La puesta en escena de Thomas Ostermeier es un fresco potente y brutal de la reinterpretación de un clásico

Llegó el Hamlet de Thomas Ostermeier y los cristales estallaron, la rabia ganó a la cordura y una brutalidad de las contradicciones del mundo se plantó durante las dos funciones que la compañía  Schaubühne am Lehniner Platz tuvo en el Festival Internacional Cervantino (FIC).

Y era la primera vez, la primera vez que la multielogiada agrupación alemana venía a México con este Hamlet de Shakespeare, con las expectativas a tope para poner una de las puestas más celebradas del Cervantino.

¿Cómo reformular de nuevo a un clásico? ¿En qué lugar y cómo contar ahora la historia de este Príncipe de Dinamarca que quiere vengar a su padre asesinado por el tío?

Ostermeier le da una vuelta de tuerca contundente a este ‘Hamlet‘, ‘su Hamlet‘ que ha presumido por más de 10 años en buena parte del mundo

La obra de Ostermeier es una apuesta arriesgada que ha logrado un gran impacto, para convertirlo en uno de los mejores directores del mundo en la escena teatral.

La primera escena que inicia con el funeral del Rey, es un vértigo, mientras el diseño sonoro de  Nils Ostendorf se inyecta en la piel y la locura a la par de  una impotencia sutil se va instalando en la puesta en escena.

Hay lluvia, suciedad, tierra mojada por donde los actores transitan todo el tiempo y el lodo se cocina con el alma, las palabras, el lenguaje descarnado de Hamlet, el hijo herido que suelta a cámara su Ser o no ser.

Para Ostermeier, su protagonista es entretenido, berrinchudo, grosero, pendejo y con ánimos de rockstar. Menuda tarea para Lars Eidinger, quien ofrece una interpretación libérrima, de un voltaje altísimo al igual que todos, los seis actores-animales que condensaron y pusieron en púas a todos los personajes propuestos en la tragedia original del Príncipe de Dinamarca fechada en 1601.

Insertos en la escenografía de Jan Pappelbaum, el montaje se sirve de proyecciones de video, una plataforma que desliza la larguísima mesa de banquete sobre esa tierra yerta y apenas unas sillas donde de manteles largos brindan los invitados a la boda de la madre de Hamlet, Gertrudis, y su tío Claudio.

Uno y otro despotrican al micrófono o cara a cara, tiran los platos, gritan, contienen la furia y la sueltan como serpiente, van desangrando, confesando, vertiendo su veneno para entender la conducta del príncipe cada vez más incomprensible y violenta. Ofelia, Polonio, Laertes, fenomenales.

No, no se trata de una versión romántica de la conocida tragedia de Shakespeare, pues Ostermeier (en el ranking de los mejores directores de la escena contemporánea), fue lapidario en sus comentarios, antes del estreno en Guanajuato.

“Al ver siempre un ‘Hamlet’ tan romántico, siempre salía asqueado de los teatros”.

Thomas Ostermeier

La puesta en escena suda, suda durante las tres horas de duración que pasan en vértigo. Los actores pasean su patetismo, sus guiñapos, la carencia de un sentido moral que justifique sus acciones.

No se ha cambiado mucho sin duda, la mirada de Ostermeier privilegia los conceptos de ejercicio del poder, la corrupción y la estupidez de las sociedades, el cómo se puede matar por poder y ambición.

El teatro de Shakespeare como todo clásico, es una lupa donde se muestran muchas de las tonalidades humanas, sus vicios, paradojas y perennes contradicciones, de ahí su grandeza.

La Schaubühne propone un montaje radical, en los huesos, donde todas las certezas sobre lo que se conocía de ‘Hamlet‘ se sitúan de nuevo en el centro, se observa de nuevo como la primera vez, con el horror

La condición humana, con sus miserias y podredumbre, lejos de atenuarse se ha multiplicado como plaga en la sociedad moderna.

Ese horror de reconocerse en cada palabra del texto del dramaturgo inglés, que bien lo entendió Marius von Mayenburg, responsable de la adaptación y esta versión alemana que resuena con una vitalidad inusitada, provista apenas de las palabras necesarias para romper, quebrar todas las certezas.

Ambas funciones en el Auditorio del Estado fueron pletóricas, donde se salió con el corazón en trizas y la urgencia de leer de nuevo a Hamlet aunque pareciera que se leyera también por vez primera para encontrar el reflejo de cada uno.

Si los lectores vieron a este Hamlet de Ostermeier en el FIC, dense por muy bien recompensados, pues, al igual que el último texto con el que termina la obra… “lo demás es silencio”.

  • Fotos: FIC (Gabriela Morales)
INFORME