En 1963, Timothy Leary, el sumo sacerdote del LSD, ungió al escritor alemán Hermann Hesse como el ‘poeta del viaje interior’. Hesse había muerto un año antes, a la edad de 85 años. Pero las novelas que dejó atrás, según declaró Leary en The Psychedelic Review, eran un “manual invaluable” para navegar un viaje de ácido.

La literatura está llena pues de extrañas vidas posteriores. Franz Kafka murió en 1924 creyendo que sus manuscritos serían quemados. Moby-Dick (1851) de Herman Melville fue originalmente un fracaso.

Pero el abrazo de Hesse en la década de 1960 es sin duda el más extraño de todos. Hesse nunca visitó los Estados Unidos. No hablaba inglés. Su única droga era el vino tinto. Pero en 1968, como observó Der Spiegel, los hippies sacaron a este escritor decadente de la depresión. Hesse se convirtió en el autor alemán más vendido del siglo XX, y se ubica sólo por debajo de los hermanos Grimm y de Marx como el escritor alemán más traducido de las últimas décadas.

Su obra estaba en sintonía con una cultura juvenil animada por el deseo amorfo de un gran avance en la conciencia precisamente porque ese deseo se apoderó de él durante toda su vida. Muchos de nosotros estamos incluso familiarizados con este deseo; anima a casi todos los jóvenes, de una forma u otra, pero manejarlo sabiamente puede ser un desafío, y Hesse, en su vida y en su obra, constituye un estudio, una espada de doble filo con la que es difícil convivir en los mundos internos de uno.

Hermann Karl Hesse nació en 1877, en Calw, una pequeña ciudad a las afueras de la Selva Negra en Alemania. Su familia eran pietistas devotos, dedicados al estudio de la Biblia y la vida cristiana. Su padre publicó libros con títulos como Los paganos y nosotros.

Tuvo una adolescencia sombría. Su madre consideró que sus primeros poemas eran venenosos porque, en su opinión, mostraban interés por el mundo pecaminoso del hombre, más que en Dios. Sus maestros, juzgando que estaba “lleno de pensamientos febriles y emociones excesivas”, fueron severos. Siguió huyendo de la escuela y comenzó a amenazar con encontrar un revólver y dispararse. A los 14 años, Hesse fue internado en un asilo. El aborrecimiento de las instituciones, así como una profunda turbulencia emocional, permanecerían con él toda su vida.

Y mientras no hayas experimentado

esto: morir y así crecer,

sólo eres un huésped atribulado

en la tierra oscura.

Así lo escribió Wolfgang von Goethe, el Shakespeare de Alemania y el primer ídolo literario de Hesse.

Como joven autor, Hesse se sintió atraído por el enfoque de Goethe en la vida interior y el enfoque del romanticismo en “las fuentes secretas del alma”. También estaba cautivado por Nietzsche y su concepto del Übermensch, el ser que podía abrazar la muerte de Dios y prosperar en pura autodirección.

Presagiando a los hippies, Hesse se preguntó si la renovación espiritual podría surgir de las antiguas brumas de Oriente. Estudió minuciosamente las disecciones de la conciencia humana de Buda y la sabiduría gnómica de Lao.

Hacia 1900, a la edad de 23 años, había llegado firmemente a lo que él consideraba el camino hacia el florecimiento psíquico: a una “mayor profundidad a través de la internalización.”

Pero los problemas de la vida no estaban ahí para ser resueltos limpiamente, como diría Gustav Jung.

En 1916, después de evitar las trincheras de la Primera Guerra Mundial gracias a su mala vista, Hesse conoció a Josef Bernhard Lang, psicoanalista y devoto de Carl Jung. Lang era sin duda un bicho raro, con sus problemas psicológicos importantes y una inclinación por la astrología y lo oculto. Pero los dos hombres se hicieron amigos. Durante las décadas siguientes, se escribieron innumerables cartas entre sí.

