Es un jueves de desolados árboles sin hojas, pertinaz lluvia de granizo y garúa sobre raíces expuestas y el negro asfalto, y gente silenciosa corriendo por las aceras mojadas bajo el cielo gris.

Intento escribir poesía en el Café Muse, uno de mis refugios brooklynenses. Pero no fluye ningún verso. Me distraigo conversando con Jorge, el barista de Cuenca.

Entonces entra ella al Muse. Viste abrigo color crema, jeans negros, suéter arcilla, botas rústicas de cuero, también negras. Lleva anteojos de aros marrón y grandes lentes claros que dejan ver sus ojos ovalados y grises. Su largo cabello azabache, recogido en moño, contrasta con su tez muy blanca. No pinta su boca de labios finos. Su aire es melancólico.

Camina hasta el mostrador. A Jorge le pide un café negro. Luego viene y se sienta en la mesa al lado de la mía. Me queda en diagonal. Yo miro hacia la ventana para observar transeúntes silenciosos. Ella da la espalda a la ventana para que la luz ilumine su libro mientras lee. Quiero saber qué lee pero me distraigo observando las manos delicadas que sostienen el libro con dedos largos y finos.

“Algunos años después, ya en Brooklyn, conocí a una mujer que tenía manos bellas y suaves como lirios, como la que ahora lee frente a mí. Pero no tenía ojos grises y ovalados, sino redondos y oscuros como dos enormes lunas nuevas”

Luego escudriño la portada. La reconozco: Kafka on the Shore de Haruki Murakami. Recuerdo de inmediato que leí esa novela en Japón, cuando fui investigador visitante en la Universidad de Tsukuba. Aproveché para sumergirme en la cultura nipona, minimalista, sutil y plena de soledades silenciosas, a veces desesperadas, como la del adolescente Kafka a orillas del Mar de Japón, al oeste de la isla Honshu. En mis amigos y amigas jóvenes, estudiantes de grado y posgrado, reconocí el fondo de tristeza del personaje de Murakami. Les entendí un poquito más a través de la obra.

Algunos años después, ya en Brooklyn, conocí a una mujer que tenía manos bellas y suaves como lirios, como la que ahora lee frente a mí. Pero no tenía ojos grises y ovalados, sino redondos y oscuros como dos enormes lunas nuevas. En nuestra primera conversación descubrimos profundas afinidades. Me contó, por ejemplo, que pronto viajaría al Japón. Me emocioné. Antes de que volara le regalé mi copia de Kafka on the Shore para que lo leyera durante su viaje y lo comentáramos a su regreso. Ella lo leyó con sus ojos lunares en la tierra del sol matinal. Pero nunca lo comentamos: desencuentro fatídico.

Sin embargo esta tarde no caigo en nostalgias. Gozo con mis recuerdos: mi estancia en Japón, las lunas nuevas, los lirios blancos. Saboreo el café negro. Disfruto este pequeño placer estético al mirar de reojo a la chica de ojos grises como los de la diosa Atenea. Me deleita que ella se sumerja en un libro que me conmovió, mientras yo empiezo a esbozar algunos versos:

Húmedas raíces.

Cielo plomizo.

Garúa.

Granizo.

Garúa.

Granizo.

Garúa:

lágrimas y hechizo

de tus ojos grises.

 

*Ruleta Rusa agradece a Suburbano.net las facilidades para la publicación de este texto.

  • Ilustración: Nigel van Wieck