Este ensayo de José Vicente Anaya -basado en su exquisito libro con el mismo título- aborda las visiones de Martin Heidegger sobre los poetas y la poesía. Con este texto manifestamos nuestro pesar por la muerte de Anaya -ocurrida el pasado 1 de agosto en la Ciudad de México-, un poeta de la noche y fundador, junto con Roberto Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro y otros, del Infrarrealismo (N. del E.)

Los filósofos que se han ocupado de la poesía y de los poetas han vertido juicios de una mirada profunda, certera y, sobre todo, con una sinceridad tal de respeto y admiración que muchas veces nos hacen pensar que ven en la poesía una secreta e íntima realización de la filosofía y, en ocasiones, hasta un modo superior a la filosofía para decir las cosas. Son muchos los filósofos notables que celebraron la poesía y a los poetas. Para citar algunos trabajos de filósofos que nos hacen pensar en lo antes dicho, mencionemos la Poética de Aristóteles o la de Hegel, los ensayos dispersos o de estética de Schiller, Kant, Croce, Heidegger y Marcuse, o los estudios de casos como los Baudelaires de Jean-Paul Sartre y Walter Benjamin. Bueno, hasta un Platón no leído con la típica parcialidad del prejuicio sobre la expulsión de los poetas en La República, llega a sorprender cuando se pone del lado de los poetas que “destilan locura divina”. Platón dice textualmente:

Todo aquel que se atreve a escribir poesía sin estar poseído por el delirio que este arte exige, creyendo que puede ser poeta tan sólo escribir de acuerdo a determinados recursos técnicos, estará muy lejos de ser un verdadero poeta. Pues la poesía de los letrados siempre será eclipsada por aquella que destila locura divina.

Esta opinión nos trae a la memoria a algunos poetas que han sido determinantes en su tiempo y ahora, como son: Tu-Fu, Bashoo, Milarepa, Hafiz, Omar Kayam, Safo, san Juan de la Cruz, santa Teresa, Hölderlin, Isidore Ducasse, Baudelaire, Rimbaud, Ginsberg, Juan Martínez, etcétera.

Hay filósofos para quienes el poeta es, además, un médium de su tiempo, de Dios, del espíritu universal, del inconsciente colectivo, o de la humanidad (según se quiera), Schiller dice: “El poeta perfecto es aquel que expresa al conjunto de la humandad

El poeta y el luchador anarquista Hans Magnus Enzenberger dijo que todavía hay poetas aunque tal vez “…sólo para probarse a sí mismos, y a los demás, la imposibilidad de hacer poesía”. Al plantear un juicio de éstos, aunque tiene varias implicaciones, en el trasfondo está la contundente sentencia de Hölderlin: “¿Y para qué ser poeta en tiempos de miseria?” Recordemos que este poeta es el que mejor encarna el Yo romántico, él dejó de escribir poesía para luego pasar a vivir (hasta el día de su muerte) en otro estado fuera del limitado principio de realidad, diríamos que pasó a un estado de iluminación permanente aunque el racionalismo le llame a eso locura. Por lo demás, ese sentencia de Hölderlin es un insulto difícil de eludir.

Ahora que rascamos los pies del siglo XXI no somos más que la continuidad de la condena de aquel bibliotecario que, delirante, se convirtió en ángel de la guarda y mala conciencia de su tiempo para seguir centelleando durante dos siglos. Martin Heidegger lo piensa así, al menos para las primeras décadas de este siglo. Y es que, de pronto, algo sigue ocultando el Sol. Vivimos en la noche del mundo.

Heidegger apunta: ¿Y para qué ser poeta en tiempos de miseria? 

La palabra tiempos significa en este caso la época a que nosotros pertenecemos aún. Con la aparición y holocausto de Cristo se inicia para la experiencia histórica de Hölderlin el fin del día de los dioses. Oscurece. Desde que los tres: Heracles, Dionisios y Cristo abandonaron el mundo, el crepúsculo del tiempo del mundo se acerca a su noche. La noche del mundo extiende sus tinieblas.

