Abro mi correo electrónico y borro la publicidad que de ordinario llega.

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Ofertas de vuelos a no sé dónde, descuentos y remates en tiendas y almacenes de ropa, algunas notificaciones de materiales académicos recién incorporados y, sorpresivamente, correos donde se me avisa que he ganado la lotería en el Líbano, en Malasia o en Republica del Congo. También se cuelan algunos mensajes de almas caritativas, en pleno desahucio, que me ruegan retirar algunos miles de euros para que haga y propague milagros. No sé quién les dijo que yo era santo, pero seguro los timaron.

He de confesar que las primaras veces que recibí esta basura en mi correo me emocioné un poco, creí que el universo había conspirado a mi favor y por fin me haría rico de la noche a la mañana. Luego esto se tornó aburrido y odioso.

En el Messenger también me llegan mensajes de diferente índole. No es común, pero llama mi atención que la gente se retrate el culo y te mande la postal acompañada de frases provocadoras y estériles

A veces me agregan a grupos donde la preocupación y socorro tiene que ver con la cuestión capital de qué nombre ponerle al cachorrito recién comprado. También, y esto ya pinta como plaga, los famosos promotores culturales mandan mensajes donde ofrecen sus servicios, algunos incluyen ir por las tortas y refrescos en caso de bloqueo creativo.

Leer tanta patraña me causa un poco de envidia, imagino que también yo puedo retratarme las pelotas, erigirme como sacerdote especialista en bautizar perros y ofertar mis servicios de negro literario, pero lo hago. No se me da lo emprendedor, de ahí quizá la envidia. 

Hace unos días, en realidad ya son meses, recibí un mensaje de una mujer que me saludaba y escribía con cierta prisa: Hola, ktal, soy pasante de la maestría en gestión cultural de la univ, quiero hacerte unas preguntas. Sorry, no creas que vengo a ligarte, no es de mi interés un ciberenamoramiento (jajajajajaja) ya, mira, vi que escribiste un libro llamado ‘Heráclito’ y quisiera que me hablaras un poco de su contenido. Hay la posibilidad de que te cite en mi bibliografía, considéralo, puede que te sirva para tu cv. Y gracias por tu atención 😊.   

Ahora que releo y trascribo el mensaje, me da por pensar que la gente es buena y dadivosa. Eso de aparecer citado en una tesis de maestría no sé a quién le infle el ego, pero no a mí. La verdad me importa un rábano que me citen o no. Pero para no ser descortés con la futura maestra en alguna patraña académica, escribo lo siguiente.

Afortunadamente Heráclito no nació en esta época, la de nosotros, la que acumula likes y emoticones bobos, época donde todos vociferan cambios necesarios, pero nadie está dispuesto a mover un dedo, porque es más bonito y romántico ser revolucionario de escritorio que preparar ochenta kilos de frijoles para un grupo de desamparados, eso que lo hagan quienes no asistieron a la universidad, afirma un heroico estudiante que sufre la injusta acumulación de exámenes extraordinarios.

Vivimos en una época plagada de idiocia y heroísmo melodramático, de revolucionarios cursis y sexis que no están dispuestos a pactar con la inteligencia dada su altura moral

Heráclito no camina entre nosotros. Porque de hacerlo, seguro nos arrebata la atención para que la hinquemos en una braza bebé que lleva en la mano. Aunque esto es poco probable. Más bien creo que al verlo dar pasos lentos, como quien flota, lo acusaríamos de enfermo. Él haría que brotara nuestro terapeuta interior, ese que segrega baba espesa y la malabarea cuando comienza a dar diagnósticos como: ¡ah, miren, ahí va un pirómano depresivo! Palabras, que ustedes saben, sirven para narcotizar a la mamá y al papá de un niño hiperquinético; palabras que hacen de un discurso filosófico un panegírico luctuoso, palabras que invoca el suicida en sus cartas para atiborrar de culpas a terceros de su no muy lamentable deceso. 

Se agradece entonces que Heráclito no sea nuestro vecino, porque iríamos a tocar su puerta para rogarle no consulte, a gritos, el oráculo en determinadas horas de la madrugada. Rubens tuvo el tino de pintarlo llorando, como antítesis del jocoso Demócrito. Nosotros le facilitaríamos un trozo corrugado de papel higiénico y nos largaríamos de su presencia.

Pese a que el novelista Salman Rushdie quiere darles a las sentencias de Heráclito el crédito de sabiduría enigmática se inclina más por detallarlas como galletas de la fortuna. Lo admito, el novelista de Bombay es astuto. Pero se olvida que no están completas esas sentencias, lo que nos queda de ellas no son más que pedazos. Como los que dejamos de esas galletas cuando nos advierten algún funesto asunto: hoy no te vas a bañar bajo la misma regadera, el servicio será cortado de manera abrupta por tu insistencia en considerar gratuita el agua.

Heráclito, la verdad, a mí siempre se me escapa. Es oscuro como pocos, no se equivocan sus exegetas en referirlo con esa analogía. Y a mí la oscuridad, desde niño, me espanta

Quizá quien se haga de una copia de mi librito Heráclito también se espante. Pensará que lo he timado al no encontrar ahí una volcánica erudición, necesaria para su tesis de maestría, en torno al de Éfeso. Pero si el tipo es necio, y seguro lo es porque no se puede pensar otra cosa de un tesista, querrá ver en mi librito una alegoría sin chiste, o una descuidada doxa de tan eminente griego. Porque el tiempo y la marmaja que invirtió no las considerará como empeños estériles. Compró, al adquirir el producto, su derecho a la venganza.  Y no le haré gordo el caldo con las patrañas de las que hoy se vale el arte: las explicaciones. Que entienda o lea lo que le venga en gana, porque así fue como yo construí este librito. El resultado me pareció oscuro, espantoso, y no tuve más remedio que bautizarlo como Heráclito.

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A distancia, percibo en esta obrita algo muy de Heráclito. Que no sabiendo expresar con claridad sus malestares (recordemos que le era inevitable hablar sin enigmas), se auto-diagnosticó hidropesía y el remedio que encontró no surtió los efectos de sanación esperados, así que murió.

Diógenes Laercio, biógrafo y difamador de la antigüedad, nos dice que como a Heráclito no lo entendieron los médicos a los que recurrió, no pudieron curarlo. Entonces él se aplicó algo de su saber: como lo seco compensa lo húmedo, se enterró en una montaña de estiércol para que el calor absorbiera el exceso de líquidos y ahí murió, en la oscuridad de la mierda.

Veintitantos siglos después, François Fénelon, al cual la teología no le privó de inventiva, se refería a Heráclito como un filósofo gritón y tenebroso y especula que su muerte pudo deberse a que se puso al sol y ordenó a sus siervos que lo cubriesen y emplastasen con estiércol, o que, no pudiendo quitarse el estiércol, permaneció inmóvil y fue devorado por unos perros.

Ese Heráclito, al que no le alcanzó su saber para sanarse, para torear por más rato a la muerte, es el que anda y brinca como loco en mi libro y los textos que lo componen. Es probable que me exceda, pero me vienen a la cabeza tres versos de Borges:

La memoria no acuña su moneda.

Y sin embargo hay algo que se queda

y sin embargo hay algo que se queja.

  • Ilustración: Pieter Paul Rubens

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