A través de Lang, Hesse adoptó las teorías de Jung de inmediato. Le gustaba el enfoque de Jung como una red de símbolos internos forjados en la infancia y su noción de un reino sumergido de la personalidad llamado “la sombra”, ha dado mucho de qué hablar hasta hoy en día, sobre todo entre cineastas. Poco después de descubrir a Jung, en una carta, Hesse reiteró su visión de la vida: “mi único interés es lo interno”.

Las influencias de Hesse compartían la creencia en el poder de la subjetividad individual. Esto le dio un enfoque singular e inquebrantable que se mantuvo sin cambios durante décadas de novelas: el yo. Pero no perdamos de vista que nos referimos, más exactamente, al yo de Hermann Hesse. Al autor le gustaba referirse a sus novelas como “biografías del alma”. Escribir, declaró, era “una ruta larga, variada y tortuosa, cuyo objetivo es expresar la personalidad del yo del artista, hasta que ese yo finalmente se desenvuelve y queda al descubierto, saqueado y gastado”.

El tema central permanente de Hesse significa pues que sus novelas tienen un patrón repetitivo. Todas cuentan con un protagonista masculino cuyo yo desbordante está en desacuerdo con las aburridas expectativas cotidianas de la sociedad en general.

Todas tienen encuentros con uno o más sabios. Se aíslan y se ven impulsados ​​a embarcarse en viajes de autodescubrimiento, viajes que les obligan a afrontar los conflictos arraigados profundamente en sus mentes. Las fuerzas que luchan contra estos conflictos siempre tienen el aire espeso de los arquetipos junguianos.

En El lobo estepario, de1927, una de las novelas más leídas de Hesse, la vida interior del protagonista oscila, como la de todos, no sólo entre dos polos, como el cuerpo y el espíritu, el santo y el pecador, sino entre miles.

En 1921, Hesse se sometió a dos períodos de terapia con el propio Jung. En su diario, registró algunos consejos que le dio el reconocido analista. Los problemas de la vida no están ahí para ser resueltos limpiamente, le había explicado Jung; cada uno de ellos es “un par de opuestos, que entre ellos producen una tensión que se llama vida”.

Esta sabiduría tentadora y elusiva es lo que todos los protagonistas de Hesse descubren y a la que luego intentan integrarse. Al detenerse en la totalidad de sus mundos interiores con la suficiente intensidad y durante el tiempo suficiente, se mueven hacia la tierra prometida de lo que se llama autorrealización en la novela anterior Demian de 1919. Finalmente, sus personajes pueden verse a sí mismos —todos ellos mismos, como resultado—, y entienden cómo vivir.

Con todo, aún sin haber leído una palabra de sus novelas, el atractivo de Hesse para los lectores de la década de los sesenta debió ser obvio. Odiaba a los profesores y la carrera académica —o de ratas—, le gustaban el nudismo y los árboles. Pero es más que eso: para Hesse, como escribe el estudioso Ingo Cornils, “el yo individual” era “el depósito de lo divino y la única institución ante la que somos responsables”.

Las novelas de Hesse mantienen pues la promesa misma de la década de los sesenta de que, al evitar los mandatos sociales y dedicarnos a exploraciones internas vívidas, podemos abrirnos paso hacia un renacimiento psíquico

De hecho, las tramas de sus novelas a menudo culminan con el protagonista experimentando una metamorfosis abrasadora y alucinógena, muy parecida a la que Leary quería extender a todos los estadounidenses, a través de una pestaña de ácido.

Demian, por ejemplo, cuenta la historia de un joven, Emil Sinclair, que abandona la sociedad en general. Inspirado por las enigmáticas cavilaciones del sabio Max Demian, intenta deshacerse de los valores burgueses y descubrir un camino hacia la autorrealización. Su búsqueda lo lleva a través de diversas formas de misticismo psicológico.

Una edición reciente de Penguin de Demian incluye un prólogo del actor James Franco, quien recuerda haber abandonado la universidad a los 19 años para perseguir su sueño de actuar. En medio de las dudas, Demian, aseguró a Franco (la trilogía de El hombre araña y El origen del planeta de los simios) que había dado “un paso más allá de una vida conformista” y hacia “una vida que resonaba con mis ideales”.

