Si los cuentos o las crónicas de Karla Gasca (León, Guanajuato, 1988) te encuentran en un día mal parado, de esos que llaman días bajos, lloras.

Tiene uno de una perra que ataca a otros de su especie, pero luego se deja, lacónicamente, apalear. No digo más para no matar la sorpresa, pero cito unas líneas: “todas las mañanas se recuesta junto a mí, pegada a mi pecho le contagio mi angustia, una angustia que ningún perro debería cargar sobre su lomo”, (Turismo de Casas Imposibles, 2023).

Su narrativa es original porque vuelve al origen y defiende a ultranza esa máxima atribuida a Baltasar Gracián, “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. No todos sus textos te hacen llorar. Varios también provocan esa sonrisa tierna ante lo que reconocemos. Otros el vértigo de lo sórdido puesto en palabras. Otros la esperanza de la complicidad de una madre y una hija. Y así.

No quiero contar demasiado, pero una de sus crónicas muestra la terrible aporofobia que, en noches peligrosas y oscuras en León y en Puebla, la mantuvieron segura. Relata que encontró un pedazo de bolsa negra, se encorvó más de lo que considera que está, y se cubrió con el plástico para simular ser indigente. Evitó los lascivos sonidos de claxons. Nadie la observaba. Confirmó el gran drama de lo que algunos llaman ‘la crisis civilizatoria’: le tenemos fobia -una mezcla de miedo y asco- a la pobreza. Mucho más a la indigencia; a la miseria.

Experta en microficciones, los relatos de Karla han sido reconocidos con becas y premios, como es natural. Cronista de lo íntimo y lo marginal tiene el tempo de los nuevos tiempos

Esta crónica está en su libro Nemi (2024) y es con el que abre la colección de once historias de León, tan estrambóticas como los gatos cazadores de un mercado de la ciudad, o tan agridulces como la Nieve de mandarina, crónica breve de la degradación social de un territorio cubierto por el ‘necrocapitalismo’ y su violencia.

En esa colección hay peces que luchan por su vida en el asfalto (imagen cinematográfica como el estilo en general de la cronista leonesa), siniestros vecinos que lucen como el cliché vivo de la gente cool (aman a los perros, viajan en bicicleta) o la narración de territorios tan ‘conocidos’ que ya no reconocemos como el icónico mercado ‘La Línea de Fuego’.

Conocí a Karla y su obra no hace mucho, en un taller de crónica que impartí para el Museo de las Identidades Leonesas (MIL). Si hubiera leído antes sus libros—Nemi, editado por el ICL, o Turismo de Casas Imposibles, editado por Los Otros Libros—, ese día habría llegado al taller con la crónica Los gatos del Mercado Aldama, y habría dado la sesión partiendo de esa historia real (que parece cuento) sobre nuestra ciudad.

Me alegra saber que León tiene una cronista a la que podré recomendar a quienes me dicen: “a mí no me gusta leer”.

*NOTA: Karla Gasca impartirá varios talleres en la ciudad de Puebla, para conocer detalles puedes dar clic aquí.

  • Foto: Karla Gasca