Llegó Omar como de costumbre: agitado; con la piel de la cara barnizada por un sudor abundante y brilloso, enceguecedor.

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Me saludó mientras respiraba hondo; quería serenarse pero no lo conseguía con soltura, carraspeó y luego maldijo a un perro que le olisqueaba sus enormes zapatillas deportivas. El perro, que en realidad es una perrita callejera a la que yo llamo Chiripa, se alejó de él padeciendo espasmos estomacales propios de la reacción ante algo apestoso. Una vez que pudo reponerse Omar, me regaló un puro de buena calidad.

Eso significa que traía ganas de platicar largo y tendido, aunque quizá sea más preciso decir que quería echarse un monólogo sin interrupciones. Sus temas preferidos: comics, mangas, animes y minerales con propiedades milagrosas. Y, en efecto, habló y habló de asuntos que desconozco por completo o de los que apenas estoy enterado.

Tuvo la piedad, después de una hora con cuarenta minutos, de interrumpirse a él mismo y preguntarme cómo me iba, qué estaba escribiendo. Le dije que estaba enfermo del mal de Montano, es decir, que ya tenía tiempo dejando las páginas blancas. Omar, luego de extraviarse en su mente, lo noté porque sus pupilas se fueron de paseo a su cerebro dejando ver sus escleróticas rebosantes de venitas coloradas, me dijo: creo que te hace falta un estimulante de amplio espectro, voy a mandarte a tu correo unas historias que supongo te harán estallar la cabeza y así remover la mierda que te impide escribir ¿vale? Asentí por automatismo, no por confianza.

Pedro, te mando un racimo de corrupción para que despierte tu imaginación. Atte. Omar. Jamás serás un otaku (Sic.) P.D. Escribe algo al respecto

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Trece carpetas adjuntas en el correo que me envió Omar. Cada una contenía un manga. Todas eran de la autoría de Shintaro Kago.

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Leí lo de Kago. Es bastante bueno, pero no para cagarse de risa, tampoco de corrupción. Después de una tercera lectura, ya me aburre. Nunca terminé por engancharme al ero-guro nonsetsu (erotismo grotesco sin sentido); en un mundo donde el pan de cada día es la violencia este arte, porque lo es después de todo, me parece hasta cierto punto ordinario. La mayor parte de lo que he leído en torno al ero-guro nonsetsu está repleto de adjetivos que cualquier morboso encuentra como garantía de “esto es para mí”. Y seguro lo es. Aunado a ese derroche de análisis sesudo, se alude, en un intento de explicación documentada, las fuentes e influencias de dicho género de manga, sin prescindir de la socorrida justificación “socio-histórico-contextual”. En fin, paja del que aún sigue escribiendo los reportes de lectura académica a destiempo.

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Desconozco el arte japonés para poder inferir algún juicio que pueda orientar el devenir de lo grotesco a través de su historia, no sé sí este fenómeno ha calado igual de hondo que en Occidente, sí su irrupción es igual de ambigua y polisémica que en las estéticas que van, por lo menos, desde la Grecia antigua hasta David Lynch.

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Por qué me río de, y ante, lo grotesco. Esa pregunta me la he hecho desde niño. Cuando apenas tenía seis o siete años comencé a ver películas de misterio y horror. Inevitablemente me daban pavor las tramas, pero también convulsionaba de risa cuando una cabeza salía volando después de haber sido arrancada con una hoz. Me carcajeaba cuando aparecía en la trama algún muñeco poseído cargando un hacha más pesada que su propio cuerpo y, también, cuando el asesino serial, sin ninguna piedad, encajaba un desarmador en la nuca de su víctima. Aterrador, pero también risible, me resultaba la escena del Exorcista donde Regan gira 360° su cabeza. La parodia que realizaron Los Polivoces de dicho film me asustó más que la original.