A lo largo de las décadas, Demian ha tenido un efecto de animación similar en muchos otros lectores. Sinclair se inspira en Demian para rechazar “el instinto gregario” y ser “absolutamente fiel a la semilla activa de la naturaleza que hay en él”. Mantener esta fe requiere que Sinclair rechace todo lo que ha venido antes y saque del fuego una cosa nueva y deslumbrante de Nietzsche. Toda gran mente artística se ve afectada por este impulso. Es fácil ver por qué muchos héroes de la contracultura (incluido el guitarrista Carlos Santana) han leído a Demian como un manifiesto.

En Siddhartha, de 1922, una de las novelas más populares jamás escritas sobre el budismo, el protagonista epónimo busca una forma de vida iluminada. Deambulando por la antigua India, experimenta tanto con el ascetismo espartano como con el hedonismo lujoso. Finalmente, encuentra sabiduría espiritual al contemplar el flujo de un gran río. Siddhartha es más amable que Demian, pero lleva el mismo espíritu.

Buscando la iluminación, Siddhartha ni siquiera puede someterse a las enseñanzas del propio Buda. “La sabiduría”, dice, “no es comunicable”; sólo es detectable. “Un verdadero buscador”, declara, “no podría aceptar ninguna enseñanza”. La búsqueda incansable de Siddhartha termina cuando el flujo del río le revela que, detrás del velo de Maya, detrás de la naturaleza ilusoria de todas las dualidades, existe una “unidad de todas las cosas”.

Siddhartha ha enviado quién sabe a cuántos mochileros a la India. Pero pese a eso, Hesse no es un gran estilista. Su prosa es sencilla. Sus novelas son pesadas, de trama fina, a menudo didácticas, a veces cursis y completamente sin humor

Pero nada de esto importa realmente, porque lo que ha atraído a Hesse a décadas de lectores no es su escritura, sino su defensa del proyecto de autorrealización. La idea de que los libros de Hesse son un manual para el descubrimiento interior ha sido pues durante mucho tiempo su atractivo principal, un atractivo que significa que sus novelas persisten como mitad literatura y mitad autoayuda. De modo que todavía podemos encontrarnos a Hesse en los estantes  una fila o dos debajo de su héroe, Goethe, y a tres o cuatro tablas de Paulo Coelho y Kahlil Gibran en casi todas las librerías.

En sus mejores momentos, sus novelas contienen destellos de verdadera sabiduría. Por ejemplo: percibió, con precisión, que la mayoría de nosotros pasamos de la adolescencia a la edad adulta en posesión de un yo que está a medio formar, sin examinar y azotado por los vientos del mundo.

Aunque hoy en día el análisis junguiano lleva un olor acre de pseudociencia, las cámaras internas del yo siguen siendo el lugar donde el reflector de la ciencia comienza a oscurecerse y a parpadear. Y es que en las extrañas aguas de la conciencia, somos sólo nosotros los que podemos vadear a través de nosotros mismos. Hesse nos comunicó pues claramente ese valor, el de agudizar nuestro poder de percepción de nosotros mismos. Y su inquebrantable compromiso con la mente individual (¡al carajo con todas las formas de colectivismo…), lo previno e inoculó tanto contra la psicosis falso-patriótica de la Primera Guerra Mundial como contra el idiota de Hitler.

Pero quizás, sobre todo, la preocupación de Hesse por “la sombra” siga siendo valiosa.

En El lobo estepario, el protagonista Harry Haller se siente atraído por las comodidades de una existencia burguesa. Pero también detesta “este optimismo cuidadosamente conservado de las clases medias, esta gruesa y próspera prole de mediocridad”. Alienado de la sociedad y abatido suicidamente, Haller comienza a aceptar esas partes de sí mismo que antes no se atrevía a examinar. Su amargura comienza a desvanecerse.

