En Ruleta Rusa todos los días del año son Día del Libro. Aunque celebramos el día oficial de este año con una serie de textos inéditos del poeta y narrador Edgard Cardoza Bravo sobre la enigmática figura de Judas.
A la sombra de Iggdrasil
Iggdrasil es el el árbol de los nueve confines que conducen a la fronda celeste.
Sus raíces abrevan de un Edén con nostalgia de luceros en fuga y manzanas con destellos de sol espeluznado.
Lástima: Asgard –una de tales ramas–, fortaleza de Iduna la de los siete arcones que atesoran la pureza del cielo, ha sido inoculada de sustancia carnal, y las rojas manzanas que atemperan la vida caen mustias a la tierra sembrada de prístina congoja.
Iggdrasil, árbol de árboles de filiación divina, aguarda a que algún hombre provea sombra y savia que contengan la luz del mundo real: de sorpresa más que de profecía.
Judas arrepentido pendulando en su tronco, es el cordero in situ y a la vez es la sombra de los nueve confines.
Antes de Judas, los árboles y el hombre sombreaban hacia arriba.
Después de Judas, traición, pasión y gloria, comparten un mismo nivel de santidad.
Ciclamor, árbol de Judas
Recordé que soy árbol en misión de sentencia, adormilado a veces por una cruz de fuego.
El viento que me mueve es un pregón de angustias llamado paraíso.
Desde esta elemental piedra de toque –porque en Dios el dominio es secreto hacia el hombre que nunca fructifica– la forma es un espejo de modos alevosos y avisora caminos contra su propia huella. El fondo: precipicio en fervor de palabras ungidas para el canto.
Mis ramas paladean las costras del lenguaje. En mis hojas las alas de los ángeles se convierten en piedra ritual de sacrificios.
He aquí cuánto sucede alrededor del árbol que soy cuando detono la traición que habilita mi ser de cieno y horca con viejas profecías.
El cuerpo que pendula de mí, es el tiempo.
Yo, Judas
Yo, Judas, no beso a nadie a menos que planee traicionarlo.
El límite de ese vértigo, de tal duda reminiscente, es el cielo.
Cada mejilla tiene vocación de milagro, humedad de naufragio, destellos de oro viejo.
¿El ciclamor con horca, es Dios en balanceo eterno?
Dios mismo duda en si saberse beso, vértigo, mejilla para el ósculo traidor, naufragio, oro cuyo valor es sólo fuga.
El tiempo, el templo, es Dios.
Y yo, Judas, no sé –bien a bien– si soy el árbol de árboles que pendula el arrepentimiento del traidor o la cuerda que tensa (en arteria de hombre) el cuello efímero del tiempo.
La Iglesia de Judas
Tantas imágenes de ardor y pesadumbre nos condenan sin rozar siquiera el orden, el origen del mal.
Esas imágenes intentan imitar los impasibles vahídos del alma. Cada pose de piedra o nube de ángel corresponde a un gesto nuestro, en cámara retardada. ¿Tales fantasmagorías tendrán alguna razón / algún sentido en este templo-barco-horizonte, que inexorablemente se va a pique y resurge lozano cada época de arrepentimiento?
El ritual en torno a la traición por excelencia y su posterior caparazón de gloria, elude la esencia del mensaje: la calidad denostante y endeble de la envoltura humana.
Dios y el cielo son abstracciones a prueba de errores: entre la razón del hombre y el alma de las cosas.
Monedas, el símbolo
Solemos reducir todo a monedas constantes y sonoras que nunca logran comprar lo sustancial. Lo primordial se paga siempre con destellos del alma y en el peor de los casos con latidos dispuestos únicamente al precio de los justos.
Cuando suenan, las monedas indican que en la palma de alguna mano frígida están naciendo raíces de traición y la esperada alabanza que debería horadar el cielo no llegará nunca.
Y el número –la cantidad– importan más que el brillo circunstancial y el sonido de las monedas al ser frotadas entre sí o dejadas caer al abismo cotidiano sujetas a un pedúnculo de fuego. La cantidad es un símbolo en sí misma.