Ya había escrito Berceo que “escribir en tinieblas es labor pesada”.

A partir de Hölderlin, los verdaderos poetas —“poseídos por el deliro de la poesía” en hitos representados por Blake, Rimbaud, Artaud o Crane— viven de un modo muy especial la noche del mundo

Haciendo una metafísica de situación, tal vez no hay una más lúcida apología de los poetas en la noche del mundo, así como la comprensión de los núcleos internos del devenir en el tiempo, que los ejemplos de Heidegger toma con Hölderlin y Rilke en su ensayo titulado ¿Para qué ser poeta?

Dice Heidegger que “el tiempo es mísero porque le falta el desocultamiento de la esencia del dolor, de la muerte y del amor”. Pero hay algo más, el ser está amenazado por “lo objético de la dominación técnica”. Llegamos a una metafísica concreta en donde hay leyes de uso y consumo, donde el utilitarismo ya rebasó por mucho al capitalismo incipiente que sufrieron los románticos como Hölderlin. Y dice Rilke: “El mundo se encoge, puesto que también las cosas, por su parte, hacen lo propio, pues trasladan cada vez su existencia a la vibración del dinero…”.

La noche del mundo no es mera noche. “En la edad del mundo de la noche del mundo es preciso enterarse del abismo del mundo y soportarlo. Mas para ello es necesario que haya quienes bajen hasta el fondo del abismo” (Heidegger). Bajar a ese fondo es un gran riesgo, ahí hay peligro —“Mas donde está el peligro, nace también el salvador”, acota Holderllin—. E insiste Hölderlin: “Para ver y mostrar el peligro es preciso que haya esos mortales que primero llegan al abismo”. Está claro que esos que se atreven al abismo, y que algunas veces allá se quedan, son los poetas que “destilan locura divina”.

¿Y por qué tiene que ser el poeta quien va y viene del abismo para darnos algún mensaje? Heidegger considera que el ser está presente en la palabra, incluso, que “el lenguaje es el templo del ser”. Pero palabra o lenguaje es canto en el poeta. Y luego cita a Rilke: “CANTO ES EXISTENCIA”. El poeta deviene cantando. También llegamos a una poesía que es necesidad óntica.

Pero todavía no nos convencemos de la necesidad de ir y venir del abismo para el poeta. “El decir del canto del poeta dice lo sagrado que hay en la existencia mundanal, lo invisible que se recoge en el recinto del mundo interior del corazón”. Ahora nos encontramos con el poeta-sacerdote de Novalis o Ginsberg, pero ahí también están los sacerdortes-poetas como Bashoo, Milarepa o san Juan de la Cruz, junto con todos los actuales chamanes que cantan para mantener el movimiento del tiempo en las cosas. Heidegger nos recuerda un verso de Rilke: “Sólo el cántico sobre la tierra santifica y celebra”.

En este asunto de afrontar la noche del mundo, nadie se arriesga tanto como los poetas. Dice Heidegger:

Los más arriesgados son los poetas, pero poetas cuyo canto vuelve a lo abierto nuestro estar-desamparados. Estos poetas cantan porque invierten el apartamiento respecto de lo abierto, e interiorizan su irredención en el todo sagrado, lo santo en lo funesto […] Los poetas son de la índole de aquellos más arriesgados porque experimentan lo funesto como tal en busca de la huella de lo sagrado. Su canto sobre la Tierra santifica. Su canto celebra lo incólume de la esfera del ser […] Los más arriesgados experimentan en lo funesto el estar desamparados. Los dioses huidos a las tinieblas de la noche del mundo dejan una huella que conduce hacia los mortales. Los más arriesgados, en tanto cantores de lo sagrado, son ‘poetas en tiempos de miseria¿.

Al explicar los mecanismos por los cuales los poetas buscan lo sagrado entre la oscura miseria del mundo, Martin Heidegger no sólo hace una metafísica de situación sino que, también, se distingue como un filósofo-poeta.

*Ruleta Rusa agradece a nuestro aliado editorial  Taller Ígitur las facilidades para la publicación de este texto. 

  • Ilustración: Jean Delville
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