Del doctor Sigmund Freud se ha hablado mucho. A los 165 años de su natalicio, pareciera que fuese poco lo que se puede agregar de su vida y obra, que a la luz de quienes lo seguimos, y como lo demuestra él mismo en su Autobiografía (1924) e Historia del movimiento psicoanalítico (1914) confluyen al unísono.

Freud fue médico, neurólogo, catedrático, psicoanalista, pero sobre todo, y como lo señala Harold Bloom en su libro El canon occidental (1994) fue más que nada un literato. Un hombre comprometido en cuerpo y alma con el oficio de leer y escribir. Cosa que hizo desde sus primeros años, hasta el ocaso de su vida. 

Giovanni Papini en Gog (1931) cuando el personaje de la novela se entrevista con el padre del psicoanálisis, precisamente este le confiesa su pasión por la literatura, y su verdadero sueño: haber sido un poeta o un novelista. Si bien es ficticia, al igual que todas las entrevistas del libro mencionado. Me atrevo a decir que con esta aseveración el escritor italiano no está muy lejos de la realidad. En las próximas líneas, pasaré revistas a las cualidades de Freud no como médico o psicoanalista, sino como un literato.

Ya de muy niño era un ávido lector, manejaba desde muy joven el francés, el español, el italiano, el inglés y por supuesto, su lengua, el alemán, idioma en el que escribió su vasta obra. Estudiaba con perseverancia y hasta se puede decir, con recelo

Es famosa la anécdota de como por petición suya, sus padres vendieron el piano de su hermana, ya que argumentaba que “su ruido no lo dejaba concentrarse en sus lecturas” siendo que incluso, de todos sus hermanos, era el único que contaba con una habitación propia, la cual usaba para ordenar sus libros y sumirse en sus extensas lecturas. Entre sus aficiones literarias tempranas estaban, los clásicos grecolatinos, Shakespeare, Schiller, Goethe, Moliere, Dante y Cervantes, cuyo Quijote decidió leer en su idioma original, como lo señala en el prólogo de la traducción al español de sus obras completas, de la mano del doctor López-Ballesteros.

“Siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal ‘Don Quijote’ en el original cervantino me llevo a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana. Gracias a esta afición juvenil, puedo ahora en edad avanzada, comprobar el acierto de su versión española de mis obras” (1923).

Su prosa es considerada por muchos como una de las más exquisitas e influyentes del siglo XX. Así lo atestigua, el reconocimiento que recibió por su capacidad creadora como escritor el 28 de agosto de 1930, el premio Goethe. Que precisamente lleva el nombre de uno de sus escritores favoritos, y junto con Shakespeare, el más citado a lo largo de sus escritos. Basta recordar que fue una frase de Mefistófeles, del Fausto, quien lo inspiro a estudiar medicina y no derecho, como lo atestigua en su biografía. Además entre sus intentos de psicoanálisis del arte, se vio seducido hacer señalamientos sobre una experiencia infantil de Goethe que a sus ojos sirve de muestra para analizar los celos fraternales en los niños, como lo señala en Un recuerdo de infancia en Poesía y verdad (1917).

En el caso de Shakespeare, fueron varios los acercamientos analíticos del médico vienés a la obra del poeta inglés. Por ejemplo en su carta #75 de 1897 a Fliess –uno de los epistolarios más importantes para entender su obra y los cambios que sufrió- ya hace consideraciones sobre Hamlet y el Edipo rey de Sófocles, en torno al desarrollo temprano del niño y los conflictos que se gestan en ese periodo.

Sobre Hamlet, Freud comenta que es “el oscuro recuerdo de haber meditado la misma fechoría contra el padre por pasión hacia la madre, y trátese a cada hombre según se merece y quien se libraría de ser azotado”

Otros de los textos donde aparecen las obras de Shakespeare como protagonista son “el motivo de la elección del cofre (1913)” donde aborda la coincidencia entre “el mercader de Venecia” y “El rey Lear” en las que se da el tema de la elección entre tres opciones, de los cuales la tercera resulta siendo la elegida. Recordemos que en El mercader de Venecia, hay un rey que entrega la mano de su hija a quien elija correctamente entre tres cofres. Mientras que en El rey Lear, la alternativa de elección es entre tres hijas, por el amor que le profesan al anciano padre.

