¿Se ha preguntado dónde se guardan estas palabras que ahora lee? ¿Dónde las cientos de fotos y notas que comparte en sus redes sociales? Internet no es invisible, aunque su mayor logro sea aparentar serlo.

Solamente Google posee más de 2 millones de servidores, instalados en diferentes ciudades del mundo. Si bien es cierto que en la última década han buscado fuentes alternativas de energía, como la eólica y la solar, sus servidores aún emiten una importante huella de carbono, con impacto importante en el medio ambiente.

Las estaciones donde se organizan los servidores de Internet, conocidas como centros de datos, tampoco son islas.

Más de mil millones de kilómetros de cables submarinos, que se han instalado alrededor del mundo desde el siglo XIX, son explotados hoy, en su mayoría, por corporaciones privadas como Facebook y Microsoft

Pero ¿por qué debe cuestionarse un usuario que su Internet sea visible y tenga, además, una infraestructura de dimensión global? Porque esto significa que, cuando se hace uso del servicio, se tiene también un impacto directo sobre el medioambiente, un impacto que no es inalámbrico ni invisible, como se ha tendido a pensar en las últimas décadas.

Cables de fibra óptica que cruzan de la Florida a México y de Europa a México salen a la costa en las playas de Tulum, Cancún, Mazatlán y Nayarit, antes de recorrer lo que se conoce como la última milla: el tramo final que conecta a los datos con los servidores y luego con sus usuarios.

Según la revista Forbes, la compañía KIO Networks ha llegado a valer más de mil millones de dólares en 2019, gracias a que expandió sus centros de procesamiento de datos en Ciudad de México, hacia Querétaro, Monterrey, Estado de México, y otras ciudades del mundo.

Detrás de las decenas de aplicaciones de su pequeño teléfono celular, hay miles de servidores y cables interrumpiendo la vida marina y la naturaleza

No se trata de que renuncie a la comodidad y las ventajas de Internet. Sería demasiado hipócrita alentar a ello en una revista digital. Al contrario: Se trata de saber que Internet no es un término abstracto y que redes sociales y compras virtuales deberían ser usadas con la misma responsabilidad que plásticos y otros materiales no degradables.

En su artículo Aviso: No excave: Negociando la visibilidad de la infraestructura crítica, Nicole Starosielski advertía que “cuando la infraestructura se hace visible en la esfera pública, tiende a ser porque se invierte con un significado cultural más amplio o porque se rompe (y no mantiene la transparencia en el uso)”. Se refería a como, en la mayoría de las playas donde se concentran cables submarinos, no existe la suficiente conciencia de conservación medioambiental.

Starosielski comparaba el impacto de estas instalaciones en playas hawaianas, que han quedado a merced de las compañías de telecomunicaciones, en oposición a las playas de California, donde la resistencia de los pobladores logró desviar los cables de rutas susceptibles al daño medioambiental, así como hacer que compañías de telecomunicación pagaran becas a hijos de familias afectadas por el cambio de orden geográfico que produjeron estas instalaciones. Y es que pesca, caza, y turismo son algunas actividades económicas tradicionales que sufren cambios cuando se concentran cables submarinos en una playa.

La existencia física de Internet debe estar a debate, como tema económico que alcanza dimensiones políticas. El debate se extenderá cuando se reconozca que Internet no es invisible, que existe y genera calor, carbono, e incluso deforestación y daños a la línea costera.

Y entonces, ¿dónde se guardan sus fotos y comentarios en redes? ¿dónde estas palabras que lee?