Georges Vigarello, en su no muy gordo volumen: Les metamorphoses du gras (Histoire de l´obesite du Moyen Áge au XX siècle), nos detalla, a ratos con humor fino e irónico, cómo fue que la gordura perdió, a lo largo de la historia, terreno entre las virtudes corporales y espirituales, para luego asentarse como algo signado por el rechazo y la condena.

Releyendo algunos pasajes de esta obra, que tiene, hasta donde sé, dos traducciones al español (la argentina, de Ediciones Nueva Visión, y la española, de Península; ambas publicadas en 2011), me encuentro con anécdotas que me remiten a mi infancia, donde la crueldad hacia los gordos no era tan fiera como suele darse por sentado.

Recuerdo que los niños gordos de la primaria donde estudié, salvo contadas excepciones, eran vistos como temibles e intocables. Su voluminosidad les confería cierto aíre de animadversión. Nadie, en sus cabales, se atrevía a retarlos o buscarles pleito. Eran de torpes movimientos, pero diestros en dar panzazos. Y donde uno de estos golpes llegará a impactar, la pelea estaba finiquitada a su favor. Además, no era bien visto ganarle a un gordo porque también representaban una enrarecida idea de ternura e indefensión. Su estatuto de apapachables pesaba más que sus kilos de más.

Tener por amigo a un gordo en la primaria equivalía a poseer un escudo moral que no cualquiera estaba dispuesto a transgredir. Y yo tenía a varios de los gordos de primaria como mis amigos. Claro, eso no quitó que yo fuera peleonero y que me enfrascara en grescas (incluso con ellos), pero eso ya es materia de otro apunte.

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Qué fue lo que me condujo a establecer amistad con esos gorditos, me pregunto con cierto pasmo y asombro, ya que desde niño he sido algo solitario. Supongo que hay varias razones. La más obvia es de índole estadística. Dado que en México hay bastantes gordos, sobre todo niños, es común y ordinario que en el círculo de amistades aparezca uno de estos personajes. Otra razón, quizá dialéctica y metafísica (disculpen la hipérbole), es la sutil propensión universal que une a los extremos y contrarios.

El gordo y el flaco son, per se, pareja dispareja que generan orden y caos necesario, es decir, armonía. Pienso en el Caballero de la figura triste y Sancho Panza, en Tin Tan y Marcelo, en Viruta y Capulina, pero también en Batman y el Pingüino, en Gokú y Majin-Boo

Pero no veo que el camino de las abstracciones responda a los motivos o razones que me llevaron a trabar amistad con los gorditos. Conviene, provisionalmente, a referirme a casos particulares. Por ejemplo, era amigo de Luis Fernando en la primaria porque fue mi compañero en el kínder. Él era tímido como yo y eso hizo que nos juntáramos, algunas veces, en los recesos. José Luis, Oscar, Noé y Francisco eran mis amigos, del segundo al quinto de primaria, porque nos unía una sed de desmadre que, por supuesto, terminó en enemistad.

Y ahora que trazo estos apuntes, recuerdo que también nos unía la simpatía por los juegos bélicos, por el coleccionismo de soldaditos de plástico. No dudo que parte de nuestro alejamiento se haya debido a truculencias en los intercambios de estas figuras.

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Mis soldaditos de plástico, dónde quedaron. Seguro que en una bolsa de basura; quizá en la extraña dimensión conjeturada por Gonzo, el de los Muppets Babies, a donde van dar los juguetes extraviados de todos los niños del mundo. Pero también a los bolsos del José Luis, es cabrón gordo gandalla que, por aprovechado apañaba todos lo soldaditos de la bola.

Había que tener mucho valor, e imprudencia, para reclamarle a José Luis que se había robado la serie de soldaditos con bazuca, los que tenían una pistola en mano (rarísimos, por cierto), los que estaban en posición de arrastre.

Cuando dejé de jugar a la guerrita de soldados de plástico con esos amigos gordos descubrí un placer solitario, que hoy pasaría por tóxico y enfermizo. Y no me refiero a la masturbación, sino a recrear, con las tropas diezmadas de soldados, algunos asaltos y guerrillas en mi imaginación. Porque, ciertamente, no me causaba tanto entretenimiento mover o lanzar a esos juguetes por los aires.

Lo que me encantaba era acomodar esos soldaditos en el piso del patio de mi casa, o en alguna preciada maseta de mi madre, de tal manera que ya en filas estratégicas comenzará la batalla con otro ejército

No manipulaba a los soldaditos con las manos, valga la redundancia, sino con una apocalíptica y sanguinaria imaginación. Qué haces, preguntaba mi hermano menor, cuando me veía encandilado frente a un ejercito situado en el lavadero. Juego a la guerra, respondía. Y por qué no tomas los soldados con las manos para que ataquen a otros, insistía en preguntar mi hermano. Y yo, con una incipiente neurosis respondía: porque la guerra está en mi cabeza, en mi interior… lárgate.

