Ninguna persona que obra contra su voluntad obra bien, aun cuando sea bueno lo que hace.

San Agustín de Hipona, Confesiones, L. I, 12.

Si se parte del hecho tan relativo de que una realidad depende del cristal con el que se mira, Agustín de Iturbide, para unos es un santo libertador, pero, para otros es el epíteto perfecto de una historia de heroicidad: un traidor. ¿Qué mal habrá cometido ese pobre hombre?

A veces el oportunismo tiene sus consecuencias dolorosas, y en muchas ocasiones, tiene consecuencias que terminan con una corona de laurel y con los nombres inscritos en las paredes. Con ello, es posible entender que la imagen de una persona a veces no lo determinan sus actos, sino el sistema propagandístico que más peso pudiera tener.

Existe una frase atribuida a Joseph Goebbels, que a la sazón dice: “repite una mentira mil veces y se convertirá en verdad”. Esta propaganda de los nazis, cabe muy bien a la serie de, quizá ignominias que sean dicho y escrito sobre la persona de Agustín de Iturbide.

Para empezar Vicente Rocafuerte y Lucas Alamán escribieron la descripción de un desajustado casi mental, que gobernó por mero oportunismo. La propaganda, posterior a la abdicación, tendrá mayor impulso por el sistema gubernamental, pues el traidor pesa más que todo lo que pudo haber hecho por la nación.

Configuración de una imagen: primeros pasos

Desde que Iturbide era joven, según los comentarios, este fue un casi donnadie cuya necesidad de reafirmación tenía que ser comprobada para los demás, por ejemplo, en Epopeya de México I del autor Armando Ayala Anguiano, recuperando la voz de Rocafuerte, menciona que después de “sus breves estudios en la Academia de Valladolid, y luego en el Seminario Teológico, tuvo fama de poco estudioso y hasta de maligno: esto último por su extraña afición de cortar los dedos a los pollos de su corral para deleitarse sádicamente viéndolos cojear” (pág. 727).

Real o no, el sambenito colocado al joven Iturbide, forma de él una descoyuntada imagen. Lo cierto es que, si para la pluma es malo, para la espada será un genio, casi un cántico de los versos de Antonio Machado: “Si mi pluma valiera tu pistola/ de capitán, contento moriría” (A Líster, Poesía de Guerra).

Y claro está, Agustín entra en 1806 a formar parte del Ejercito realista. El fatídico año de 1808 para España serán el comienzo de una enfermedad, de una neumonía política para Nueva España. La ocupación de la Corona en la península por Napoleón Bonaparte y la entrega de la misma a José Bonaparte, representará para Nueva España la oportunidad de la autonomía política y económica de la Corona.

La deposición del Virrey Iturrigaray será la estocada para posicionar a Iturbide en un lugar estratégico. Es con ello, que se pondrá a la orden del virrey impuesto, el Mariscal Garibay. ¿Vemos en Iturbide un posible oportunista o un hombre que busca la experiencia?

Tras el levantamiento de Hidalgo y el inicio de la insurrección, Iturbide marcha a la ciudad de México para ponerse al servicio del virrey Venegas, quien le da la misión de sofocar los motines de Acámbaro y Maravatío. Sabedor de los desmanes de Hidalgo y del duro golpe a la fortuna paterna, criolla —porque no debemos olvidar el origen criollo de Iturbide—, se enciende en Agustín la sed de venganza, lo cual lo lleva a unirse al coronel Torcuato Trujillo.

Iturbide participa en la batalla del monte de las Cruces, como premio por su valía y destreza es ascendido a capitán. Agustín no pierde las oportunidades, baila al son que le tocan y en él se aplica la frase: “mientras el dueño tenga el hueso, el perro moverá la cola”.

Sin un afán de su profundidad, es posible ver en este joven militar a alguien cuyo ingenio es buscar el poder y reconocimiento, ¿Habrá sufrido acaso de baja autoestima? O ¿era la forma en cómo pudiera sentirse realmente útil?