Y me preguntó por qué algo volitivamente cómico y bufo tuvo ese efecto en mí. No sé la respuesta exacta, pero quizá lo grotesco tenga algo que ver

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Acá un apunte que quizá me oriente para darle forma a una respuesta a mi pregunta: Mijaíl M. Bajtín (en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. El contexto de François Rabelais), como Wolfgang Kayser (en Lo grotesco. Su realización en literatura y pintura), y un par de siglos atrás el jurista alemán Justus Möser (en Arlequino o la defensa de lo cómico-grotesco) han anotado, con las debidas discrepancias, que a lo grotesco le va la risa. Lo temible se vuelve grotesco, risible. Algo dentro de nosotros se regenera al reír ante lo grotesco.

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En los manga que leí de Kago no dejó de asomarse la risa de mi boca. Insisto, por qué algo tan cruel irradia esa jovialidad… Intuyo que hasta cierto punto hay un efecto de empatía. El asesino, el monstruo que mora en mí saluda a sus colegas en esas tramas. Creo que todos los seres humanos son fábricas de pensamientos aberrantes, lo que no significa que todos los lleven a la consumación. Los hombres y mujeres de vida santa no son la excepción en este supuesto. Téngase presente que ellos, mejor que nadie, han descrito las torturas y castigos que les depara el infierno a los impíos y pecadores.

Hace unos días, leyendo el Epistolario de Weimar [(1806-1819) Selección de cartas de: Johanna y Adele, Arthur Schopenhauer y Goethe, me encontré esta anécdota del joven Schopenhauer: “…Arthur, que entonces contaba ya  23 años, decide trasladarse a la Universidad de Berlín. Allí asiste a las clases de Fichte y de Schleiermacher, decepcionándole ambas eminencias lo indecible (a Fichte habría «que ponerle una pistola en el pecho y amenazarlo: ¡Deje usted de proferir tales estupideces o disparo!», escribiría Arthur en su diario)”. Lo anterior me dice que no ando tan norteado.

Incluso, podría citar el caso de Hildegarda de Bingen, insuperable en muchos casos cuando se trata de describir castigos en su  Liber Vitae Meritorum (Libro de los méritos de la vida), trascribo un solo ejemplo: “Y vi un fuego intensísimo, que ardía cerca de un pozo de agua cristalina. Algunas almas quemadas por este fuego tenían gusanos ceñidos alrededor de su ombligo, como cinturones. Otras, sin embargo, aspiraron un poco de fuego y luego lo expiraron, como hace un hombre cuando toma aliento y luego de nuevo lo emite. Luego, los espíritus malignos arrojaron sobre ellos con violencia piedras incandescentes. Todas estas almas tenían que mirar en el agua del pozo mencionado sus propios tormentos como en un espejo, y por consiguiente sufrían una aflicción todavía mayor. Éstas eran las almas de aquellos que, mientras habían estado vivos, habían extinguido la vida humana que germinaba en ellos y habían matado a los niños ya nacidos. Las almas de las que destruyeron en sí la vida apenas concebida, ardían por esta culpa en el fuego, y llevaban el cinturón de gusanos debido a su acción inhumana. Las almas de los que habían matado a su propia prole, fueron castigadas por su maldad en este fuego, y debido a aquel despiadado asesinato, inspiraban el fuego y lo vomitaban de nuevo. Y sufrieron los golpes de las piedras ardientes lanzadas por los espíritus malignos por la dureza de ánimo que demostraron al hacer eso. Además, ya que no se preocuparon de considerar lo que hicieron, vieron reflejado en el agua los tormentos que padecían, no por consuelo, sino para tener mayor sufrimiento” (CIV. Penas de purificación de las almas de los que han extinguido la vida humana que germinaba en ellos y han matado a los niños ya nacidos, y razón del castigo).

