Veinte años después de que me contrató como reportero, converso con mi mentor sobre su libro ‘Cosas simples’: 33 años de amor convertidos en poesía y una advertencia sobre el vacío de ideas en la política.
Enrique Rangel me corrige dos veces antes de que la entrevista llegue a su séptimo minuto.
La primera ocurre apenas lo presento como periodista y poeta. El orden de las palabras no le parece un asunto menor.
—Primero poeta y después periodista.
No protesta. Precisa.
La segunda corrección llega cuando describo el libro como un artefacto casi primitivo frente a las tecnologías en las que hoy nos desenvolvemos.
—No es un artefacto primitivo. El libro realmente es lo fundamental; es lo que nos constituye como seres pensantes.
La conversación podría resumirse en esas dos enmiendas. Rangel defiende el orden, el peso y la memoria de las palabras. Lo hace con la paciencia de quien lleva casi tres décadas escribiéndolas y con el reflejo del editor que no permite que una imprecisión pase inadvertida.
Hay algo que el lector debe saber: Enrique Rangel es mi mentor. En 2006 fue la primera persona que me contrató como reportero. Veinte años después, soy yo quien lo entrevista.
La cercanía no se esconde: se declara. También explica por qué, durante unos segundos, el diálogo recupera la antigua dinámica de una redacción. Yo formulo una idea; él la somete a edición. Sólo que esta vez no discutimos una cabeza periodística ni el arranque de una nota, sino qué llegó primero a su vida: la poesía o el periodismo.
La respuesta es la poesía.
La conversación ocurre en la Librería del Fondo Efraín Huerta, en León, durante la Gran Venta Nocturna del Fondo de Cultura Económica. Mientras las personas entran y salen con libros bajo el brazo, Rangel dice que ese lugar ha sido una de sus casas durante 21 años.
También allí presenta Cosas simples, su regreso editorial a la poesía después de una década.
Antes de las redacciones estuvieron las letras. En 1996 comenzó con Metamorfosis, una revista independiente dedicada al teatro, la danza y la literatura. Un año después ingresó como reportero fundador del diario Al Día. Luego fue reportero de investigación en a.m., ocupó puestos directivos y participó en otros proyectos periodísticos.
Pero la poesía, insiste, nunca abandonó el edificio.
Treinta y tres años frente a la misma persona
Cosas simples, publicado por Ediciones Ruleta Rusa, reúne 50 poemas dedicados a Ana Belén, la mujer que Rangel ha amado durante 33 años.
No son 50 historias de amor. Es el mismo amor observado desde distintas edades.
El libro comienza con la turbación del adolescente que no sabe si es correspondido y atraviesa la ausencia, el deseo, las pérdidas, los hijos, la convivencia y la madurez. Rangel no quiere definirlo como un ejercicio de memoria. Prefiere llamarlo un “canto celebratorio” y permanente hacia la persona amada.
El poemario fue también su regalo cuando ella llegó a lo que él llama la edad de oro.
A diferencia de Cantata fractal, su obra anterior, construida con una arquitectura neobarroca y un lenguaje deliberadamente sofisticado, aquí el poeta elige palabras cotidianas.
Eso no significa que haya renunciado a sus abismos, estrellas, soles, huracanes o universos. Significa que ahora esos cuerpos celestes deben convivir con los zapatos fuera de lugar, la basura, los platos sucios, el desayuno, el gato y una visita al supermercado.
—No es que una obra sea menor que la otra —explica—. Simplemente son ángulos distintos para observar el mismo ejercicio: el canto celebratorio del amor.
Para leer frente a la cámara escoge uno de los primeros poemas del libro: ¿Piensas en mí en el colegio?
Allí reaparece el muchacho oscuro que alguna vez cantó en una banda dark-punk, todavía incapaz de saber si la joven que ama también piensa en él:
“Recuerdo mi pecho oprimido al verte,
como si dentro hubiese un grito dentado”.
Rangel dice que cualquier adolescente podría comprender ese momento. Después amplía el alcance: cualquier persona enamorada sabe de qué está hablando.
Ésa es acaso la apuesta más arriesgada de Cosas simples: regresar a un asunto visitado millones de veces y confiar en que todavía es posible decir algo verdadero. El amor, sostiene, no se agota porque pertenece, junto con la vida y la muerte, a aquello que nos constituye como humanos.
Le pregunto entonces cuánto periodismo existe dentro de estos poemas.
—No hay periodismo aquí. En lo absoluto.
Segundos después, sin embargo, encuentra una definición fronteriza:
—Es más bien una crónica de una relación amorosa a lo largo de poco más de tres décadas.
La contradicción resulta fértil. El libro no busca documentar acontecimientos ni responder las preguntas elementales de una noticia. Pero avanza en el tiempo, reconoce escenas, conserva detalles y organiza una experiencia para impedir que se pierda. El poeta niega la presencia del periodista; la palabra “crónica” deja una puerta entreabierta.
Partidos sin ideólogos
La conversación abandona entonces la intimidad del libro y entra en el espacio público.
Le pregunto si la palabra se ha alejado de quienes toman las decisiones políticas. Rangel no duda.
—Hay evidentemente un vacío estructural. Hoy no tienen ideólogos los partidos o, si los tienen, están muy ocultos.
Su diagnóstico no se refiere únicamente a la pobreza del vocabulario. Habla de una ausencia más profunda: el abandono del ejercicio intelectual, de la elaboración de conceptos y de la construcción de argumentos capaces de dar rumbo a una organización política.
Antes, dice, el ideólogo aportaba una arquitectura de pensamiento. Ahora las ideologías aparecen diluidas y las palabras son sustituidas con frecuencia por ruido.
El resultado puede observarse en los congresos.
—Los diputados tienen discusiones muy sosas, demasiado estridentes.
Con la elección intermedia de 2027 cada vez más cerca, Rangel propone escuchar qué serán capaces de plantear los políticos “más allá de la verborrea”. No pide regresar nostálgicamente a un pasado partidista ni reconstruir aquello que ya desapareció. Habla de recuperar la palabra para imaginar hacia adelante.
En ese punto, Cosas simples y su crítica a la política terminan por encontrarse.
El poemario demuestra que un lenguaje sencillo no tiene por qué ser superficial. Puede contener 33 años de amor, adolescencia, deseo, paternidad, miedo, gratitud y conciencia de la muerte. El discurso político exhibe con demasiada frecuencia el fenómeno contrario: muchas palabras que no alcanzan a contener una idea.
La sencillez no es vacío.
La claridad tampoco es estridencia.
Rangel cree que el formato del libro podrá transformarse, como se transformaron las tablillas de arcilla, los papiros y los rollos hasta llegar a las pantallas. Pero la palabra permanece. El libro impreso incluso adquiere, en estos tiempos, la condición de un objeto de culto: puede abrirse, hojearse, releerse y subrayarse. Permite, dice, “apresar el pensamiento”.
Al terminar la entrevista lo llamo uno de los mejores periodistas de Guanajuato, aunque él asegure que ya se encuentra fuera del oficio, y un poeta consagrado con Cosas simples.
Esta vez no me corrige.
—Te quiero mucho— le digo al cerrar.
—Y yo a ti— me responde.
No hay palabras más simples.
Tampoco más exactas.
*NOTA: Puedes descargar el libro en su versión digital dando clic en el archivo:
*Para ver la entrevista completa de ‘El Poder y la Palabra’ puedes dar clic en el enlace:
- Fotograma: El Poder y la Palabra