Freud se plantea entonces la elección a partir de la función que cumple el amor en la selección del objeto. Entre los personajes de Shakespeare que se detuvo analizar, a manera de pacientes, estuvieron el ya citado Rey Lear, Ricardo III y Lady Macbeth, de quien dirá: “Una de estas figuras, la de lady Macbeth, inmortal creación de Shakespeare, nos presenta con toda evidencia el caso de una vigorosa personalidad, que después de luchar con tremenda energía por la consecución de un deseo se derrumba una vez alcanzado el éxito”.

Harold Bloom, arguye que la pasión de Freud por Shakespeare, se ve incluso en su visión del mundo y la humanidad, asegurando casi al reducto, que “Freud es Shakespeare en prosa” pero también añade, que incluso aunque el psicoanálisis como terapia, llegara a ser obsoleto, la obra de Freud, no perdería vigencia, sobre todo por su influencia en la literatura. Pero antes de pasar lista algunos autores cercanos a sus textos y que se valieron de ellos para fundamentar sus propias creaciones. Vale la pena continuar con esos escritores, en cuyos trabajos decidió ahondar Freud, en busca de elementos que le permitieran seguir retratando rasgos del alma humana.

Entre estos se encuentran Dostoyevski, y Jensen; de quienes hizo trabajos de gran relevancia como “El Delirio y los sueños en la Gradiva de W. Jensen (1908)” o el de “Dostoyevski y el parricidio (1928)” el anterior, fue precisamente de sus últimos trabajos psicoanalíticos aplicados a un autor por medio de su obra arte. En dicho ensayo, Freud se atreve a diseccionar la psique del gran novelista ruso, haciendo conclusiones, si bien de peso y con argumento, no por ello menos cuestionables, como por ejemplo, achacar la epilepsia de Dostoyevski a un deseo parricida reprimido, y la culpa subyacente de ello. Tomando obras como El Idiota, Crimen y Castigo o Los hermanos Karamazov, para basar sus observaciones, pero sobre todo para catalogarlo como una de las cimas de la literatura.

También tomó como referencia algunos cuentos de E.T.A. Hoffman para escribir su ensayo sobre “Lo siniestro (1919)”, en especial el relato “El hombre de arena”. Así mismo hizo con el Edipo de Sófocles, que le sirvió para poner uno de los ladrillos más importantes de su gran edificio teórico. Haciendo que la leyenda griega del rey de Tebas tomara las dimensiones de una suerte de arquetipo universal del que todo hombre y mujer hace parte. Algunos otros textos que le sirvieron para dar rienda suelta a su ingenio y experticia fueron “Las memorias de un enfermo de los nervios (1903)” autobiografía del juez, Daniel Paul Schreber, por medio de esta consigue hacer sus consideraciones sobre la psicosis. O los manuscritos del pintor Cristóbal Haitzman donde habla de su pacto con el diablo, y que son retomados por el psicoanalista, para abordar el tema de la posesión demoniaca no como un evento sobrenatural, sino como una neurosis, por lo cual lo titula “Una neurosis demoniaca del siglo XVII (1922)”.

Por otro lado, además de los ya citados, otros de los escritores que influenciaron sus obras y que cita en algunas de ellas fueron: Schnitzler, Artemidoro, Sade, Sacher-Masoch, Platón, Kant, Schopenhauer, Nietzsche, Strindberg, Emerson, Twain, Le Bon, Brentano, Harzen, Schelling, Goddreck, Stirner, Lucrecio, Sófocles, Jacobsen, Montaigne, Rousseau, Maury, Kraff-Ebing, Dumas, Hesíodo, Descartes, Herbart, Fechner, Lichtenberg, Heine, Zola, Balzac, Flaubert, Spencer, Milton, Kleist, Voltaire, Rebelais, Dickens, Swift, los Grimm, Homero, Virgilio, Spitteler, etc.