El viaje de Haller refleja el de todos los protagonistas de Hesse: siempre que logran un avance psíquico, lo es como el resultado de confrontar, inquebrantablemente, su sombra, esos rincones de su ser que son oscuros, vergonzosos y crueles

Como puede verse, gran parte de la superación personal de nuestros días se reduce a diversas formas de mimos, pero las novelas de Hesse nos recuerdan que el verdadero trabajo consiste en enfrentarnos a las partes de nosotros mismos que queremos ignorar. “Cuando odiamos a alguien, estamos odiando algo que está dentro de nosotros, a imagen y semejanza”, dice una línea en Demian. Así también, cada protagonista de Hesse aprende la verdad de que conocerse a sí mismo puede doler.

Sin embargo, el legado de la inquebrantable autoestima de Hesse revela precisamente aquello a lo que sus personajes dedican su vida a demoler: una dualidad. Existe un debate largo y circular sobre si las ideas de una persona pueden divorciarse o no de cómo vivió. Pero la mayoría de los lectores no académicos, no pueden, o al menos no del todo.

Importa, por ejemplo, que Jean-Jacques Rousseau trató de enseñar a los lectores sobre la compasión, después de haber abandonado a sus cinco hijos en un orfanato. Importa que George Orwell escribiera sobre los peligros del totalitarismo y luego fuera a España a luchar contra el fascismo con sus propias manos. Y en el caso de un autor que dedicó su carrera a escribir una serie de “biografías del alma”, llama la atención o parece razonable preguntarse si ¿esas miles de horas de intenso auto-escrutinio produjeron algún tipo de cambio significativo en la vida real de este autor?

Desafortunadamente, lo que el biógrafo de Hesse, Gunnar Decker, describió como el “egoísmo ilimitado” del autor, nunca disminuyó. Una gran proporción de las cartas de Hesse están ocupadas por cavilaciones tituladas y una omnipresencia de mal genio. Según Decker en Hesse: El viajero y su sombra, de 2018, Hesse a menudo “no podía soportar que nadie estuviera cerca de él”. Cada vez que se le pedía algo práctico, Hesse lo registraba como una imposición de un mundo mediocre que siempre intentaba frustrar la urgente tarea de su autorrealización. Hesse se dirigía a una “cura de descanso” de una semana cada año, independientemente de si las personas en su vida podrían haber usado su ayuda. Criticó los adornos materiales, pero constantemente recurrió a sus patrocinadores suizos para que lo ayudaran a pagar sus facturas.

El trato de Hesse a las personas que se preocupaban por él era siempre insensible. Unas semanas después del nacimiento de su tercer hijo, estaba en un crucero de pasajeros con destino a Oriente, en busca de la autorrealización mientras su esposa estresada y deprimida cuidaba al recién nacido. Hesse estaba tan perpetuamente irritado por su tercera esposa que se comunicaban a través de “cartas a domicilio” para que el silencio del estudio del autor nunca se perturbara. Los constantes arrebatos por la falta de gas, los arrebatos de ira y los silencios de mal humor de Hesse ayudaron a inclinarla hacia la depresión suicida.

A mediados de la década de 1940, Hesse bombardeó a su editor, Peter Suhrkamp, ​​con quejas sobre retrasos. Suhrkamp tenía una excusa decente para los retrasos: después de 10 meses en campos de concentración, sufría repetidas parálisis de ambas piernas y ataques recurrentes de neumonía.

El crecimiento de Hesse fue, como se comprenderá, una especie de espejo. Nunca le importó involucrar al mundo en general.

Sé que puede parecer indecoroso esto de meterse con la conducta privada de un hombre mucho después de su muerte. Pero, ciertamente, Hesse no es el primer artista en ser culpable de narcisismo o inmadurez

Tampoco el primer hombre que maltrata a las mujeres de su vida. Y probablemente poseía lo que hoy clasificaríamos como alguna forma de trastorno bipolar. Estas últimas dos cosas ya sin duda los desbancarían —aún sin leerlo, por supuesto— entre trasnochados lectores wokes o millennials, o peor aún entre “lectoras” feminazis o de la generación de cristal.

