Un niño solitario juega con sus canicas. Celebra, se crispa, vuelve la alegría a su rostro.

Escucho cómo las canicas chocan unas contra otras, cómo ruedan sobre la loseta, cómo gritan antes de caer en el hoyo que a propósito hace de meta. Los colores de las canicas son bastante intensos, las hay rojas, verdes, azules, amarillas canario. En ellas puede notarse el reflejo de algunos árboles del jardín, las nubes del cielo e, incluso, la nariz húmeda y entrometida de un cachorro de raza callerman, el cual supongo es la mascota del niño solitario.

No se percata ese crío que yo estoy muy cerca de él, no existo para ese niño, está metido completamente en su juego, tanto, como yo en observarlo. Pero el cachorro si nota mi presencia, camina con torpeza rumbo a mis zapatillas deportivas, supongo que intenta ladrar, pero sólo alcanza a jadear mientras saca su rosada lengua.

Clavo la mirada en los ojos del perro, que brillan aún más que las canicas. Me reflejo en ellos; ahí estoy, dentro de los globos oculares de un cachorro

A veces quisiera saber cómo, y no tanto qué, ven los perros. Tener su punto de vista, narrar el mundo a través de una sensibilidad cuadrúpeda. Sentir lo que siente ese animal ante la alegría del niño que juega y juega con sus canicas.

Dejo que el niño, el perro y las canicas sigan erosionando la melancolía del jardín, tomo mi libro, lo abro y leo el siguiente haikú de Issa Kobayashi:

Ven, gorrión

que ha perdido a sus padres,

juega conmigo.

*

El niño de las canicas se ha ido, no reparé cuándo, ni por dónde. En un tris desaparece la inocencia, de pronto uno es el adulto ajeno a la ternura, truculento en sus emociones, ocupado en una y mil idioteces que dejan como saldo un cuerpo cansado, deseoso de ir a la cama para no dormir lo suficiente y mucho menos descansar.

Algo de esto sabía Cioran, que en sus Silogismos de la amargura escribía: “Levantarse como un taumaturgo resuelto a poblar su jornada de milagros, y caer de nuevo en la cama para rumiar hasta la noche penas de amor y de dinero…”.

Quizá grabé en mi memoria este aforismo al resultarme familiar lo ahí referido. Cuántas veces en un pasado me sentí así, me pregunto con cierta risa sardónica.

Busco en la bolsa de mi chamarra una barrita de chocolate, la cojo de entre papeles, plumas y cerillas

Darle un mordisco con avidez no me hace hambriento, vuelvo a abrir el libro de Kobayashi y encuentro el siguiente haikú:

¿Cuándo llegó aquí,

junto a mí,

este caracol?

*

De Kobayashi sé poco, y quizá no quiera saber más. Huérfano, pobre, celópata, viudo, desheredado, vago, pobre diablo y poeta. Son, ahora, sus haikús los que atrapan mi atención.

Años atrás, cuando joven, era indispensable para mí el que un poeta tuviera una vida convulsa y trágica. Creo que hasta que encarné ese clisé dejo de ser prioritario mi interés y morbo por las idas y venidas al infierno de un sujeto que no fuera yo mismo. Aunque la verdad es que ese interés en realidad es intermitente. Según sea el caso, voy a la biografía o me aparto de ella. Me repliego de los detalles de un Rimbaud, de un Nerval o de un Cuesta, cuando uno de ellos es entronizado como poeta maldito, coreado por otros infelices que creen voluntariamente mimetizarlo.

Como si fuera tan fácil sustraerse de una programación mental que instaura el odio y la miseria para luego, por voluntad propia, volver a ella y solazarse como un fracasado y hacer de la conmiseración un estilo

Ahora, en este momento, no me siento tentado a volver a pisar las mismas escaleras de mi pasado. El rescoldo de las experiencias es un amargo y penetrante vinagre en muchos apartados de mi vida. Ya casi muere el otoño, Kobayashi remata este apunte con el siguiente haikú encontrado al azar:

Viento de otoño.

Me veo como si fuera

un mendigo.

*

De niño envidiaba a otros niños, a los niños que la pasaban todo el día en la calle; raro era quien iba a la escuela. La tiza que ellos conocieron no fue la que a ratos dormía bajo el pizarrón verde botella de un aula, era el trozo de yeso que arrancaban a la fachada de una casa; con ella no hacían sumas y restas, no conjugaban verbos ni adivinaban la ortografía correcta de una nación al Este de Europa, usaban el trozo de yeso para demarcar una línea divisoria que emulara la que está bajo el arco de una portería.

Esos niños no repasaban el silabario con un estribillo cursi, ellos gritaban salvajemente gol, no comían tortas de jamón humedecidas, mascaban el chicle que alguien había dejado pegado en la tubería de una toma de agua

Para esos niños el uniforme planchado y pulcro era inexistente, a ellos les bastaba con vestir una raída trusa con restos de excremento, amarilla como el sol y que además hacía invisible las una y mil gotitas de orina ahí evaporadas.

Yo envidiaba la libertad de esos niños. No sé si aún me pase lo mismo, pero este haikú de Kobayashi me trajo todo ese recuerdo:     

El mendigo

tiene el cielo y la tierra

como ropa de verano.

*

No. Definitivamente ya no envidio la pobreza o carencias de los otros. Me gustan los zapatos y las corbatas de precios no muy amables al grueso de la población de escritores. Amo sentirme algo confundido en los aeropuertos, mi culo disfruta estar apoltronado en una butaca de tal teatro escuchando piezas de Sibelius o de Arvo Pärt, siento placer al pagar mis deudas.

En fin, prefiero mis calzones de algodón que un taparrabos, opto por caminar con mis jeans y camisas de franela viejos ante la posibilidad de vestir harapos tiesos de mugre y mierda

Sé que estas elecciones no me hacen frívolo porque no estoy casado con ninguna ideología boba que tome por lábaro la carestía y el pauperismo. Tampoco soy un inmisericorde capitalista que a toda costa quiera presumir su diente de oro mientras vomita caviar o coñac. 

Cuando los medios materiales para el bienestar no me son accesibles, o vago por las sendas del desempleo, aun así me siento agradecido con la vida y con los poetas como Kobayashi:         

No tengo nada,

¡Más que esta tranquilidad!

¡Este frescor!

  • Ilustración: Ogata Kenzan