perro cabizbajo que mordió la mano al amo. Se queda ahí, en mí, largas temporadas.

La tristeza llega como el no invitado a la cena de gala; sucio, orgulloso de su conmiseración, creyendo que los harapos le confieren una moralidad extravagantemente correcta; llega y come como sólo sabe hacerlo: sin rastro de pena al engullir y beber lo que la mano le alcanza, nada goza, sólo engorda para luego poder salpicar la taza de baño con rabia, con encono. Porque la tristeza, en cierta forma, no es más que ira invertida, cólera estancada en algún recoveco del pecho.

Y ciertamente, algo de eso hay en mí, es decir, que el enojo y la cara larga vienen desde dentro, desde una rabia recóndita que al vibrar deforma todo, empezando por mi cuerpo.

De ahí que a ratos me percate de caminar lento, con pasos espesos, como queriéndome adherir a las losetas o al asfalto, porque de alguna manera no quiero llegar a donde voy, porque después de todo, en ese estado, nunca se avanza, todo se estanca, se pudre.

Si llego a escupir alguna flema de fumador lo hago con encono, con el resentimiento que sólo conocen los que han visto en un ataúd su ingenuidad. Y a veces, todo lo contrario, camino rápido, con locomoción acelerada, ajeno a toda calma, con ritmo vertiginoso.

Mi corazón parece una maquina sobrecalentada, a punto de estallar en las manos de un niño que la encendió por tonto y no supo cómo presionar el botón de apagado

La tristeza me entume la mano con la que escribo, ninguna vocal se escapa de ser su víctima, las palabras se enmohecen hasta resultar insoportable el hedor que desprenden, las oraciones, por simples que sean, se caen como los dientes de un púgil callejero, todo sangra, todo duele.

Escribir es lo último que se me ocurre. La tristeza es una cloaca a la que sea cae con cierta facilidad una vez pasada cierta edad, e irónicamente, en esa cloaca no hay una reja con candado puesto, es decir, se puede salir cuando la voluntad así lo disponga, sólo que en esa cloaca, dicha voluntad se ensombrece, se extravía.

Escribir en ese estado es casi imposible, porque todo resulta profundamente estéril, la imaginación se contamina de una avaricia sórdida, nada comparte, salvo migas de excremento.

Resuenan en mi memoria las palabras de Natalia Ginzburg: “Pero, cuidado:  no  es  que  uno  pueda  esperar  consuelo  de  su  tristeza  escribiendo. Uno puede hacerse ilusiones de que el propio oficio le acaricie y le acune. Ha habido en mi vida interminables domingos desolados y vacíos, en los  que deseaba ardientemente escribir algo para consolarme de la soledad y del aburrimiento, para ser acariciada y acunada por frases y palabras. Pero no ha  habido medio de que me saliera una sola línea. Mi oficio, entonces, siempre me  ha rechazado, no ha querido saber nada de mí. Porque este oficio no es nunca  un consuelo o una distracción. No es una compañía. Este oficio es un amo, un  amo capaz de darnos de latigazos hasta que nos salga sangre, un amo que grita  y nos condena. Nosotros tenemos que tragarnos saliva y lágrimas, y apretar los dientes, y limpiarnos la sangre de nuestras heridas, y servirle. Servirle cuando él nos lo pide. Entonces, nos ayuda también a mantenernos de pie, a mantener los pies bien firmes en la tierra, nos ayuda a vencer la locura y el delirio, la  desesperación y la fiebre. Pero quiere ser él el que mande, y se niega siempre a oírnos cuando le necesitamos”.

*

Llegada la tristeza a mi vida, no escribo. Mi mano desaparece frente a la página. Un muñón hace garabatos, pasa revista a la cuadricula, a lo poroso del papel, y después de unas horas, cierra el cuaderno con desprecio.

Qué hago, es la pregunta que me repito con compulsión. Nada, nada, nada, es la respuesta. Llegan los clientes a la caseta, comparan un cigarro económico, un periódico con notas escritas con el culo, preguntan por una revista pornográfica barata… y apenas son las 8, 9, 10 de la mañana, y quedan 13 horas de trabajo más ahí, entre laminas ardientes, entre el polvo y el ruido del refrigerador.

