Los que escribimos desde horizontes vernáculos, como nombra alguno a aquello que no es Ciudad de México, ya deberíamos dejar de ser mal vistos. Es nuestra imaginación y es nuestra propiedad.
Hacer literatura de barrio, desde donde nuestra imaginación nos sugiere, es una responsabilidad a la que ya no le deberíamos sacar la vuelta. Puede ser éste el tiempo, el momento justo para que ya no nos cause pudor hablar de nuestra colonia, aunque no sea la Roma sino la B. Anaya de San Luis Potosí.
Es urgente dejar de sentir pena cuando afirmamos nuestra condición de narradoras y narradores, acá, en Guanajuato ―como Alí Rendón o Monserrat Campos―, en el Potosí ―como Tristana Landeros o Lilia Ávalos―, en Zacatecas ―como Manuel R. Montes o Joselo G. Ramos―, en Querétaro ―como Elsa Treviño y Fernando Jiménez―, en Aguascalientes ―como Dahlia de la Cerda o Esteban Castorena―, o Darío Zalapa y Luis Miguel Estrada, desde Michoacán.
Nuestra mirada no es mero folclor. Es un recurso literario, una llamada telefónica desde donde una voz cuenta lo que alguien ha olvidado u otro no ha conocido
Los que nos formamos con La Bamba, con Sangre por Sangre o El Mariachi, la fayuca y los sábados de tianguis donde compramos nuestros primeros Nike Force importados, debemos contar asumiendo este epicentro.
Recorrer los cambios en las pintas de las bardas, notar todavía las diferentes gentes que transitan por ahí, los que son y los que no de la colonia, y ver cómo ha ido transformándose esta avenida donde se ponen todavía los tendederos de ropa del gabacho y el jaleleai es una toma de conciencia.
Sabemos de dónde venimos y por qué somos lo que somos, adultos que intentaron progresar en un momento donde nos dijeron que era lo conducente, ¿A poco ya olvidamos del todo esas letras de Caló que dicen “trabajar, superarse, ya habrá tiempo para reventarse”?
Escribir sobre eso es recordarle al lector que de lo que se trata es de contar para que haya memoria de lo que fuimos, de inventar para que la memoria sea entonces un mapa sentimental y literario que nos ayude a comprendernos; de hacer creer ese mundo que hemos inventado gracias a la palabra. Se trata, podría decir, de hacer una literatura del reconocimiento.
Esto es lo importante: que la experiencia literaria ayude a repoblar nuestros páramos compartidos allá en los noventa, acá cuando nos juntamos en una fiesta a evocar con cierto aire sardónico al niño, al adolescente que fuimos todos, o a saber en qué soñábamos cuando éramos los de la edad donde todo parece posible; se trata de hacerle ver al lector que todavía no piensa en que recordará, que vendrá el tiempo y que esta forma, la de la escritura y la lectura compartida, es también una manera de identificarse con los otros en lugares donde asumimos por un prejuicio falso que somos diferentes.
Condominios me resulta una literatura de reconocimiento. Como en carambola me remite a una ¿época?
Pero también me garantiza que quien no tenga los mismos referentes de ese noventa de los tres puntos tatuados de vato loco forever tiene el paso claro a ese paisaje íntimo que expresa Ernesto Sánchez Pineda, un paraíso perdido quizá. Este es un ejercicio valioso, el de acercar generaciones.
El conjunto de relatos de Ernesto Sánchez Pineda es una venta cervantina. El patio es el punto de reunión y por el que circulamos. Vamos de un condominio a otro gracias a un narrador que decide mantenernos muy de cerca, más que como un guía, como un orgulloso habitante de algo que ya no está. Virgilio de esta venta urbana, la voz de Ernesto Sánchez Pineda, nos trata también como parte de la pandilla infantil de los niños que convierten en un bosque de descubrimientos ese patio de juegos que José Emilio Pacheco ha legado con el nombre de desierto en la novela de Carlitos y Mariana.
Es una venta, evoco a Cervantes, porque también es en donde todos se reúnen y se ventilan los mundos de cada habitación de ese escenario donde siempre huele a sopa de fideo por las tardes o se escucha el ruido de un electrodoméstico preparando licuados de plátano y leche entera; o se escuchan los gritos de las madres apurando a los niños para ir a la escuela. Es el desierto de Pacheco, la venta o la Noche del Coecillo del guanajuatense Alejandro García, porque es donde se cuenta todo lo que sucede de puertas para adentro, en cada apartamento de esa geografía propia de los noventa.
