La entrega total es uno de los ideales amorosos con mayor prestigio. La enaltecen la poesía sentimental y las canciones populares.

El mejor ejemplo es la que, con ese título, grabó Javier Solís en 1964. Su letra, compuesta por Abelardo Pulido Buenrrostro, es una apología de la esclavitud sentimental libremente asumida:

«Esta vez ya no soporto la terrible soledad, yo no te pongo condición: harás conmigo lo que quieras bien o mal».

Más adelante proclama: «Llévame si quieres hasta el fondo del dolor, hazlo como quieras, por maldad o por amor. Pero esta vez, quiero entregarme a ti en una forma total, no con un beso nada más: quiero ser tuyo, sea por bien o sea por mal».

Pero, más explícitamente, en la apoteosis de su desenfreno, suplica: «Llévame si quieres hasta el fondo del dolor, hazlo como quieras por maldad o por amor», etcétera.

Llevada a este extremo, la entrega total está por encima del bienestar propio o de la pareja. Su consigna aplica al grado de entregarse incluso hasta que duela, sin importar si eso implica para la pareja un bien o un mal

Algo así no puede ser saludable. En principio eso demanda perder libertad y autodependencia. El que se entrega sin reservas renuncia a sí mismo. Pero no sólo eso: demandará del otro el mismo nivel de entrega. Exigirá que el otro le corresponda. La esclavitud a la que él se sometió por causa de su propia insensatez, querrá imponérsela al otro.

Está dinámica nunca falla. Dos prisioneros, el uno del otro, vivirán sometidos por amor. Tarde o temprano uno querrá escapar. Será el fin de la pareja.

La fórmula de Sartre (citado por José Antonio Marina en El laberinto sentimental) define así al amor: Amar no es sólo amar: también es querer ser amado. Pero no sólo eso: es querer que el otro quiera ser amado por mí. Más aún: es querer que el otro quiera que yo quiera que el otro me ame.

Siguiendo esta fórmula hasta el extremo, estas demandas de amor son infinitas. Y en esas demandas se sustenta la entrega total: nunca tendrá bastante. Siempre querrá más demostraciones de amor

Así, señala Marina, podríamos llegar a un círculo interminable de solicitaciones de amor: «El sentimiento se introduce en un juego interminable de espejos paralelos, que Sartre consideraba como prueba de imposibilidad».

Aunque, enseguida, Marina concede que semejante círculo de demandas en la entrega total: «también puede interpretarse como prueba de perduración».

Pero el amor florece mejor en libertad. Silvio Rodríguez lo cantó:

«Yo te quiero libre, libre de verdad, libre como el sueño de la libertad. La libertad nació sin dueño, y yo quién soy para robarle cada sueño. La libertad tiene alma clara, y sólo canta cuando va batiendo alas».

Duda pues de quien quiera entregarte todo: todo el amor, toda el alma, todo lo que es suyo. No tardará en ser intransigente en un punto: que tú también le des, por tu propia voluntad, todo lo que tengas. Sólo que no será por tu propia voluntad.

Para darlo todo, tendrás que renunciar a ti mismo y a tu autonomía.

  • Ilustración: Spencer Stanhope