  

Dirán algunos, asistidos e informados con un video de Tik Tok, que ya se asomaba en mi infancia lo psicópata. Y mi gana no me da para cranear una respuesta que desmienta la hipótesis, la condena. Pero lo cierto es que yo me quedé con ganas de ser soldado, de ir a una escuela militar para ser héroe. Estoy hablando de cuando era niño y no sobrepasaba los 12 o 13 años.

Tengo presente el recuerdo de una visita que hizo un comandante a la secundaria donde estudié. Junto con soldados rasos, el laureado agente militar nos dio una charla sobre los beneficios de sumarse al ejercito mexicano. De nalgas prontas fui, al terminar el numerito de los militares, a preguntarles qué posibilidad había de que yo fuera un soldado. Todas, me dijo con orgullo el comandante, dile a tu papá que te inscriba y no se arrepentirá.

Y así lo hice, sólo que mi padre, como ya lo había hecho antes cuando le confesé mi deseo de ser boxeador, me cortó las alas con un alegato moral en contra de ese impulso nacionalista, belicista, mejor dicho. Mis ganas de ser soldado se fueron al carajo cuando terminé de escuchar a mi padre.

Cierto, no iba a ser como en las películas, ni como en los cuentos que ya comenzaba a leer. Ser militar era cuestión de cierta dureza, de hacerse de una vida profesional como último recurso, o de mucho ego patriótico, sobre todo cuando en el árbol genealógico figura un abuelete cabo o general .

Quería ser militar, soldado, porque intuía que la vida de ese gremio era menos desabrida y aburrida que la que yo llevaba hasta entonces (y ese entonces es probable que alcance hasta el presente)

Pero me pasó, en lo que respecta a mi instrucción militar, lo que decía mi vecina la Chicuata: Nel, te quedaste sin pastel cara de buey.                     

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Las ganas de ir a la guerra, ya no como soldado sino como parte de guerra, volvieron a mí cuando tuve mi primer gran descalabro emocional con una novia que me dijo adiós. Deprimido, como cualquier émulo de poeta y borracho, pensé en vivir una experiencia aún más atroz para disipar mis penas de amoríos por otras menos hormonales. Y la guerra, cualquiera que fuera, se me presentaba como una opción definitiva.

Claro, esta escapatoria se nutrió de mi calentura por leer obras de escritores, reporteros y fotógrafos que narraban sus venturas y desventuras en el campo de batalla. Recuerdo haber releído varias veces una novela: Mi vieja guerra, cuánto te echo de menos, de Anthony Lloyd, y me decía a mí mismo: esta es la solución para mis pesares. Pero para ese entonces ya no había guerra en Bosnia.

Luego leí Ébano, de Ryszard Kapuściński, y volvió la burra al trigo: hay que ir a la guerra. Y luego me fumé de una sentada: La tumba del León, de Jon Lee Anderson. Aquí le paro con la lista de obras, porque lo que urgía para mí, en aquellos días de proto-Emo cursi, era ir a un escenario donde las balas tenían mi nombre y había que rehuir de ellas a como diera lugar.

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Don Alfonso, un anciano que bebía alcohol con refresco de piña a un costado de la caseta donde yo vendía periódicos, me dijo alguna vez: fui militar por 30 años y no me arrepiento de nada, porque al aceptar esta carrera firmas un pacto con la muerte, donde matas para que no te maten a ti y los tuyos ¿entiendes?

Yo no tengo los tamaños para ejercer esa carrera, le contesté a Don Alfonso. Y sin quebrarse asestó: eso tú dices, pero deja que veas arder casas con niños dentro, mujeres y hombres desmembrados y tú opinión será otra

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Y por qué están en guerra los güeros, me preguntó hace unos meses mi madre. No lo sé, le contesté con franqueza y seguí viendo un análisis de por qué unos llaman guerra y otros: operación militar, al pleito entre rusos y ucranianos. Ahora no quisiera ser soldado de ningún ejército, ni parte de guerra de ningún medio. No termino por entender el por qué vamos a la guerra.

No me satisface la respuesta facilona que esgrimen los sesudos opinólogos: porque nuestra naturaleza es violenta. La guerra, las guerras, son asuntos bastante complejos que quizá sólo son medianamente inteligibles después de ahogado el niño.

Sólo espero que ni rusos ni gringos presionen el botón rojo de las armas nucleares, porque entonces todo va a valer madre todo.

  • Ilustración: Ernest Descals