Pero el registro de la conducta de Hesse en el mundo plantea una pregunta: ¿para qué entonces fue todo? Generaciones de lectores se han entusiasmado con su convicción de que necesitamos examinar nuestro ser interior, evolucionar y transformar. Sin embargo, Hesse parece haber permanecido notablemente sin cambios durante toda su vida adulta. Un cascarrabias obsesionado por sí mismo en 1900; un cascarrabias obsesionado consigo mismo en 1960. En fin, una persona puede ser como quiera, pero este es un autor que tenía esencialmente un tema: el crecimiento personal.

Y este crecimiento no parece haberle conferido ninguna responsabilidad para con el resto del mundo. De hecho, aunque su individualismo protegió su mente de la atracción del pensamiento grupal nazi, tampoco lo inspiró a ningún acto de resistencia. Por el contrario, a lo largo de los años de matanza, Hesse cultivó una política de desprendimiento. Hizo algunos gestos cuidadosos, como revisar a los autores judíos. Pero sus acciones fueron lo suficientemente tímidas como para que sus novelas eludieran la censura del Tercer Reich hasta 1943. Otros autores alemanes condenaron a Hesse por negarse a criticar abiertamente a los nazis y por ver la guerra en el “aislamiento aristocrático” de la Suiza rural. Georg Bernhard, editor de un importante periódico de la oposición nazi en Francia, lo calificó incluso como una “hoja de parra para el Tercer Reich”.

Pero ¿hubiera podido ser Hesse más valiente? Me imagino que sí, aunque no estoy seguro. El caso es que todo su crecimiento fue una especie de espejo. Nunca le importó involucrar al mundo en general. Por encima de todo, sólo quería que lo dejaran solo. En 1943, estaba trabajando en El juego de los abalorios (por cierto, de Hesse, la consentida de Borges), una serena y utópica novela de ciencia ficción que venera el arte del autodesarrollo devoto. Ese año, con Europa como un matadero en llamas, le dijo a su hijo que la novela en curso le ofrecía “un mundo totalmente prístino en el que podía habitar, completamente libre de preocupaciones inmediatas”.

Sólo un kōan importa”, escribió Ikkyū, un poeta zen del siglo XV: “”. Hesse habría estado de acuerdo y encantado con esa idea, y su vida y obra nos ofrecen un estudio de la autoestima devota

Hasta cierto punto, Ikkyū tiene razón. Si sigues siendo un misterio para ti mismo, rebotarás y rebotarás en la vida sin tener la menor idea de cómo lo, que según tú te llamas, está produciendo tu vida. Hesse fue un apasionado defensor del autoexamen brutal, y por eso su trabajo sigue siendo valioso.

Todos haríamos bien pues en persuadir a nuestra sombra, para tratar de provocar cualquier alquimia interior de la que seamos capaces. Los hippies creían que había algo en ellos, brillante, que esperaba ser despertado. Y encontraron un alma gemela en Hermann Hesse. Pero, en última instancia, su vida y su obra son también una advertencia. Demuestran cómo cavilar sobre la posibilidad de la autorrealización puede convertirse en una arena movediza mental. Porque es peligroso dejar de calibrarse al efecto de lo que está ocurriendo en el mundo más allá de nuestro propio cráneo. Es muy fácil confundir la rumia con el crecimiento en sí.

Muchos hippies, incluso con corazones enormes en más o menos los lugares correctos, hicieron —y aún hacen— una versión de este error. En algún momento, el autodesarrollo tiene que ser medio, y no un fin. Sus novelas se hunden con la sensación húmeda de un hombre que cambia el infierno de otras personas por el melodrama de su propia mente. El narcisismo psicologizado sigue siendo narcisismo. Y el narcisismo espiritual, lo mismo sigue siendo narcisismo del lado semántico que te pares.

Vemos pues esto con Hesse, quien tanto en su vida como en su ficción está cautivado por sus propios sentimientos. Creo que por eso persiste hasta hoy como uno de esos autores cuyos mayores fans son casi exclusivamente jóvenes. En sus “biografías del alma”, nunca parece escapar a esa impresión, tan impregnada de la adolescencia, de que los propios sentimientos son poderosamente únicos tanto en forma como en escala. Implacablemente beatífico acerca de la propia capacidad de compasión; implacablemente abatido por la propia capacidad de desesperación.

