Hay una imagen que acecha nuestra memoria colectiva: el vacío. La ausencia de un cuerpo que no vuelve, de una voz que se apaga sin dejar rastro, de una historia interrumpida por el silencio. México es un país que convive con sus muertos, pero aún más con sus desaparecidos.

El hallazgo de un centro de exterminio en Teuchitlán, Jalisco, donde los vestigios de la violencia se acumulan en hornos clandestinos y fosas anónimas, nos recuerda que la desaparición no es un crimen accidental, sino una estructura de poder. Durante años, el discurso oficial ha tratado las desapariciones como casos aislados, crímenes cometidos en los márgenes del Estado. Pero lo que revelan estos centros de exterminio es otra cosa: un sistema de aniquilación que opera con una eficiencia escalofriante, donde la violencia no es desorden, sino un método.

Nací en Sinaloa, una tierra marcada por la violencia. Crecí en una geografía en la que la muerte es un rumor cotidiano y donde las desapariciones constituyen el reverso de la existencia. Sé lo que significa caminar por una ciudad en la que ciertas preguntas no pueden formularse, en la que la ausencia se transforma en una presencia espectral que flota en las calles, en los silencios de las familias, en los nombres que ya no se pronuncian.

Fue el pasado diciembre, durante un viaje por carretera con mis padres y mi sobrina, cuando me vi dudando si era prudente cruzar de Mazatlán a Los Mochis, me vi temiendo en medio de la carretera… ahí entendí que debía aceptar que la realidad ha llegado a un punto de quiebre. Desde ese día, algo me obliga a detenerme, a pensar la violencia de otra manera, no como un fenómeno político o social, sino como una herida que me pica y  a la que necesito atender, pensar, escribir.

¿Qué significa filosofar en un país donde lo que falta pesa más que lo que está presente? ¿Cómo pensar cuando la realidad misma parece un montaje en ruinas?

Walter Benjamin, en su célebres Tesis sobre el concepto la historia, nos advirtió sobre el tiempo de la catástrofe: no como un evento aislado, sino como la normalidad que se impone sobre nuestras vidas. En México, la violencia no es un estallido, sino un estado crónico, un goteo constante de desapariciones, asesinatos y desplazamientos que nunca logran conformar un relato coherente.

El hallazgo de estas fosas en Jalisco no es sólo una prueba de la brutalidad del crimen organizado; es un síntoma de la relación entre derecho y violencia. Pienso en lo que Benjamin describe en Para una crítica de la violencia, cuando desmonta esa idea de que el derecho y la violencia son opuestos, y en su afirmación de que, al contrario, el derecho se funda en la violencia. La relación entre derecho y violencia ha sido uno de los problemas fundamentales de la filosofía política. Se tiende a pensar que la ley es un freno a la violencia, un instrumento de civilización que separa el caos del orden. Sin embargo, para Benjamin, esto es una ilusión, que urge destruir porque afirma: “el derecho no es la negación de la violencia, sino su forma más sofisticada de perpetuación”.

Benjamin distingue entre dos tipos de violencia: la violencia fundadora de derecho y la violencia conservadora de derecho. La primera es la que da origen a un nuevo orden: una revolución, una conquista, un golpe de Estado. La segunda es la que mantiene ese orden mediante el castigo, la coerción y la amenaza. En México, vivimos bajo un derecho que se conserva con violencia, y se nutre de ella. La desaparición forzada es el ejemplo más brutal de este mecanismo: el Estado no sólo permite la violencia, sino que la convierte en una tecnología de gobierno, en una forma de administración del miedo.

La incertidumbre es el estado por excelencia de la desaparición. No hay nada más aterrador que la imposibilidad de saber, de nombrar, de cerrar una historia. La desaparición niega la posibilidad del duelo, congela el tiempo en una espera interminable. Y sin embargo, hay algo en esta incertidumbre que puede volverse resistencia: la insistencia en preguntar, en buscar, en no dejar que la ausencia se transforme en olvido.ia y la necesita para conservarse.

En México, esta lógica se vuelve evidente al analizar el papel del Estado. Durante décadas, las autoridades han administrado la violencia como si fuera una materia prima más. La desaparición no es solo el resultado de una guerra entre cárteles; es una política de exterminio disfrazada de caos. Se podría pensar que el Estado ha sido rebasado, que su incapacidad ha permitido que estos centros de exterminio operen impunemente. Pero, ¿qué ocurre cuando es precisamente esa incapacidad la que sostiene el orden?

La desaparición no es unicamente la eliminación física de un individuo, sino la fractura de un orden simbólico. La desaparición es un crimen sin cierre. No tiene final, no permite el duelo y deja a las víctimas suspendidas en el tiempo. Desaparece un cuerpo, pero también una historia, un nombre, un lenguaje

Como diría Benjamin, lo que se pierde con cada desaparecido es la posibilidad de contar su relato. En su ausencia, queda el rumor, la especulación, la sombra de lo que pudo haber sido. La violencia en México opera en esta dimensión espectral: mata, y además condena a los sobrevivientes a un limbo narrativo, a una existencia suspendida entre el miedo y la incertidumbre.

