La primera lección que la calle me dejó fue: hay que saber mover y patear la pelota.

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Vivir sin trabajar ha sido una de mis grandes fantasías, por cierto, incumplidas. Infiero, omitiendo el acostumbrado y académico derroche de premisas y ergos, que lo avinagrado de mi ánimo se debe a esa frustración.

Cuando asocian o motean mi nombre con los calificativos de mediocridad y tibieza suelo no encolerizarme, salvo cuando me dicen haragán tibio o perezoso mediocre, porque, quizá, en esas loables empresas he querido lucirme. Y es obvio, dadas las acusaciones, que mi esmero rinde esos juicios por frutos.

Ahora que escribo esto, me da por pensar que no debería esforzarme tanto para conseguir un grado de esterilidad respetable, tal como hace un delantero caza goles que nunca anota goles.

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Veo cómo dos niños torpes intentan quitarle el balón de las piernas al típico mocoso que narra sus gambetas para humillar, por doble partida, a sus contrincantes.

En menos de diez segundos el mismo mocoso grita y corea el gol conseguido. Me impresiona cómo hace para conseguir, a través de movimientos guturales, una auto ovación. Supongo que los mocos, verdes y pringosos que taponan sus narinas, juegan un papel decisivo en el abanico de sus ruidosas onomatopeyas. Conste que le digo mocoso por razones descriptivas, y no por un desdén calculado.

La escena, vista a ras de banqueta callejera, me trae recuerdos gratos y amargos de mi infancia. No fui, y vaya que lo deseé en silencio, el niño goleador de la calle donde crecí

Yo era, más bien, el morrillo tieso y tímido que rara vez salía a jugar a la calle, y cuando lo hacía, casi siempre terminaba raspado de los codos, de las rodillas, con un pantalón roto y una acalorada regañina propinada por mi madre. Hasta los 8 o 9 años me permitieron hacer mandados, como ir por las tortillas, comprar tal o cual abarrote en la tienda de don Toño, o en la de Mari. También, con el respectivo rosario de prevenciones, iba a la panadería o la mercería, que estaban un poco más retiradas de mi domicilio.

Las primeras veces que anduve de mandadero las celebraba con veloces zancadas, con brincos propios de un orate en pleno delirio. Luego, debido a mi naturaleza de haragán, ya no me entusiasmaba hacerla de mandadero. Además, cada que salía rumbo a la tienda, no faltaba la horda de niños rapaces jugando al fútbol que me gritaban “eh, Mongolo, por qué no juegas con nosotros”. El cuestionamiento, por supuesto, era secundado con risotadas y uno que otro balonazo que, o me daba en la cabeza, o golpeaba con estruendo una puerta, lo cual me hacía saltar de susto.

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Durante un periodo de mi vida, el miedo que le tenía al balón de fútbol era infinito. El aire encapsulado en esa esfera de cuero despertaba en mí resentimientos hacia otros niños, menos enclenques que yo a la hora de dominarla y patearla. Incluso el ruido seco que producía impactar el balón en el piso, con el consecuente rebote, me dañaba los oídos. Patearlo implicaba lastimarme los dedos de los pies, sobre todo el gordo que terminaba prieto y con la uña floja. Cuando pasaba esto, no quería quitarme las zapatillas deportivas, temía que alguien viera la lesión y me diagnosticara necrosis severa y urgente amputación.

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Noto algo. Intento recordar algunos pasajes de mi infancia relacionados con el balón de fútbol y mi memoria se atrofia, se va por las ramas, camina rumbo a otros apartados.

He tratado de vislumbrar cuándo fue que canté mi primer gol, pero no consigo acordarme. A cambio, mi memoria se vuelca en abstrusas analogías.

El balón, siendo una esfera, habrá de tener alguna relación metafórica con lo divino. Es un tópico, tanto en filosofía como en teología, hablar sobre la esfericidad del Ser, de Dios. Afirmar que Dios es un balón de fútbol no supone adscribirse a ninguna herejía, ni tal proposición irradia blasfemia

Borges, en La esfera de Pascal, dice que Jenófanes de Colofón fue el primero en atribuir una forma esférica a Dios: y propuso a los griegos un solo Dios, que era una esfera eterna. Cabe aclarar que Borges falsea, con fines literarios, lo pronunciado por Jenófanes.

El sabio y poeta de Colofón, hasta donde se sabe por los fragmentos conservados de sus poemas, si postuló un monoteísmo, contrariando todo lo dicho por Homero y Hesíodo, pero jamás identificó a Dios con la figura de la esfera.

Al final de la nota al pie de página 106, de la monumental obra: Los filósofos presocráticos, de G. S. Kirk, J. E. Raven y M. Schofield, se aclara, con suma prudencia, esto: la atribución de su esfericidad trasciende la información de los fragmentos y es muy dudosa.

