Una vez me dieron una beca por escribir cartas. Yo prometía que escribiría cartas, señalaba por qué y le concedía un valor literario a esa afición. Punto. Era ensayista. Era escritor de cartas, pero cobraba como ensayista.

Si acaso escribí cartas ese año fue una. Ese año de beca escribí recuerdos y aprendí -o medio ensayé- la labor de articular memorias en forma de relatos que pudieran causar un poco de pena ajena, provocar efecto de repulsión o de identidad.

Era gracioso notar que otros se veían como personajes de mis memorias y deseaban amablemente corregirme la plana, asegurar que así no habría sucedido lo que yo firmaba como un hecho; un hecho dentro de algo que se presumía como escritura. Básicamente asistí a sesiones de reclamos contra la ficción porque no obedecía a los hechos de memorias ajenas; era un poco de pudor el que me asaltaba cuando me hacían gestos como de quien huele algo desagradable para indicar que era imposible creerme el candor que le otorgaba yo al personaje de mis textos, que era difícil de creérselo porque los leía un tipo con cara dura con mi nombre. Cuesta distinguir entre el autor y su escritura, una graciosa sistemática ambigüedad.

Lo importante de ese proceso es que aprendí a armar de la anécdota otra cosa; no propiamente cartas, pero algo relacionado con la escritura, y con la memoria. Con el lenguaje porque mis dudas, como dice Villoro, se convertían en una obsesión por el estilo; con la memoria porque entendí que la evocación era más que otra cosa un análisis y un territorio de inmensa libertad para descubrir.

Cobraba y cumplía, y era un tipo entusiasmado que se consideraba especial por escribir cartas, o por decir que lo intentaba. No siempre se siente uno especial. O no de la buena manera

Frecuentemente, uno experimenta la sensación de ser extraño más que especial, por sentirse apestado, atrasado, anacrónico, monstruoso o pendejo. Ese año, pues, escribí acaso una carta y me sentía especial; algo inaudito al menos para mí.

Cuando digo algo de esa única carta que escribí, miento. Más bien fue esa única carta ensayo la que escribí en función de la beca, pensando en leer cartas públicamente escritas con un afán de ensayar, de hacer cartas al estilo Abelardo y Eloísa o Kazimierz Bradyz y la Señorita Z en donde habría enseñanzas o literatura o reflexiones profundísimas como el más hondo mar. Era complicado eludir la idea de ser un impostor. Resultaba quimérico abordar un tema sin sentir que era banal o vacuo.

Eso desarticuló varias veces mis ensayos como cartas. Me di cuenta que había propuesto algo para lo que todavía no estaba preparado. Me faltaba experiencia, sabiduría y oficio, impostura y tal vez educar mi sensibilidad. Me faltaba ser el remitente de unas cartas que valiera la pena leer.

Me pagaban por escribir o cristalizar una promesa y escribí muchas cosas más, pero cartas como ensayos –los que idealmente pensé- casi no, o no correspondientes a mi proyecto; no era ningún Brandys remitiendo correspondencia a la Señorita Z, que tradujera luego Sergio Pitol para México. No cubría los requisitos. Digamos que, analizándolo, uno no escribe relaciones epistolares como proyecto literario sino como proyecto de vida. Que a veces se convierta ese proyecto de vida  en un proyecto literario -involuntariamente- puede resultar fabuloso, es la verdad. Pero no era yo del que se podría decir eso por varias cuestiones, entre esas, una central. No había hecho nada para que unas cartas cobraran el interés que yo les asignaba.

Necesitaba escribir cartas que no dependieran de mi centralidad en un panorama literario. Debía escribir cartas que no dependieran sino de la propia escritura que se leyera en ellas. Y no estaba listo para espolear y abundar y reconstruir un mundo literario dentro de las cartas. No alcanzaba ese estado de impostura en el que el tema por sí mismo pudiera sostenerse como una especie de lectio y que en una carta se persiguiera el desarrollo de un tratado. Todavía no.

No entendí que podía enmarcar crónicas, reseñas o experiencias con algo intelectual en una carta. Me costó distinguir que podía falsificar mis intenciones. O no es que me haya costado. Más bien, cada historia que escribía o pensaba, encontraba su cauce, y muchas veces el cauce no era la misiva sino el ensayo o el relato o el chisme leído con aire de descubrimiento y chiste seco para provocar pena ajena o exprimir la vena de la nostalgia en el lector.

Tenía una confusión y, en el fondo, lo que complicaba las cosas era mi propio talante. Básicamente me pagaban por escribir y eso preservaba mi libertad para hacerlo como y de lo que me diera la gana o el ánimo. Eso justificaba, al menos para mí -no sé si para otros-, que yo escribiera todo menos cartas.