Lo que es posible saber, es que Agustín de Iturbide sabía hacer grandes lecturas del campo de batalla. Si les das lo que piden obtendrás lo que quieres —posiblemente, era su filosofía—. Un punto más a favor del capitán fue la aprensión y fusilamiento de Albino García El Manco, insurgente de peso y poder, al cual Iturbide, según sus dotes de sádico, mandó a descuartizar. Cierto o no, el premio por esta afronta es un ascenso a teniente coronel.

Hasta este momento se puede ver cómo la levadura, por las acciones de Iturbide, lo va posicionando hacía un camino de mayor grandeza. En 1812, noviembre uno, Iturbide da otro golpe a una fortificación en la laguna Yuriria, con la cual varios insurgentes, entre ellos José María Liceaga, caerán. Este enfrentamiento lo acercará al jefe del ejército realista, el general Félix María Calleja, y aquí, de manera muy indirecta, pudiera parecer que Iturbide dice las palabras del buen ladrón junto a Jesús: “Acuérdate de mí cuando estes en tu reino” (Lc 23, 42).

Y es que sí, tras otra beligerante batalla que terminó con la expulsión de los hermanos Rayón de Salvatierra, y con Calleja como virrey, en 1813, Iturbide es ascendido a coronel jefe del regimiento de Celaya. Poco después, es colocado al frente de las fuerzas realistas de Guanajuato, y con ello, en septiembre de ese año es nombrado intendente provincial.

¿Qué hace un hombre con tanto poder? A veces administrar muy bien, lo que le lleva a ser amado. Pero, en otras ocasiones, lo conduce a una ambición desmedida. En la calma de 1814, Iturbide aprovechando su puesto se convierte en cacique de Guanajuato

Se dice que el dinero que llegaba para las tropas a su cargo, desaparecía en sus arcas personales. Abrió tiendas que monopolizaban el azúcar, el aceite y sebo. Se apropiaba de mercancías para surtir sus tiendas, una serie de tropelías, llevaron a Iturbide a coronarse como el emperador del comercio. Tras las acusaciones que, desde luego, el desmintió a capa y espada, solicitó en 1815 licencia de dos años para separarse del ejército, pero, Calleja solo alentó su megalomanía, dándole como cargo nuevo el ser intendente de Valladolid.

Es menester aclarar que estos apuntes señalan el crecimiento y la configuración de la imagen de Iturbide, cuya conducta deplorable no cumplen un fin. Así, en 1816, es acusado por las acciones poco morales que había cometido en sus regencias. Es llamado a la ciudad de México con el fin de que dar una explicación y de que se defienda, pero en septiembre llegará un nuevo virrey, Juan Ruíz de Apodaca, el cual no da una sentencia, sólo lo destituye.

Como acto de ignominias y afrontas hacía él se muda a la capital en 1817, donde en el silencio espera la reivindicación de las ¿calumnias? Dichas a una imagen que había alcanzado grandes estrados. Desde aquí, y sin afanes de equívocos, Agustín de Iturbide puede ser nombrado como un gran oportunista.

El regreso de una imagen: ascenso y caída

Cuando los intereses se ven tocados siempre surge la necesidad de defenderlos, sin importar de modo alguno, si estos son realmente válidos. Prueba de ello es la conspiración de La Profesa en 1821, esa reunión de peninsulares y criollos que veían amenazados sus intereses. Así, la Constitución de Cádiz, de modo alguno era un peligro para los criollos conservadores. ¿Qué tiene que ver con todo esto Iturbide? Pues es mandado a llamar para que lideree las tropas realistas y de este modo la insurgencia no avance. Pero, sin dar paso sin huarache, Iturbide pedía ser nombrado coronel.

Aceptada la propuesta y con toda la experiencia tenía de los años anteriores se da cuenta que no será fácil la encomienda, primeramente, porque el hecho de que Fernando VII trasladará su corte a Nueva España haría que los mejores puestos fueran tomados por los peninsulares y no por los criollos.