Ahora bien, entre aquellos que fueron tocados por sus palabras no deben esperarse solo admiradores sino también detractores, ya que como se sabe, el psicoanálisis y las teorías de Freud, siempre fueron y siguen siendo tema de debate

Y sobre todo, como lo diría él mismo “causa de resistencia, para aquellos que se niegan a ver lo que es obvio” señalando que como Darwin o Copérnico, él también le ha dado un golpe al ego del hombre, a quien Darwin revelo como otra especie animal, y a quienes Copérnico les negó ser el centro del universo. Así mismo Freud les demostró que no se rigen solo por su voluntad consciente, sino “que no son del todo dueños de la casa en la que habitan” aludiendo al papel que tiene el inconsciente –instancia que ya muchos habían aludido, pero que no fue sino con él que llego a consolidarse- en todas las conductas humanas, sobre todo en el lenguaje.

Algunos de los escritores que se puede considerar deudores de su legado son: Thomas y Heinrich Mann, Stefan Zweig, Marie Bonaparte, Lou-Andreas Salome. Con los primeros mantuvo correspondencia y las últimas fueron sus pacientes. Incluso a la princesa Marie Bonaparte, le hace el prólogo a un estudio psicoanalítico de ella, sobre la obra del escritor Edgar Allan Poe en 1933.

Otros escritores a quienes prologó, fueron: August Aichhorn, Herman Nunberg, Romain Rolland, Otto Rank y C.G. Jung, los dos últimos colaboradores iniciáticos del psicoanálisis. Sin embargo su sombra cubre incluso, a muchos escritores que no llegaron a conocerlo en persona como: Rilke, Kafka, Joyce, D.H. Lawrence, Nabokov, André Breton, Wittgestein, Sartre, Proust, Derrida, Ricoeur, Levi-Strauss, Henry Miller, Ricardo Piglia, Huxley, Maeterlinck, Mansfield, Foster Wallace, George Steiner, Rubén Fonseca, Julio Cortázar, Onfray, Žižek, Marcuse, Malinowski, entre otros.

Empero aunque algunos de los citados manifestaran su ambivalencia o desaprobación hacia Freud, aun así, no negaron la relevancia y el impacto de sus teorías en la cultura moderna.

Movimientos como el Surrealismo, el Simbolismo, el Dadaísmo, el Existencialismo, el Estructuralismo, el Vanguardismo y el Posmodernismo han tomado algo de su “filosofía” para argumentar, contradecir, complementar o incluso subvertir otras ideas y derroteros

Libros como: “El chiste y su relación con el inconsciente (1905)” “Interpretación de los sueños (1900)” “Psicopatología de la vida cotidiana (1901)” “El malestar en la cultura (1930)” “Tres ensayos sobre una teoría sexual (1905)”. Son textos de un gran valor para todo aquel que desee darle una mirada un poco más ingeniosa, profunda y humana, a su obra artística.

Tal como lo demuestra Ulises o Finnegans Wake de Joyce, que sin duda como concuerda Ricardo Piglia, a diferencia de Lawrence que se sirvió de estos textos para crear las tramas de sus novelas y revestir de vitalismo a sus personajes. Joyce, se vale más que todo de una estructura o forma a través de la cual surge una narrativa basada en el monólogo interior, la asociación libre de ideas, juegos del lenguaje, lapsus, e impresiones oníricas.

Sin duda, el impacto de este autor en la cultura, mal que bien, es innegable. Pienso que la visión que tenemos hoy del hombre es una herencia de esa óptica original con que el doctor Sigmund Freud, nos desnudó ante nuestros propios ojos y más allá de nuestra conciencia.

Hoy más que nunca, me arriesgo a sonar arbitrario, al decir, que esta época es tan o más freudiana que los días en los que se concibió la disciplina psicoanalítica; así lo demuestran, esa constante lucha entre pulsiones destructivas y creadoras, la sexualidad como regla de la interacción humana, el malestar como legado de la cultura en decadencia, y el deseo irrefrenable que nos empuja a ingeniárnosla para satisfacer nuestra innombrable necesidad de ser.

En cuanto a la literatura, queda mucho terreno por recorrer -el mejor libro es el que aún no se ha escrito- y a lo mejor con ayuda de las obras de este médico vienés, tendremos una gama de recursos para descubrirnos y desencontrarnos en medio de lo que escribimos.

Ruleta Rusa agradece las facilidades de nuestra revista cómplice Otras Inquisiciones para la publicación de este artículo.

  • Ilustración: Dian Petrov