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Mircea Eliade, en su Tratado de historia de las religiones (Morfología y dialéctica de lo sagrado), y también en los cuatro gruesos tomos de Historia de las creencias y las ideas religiosas, no deja de repetir que casi todo objeto imaginable ha sido considerado receptáculo de lo sagrado: piedras, animales, vegetales, astros, gestos, y un largo etcétera seguramente del tamaño de un abismo. Quizá la misma tesis pueda aplicarse al universo de lo erótico.

Qué cosa, o pedazo de ésta, no ha entrado en las cavidades del cuerpo humano con fines placenteros. Shintaro Kago aporta a esta suposición su granito de arena, véase y léase su manga: ‘The unscratchable itch’

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Jean-Luc Nancy, en su hermoso librito Tumba de sueño, escribe: “El dormir supone vencido el miedo a la noche, pero la noche es la comarca salvaje de los miedos”. Leo la frase una y otra vez. Una imagen borrosa va proyectándose en mi cabeza. Es un recuerdo cojo, como que quiere llegar pronto pero algo impide que su locomoción tenga el ritmo propio del trote. Lo espero. Alguien, seguramente mi madre, pincha el botón verde del televisor que tiene rotulada la palabra Power. Click. Esa onomatopeya no se olvida fácilmente. Luego, una vez más, otro click.

La oscuridad de la noche impregnaba toda la habitación. El miedo comenzaba a columpiarse en el cable del bombillo eléctrico. Los perros empezaban a ladrar con furia y los gatos maullaban como si presenciaran el desmembramiento de sus crías. La orquesta de grillos tocaba una sinfonía que con facilidad inducía a estados psicóticos. Cada ruido, por mínimo que fuera, se agrandaba, crecía como sólo sabe hacer una masa cancerígena en el cuerpo. A veces me daba por suponer que las plantas conspiraban contra mí, casi podía escuchar sus elaborados y meticulosos planes. Y ese árbol, muy robusto y alto, que había en la casa de la vecina (Doña Rufina), era la mismísima encarnación de un demonio ávido de víctimas. Aves nocturnas lo habitaban, su vuelo y gorjeo hurtaban las migajitas que quedaban de mi calma. No sé si ese niño que fui sólo soñaba una pesadilla… “poco falta para que grite, pero ni su grito mismo puede gritarse: el sonido parece cortado, ahogado aún antes de habérsele formado verdaderamente en el fondo de la garganta…”, leo, más adelante, en el mismo librito de Jean-Luc Nancy.

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Voy a responderle a Omar el correo de la siguiente manera: Omar, agradezco tu generosidad. La he pasado bien con Kago, es decir, me hizo recordar los años en que me cagaba de miedo en mi infancia. Me pides que escriba algo al respecto. Lo he hecho. Por supuesto lo podrás leer. Sólo te anticipo: evité ante todo esa soporífera y burda redacción que tiene por cometido “informar” quién es el cagón de Kago, por qué hace esa “mierda” (eso lo dice él en más de una entrevista) y también eludí comentar la trama de sus manga. Espero que no hagamos esto en nuestra próxima reunión.

Hace un par de días hablé, por desgracia, con un conocido del tema, él me dijo, mientras se soplaba las uñas de su mano derecha, que los manga de Kago eran sus lecturas dominicales. Yo sé que ese enanito bigotón hizo el comentario para por enésima vez darme a entender que él es muy maldito. Sabes, conozco al tipo, y sé que es un miedoso hasta el tuétano. Pero cada quien encuentra la manera de tapar su propia vergüenza.

Bien, te dejo, me caigo de sueño, pero no dejaré pasar la oportunidad de compartirte este par de versos de Baudelaire, del poemas Le Gouffre (La sima): Sur le fond de mes nuits Dieu de son doigt savant / Dessine un cauchemar multiforme et sans trêve. (Al fondo de mis noches Dios con su sabio dedo / Traza una pesadilla multiforme y sin tregua)

P.D. El mal de Montano va cediendo…

  • Ilustración: Shintaro Kago