Escribí mucho, muchos correos electrónicos, muchas conversaciones por el chat de gmail o de Facebook, prontuarios a mano en libretas que adquiría en un Sótano de la calle Álvaro Obregón en la colonia Roma, vaya cliché. Pero cartas de la beca, no

Alguna vez fui un fiasco al respecto. Pudor es el que me da pensar en estas tonterías que uno hace porque se siente muy ancho y le quiere ver la cara a todos, incluso involuntariamente. Me refiero a ese año en el que escribía cartas por encargo o por un pago o por la beca. Intenté cumplir y escogí la correspondencia virtual que había enviado a Alejandro. He de haberme sentido muy escritor que abrí mi bandeja de entrada, busqué en “enviados” y me puse a hacer curaduría de mí mismo, como si fuera Pellicer.

Creo que me inspiré en algo así.

Había ido a la casa, a la Fundación, Carlos Pellicer, el sobrino del poeta Carlos Pellicer. Nos contó la historia de unas cartas y nos había leído algunas de las que su tío le envió desde algún buque o desde las pirámides de Egipto. Ahora que recuerdo eso pienso en que con razón el anhelante José Carlos Becerra, o todos los escritores del tiempo nacidos en Tabasco, vivían con el delirio de viajar más que el maestro. El asunto fue que pensando en que las cartas que uno escribe sintiéndose lejos o maravillado ante lo que ve tomara valor pensé que yo tenía esa mirada, ese oficio, ese aire del que se pone a fantasear incluso delante del vaso de agua o del trago de mezcal y le cuenta a otro un cuento chino.

Ni oficio, ni mirada, ni cuentos, debí saberlo.

Llevé todos los correos electrónicos que le había escrito a Alejandro, correos que yo consideraba todavía un mezanine entre la carta postal y la virtualidad que nos emborrona el tiempo en que escribíamos correos como cartas.

Ahora sería imposible. Los correos son cadenas o memorándums, pero no misivas. Ahora se manda cualquier cantidad de cosas menos cartas, y es por un chat o por whats app,  pero no por el email. Tres años de correos escritos desde Puebla y la Ciudad de México que, en el tiempo en el que viví ahí, se llamaba todavía DF. Eso es lo que presenté una tarde de tutoría.   

A mí me parecía espectacular cómo se “urdía”, (ja), y tenía sentido incluso en lo imposible, esa conversación que yo ya había olvidado con mi amigo del kínder. Era como si me jactara del joven entusiasta que fui y de lo sincero que podía ser uno a la hora de escribir correos electrónicos –sin pensarlos para una beca-  desde otra latitud a algún colega o amigo.

Un momento que merece la pena: era mucho más fácil escribir correos o cartas o conversar con alguien que pensar en escribir una carta a una o un destinatario, pero que se leería en medio de una mesa de siete ensayistas y un tutor. Los correos que llevé se los había escrito a un amigo al que me unían pocas cosas ya: puro pasado, y al que yo le significaba un punto lejano que se había dejado de ver y que, a veces, por la marea o la luz o algún fenómeno, como una fantasmagoría, se mostraba.

Fui un fiasco pero no lo supe del todo.

Hasta ahora  me puedo imaginar qué tortura a la que sometí a mis compañeros de tutoría. Hasta ahora me atacan los pudores de cursi, de gazné en pleno siglo XXI, del que compra rosas en febrero.  De pensar en ese episodio francamente me da chivia. Es uno de esos momentos que alguien no vuelve a visitar una vez que los ha sobrevivido. Es uno de esos momentos que durante un tiempo uno los piensa desde el lado del protagonista y no del de las víctimas.

Fui yo un poeta de esos de los que se burla Alejandro Suárez o Ibargüengoitia, que forman parte de una cantidad incontable de memes sobre la impertinencia

Uno emocionado lee en voz alta muchas cuartillas y no ve que hace cabecear de sueño a alguien, que otro anota los chistes que contará en la próxima fiesta; uno más, que daría todo por atreverse a tirarme por el balcón, ya no le quedan uñas de tanto que las muerde de ansias por el rompebolas que lee en voz alta; o, una más, que es especialista en gestos de desprecio, telepáticamente invoca a que suene la alarma sísmica para abandonar el lugar y conservar la cordura.

Sucede eso y uno sin darse cuenta. Uno es ingenuo. Incluso creo que más de lo que sería permitido.

A veces se considera inexplicable la imagen que tienen los otros de uno, pero al recordar esa tarde de tutoría puedo pensar en cuál es la imagen que tienen esos y esas que estaban presentes y justifico que no quieran ni volver a saber de mí. Les pido perdón por leer mis correos electrónicos como si tuvieran algo relevante más allá de una sinceridad ilusa de muchacho que se siente especial y se lo cuenta a otro.

