La noche es una congregación de devotos de Fito Páez al que acompaña la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Guanajuato (OSUG), en la Alhóndiga de Granaditas, en esta edición 47 del Festival Internacional Cervantino (FIC).

Nicolás Dip, un sociólogo argentino que estudia un posdoctorado en la UNAM, está exultado. Con apenas 31 años se sabe a Fito de memoria. En Buenos Aires, en toda Argentina, dice Nicolás, Páez es una especie de catalizador de la literatura, un semidiós.

Fito Páez es parte de la cultura popular argentina (…) a mí me preocupa hoy que estemos en sociedades cada vez más desiguales y Fito canta contra eso precisamente”, dice Nicolás, joven peronista de la Generación Y, lentes de pasta, rizos negros y barba crecida mientras le mira con amor una chica rubia; es Eugenia Robertti, su pareja, quien le acompaña desde la Ciudad de México para acudir a este ritual.

El ambiente es chispeante. Hay una gran mayoría de público maduro, curtidos en el rock de los 80, pero también jóvenes que han escuchado de la leyenda y vienen a dar testimonio. Como Iram Raymundo Fuentes, un estudiante de 24 años de edad que desde los 12 años, en Tijuana, escuchaba a Fito gracias a que su hermana Damis no paraba de poner los CD’s en casa.

Hace poco fui a un recital de la OSUG y la neta me gustó mucho, siento que van a hacer muy buena combinación, una buena mezcla. No quiero generar expectativas, pero creo que están al nivel del concierto de ‘Páez en América’ ”, asegura este estudiante de Letras desde hace cinco meses en la Universidad de Guanajuato, quien viene a ver al ídolo de su niñez y la OSUG.

Las palabras también se agolpan en la boca de José Carlos Cusicanqui, empresario peruano radicado en León, quien a sus 46 años sigue siendo un devoto de Páez y todo el rock argentino: Charly García, Luis Spinetta, Nito Mestre y un largo etcétera.

Me encanta Fito porque conserva un poco de la vieja guardia argentina y se proyectó después a lo que venía. Mantuvo las raíces de la literatura en sus letras, y lo combinó con una música que destapó muchas pasiones en Sudamérica”, dice José Carlos, un limeño que ya arde en ansías por escuchar el concierto.

A las 8:03 de la noche la OSUG suelta los primeros acordes y cuando Fito Páez aparece en el escenario la Alhóndiga de Granaditas se convierte en un grito colectivo de miles de bocas.

La locura se desborda frente a un espigado y larguilucho loco de rizos canos, lentes ámbar, barba recortada, traje sport bellísimo color mostaza, camiseta de marinero ‘bumblebee’ y tenis blancos; el canalla más tierno del mundo

Fito Páez logró embrujar, junto a la OSUG, a la audiencia desde el inicio del concierto.

Fito es electrizante. Y la luz azul-violeta para la primera pieza abre lo que será un assemblage musical que apenas a unos días ya toma forma de leyenda. El rock y la música sinfónica no es la primera vez que se engarzan, pero al menos en Guanajuato es la primera vez que un concierto de gran calado como el de Fito y la OSUG se ha ganado a pulso su lugar en la historia.

Entra el sol y la maldad/ y una vida canalla/ el amor que se va/ y no vuelve/ la verdad”, la voz de Fito se alarga como el brazo derecho de Roberto Beltrán Zavala que, batuta en mano, va entretejiendo el sonido de los violines, contrabajos, violonchelos e instrumentos de viento para la apertura de la noche con un Buenos Aires rufián.

Cuando Fito se sienta frente al negro piano de cola Yamaha, el auditorio ya está embrujado. Esa cadenza de arquear la cabeza hacia la espalda y levantar las manos será su leitmotiv, un largo arrastrar de la ‘sh’ porteña –de sensishito y carismático-, aunque él sea de Rosario.

La estupidez del mundo nunca pudo/ nunca podrá arrebatar la sensualidad”, canta Fito al piano y esa dulzura es como la delgadísima lluvia que se desploma, de entre largo cortinaje gris de las nubes que se ciernen amenazantes, sobre la ciudad-laberinto, ese Cadáver exquisito de cantera y piedra sobre piedra.

Roberto Beltrán Zavala luce un frac impecable, pajarita color plata, un aire de dandy contemporáneo que se acentúa por los delgadísimos tenis blancos y el bigote que se ha dejado crecer; y está noche es un rockstar sinfónico

Páez y Beltrán Zavala, una muestra de la genialidad en el rock y la música sinfónica.

En  11 y 6,  la fusión de la OSUG y la banda de Fito – Diego Olivero (bajo) Juani Aguero (guitarra) Juan Absatz (teclados y armónica) Gastón Baremberg (batería) y Flor Villagra (coros)- se manifiesta, como los coros de la multitud, por primera vez.

Entre cada pieza las luces van haciendo también de fondo ambiental para las canciones de Páez que se mezclan con el rojo, azul, violeta, ámbar y naranja, Y el palmeo, ese clap-clap de la manos de la multitud será también ritmo y aplauso, entrega total.