Sospecho que en cualquier momento enloqueceré por completo. He pensado en comprarme una camisa de once varas para utilizarla como uniforme

Qué hago. Qué hago. Qué hago. Barre. Haz eso. Toma la escoba y barre.          

*

Tomo el palo de la escoba y nada mágico sucede. No alzo el vuelo, no medito en torno a ella como lo hizo un Swift, no noto en ellas propiedades talismánicas, no le veo por dónde ese objeto pueda ser la insignia de una revolución.

Veo un miserable artefacto que sólo endurecerá más los callos de mis manos. Doy los primeros escobazos. Escucho cómo chirrían las cerdas de plástico al chocar con las losetas, casi ladran, casi gritan como el ogro que descubre su rostro en el espejo. Y después de un rato, de repetir sin ritmo cada escobazo, sobreviene una calma, un reposo.

Algo de la neurosis disfrazada de tristeza se ha disipado, su color deja de ser violento a la vista, se atenúa. Vienen a mi memoria unos mantras que leí hace ya tiempo:

Si te sientes enojada, barre tu enojo

Si te sientes celosa, barre tus celos

Si te sientes triste, barre tu tristeza

Si te sientes ansiosa, barre tu ansiedad

Si te sientes devaluada, barre tu baja autoestima.

*

Barrer calma. Esa actividad para mí ha devenido umbral a la serenidad. De entre tantas terapias al vapor que me invento, barrer es la más eficaz. Sobre todo en esas mañanas frías. El cuerpo se calienta, los temblores cesan, una incipiente sonrisa se asoma en mis labios.

A veces platico con la escoba. Me gusta que no responda a mis quejas, que no me endilgue consejos inútiles, su silencio es casi sagrado. Por insulso y anodino que parezca este objeto es buena compañía.

De la escoba jamás he tenido que escuchar sus rumias y venganzas, no suelta injurias ni secretos impúdicos, no posee el mal gusto de llorar o abrazar sin previo aviso como hace el borracho sentimentaloide

Celebro en ella su escepticismo pirrónico y la repelencia a cualquier tipo de hamponaje. La escoba, de unos años para acá, es lo más cercano que tengo a un ara portátil. Hay quienes cargan santos o cruces, yo me agarro de la escoba para manifestar un par de milagros: que la tristeza se vaya y que vuelva la escritura.

*

Hice un pequeño experimento durante todo un día: ante los embates de la tristeza tomé la escoba y me puse a barrer. Por supuesto que la tristeza, durante el experimento, se exacerbó para impedir que barriera, que la finiquitara.

Fue una batalla dura, emotiva. Ella, la tristeza, parecía el A. C. Milan de Paolo Maldini, Andriy Shevchenko, Gennaro Gattuso, Dida, Cafu, Hernán Crespo, Alessandro Nesta, Clarence Seedorf, Andrea Pirlo, Kaká, Jaap Stam, que jugó la final de la UEFA Champions League en el 2004-2005 frente al Liverpool F. C. de Šmicer,  Steven Gerrard, Luis García, Xabi, Jamie Carragher, Jerzy Dudek, Hamann, Sami Hyypiä, Milan Baroš, Cissé, John Arne Riise. Es obvio que mi escoba era el equipo inglés. Y como tal, arranqué la batalla perdiendo, sin alguna esperanza de remontar. Luego comencé a escuchar ese famoso: You’ll Never Walk Alone. Con algo de maña, lo traduje como: tú nunca barreras solo. Y así comenzó la remontada, tal como sucedió en el Estadio Olímpico Atatürk, donde los Reds consiguieron empatar en el segundo tiempo, y en tanda de penaltis ganaron al poderoso y casi invencible Milan. Aquel evento deportivo sigue siendo referido como el  milagro de Estambul. En mi caso, digamos que fue el milagro de la escoba. La tristeza, ese día lloró en seco, tal como le paso a Andriy Shevchenko, que jamás debió tocar la copa orejona.

*

– ¿Cómo andas?

– Bien…

– ¿Ya te dejó en paz la tristeza?

– Algo…

– ¿Y cómo le hiciste?

– La ahuyenté con una escoba…

– Mmm ¿hiciste brujería?

– Algo parecido…

-No es casualidad entonces que las brujas aprecien tanto a su escoba… ¿ya le haces a la brujería?

– Sólo en casos extremos…      

Ilustración: Francisco de Goya

BICI