Hay días en que maldigo ser escritor, un iluso escribiente de notas y citas para ensayos que jamás redactaré.

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Maldigo, con el respectivo histrionismo que conlleva la blasfemia, sentarme a escribir versos idiotas, a darles y quitarles ritmo. Hay horas en que intento imaginarme como un ingeniero que se rasca hasta sangrar un forúnculo, como un oficinista aquejado por la descomposición de su ensalada de atún, como un sepulturero chutando huesos y robando alhajas, y caigo en cuenta que no tengo ninguna de esas gracias, que no hay cabeza en mi cuerpo para las matemáticas avanzadas, que padezco de claustrofobia y que suelo tener pesadillas con fantasmas y espíritus poco amables.

Maldigo hacerla de plumífero cuando no me cuadran las cuentas para pagar el arriendo, para invitar un helado a una inexistente novia, para viajar sin miedo a los cargos extra que supone una maleta de más de 20 kilógramos. El berrinche sube de tono cuando no encuentro las palabras para plantear un enojo, un gesto de amabilidad, un pleito entre catedráticos narcisistas. Pongo la pluma en el papel y ni dibujitos hoscos me salen.

Sorbo café en esos momentos, pongo la mirada en no sé qué, y más pronto que tarde me figuro como esos vates imbéciles que esperan la redención de una intuición angelical

Ya entrado en la conmiseración, pierdo fuerza, mis hombros se tensan, brotan infinidad de tics nerviosos. Fumo dos o tres cigarrillos de manera compulsiva. No hay en mi agenda otra actividad que no tenga que ver con este oficio, con este arte, con esta megalomanía que corre hacia el fracaso y el martirio de un escritor bloqueado, sin contratos editoriales, sin becas ni premios a su mediocridad.

Por qué abandoné la carpintería, la cocina, me pregunto con coraje, con impotencia. Quizá no fue una buena elección abandonar la docencia, quizá debí esperar un poco más antes de cerrar la caseta de periódicos.

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Ambición. No tienes ambición. Eso me dice mi madre. Y seguro me lo repite cada que nota cómo mi cabeza intenta entrar en el plato de sopa que me invita. Es bastante probable que intuya mi deseo de ahogarme en ese minúsculo plato, que quiera tomar con firmeza el tenedor y clavármelo en la yugular. Mi madre, y quién sabe cuántos más, huelen mi fracaso, no es extraño que rehúyan de mi compañía. Temen, sospecho, que les pida un préstamo, que muevan sus influencias para hacerme de un trabajo que me permita seguir leyendo y escribiendo.

Nadie quiere saber de un parasito que pasa y se estanca en el sueño de escribir. Pero hay algo que nunca le he confesado a mi madre, quizá por temor a derrumbar la idea que tiene del hijo lelo y soñador, que me lo he guardado como una especie de pecado que habrá de ir a la tumba conmigo

Madre, te equivocas, soy un ser plenamente ambicioso, asquerosamente ambicioso, sólo un codicioso como yo puede albergar la fantasía de ser escritor, de apañárselas en el mundillo de las letras. Hay que tener un ego monstruoso para ser escritor, una ambición desmedida para creer que hace falta algo en la estantería de la librería, en el librero de algún orate adicto a los libros, que ese algo es aquello que he o habré de escribir.

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Qué tan cierto será eso de que uno no elige ser escritor, sino que el destino o una divinidad con humor negro lo eligen a uno. Y a mí cuándo me preguntaron, pregunto.

Es cierto que desde que empecé a leer de manera compulsiva fue surgiendo en mi la tentación de escribir. Como quería escribir libros interesantes y tenía dudas respecto a todo, paré en una escuela de filosofía

Leía a poetas con cierta pena, no por sus malos versos, sino por evadir el juicio de quién me viera emocionado hasta el sonrojo o las lágrimas. Porque eso ha hecho la poesía en mi vida, me sofoca con ráfagas de emociones que a toda costa reprimía, pero también me liberaba de ellas. Hay una terapéutica en eso de leer en voz alta los poemas que hoy son tachados de cursis o de malditos.

Las novelas las leía con temor a que se acabaran, a que ya no hubiera más trama, ver el colofón del libro era una bofetada para mí. Y aún hoy sufro lo mismo con las novelas que me enganchan. Los tratados y ensayos filosóficos suponían una empresa tan excitante como escalar el Everest.

Aún recuerdo con placer el hundimiento de todo mi mundo al leer a Aristóteles, a Kant, a Kierkegaard, a Heidegger. Con Cioran hice una amistad que no ha terminado por fortuna. Si este loco podía escribir todas sus coléricas reacciones al mundo, a Dios, a sí mismo, por qué yo no habría de hacerlo. Se me calentaba la cabeza al imaginar una hoja emborronada con todo mi odio a la miseria, de la que era uno de sus favoritos receptáculos.