Pero la única carta que escribí era una carta a Fátima, me parece. Nunca pude recuperarla de ninguna parte. No sé dónde la guardé o si la envié. La imprimí en siete tantos y la presenté en una tutoría. Sin pena ni gloria. Era una misiva impostada llena de monólogo en donde simulaba, demás, a una destinataria. Reconstruía, sin pericia, una temporada en donde yo charlaba todas las mañanas con Juan Pascual en un tercer piso. Evocaba dulcemente, edulcoradamente, esas charlas y, ahora que lo pienso –no es que haya sido reflejado en la carta nunca-, reconocía cómo la conversación había sido un privilegio que me había convertido, sin yo saberlo, en un discípulo de alguien como Juan, quien un día amanecía con ánimo de hablar de la amistad y maquinaba una charla sobre Amicitia desde Cicerón, Suetonio o Platón, hasta Gil de Biedma, Barral y Ferrater. En esos recuerdos de aquellas conversaciones me di cuenta de lo importante que sería para mí aprender a escribir. Sedimentos. Lo digo porque pienso que es ese el tiempo de más intensidad de mi diario íntimo, ese tiempo en el que daba clases varios días a la semana y sentía que el mundo me quedaba a deber el futuro; un periodo de formación a pesar incluso de uno mismo, que iba ahí apuñalándose con el veneno de la autocompasión juvenil.

Escribo esto y pienso que quizá no era una carta para Fátima sino para Juan. Y por eso esa carta con destinatario oculto nunca logró cuajar. Era como si se empalmara una foto.

Escribo esto y reconozco luego que esa carta a Juan la escribiría o la terminaría de escribir un tiempo después, pero la empecé antes. Intentaré un contexto. Se trata de una carta sobre Juan Goytisolo. La publicaría yo, aprovechando la triste efeméride de la muerte de Goytisolo, un 5 de junio de 2018. Nadie lo sabía hasta ahora, incluso yo mismo no tuve plena consciencia de que escribí una carta por trece años y que no la envié sino que la publiqué como una carta que es ensayo por un motivo que no era enviarla.

Las trampas de uno, los laberintos del autoanálisis siempre traen sorpresas. Pienso entonces que estoy hecho de intentos fallidos que, por serendipia, me hacen caer en algo inesperado

Y soy el testimonio de lo constelar e impredecible que es, a cada paso, lo fallido. Soy el resultado de esas caídas en falso acumuladas, la distancia que hay, casi como norma, entre la realidad y el deseo.

Pero en ese tiempo en el que me pagaban por hacer cartas que simularan ser ensayos –vaya golpe en la mesa en la actualidad del ensayo sentía estar dando-, en lugar de escribir una carta parecía estar yo malogrando el género dramático en donde no pude nunca acomodar el contexto entre la destinataria y yo para que se entendiera por qué yo le daba un valor significativo y literario a esa primera –y creo que última- carta ensayo que escribí por justificar el pago de una beca que me dieron antes de cumplir treinta años.

Pero no se puede obviar una vocación que tengo: sentirme lejos, que es lo que engendra en mí la necesidad de escribir; escribir cartas o ensayos o novelas que vienen de ver a una muchacha triste en un aeropuerto o de ver a una mujer contenta tocándose la panza de embarazada; de encontrarme con alguien en un bar y terminar platicando de cualquiera de esas dos muchachas conocidas que se mudaron a Cancún o a Florida,  y revisitar, clínicamente, las versiones encontradas de cómo han llegado una a un lugar, y otra a otro; o pensar que puedo escribir como si no estuviera yo en el presente ni aludiera a personajes que pueden no estar de acuerdo en mi punto de vista sobre las cosas, sobre sus personas y acerca de sus vidas, esa mirada de novelista encaprichado con cometer deicidio.

Es una vocación de sentirme lejos, desarraigado, he dicho, pero podría ser también la condena del mirón que desde la ventana solo es convidado a ser el testigo de piedra que no toca las cosas sino que las codicia, y por eso las escribe, incluso, a veces, siendo cruel involuntariamente porque dice de los otros lo que en el momento pensó y no da derecho de réplica. Cometer, cada vez que se despliega una idea, ese pecado capital, el de querer lo que mira o lo que pasa ante sus ojos, me convertía, pienso, en un interesante entrometido.

Soy un epistolariomaniaco y eso me ayudó a buscar y a conseguir o a verme beneficiado por un par de octubres al menos, con una beca en la que me pagaban por hacer algo con esa sensación de desarraigo que profeso desde que fui un niño solitario que jugaba en el erial de la cochera de la casa al futbol.

A veces uno no entiende cómo las heridas y dolores, las aflicciones secretas y personales terminan dándole a uno maneras de vivir.

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