Iturbide supo leer el plan de la Profesa, y lo que generó fue una reinterpretación del mismo con algunos agregados, el cual llamó el Plan de Iguala o de las Tres Garantías. Iturbide, oportunista como el sólo, se convertía así en un gran estratega

Entabla relaciones con los insurgentes, presenta su Plan, el cual en un principio no es aceptado del todo, esa idea de que un Borbón reine unas tierras liberadas del dominio español, resulta una locura. Incluso Fray Servando Teresa de Mier se opone a ese punto. A los insurgentes no les queda más que aceptar ¿Por qué? Porque, quizá, sea la única forma de ganar una guerra que llevaba más de diez años.

Así, como anillo al dedo viene la llegada de O’Donojú, con quien firmará los Tratados de Córdoba, con la consigna de: somos autónomos de España, pero nos gobernará un Borbón español. Después, la Corona desacreditará los Tratados de Córdoba, pero, por lo mientras, Iturbide obtiene de uno de los representantes de la Corona, la aprobación de autonomía e independencia.

El 27 de septiembre de 1783 nació Iturbide y el 27 de septiembre de 1821, entra triunfante en la Ciudad de México. ¿Qué mensaje simbólico quiere dar? ¿con él nace la patria? ¿es él el origen de la independencia? Quizá con ello quería un doble festejo y centrar de manera indirecta en él el inicio de la vida independiente de México. Al otro día, 28 de septiembre, se firmaría el Acta de Independencia y con ello, comienza la estructuración de un nuevo gobierno.

En Iturbide se funde la patria, él es ahora, el pater patriae, Hidalgo, a ese lo mandamos al último lugar de la historia. Es Iturbide quien en su persona unifica la nación, incluso amenazando a Centroamérica de pagar consecuencias en caso de no unirse al Plan.

Sin embargo, entre los dimes y diretes de la Junta Gubernativa, y al ver que los borbones no envían a nadie, como no queriendo la cosa, Iturbide es nombrado Emperador de México en 1822.

¿Deseaba realmente no ser emperador? Iturbide dice que no, pero, entre todos los males, el menor. Él tenía la capacidad militar, mitómana y manipuladora para convencer realmente a todos, cumplir la tercera garantía: unidad. Pues unió tras las espaldas de los de La Profesa a realistas con insurgentes. Esta unión, casi forzada, le costará ser un emperador que nadie guste de obedecer, y que será fácil amanearlo.

¿Qué pecado pagó Iturbide? Con enemigos en el Congreso, mejor lo disuelve y al poco tiempo renuncia, se va del país, y el mismo Congreso lo nombra “traidor”

Ni todos sus intentos de defensa legitima, ni el historial de servicio a la patria, le salvaron de las balas. Su fusilamiento era algo inminente. Iturbide de ser el Padre de la Patria, le tocó vivir la sentencia del traidor de la Patria, “Sería mejor para él no haber nacido” (Mt 26, 24). Los ascensos y descenso cuestan y en ocasiones muy caro.

De todo lo dicho hasta aquí y tratándose de construir una imagen de Iturbide, es posible concluir que el Emperador de México va de ser un oportunista a ser un gran estratega militar, su ascenso es una serie de premios por su obra, que en algún momento no ve posible sostener y, en vez de separar más, busca unir los polos opuestos, fundando en él el nacimiento de la nueva patria.

Claro está, la manipulación, la mentira, y los otros vicios, propios de los hombres y más de los enfermos del poder, llevaron a Iturbide a ser un hombre cuya única maldad fue defender lo que él consideraba como propio: la nación mexicana.

Como cuña última, entiéndase que ese bien propio es el beneficio general más que personal. Así, a Iturbide le toco hacer vida aquello que reza: a veces hacemos cosas buenas que parecen malas y cosas malas que parecen buenas.

  • Pintura: Primitivo Miranda (detalle)