Hubo en las páginas del Diario de un niño, de Kawabata, la luz verde para escribir, puesto que no era impedimento la pobreza para hacerlo.

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Y cómo haría para vivir de escritor. No tenía, ni tengo la menor idea aún. Pero seguí con el sueño, pese a los inmediatos descalabros. Ya en la preparatoria me invitaban a la disco, al bar, a tirarle el perro a una chica que de sobra me veía con gusto. No iba, no tenía un quinto partido por la mitad. Trabajaba en las vacaciones y el dinero que llegaba a mis manos terminaba en las de los vendedores de libros viejos en los tianguis. No fue opción para mí ir a las librerías. Ver las obras que quería leer me frustraba y sus precios me mareaban. Casi toda mi biblioteca está compuesta de aquellos libros comprados en lugares extraños y ajenos al limbo de las letras.

Mientras estudié la licenciatura en filosofía mi situación financiera empeoró, el dinero huyó de mi vida como hace la cornuda que culpa al marido zombi por haberla orillado a ese sacrificio moral.  Mi bobería se recrudecía cada vez más, me figuraba como un aventurero que tiene a la muerte por delante y no se arredra al dar paso firme rumbo a ella. Tener el sueño de ser escritor, cada vez más vivo y presente, me hacía sentir un héroe que luchaba contra la lógica de quién sabe qué sistema económico vigente.

A la mierda el dinero, pensaba, basta con que tenga para un café, unos cigarrillos y algunos libros. La vestimenta, los zapatos, el carro, las novias, las diversiones mundanas las mandaba a tomar por el culo, no me hacían falta

No hice, como quien ostenta excito, un plan de acción para conseguir prestigio o abundancia, no pensaba en el bienestar de una probable familia, me resistía a trabajar como empleadillo en tal o cual lugar, dado que eso suponía restarle horas de atención a los libros y al sueño de escribir.

Yo me hundí en este mundillo de las letras, a nadie puedo culpar, y eso pesa, eso amilana cada vez que llegan las cuentas por pagar, que se va alguna persona de mi vida por falta de solvencia económica.

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No espere el lector un final feliz, no hay más delante un cambio abrupto en mi suerte, no hay la luz al final del túnel. Al menos, hasta ahora, no ha llegado un montón de dinero a mis manos que me permita respirar hondo y escribir la moraleja del mártir que apostó por su sino. Pero como buen idiota, no lo descarto. Quien compra billetes de lotería sabrá de lo que hablo.

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Sumo a todo el desgarriate que ha sido mi vida de escritor el hecho de que bebí de más durante años. Ese episodio de mi vida es por demás bochornoso, pero relevante. Porque sólo un borrachín vive de sus ilusiones, de sus sospechosos logros e inteligencia.

Hoy sé que bebí por todo aquello que me pareciera digno de celebración o de pena, para tragarme las frustraciones por montón y para anestesiarme ante mi propia rabia. Fui presa de ese idiotismo que casa al escritor con la figura del borracho inspirado, del artista rebelde que se inmola con droga o alcohol para conseguir su obra.

Al dejar la bebida caí en cuenta que ésta no me hacía más genio o más maldito, no robustecía los versos, ni fraguaba párrafos memorables. Para mí ya fue ganancia no amanecer con resaca y no gastar los escasos pesos en una botella

Lo cierto es que desde que dejé el pomo, la pluma corre con menos tropiezos y sin tanta temblorina por mis cuadernos. Sé que mis colegas se persignan cuando menciono esto, supongo que ven en mí a un agente antievangélico del borracho. Por mí que sigan bebiendo, yo me cansé de hacerlo.

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Sin sedantes, la frustración parece más enconosa. Envenena, de alguna manera, cada célula de mi enflaquecido cuerpo. Habrá que sanar entonces, habrá que promover una cura, un remedio para tan lamentable lepra: seguir escribiendo, aunque sea una letanía de reclamos y lloriqueos.

Que qué viene, no tengo la menor idea. Descarto, pese a las inconveniencias, hacer campaña de autobombo y platillos respecto a mi poco flamante carrera de escritor. Me dicen los que saben de esto, de eso de hacerse notar por vías legítimas, que haga campaña de enemigo de algún ente en el gobierno, que alce las manos contra un enemigo abstracto, que luche por la dignidad de los perritos, etcétera. Todo esto me parece vomitivo. Cierto, como no me comprometo con las grandes causas, yo mismo me invisibilizo, y de paso le hago ese favor o percance a mi supuesta obra ¿Vale la pena? No lo sé.

Veré hasta dónde resiste el abonero y mi estómago.              

  • Ilustración: Especial

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