El escenario que escoge Condominios, primero es un escenario en el centro, que se explora y que lleva por las escaleras o por los pasillos hacia los sitios apartados, cuartos y azoteas, servidumbres de paso, descansos de escaleras de ese cemento frío con acabados feos
Pienso que todavía es posible imaginar esa arquitectura de Conasupo y Solidaridad, del México de los ochenta crepusculares y la Caída del Muro de Berlín, y los años inaugurales de los noventa del Mundial de Italia y la Alemania triunfal con Rudy Voller.
El hecho de poder evocar ese mapa es ya una toma de conciencia a la que nos acerca Ernesto Sánchez Pineda. Otra es la experiencia de saber o de pensar cuánto y cómo se han modificado las costumbres. Ya no es Scorpions cantando Wings of change sobre el muro roto sino Bad Bunny y Residente en Puerto Rico.
Una vez en el patio de los condos, la curiosidad por conocer lo de puertas adentro. Acercarse a eso que se escucha, pero se mantiene siempre velado a los ojos de los otros. En Condominios vamos del patio a los departamentos. La señalética de las macetas de una vecina o la intriga de una puerta que nunca se abre o que ha ido mostrando su abandono es el rumbo por el que nos conduce este conjunto de relatos. Sorpresas, misterios, descubrimientos y noticias es lo que siempre pasa en el vecindario que aquí es, además, laberíntico, cartografiado por letras y números, en lugar de nombres de calles de personajes ilustres hay 4H o 2B, un signo de los tiempos que Radiohead describe. Ahí es donde los habitantes protagonizan, uno a uno, cada quien su historia. Del patio a los apartamentos y de los apartamentos a las afueras, a los contornos, la otra ruta de Condominios. Es la salida del coto para experimentar la avenida que, en la fábula, siempre es tentación y peripecia, peligro, riesgo, aventura y transformación.
Nuestro narrador nos cuenta como si estuviéramos al lado. Esa sensación da, la de asistir a una conversación inagotable de algo que ha sido. Una naturaleza de rumor o charla en la esquina, con los vecinos, es la que se desliza en las páginas de estos relatos y es eficaz porque es innegable que el chisme llama, y llama a todos.
Condominios reúne a todos a contar cómo se ha ido diluyendo ese otro tiempo en el que las costumbres y los anhelos fueron diferentes. No hago una apología a lo pretérito, aunque siempre hay una tentación en este recuento de pensar que todo era mejor
Puede ser, pero esa es otra historia. Lo importante, he dicho, es que hay en los textos de Ernesto Sánchez Pineda, una literatura del reconocimiento. Uno asiente y se dice, en monólogo o en una conversación, ‘sí, así sucede’, ‘sí, así fue’ y, en este caso, en la B. Anaya, que es el Rosebud de Ernesto Sánchez Pineda, la infancia perdida.
Acá todos teníamos parientes en el gabacho que se inspiraban, tristes soledades, en ese Fernando Valenzuela de los 80. Nuestras abuelas soñaban con el día que hiciéramos la primera comunión y nosotros veíamos con terca ansiedad el día de ir a una tardeada y bailar Scatman´s world o en cambiarle veintiunos a las muchachas (si alguien ya no sabe qué significa eso es porque nunca se subió a un urbano que diera boletitos).
Los que escribimos a través de esa voz en off ácida descubrimos en estos relatos una ventana a la curiosa fascinación de comprender cómo ha sido la educación sentimental de los nacidos en Tierra Adentro, en las colonias de las afueras, en los condominios del Estado de Bienestar o la Solidaridad, esos proyectos de política pública de presidentes de la República entre los ochenta y lo mitad de los noventa.
Con los textos de Condominios ya tenemos ganado un espacio que dibuja esa fotografía irrepetible que fue ser niño luego del temblor del 85, del mundial del 86 o de la crisis del 94, en ese México de Carlos Salinas de Gortari, Colosio, el candidato acribillado en Lomas Taurinas, y los refrescos en bolsita, pero fuera de la Ciudad de México.
Los que escribimos de esas crisis, acá, donde no hubo movimiento telúrico sino que nos tocó experimentar la migración de esas familias que abandonaron el Distrito Federal para reconfigurar nuestro mundo Potosino o guanajuatense, queretano o hidrocálido, recontamos con sorna o sorprendida nostalgia nuestro espacio con la firmeza de lo único que tenemos fácil, lo único que tenemos: la memoria. Nuestra memoria de las cosas.
Esa microhistoria de Condominios escoge nuestras calles propias, nuestros patios, nuestras ventas cervantinas pobladas de letreros priistas de candidatos que nadie conocía pero que tenían el triunfo asegurado, de grafitti y firmas de adolescentes placosos que se juntaban en la esquina, o en el billar, o vagaban buscando mitos o encontrando peligros.
En Condominios de Ernesto Sánchez Pineda publicado en la colección Cocodrilos de la Universidad de Guanajuato esto es lo que hay.
- Ilustración: Ahu Akgün