La obra Hécuba, como varias otras del dramaturgo griego Eurípides sobre la posguerra de Troya, le ofrecería hoy en día lecciones de prudencia (phronesis), y hasta de sabiduría (sophia), a un numeroso grupo de pseudocaudillos de pacotilla, aspirantes a tiranuelo, del continente americano, si al menos quisieran leer y supieran interpretar, ponderar y entender.

Al inicio de la trama, el espectro de Aquiles exige que los griegos, ya vencedores de la guerra y dispuestos a zarpar a sus tierras patrias con su botín de bienes y esclavas, sacrifiquen junto a su tumba a una hija de Príamo, derrotado rey de Troya. Odiseo pretende llevar hacia Ítaca a Hécuba, reina troyana caída en desgracia, como su esclava y le anuncia la decisión de sus compañeros:

Han resuelto los aqueos matar a tu hija Políxena junto al elevado túmulo del sepulcro de Aquiles. Me mandan acompañar y llevar a la doncella. En presidente y sacerdote de este sacrificio constituyóse el hijo de Aquiles. ¿Sabes, pues, lo que debes hacer? Que no te tenga que apartar a la fuerza, ni vengas a luchar contra mí. Examina tu vigor y la cercanía de tus desgracias. Inteligente es, en verdad, reflexionar como es debido incluso en la adversidad (versos 220-230)”

Odiseo, siempre astuto, a menudo hipócrita, presenta la decisión como si fuera de los otros y él fuese un simple mensajero, no cómplice y parte del sacrificio de la adolescente. Tiene incluso la osadía de disfrazar de consejo su amenaza a Hécuba: sé prudente y no ofrezcas resistencia (o te violento).

Hécuba, en su dolor y desconsuelo, pero también con cólera, en frente de Políxena le suplica a Odiseo que apele a su buen nombre de guerrero ante los griegos para abogar por la vida de la hija, única compañía, amparo, bastión y nodriza que le resta en la esclavitud. Le recuerda, además, que ella le tuvo misericordia cuando él fue capturado como espía en Troya y ella le permitió huir. Y le expresa una máxima de prudencia vital:

“Menester es que los poderosos no manden lo que no deben, y que no crean, cuando gozan de buena fortuna, que siempre han de ser dichosos. Pues también yo fui feliz otrora, mas ahora ya no lo soy; un solo día me quitó toda la felicidad (versos 280-285)”.

Pero Odiseo no cede y se agazapa detrás de un supuesto honor patriota, aduciendo que Aquiles murió en defensa del país griego y merece ser honrado por sus compañeros de guerra. Acto seguido, esconde su rostro de Hécuba y Políxena para que no le supliquen más.

En los tiempos que corren en América, me he detenido a menudo a ponderar la máxima de Hécuba en su contexto. La audiencia de la pieza de Eurípides sabe, por supuesto, que, según la Odisea de Homero, al héroe griego le esperan diez años de vicisitudes antes de siquiera pisar Ítaca y que, una vez allí, deberá sufrir humillaciones y luchar a muerte para reivindicar su potestad sobre patria y familia

Sabe además que Agamenón, el caudillo en jefe de los aqueos, se llevará como concubina y esclava a Casandra, la otra hija sobreviviente de Príamo y Hécuba, y que no está dispuesto a cederla o desprenderse de ella para honrar a Aquiles: Políxena morirá para que Agamenón pueda llevarse a Casandra.

Pero la audiencia sabe también que al llegar a Micenas, Agamenón será asesinado por su esposa Clitemnestra y su primo Egisto, amante de ella y usurpador del trono. Y sabe que el ciclo de venganzas y el baño de sangre entre aves de rapiña del poder continuará, de una generación a la siguiente.

Pondero esto y observo con sorna a los matoncillos políticos de América que, embriagados de soberbia y envalentonados por la onda reaccionaria y autoritaria que recorre el continente, mandan lo que no deben y piensan que siempre van a ser dichosos, incluso con su paupérrimo concepto de la dicha como la imposición de su voluntad, ojalá a su favor.

Amedrentan, mienten, son soeces, se regocijan en violentar tanto la justicia como la ley en sus respectivos países y más allá. Algunos se creen eternos y, cerca del probable final natural de sus vidas, actúan como si fueran a gobernar por siempre. Piensan que podrán heredarle el poder a quienes ellos designen. Tienen secuaces, sobalevas, cómplices y mantoncillos de barrio y de cantina por doquier.

A los demás, a los que queremos, podemos y sabemos leer Hécuba o Las troyanas y entender el meollo humano de las obras de Eurípides, nos indignan. Pero podemos resistirlos. Ni siquiera hay que apelar a la Justicia, aunque se les puede resistir en su nombre y en ello hay mérito político y ético. Basta con conocer, como Hécuba, los azares de la Fortuna, y saber que pronto naufragarán bajo oscurísimas tormentas, o peor.

  • Pintura: Giuseppe Maria Crespi (detalle)