En Teuchitlán se han encontrado restos humanos incinerados y cientos de objetos personales esparcidos entre la ceniza: zapatos, llaves, identificaciones, pedazos de ropa… huellas de vidas que no pueden reducirse a cenizas. Las fosas revelan otra dimensión del horror: nos recuerdan que el final sí existe, que los cuerpos están en algún lugar, pero que su hallazgo nunca equivale a la justicia. La existencia de estos espacios confirma lo que las familias de los desaparecidos han sabido durante años: en México, las personas no desaparecen; se transforman en otra cosa. En humo, en restos irreconocibles, en espectros que nadie quiere reclamar, o, más bien, en espectros para los que no hay forma de reclamación.

Y, coincidentemente, revisito a Revueltas en El apando. Sus palabras sobre el encierro, la tortura y la descomposición de un sistema que se alimenta de sus propios condenados me conmueven; sus personajes habitan un mundo en el que la opresión no es solo un castigo, sino una forma de normalidad, un estado permanente de encierro mental y físico. Me conmueve porque siento que los conozco. Pocas veces he tenido tantas ganas de hablar con un autor, de escribirle una carta y decirle: “Pepe, te leo y te cuento que en el México de hoy el encierro y la desaparición han dejado de ser anomalías: son parte del paisaje, de la cotidianidad”. Revueltas comprendió que la violencia no es una excepción dentro del sistema, sino su manifestación más auténtica.

En clase, leo con mis alumnos a Bolívar Echeverría; hablamos de la modernidad como un horizonte de promesas incumplidas. En nuestro contexto, la modernidad se ha convertido en la espera interminable de la justicia, en la búsqueda inacabada de los desaparecidos. Un alumno levanta la mano y pregunta qué pienso de las Madres Buscadoras, “esas que excavan con sus propias manos la tierra de Jalisco, de Tamaulipas, de Sinaloa, de Guerrero…” —dice. Intento articular: “ellas encarnan esta lucha contra la amnesia. Quizá no buscan cadáveres, sino respuestas. Pero México es un país que responde con huecos, con expedientes extraviados, con una burocracia que diluye el dolor en trámites y números”. Guardamos un silencio incómodo, y volvemos al texto.

La filosofía en México no puede ser una filosofía cómoda, ni un ejercicio de especulación académica que se limite a archivar el dolor en conceptos. No puede ser una contemplación tibia ni una exégesis lejana de autores europeos. Aquí, en un país donde las fosas se multiplican como heridas abiertas, filosofar es un acto de duelo y un ejercicio de memoria

Benjamin dice que la historia no avanza con el ímpetu del progreso, sino como un cúmulo de ruinas que se acumulan sobre el presente. Filosofar en México es caminar entre esas ruinas, entender que el pensamiento no es una torre de marfil, sino un campo de batalla en el que la verdad se disputa entre el olvido y la resistencia  también habla de una tercera categoría de violencia que no mencioné antes— “la violencia que escapa del derecho, esa que no funda ni conserva nada, que interrumpe el ciclo del poder”. ¿Dónde se encuentra esta posibilidad en México? ¿Cómo romper la maquinaria de la impunidad sin repetir la lógica del poder que la sustenta?

Pensar en México significa reconocer que estamos en un país donde el derecho es una farsa, donde el Estado mismo es el agente de la violencia, donde la impunidad es la regla. La filosofía, si quiere estar a la altura de su tiempo, debe ser una práctica insurrecta, una forma de duelo que no se conforme con la melancolía. Filosofar en México debe ser un acto de resistencia contra la desaparición, contra el olvido, contra la parálisis del miedo.

Las manos sucias de tierra de las Madres Buscadoras son la tranformación de la angustia a la acción; esas manos nos han dado la lección más clara de lo que significa la resistencia en este país. La filosofía, si quiere estar a la altura de la realidad mexicana, debe aprender de ellas: escarbar, remover los escombros del discurso oficial, y no dar por perdido lo que aún puede ser encontrado. Debe ser valiente y, si es necesario, ensuciarse las manos.

No se trata de romantizar el horror. Se trata de comprender que pensar en México es hacerlo desde la herida. Es aceptar que aquí la filosofía no es un consuelo, sino una forma de lucha, un gesto desesperado contra la desmemoria. En este país de los desaparecidos, donde las ausencias pesan más que las presencias, la filosofía solo tiene sentido si es capaz de mirar de frente la devastación, de reconocerla, de nombrarla.

Porque callar es convertirse en cómplice, olvidar es lo que el poder espera de nosotros, y pensar, en este país de sombras, es la única forma de negarse a desaparecer.

  • Fotointervención: Ruleta Rusa