En 1955, Hesse expresó su disgusto porque los escolares leían y se entusiasmaban con El lobo estepario; después de todo, el hecho —dijo en algún momento— es que escribió este libro poco antes de cumplir 50 años. Pero como todas sus novelas, el tenor emocional de El lobo estepario es más apropiado para un escolar que para un hombre de mediana edad.

La sensación de que el mundo lo rechaza amorfamente; que la propia percepción de las cosas es más nítida que la de los demás, pero muy solitaria: éste es el estado de ánimo absorto en la angustia juvenil. Hay algo hermoso y correcto en esta fase del ser; pero posee un tipo especial de solipsismo que las personas maduras eventualmente aprenden a racionalizar.

Todos los protagonistas de Hesse están, a imagen de su creador, espectacularmente ensimismados. La prueba es que los años en que uno más disfruta de Hermann Hesse son los años en los que uno mismo está más espectacularmente absorto en sí mismo

Mark Harman, uno de los traductores más famosos de las cartas de Hesse, ha dicho que “aunque Hesse se rebeló contra sus padres pietistas, conservó algunos de sus valores fundamentales”. Por encima de todo, nunca se libró del axioma pietista de que las cosas del aquí y ahora, a diferencia de las cosas de un lugar trascendente y venidero, están caídas y podridas desde el principio. Ésta es la forma principal en la que los hippies, que no tenían complejos con los placeres de los sentidos, malinterpretaron a Hesse. En el enfoque de Hesse sobre la escritura y la vida, recapituló esa vieja idea religiosa: que lo mental es más noble que lo material.

Al describir su descubrimiento de la escritura en la niñez, Hesse recordó una alegría por cómo la escritura le permitió sentirse “desapegado del mundo e intacto”. Para él, escribir era un capullo de lo benditamente inmaterial. Las cuevas subterráneas del yo estaban en algún lugar por donde podía trepar y refugiarse de la luz del día en lo alto. Siempre que Hesse se relacionaba con el reino superior, siempre lo hacía desde la distancia. Pasó sus últimos años en su tranquila cabaña escribiendo 150 páginas de cartas a extraños todos los días, mientras un letrero, que colgaba de su puerta principal, decía: ‘Hoy no hay visitas, por favor‘.

En definitiva, la búsqueda de sabiduría de Hesse nos obliga a afrontar una pregunta crucial: ¿Prefieres tu alma o el mundo? “Dirijamos nuestra mirada hacia adentro”, dice un personaje de El juego de los abalorios, “entonces habremos descubierto el universo encarnado”.

Como hemos dicho anteriormente, las novelas de Hesse se comban con un fuerte hermetismo, la sensación húmeda de un hombre que cambia el infierno de otras personas por el melodrama de su propia mente. Tal vez, como Hesse, uno crea que el autoconocimiento es más valioso cuando funciona en secreto, vistiendo el brillo sedoso del pensamiento puro. Dame mi silencio, mi cueva y mis textos. Pero contra esto existe el punto de vista contrario: la vida se vive en concierto con otras almas, o de lo contrario es una desolación. Es decir: O mejoras en el amor o estás perdido.

Novelas como Demian, Siddhartha, El lobo estepario o El juego de los abalorios  contienen conocimientos reales. Todos los sabios del mundo, como Hesse, han intentado llevar pues una pala afilada a la tierra agrietada de su propio carácter. Pero en su conjunto, el trabajo y la vida de este escritor alemán demuestran que el autoexamen es una cuerda muy floja.

Podemos tomar sus escritos y ver lo que se puede ver, en esas profundidades de autoexploración. Quizás podamos recopilar algunas direcciones, para nuestras propias búsquedas. Pero si el mundo desordenado y carnoso de otras almas te importa, entonces saca las perlas y vuelve a salir a la superficie.

Porque en esta vida, la mirada interior te lleva solo a la mitad; y lo otro, lo demás, es el resto.

  • Foto: Especial
INFORME