Después de un largo tiempo dejé de malhumorarme cuando me tocaba ocupar una mesa coja en el café.

 

Confesamos una vez más nuestra voluntad de permanecer superficiales.

Gaston Bachelard

Aceptar que a dicho mueble le va en su naturaleza renquear no fue fácil. Sé que puedo ser acusado de fútil y vano al quejarme de semejante detalle. Pero eso me importa menos que poco.

Llegaba al café y después de un rato notaba que la mesa se tambaleaba, provocando que el café que bebía se derramara, y eso, para mí, francamente era una desgracia. Trataba de calmarme, de no prorrumpir un escandaloso grito de impotencia. Pasados los minutos, cuando por fin me daba a la tarea de anotar fragmentos de la lectura en turno, caí en cuenta que la mesa bailaba, que mi caligrafía, horrenda donde las haya, se hacía aún más borrascosa.

La mohína volvía a resurgir, el ojo me temblaba y malograba con mi berrinche una tarde nublada, un café sobriamente rico, una lectura entretenida. Alguien me aconsejó que cada vez que fuera al café llevara conmigo una corcholata de metal o, en su defecto, una barra de chocolate envuelta en al menos dos hojas de papel. Esto para poder remediar la cojera de la mesa.

Descarté de inmediato las corcholatas, soy torpe y temí que fuera a cortarme un dedo con ellas al tratar de sacarlas del bolsillo de mi pantalón. Así que comencé a llevar un chocolate, con doble envoltura, al café. Asunto arreglado. Las hojas de papel que recubrían la barra de chocolate, bien dobladas, reparaban la cojera de la mesa. El café ya no se derramaba y mi caligrafía volvía a ser, a secas, horrible. Le tomé gusto al chocolate, sobre todo al amargo. A veces, cuando pasaba por alto la cojera de la mesa del café, tomaba una de las hojas del chocolate y escribía patrañas, recados y recordatorios (jamás recordados). Hace ya tiempo que trascribí algunas de esas patrañas relacionadas con el chocolate. Lo que sigue, es una breve muestra.

 

Casi todas las mujeres son bellas, salvo las que se abstienen de comer chocolate alguna vez en su vida

*Quienes no soportan la infelicidad de su vecino en la oficina tienden a dar chocolates de regalo en fechas poco festivas.

*Su extraña forma de abrazar al cónyuge hasta el sofoco tenía que ver con la ingesta de barras de chocolate oscuro a primera hora del amanecer.

*Cometió delitos y rompió normas que aún los más legos respetan, pero jamás se sintió culpable de beber aquella taza con chocolate abandonada y sin misericordia en la mesa de su ex pareja.

*Ella dignificó la gordura cuando confesó que sólo había consumido chocolate los últimos cuarenta años de su vida; harinas y derivados nunca estuvieron a la altura de su paladar.

*Pasteleros y reposteros no creyeron prudente asistir al sepelio de uno de sus colegas, pues amó tanto el chocolate que pidió ser sepultado en una caja de cartón propia de este manjar, y no le pareció extravagancia solicitar al servicio funerario que se le envolviera en papel dorado dejando las mantas blancas para otros clientes.

*Quien se tortura con dietas que excluyan el chocolate en su alimentación sabe que no tiene al nutriólogo de cabecera en la lista de sus amistades más preciadas.

Quebrantos y discordias en el corazón impiden disfrutar el chocolate amargo, se le consume con tal avidez como sí aún se besaran los labios desapasionados de la ausente

*Quien detesta lavar platos suspira alegremente cuando ve en la minuta del menú pastel de chocolate como postre.

*Un casimir sin mácula de chocolate no quiere decir pulcritud y decoro de modales, sino tristeza y desolación.

*No sobra hacerle notar al erudito en plagios de toda índole que la armada suiza en el siglo XIX racionó con barras de chocolate a su ejército omitiendo que ya los aztecas lo hacían bajo el imperio de Moctezuma II, sólo que en forma líquida vertida en recipientes de oro.

*La miseria espiritual del viudo consistía en posponer la taza de chocolate caliente para épocas menos aciagas en su vida.

*Un astrónomo dijo que sólo el rostro de un niño moteado de chocolate es más bello que el nacimiento de las estrellas. No mentía.

*A falta de chocolates cualquier relación amorosa termina en debacle o soltería forzada.

*Un cuento para niños es macabro cuando alguno de sus personajes repudia el chocolate.

*No encontró a Dios en el armonioso sistema tomista, tampoco en las sutiles disertaciones de Duns Scoto. Descartes y sus razonamientos francamente le parecieron obscenos. Kant la desilusionó por completo, pero fue en los almanaques de alta repostería, en los cuales se detallan especies y recetas de chocolate, donde Dios se le manifestó.

  • Ilustración: Marina Cardoso
Predial 2021