La esfericidad del Ser, de Dios, es cuento y metáfora a partir de Parménides, pero no sólo entonada por todos los autores y obras que refiere Borges.

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Vuelvo a lo de mi primer gol, que no aparece en los recovecos de mi memoria. Quizá un trauma psicológico nuble ese pasaje o, simplemente, se trate de una total ausencia de ese gol. El temor que me inspiraba el balón era semejante a los advertidos castigos, por parte de mi abuela, de un Dios colérico y vengativo por portarme mal y ser desobediente. Si Parménides vislumbró, por caminos distintos a los andados por Jenófanes de Colofón, al Ser como una esfera; yo me afligí, como Pascal ante la naturaleza, al concebir al balón como: Una esfera espantosa, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.

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A mi no me dejaban salir a jugar en la calle. No me daban permiso porque mi madre intuía mi falta de destreza para relacionarme con otros seres humanos; porque era propenso a accidentes insólitos; porque la calle era una escuela de vagos y malvivientes, es decir, peligrosa; porque la fauna de borrachos y drogadictos no respetaban a nadie; porque, sin tanta orna y garigola, mi madre me veía menso.

Cada que le pedía permiso para salir a la calle y jugar a la pelota, ella anteponía una serie de experiencias que justificaban su negativa. No salgas, porque te puede atropellar un Torton; no juegues con los demás niños porque te pueden romper una pierna; no saldrás porque luego chutas la pelota chueco y Dios te ampare de tu padre si rompes una ventana. Tú estás muy menso para andar en la calle, mejor ponte a leer.

Por supuesto que llegué a desobedecer a mi madre y me salía a la calle sin su venia. Pero cuando se daba cuenta de mi infracción me gritaba, a todo pulmón, ¡métete o voy por ti de las greñas!

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Alejandro, alias el Pitillitos, era el único niño que me invitaba a jugar con su balón de cuero en la calle. También me prestaba su bicicleta, pero después de las constantes caídas y choques inverosímiles desistí de intentar domar esos fierros. Él, con cierta ternura, me decía que su bici era indestructible.

El Pitillitos fue mi único amigo de barrio, el que nunca me humilló por zonzo a la hora de patear la pelota, el que nunca se cabreó por meterle pata a lo uruguayo

Eran contadas las veces que yo podía salir a jugar a la calle, y cuando lo hacía, era con el mismísimo Pitillitos, hijo de don Víctor, alias El Pitillos, mecánico especializado en radiadores de automóviles y camiones, amigo de todos los malvivientes y lacras de la calle. Este último detalle era relevante, dado que llevarla bien con Alejo y su padre me investía de protección ante los abusones de oficio. Debo a Alejandro la vida, él me salvó varias veces de que me atropellara un Torton que mi madre solía profetizar.

El Pitillitos encarnaba lo que yo quería ser: un vago alegre, hábil goleador todoterreno, un niño mugroso sin resquicio de vergüenza. Era común que el Pitillitos anduviera en la calle con un calzoncillo no menos mugroso que su cuerpo. A él parecía no importarle nada de lo que se dijera sobre su minimalista indumentaria. Ver al Pitillitos semidesnudo correr por el balón era, y creo que sigue siendo, la imagen con la que yo representaba la libertad que todo humano deseaba.

No sé qué tan precisa sea mi memoria, pero hace unos años leí una entrevista que le hicieron a Edinson Cavani, donde comentaba que él, al ser un hijo de familia pobre, jugaba descalzo en los campos de un potrero. Pues el Pitillitos también jugaba descalzo, y lo hacía mejor que con zapatillas deportivas o tachos. Creo que ese niño, mi único amigo, se dio pronto cuenta de lo torpe que era yo para patear el balón de cuero, así que me invitó a jugar de portero. Ambos jugábamos a ser Tita y el Chato Ferreira, famosos jugadores del equipo León en los 90s. El Pitillitos, como el mocoso que vi hace días, también narraba sus hazañas y goles, y en raras ocasiones, mis atajadas.

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Hace un par de años viajé a Bolivia, invitado por el poeta Juan Malebrán, para impartir un taller literario, presentar un par de libros y leer mis poemas en sedes y lugares atípicos a estos eventos literarios.

Creo que ese viaje ha sido uno de los más ricos en experiencias que he vivido.

De entre las extravagancias en las que me vi envuelto, recuerdo con nitidez los partidos de futbol que jugué. Las y los poetas invitados por Juan armamos un equipo sui generis, compuesto por elementos de procedencia chilena, peruana, boliviana, argentina, uruguaya y mexicana.

