Consciente de la imposibilidad de reunir la trayectoria de un individuo de variados talentos y facetas personales y públicas en el espacio de una cuartilla, apunto aquí, a modo de despedida y homenaje, unos cuantos trazos de la figura de José Argueta Acevedo, un amigo que acaba de dejarnos sin el placer de su compañía.

Para Emilio y Laura y para los amigos que ya lo están extrañando

 

Fue Pepe Argueta, primero que nada, para mí, un amigo con quien me divertí y aprendí muchas cosas gracias a la oportunidad que tuve, como muchas personas, de participar de una de sus pasiones indeclinables: la conversación sobre todos los temas que, si bien parecía en su caso conducir siempre al puerto borrascoso de la política, de ninguna manera se reducía a ese desprestigiado territorio de la experiencia humana.

Gracias a que fue toda su vida un lector —como son los auténticos, desordenado, omnívoro y sólo guiado por el gozo que a cada quien le entregan las páginas que lo eligen o elige—, podía Pepe Argueta pasar o dejarse llevar en la charla de una anécdota vieja a un chisme nuevo, del comentario minucioso de un partido de fútbol (le fuimos al mismo equipo, siempre perdedor) al análisis de la técnica más apropiada para sembrar zanahorias, pasando por el desmenuzamiento de toda ideología o por el recuerdo emocionante de un viaje a la Unión Soviética.

Alimentaba sus conversaciones, eso sí, con regularidad estricta, el desencanto mezclado a la sorpresa que le produjo siempre observar la pobreza intelectual y práctica, el vacío expresivo y a fin de cuentas moral de la pandilla numerosa de líderes políticos y gobernantes que durante décadas han construido con minucia la ruina del país

La sorpresa venía de ver que personas tan mediocres pudieran ser tan persistentes en su afán de hacerse alcaldes, diputados, presidentes de la República y, sobre todo, que al paso de los años lo consiguieran. Y el desencanto, a su vez, nacía de darse cuenta que muchas veces a los canallas los votaban miles de personas en las sucesivas elecciones, o que el nuevo funcionario (o fracasado o saqueador) había sido antes un luchador social, un ciudadano en apariencia probo y hasta un señor que iba regularmente a misa o había salido de una buena universidad.

Lo cierto es que no había asunto, por sombrío que fuera, tan absorbente o con el suficiente atractivo como para quitarle su lugar al comentario de la aventura inmensa de plantar un árbol, abrir una zanja o tener un hijo, como tampoco a la escucha de los amigos, sea en el teléfono y la charla de café y sobre todo en las tardes de carne asada, cerveza y vino tinto de La Loma.

Dicho todo esto, a nadie debe sorprender que hasta esta altura tan avanzada de esta despedida diga un par de palabras sobre la actividad con la cual se identificó el nombre de Pepe Argueta durante cuarenta años de los sesenta y pico que vivió: el periodismo. No es que lo olvide ni tenga en poco esa actividad suya, al contrario: en el oscuro mar del periodismo inmediatista, improvisado y superficial que nos rodea, él ocupó una isla analítica y crítica, cuya ubicación ignora la mayor parte de los periodistas de Guanajuato y que apenas unos cuantos han visitado. Y a fin de cuentas, se hizo y fue periodista precisamente como efecto inevitable de su pasión por conversar, por leer, por tener amigos, por indignarse sin amargura y por documentar su sonriente pesimismo.

El recuerdo de su mano recia al saludar y al despedirse, su abrazo franco, su buen trato con las palabras y su perdurable ejercicio de la ironía y el buen humor se quedan con nosotros.

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa
BICI