“¡Guanajuato está aquí. Qué hermosura”!- grita Fito y en la Alhóndiga la gente se agita como una vibración uniforme que terminará en incendio.

Fito Páez se sacude, se exulta, se exalta, está en su estado natural: la locura; y Roberto Beltrán Zavala también tiene aires de colibrí, y levanta los metatarsos y lanza las onomatopeyas –porolompinpanpum- mientras la batuta lleva a la OSUG a entrelazarse con un rock con aires sesenteros.

El mundo está ‘sheno’ de hijos de puta/Y hoy especialmente está ‘shena’ la ruta/ No voy a morir de amor”, suelta Páez cuyos larguísimos dedos bailan sobre las teclas marfil y ébano del piano que aporrea con maestría. Un himno con ecos lunfardos a los macarras a los neocompadritos del puerto de Buenos Aires frente a la dictadura Argentina de Videla y sus gorilas armados en las calles.

Y entonces de pronto todo es como una fiesta de locura que no acaba. Y por eso la multitud grita en coro “¡Olé, Olé, Olé, Olé, Fito, Fito!”. Y eso eriza la piel porque es apenas el preludio de una colectividad desbordada que hará suya la noche y esta parte de la historia musical contemporánea.

A veces suceden las pausas hermosas, como el fluir del Paraná o el Río de la Plata, con el pulsar diminuto de los dedos de Páez sobre las teclas del piano que exhala como pequeñas gotas de lluvia o el fluir de un manantial

Fito Páez, el canalla más tierno del mundo.

Vienen Parte del aire, Tema de Piluso, Giros, Cable a tierra, La ciudad de los pibes, sin calma, Tu vida mi vida, Naturaleza sangre. Tumbas de la gloria. Y dale alegría a mi corazón. Canciones que agitan o ya sosiegan a la multitud que entrega votiva su corazón.

Y como si la naturaleza estuviese de su parte, la brisa aleja la llovizna mientras Fito anuncia una pieza instrumental en la que encuadra la belleza de la vida: La familia. En las pantallas laterales al escenario, al tomar las cámaras a Fito lo descubren como si fuese un holograma de plata vibrante. ¿Cómo no amar pues a ese, el canalla más tierno?

Un tipo con débil cerebro de insecto, arropado por el anonimato, lanza un improperio: “¡Pinche vato mariguano (sic)!”. Su festejo de monstruo caguamero es celebrado sólo por otros como él; lo que me hace recordar la anécdota –narrada por Alfonso Arau, que bien podría ilustrar este lapsus brutus – del día que un reportero le preguntó a Agustín Lara: “¿Es cierto que para componer usted fuma marihuana?”. Y El Flaco de Oro, lacónico, sacó tranquilamente un porro para darle una calada y luego ofrecérselo al reportero -que le dio también una calada- con esta respuesta: “Ahora componga una canción”.

La presentación de Fito Páez y la OSUG sigue su curso desbordado, uno que hace que un par de hombres bardados y rudos se abracen en un baile, sosteniendo en el aire una camiseta del Rosario Central con el número 10 y el nombre de Fito Páez, baile de hinchas que motiva al resto de la multitud a levantarse y bailar y agitarse también mientras vienen Un vestido y un amor, Ámbar violeta y Al lado del camino.

“¡Yo no vine hasta acá, a Guanajuato a buscar el cobre. No mi amor. En América Latina tenemos un pasado común y es real y si queremos el futuro será la puta libertad!”, arenga improvisando en su canto Fito al piano con la OSUG a tono en el Circo beat.

A estas alturas del concierto con tanta agitación y energía desbordada Roberto Beltrán Zavala ha perdido la pajarita plata de su cuello. ¿Pero qué diablos importa eso cuando ha logrado elevar con su genio a la OSUG en un ensamble perfecto con Fito Páez? La madurez le alcanza hoy como uno de los mejores directores de orquesta del mundo.  Su batuta ha sido varita mágica esta noche.

Y entonces ocurre el incendio.

Millares de teléfonos móviles se alzan en la noche con sus linternas de luz led –emulando el ritual de las llamas de los encendedores de mano, antes de la llegada de ‘smarthpones’ que portan ahora los hijos de Ciberia (como los nombra Donald Rushkoff)-, en una imagen histórica con fondo de ‘Brillante sobre el mic

El ‘incendio’ de la Alhóndiga de Granaditas. Un momento irrepetible para la posteridad.

La apoteosis cierra con el clásico El amor después del amor, Ciudad de pobres corazones, A rodar mi vida, y un nuevamente maravilloso momento, pues Fito canta a capella, bajo un total silencio en las gradasYo vengo a ofrecer mi corazón mientras la maestría en el violonchello de Michael Severns –uno de los músicos principales en la OSUG- logra el efecto deseado: la ataraxia.

En el encore con Dar es dar y ‘Mariposa tecknicolor ya está patentizado lo que ha dicho Fito Páez minutos antes: “¡Me van a matar de amor!”. Porque se fue justo así, muerto de amor, porque entregó su corazón en Guanajuato y millares le entregaron el suyo en un concierto que a unos días apenas de ocurrido, ya es leyenda.

Esto, se llama historia.

  • Fotos: Josaphat Rodríguez
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