Quizá, disculpen la falta de modestia, éramos una especie de dream team de la poesía latinoamericana, pero NO del balompié. De los tres partidos que jugamos, conseguimos cero victorias, cero empates y tres rotundas derrotas

Perdimos ante la selección de sordomudos de un hermoso colegio en Sucre, nos aplastó el equipo de invidentes en Cochabamba, y en la misma ciudad, una poderosa selección de enfermos mentales, representantes de una institución psiquiátrica, nos humilló sin piedad.

Eso sí, cómo nos divertimos. Al juego, decían Huizinga y Jean Duvignaud, le va la fiesta y la risa. Mis colegas y yo, en aquellos partidos, no paramos de reír pese a nuestra infinita torpeza con el balón y los constantes bofeos, que por poco llegaban a síncopes.          

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Quizá fue en mayo o junio de 1996. Mi altura no rebasaba el metro con sesenta centímetros, era estudiante de tercer año de secundaria en una escuela pública con un prestigio cada vez más lastimado, como la pierna de un diabético que grita ayuda al peatón que lo ve, pero no lo observa.

Estaba a punto de iniciar la ceremonia de inauguración del torneo de futbol, todos los grupos tenían un equipo representativo y nosotros, el tercero E, no fue la excepción, pese a nuestro reumatismo prematuro, a que ya éramos fumadores consuetudinarios, a que más de algún maestro nos tildaba de delincuentes asociados y no de estudiantes con inclinaciones deportivas.

Prefectos y profesores sicalípticos intentan vanamente ordenar a más de 600 chicos disfrazados de futbolistas. Todos están ávidos de gritar gol, todos estaban sedientos de escuchar en el megáfono el nombre estrambótico de su equipo. Nosotros, por ejemplo, nos autonombrábamos los Nirvana, nuestro uniforme era parecido al del Ayax de Holanda.

Mientras la ceremonia iniciaba, los Nirvana estábamos concentrados en montarnos en nuestro otro disfraz, una copia burda del Ku Klux Klan, pero invertido, túnica negra en lugar de blanca. Ese sería el uniforme de gala para esta única e irrepetible ocasión

Reímos como sólo saben hacerlo los adolescentes, como idiotas con una voz de infancia tardía y de lejana adultez. Nuestra excitación no era la de vernos campeones, sino la de ser los más desmadrosos. Queríamos una excusa para beber y la derrota, el empate y la improbable victoria se presentaban como argumentos irrefutables.

Mientras algunos de mis compañeros se enfundaban los conos largos y negros sobre su cabeza, yo y otro compañero bañábamos de gasolina una insignia de madera que nos representaba. La idea era encenderla mientras desfilábamos. No nos dieron permiso. Está prohibido este tipo de pendejadas, dijo el maestro de música, un tipo flaco y viejo, objeto de nuestras burlas más impertinentes. No nos importó. La encendimos cuando escuchamos el nombre de nuestro equipo. Todos quedaron boquiabiertos, el aplauso generalizado y la ovación sin freno impidió que el director de la escuela nos pidiera que apagáramos esa cosa rara.

Escribo estas líneas y en mi memoria auditiva truena Smells Like Teen Spirit.

Cuando terminó nuestro recorrido y nos acomodamos entre los demás equipos llegó el profesor de música y nos pateó para que apagáramos la insignia. Y, aunque lo intentábamos, la desgraciada insignia ardía con más fuerza, como nuestras risotadas al ver al pobre profesor en modo energúmeno.   

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Por cierto, aún no aprendo esa lección de la calle que anoté arriba. El gol, en mi vida, está ausente.

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En la segunda mitad del siglo XII aparece y circula el Liber viginti quattuor philosophorum, atribuido erróneamente a Hermes Trismegisto y largamente comentado en la Edad Media por filósofos y teólogos. Ahí se recogen enigmáticas definiciones de Dios propuestas por veinticuatro sabios congregados en un simposio. Las primeras dos definiciones son las que más han devanado sesos a doxógrafos y eruditos medievalistas, sobre todo la segunda, que reza así: Deus est sphaera infinita cuius centrum est ubique, circumferentia nusquam (Dios es una esfera infinita cuyo centro se halla en todas partes y su circunferencia en ninguna).

Mi cabeza insiste en relacionar a Dios con un balón de fútbol, sospecho, considerando las mañas a las que recurre un cerebro medroso, que puedo echar mano de esa definición cuando me vuelvan a invitar a jugar fútbol.

-Y por qué no quieres jugar, sólo tienes que patear la pelota, no importa si no anotas gol…

-No juego porque no me gusta patear a Dios… qué no recuerdan que Deus est sphaera infinita cuius centrum est ubique, circumferentia nusquam…

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