El número 3, por ejemplo, es el fractal divino por excelencia: en ritmo de tres respira el cielo. El 4 pondera los elementos primordiales y da voz a las presencias de lo insólito aprehensible, es la cifra de la purificación. En el 30, están contenidos todos los misterios celestiales y terrenos, del verbo hecho carne. El número 100 envuelve la presencia cuasi insustancial de Dios (Dios es uno) y sus dos abismales opciones de creencia: el cielo y el infierno.
Cuando esos metales de fastidio brillan y logran seducirte, significa que el infierno está muy cerca y no podrás librarte ya de su magnético –por febril– embrujo.
Las máscaras
‘Encarnación secreta de Dios’, Judas no necesitó máscaras de autocondenación. Fue a la vez vehículo y propela de una conspiración estelar que lo excedía poniéndolo en el centro mismo del debate. Si existiera alguna personificación fidedigna del alma humana, sería Judas. La contradicción es su esencia: justo cuando elige la luz está declarando su pertenencia a la oscuridad rampante. La luz se constituirá entonces en el marco de su huida. Su valentía al aceptar ser símbolo transustanciado de abyección a cambio del ridículo, la humillación eterna y la furia desbocada, lo colocan al mismo nivel de etereidad posthumana que el ‘traicionado’ hijo de Dios.
Sin traidor no existiría la consabida veneración al traicionado, ni su resurrección, ni todos los milagros posteriores a aquel formidable beso: llaga del acto humano en sí y a la vez inexorable grito: la condenación eterna.
Tal beso indica lo maleable, mortal, prescindible, de la materia humana.
‘Paradoja’ es la máscara sobre la que transita la condición humana.
Maldición
Judas es por otra parte la experiencia terrena, palpable, de aquella primigenia expulsión del paraíso: la manifestación consecuente del ángel traidor, ahora con peso y envoltura humanas. De cuando en cuando el abismo se nos presenta en toda su sordidez para recordarnos que somos verbo de traición, carne de infierno, ente mortal de rendición eterna.
Judas es, entre otras epifanías, esa maldición que hace posible la transustanciación de la envoltura humana fenecible, en polvo de eternidad. El antípoda Judas muere entre la más absoluta indiferencia de sus congéneres en el transcurso de una autovejación informe, sórdida y sombría, sin más pasión previa que su propia conciencia atenazada por el error: los azotes a Cristo se replican magnificados en su alma infectada de culpa original, sin posibilidades de redención.
El blues de Judas
Toda pasión humana tiene su traidor, no necesariamente por esos treinta siclos homicidas –la cifra exacta del precio de un esclavo muerto– para perder el cielo o ganar a fuerza de besos proverbiales el infierno.
Tal traición es la misma cauda vengativa con la que están construidas las viejas profecías.
Tras la traición de Judas, Caín resucitó, Saúl conduce un ejército de hormigas alfareras por las bondades nimias del paño de Verónica y José ya no tiene en adelante más que sueños impúdicos con terneras de ubres rebosantes.
Pilatos –el político– acaba de inventar la luz ecléctica con ascuas apagadas de este incendio más una cruz siniestra con la palabra INRI en el testuz: mientras Caifás lava sus manos de falso sacerdote en la sangre naciente de un Mesías.
Caparazón del cielo
El cielo está construido de supuestos que no llevan a ningún lugar. Todos cargamos un cielo individual que sólo toma sentido ante un cadáver ya helado de nostalgia y con claras huellas de manipulación afectiva. Aún así, tal sentido es genuinamente nebuloso. La imagen mental está siempre desbordándose.
Se intenta presentarlo como ‘huella proverbial del alma’, ‘destino del espíritu inmortal’. Pero el cielo es un lugar que nunca está donde se nombra y ubica: dónde debiera estar según la configuración de nuestra fe en cuestión. Se mueve permanentemente. Mi actual concepto de cielo no será el mismo de mañana. El mañana del cielo es un ayer incróspido y falto de sentido.
Es más, a veces las fronteras entre cielo e infierno se confunden, pues tal demarcación depende del sesgo de realidad, estado emocional o fin interesado que le sean confiados.
Para algunos, el cielo es la tierra de los cuerpos en fuga, para otros es la nada con propósito incierto. Un sepulcro vacío, para los agnósticos. Para la gran mayoría, buzón inagotable de plegarias en palindrómica expiación.
El cielo del cielo pardea en espirales de humus: precisa de cuerpos vivos para arder y hacer sentido en el plasma de las definiciones.
- Pintura: Caravaggio