…quedó atrapado en las redes de su propia ficción y se convirtió en un escritor que, pese a su compulsiva tendencia a la escritura, quedó totalmente bloqueado, paralizado, ágrafo trágico”. Enrique Vila-Matas

Mientas trataba de arrancar algunos pelos a mis orejas ya avejentadas, pensaba en la manera de iniciar este texto.

No encontré una mejor que contar cómo es que llegué a realizar esta reseña. Hablé con el autor de Los colores del diablo (Editorial E1) en una reunión a la que me colé después de un evento del colectivo literario al que pertenezco.

Caí de improviso dado que mis compañeros o se enfermaron, o tenían planes más divertidos que pasar su sábado en la noche escuchándome, entre el humo de mis cigarros y mi aliento a Carta Blanca, hablar sobre beisbol o autores norteamericanos.

De esta manera fue que llegué, sin ser invitado, al café en donde se encontraba Pedro Mena. Saludé y tomé asiento. Metí mis narices en los negocios que se estaban tratando en esa mesa y, después de un rato logré desviar la charla hacía cuestiones más de mi interés.

Se mencionaron algunos autores. Se mencionaron algunos títulos. En determinado momento, entre el escándalo de unas gotas inesperadas que caían sobre el tejado del cafecito de la Madero, Pedro me invitó a preparar una reseña para su siguiente libro de ensayos. Por supuesto accedí.

El archivo de Word me llegó un sábado y el lunes me puse a trabajar en el asunto dado que los domingos me limito a una existencia inclinada a la pereza

Dividido en dos partes: Personajes y Desbloqueos, leo en el índice que me encuentro ante 75 páginas.     

Apenas le echa uno la miopía encima a Los colores del diablo, nota la presencia de ese personaje que el autor utiliza para hablar de acontecimientos cotidianos y desde ahí tomar por la cola otro tema y desarrollarlo.

La obesidad de Alfonso Reyes, el gordo más erudito de la literatura mexicana del siglo XX; la barba de Slavoj Zizek; la mutación de la frenología en morfo-psicología y cómo es que los rasgos faciales y la forma de la cabeza definen nuestro comportamiento. ¿Usa usted anteojos?, entérese de lo que dice esta ciencia errática sobre su personalidad; el relato de la construcción de un altar en honor a Baltazar Gracián el día de muertos con Nietzche y Schopenhauer como invitados. Todos, temas de esta colección de ensayos.  

Los colores del diablo es un libro que registra los recuerdos de un niño que a los 10 años ya olfateaba su ruina. Un joven personaje leía comics que el narrador ya no lee por considerar a los consumidores de estos, revestidos con una rareza que el escritor, ya raro de por sí, no necesita exhibir. Una confesión a modo de recuerdo del adolescente que decidido a experimentar, se arma de valor para comprar una revista pornográfica pero, no tiene éxito en su empresa. En su lugar obtiene el Macario de B. Traven que más adelante intercambiará momentáneamente por el libro de Ficciones de Borges. De pronto, desconfío de estar ante alguna referencia inexistente pero al parecer es sólo mi paranoia.  

Los colores del diablo son páginas llenas de melancolía con un regusto humorístico que el tocayo de Pierre Menard ha sabido ofrecer a su lector. Un humor subterráneo como leí alguna vez sobre Bret Easton Ellis

Un escritor infectado con el virus que estornudó Miguel de Abriles Montano (hijo de Rosario Girondo) —el alter ego de Enrique Vila-Matas—. El narrador de Los colores del diablo trata su enfermedad planeando minuciosamente la forma de construir una escalera funcional. Nada mejor que evocar una vieja amistad para combatir ese mal, viejos consejos, viejas cartas, una pesadilla infantil.

Entre los renglones del libro el narrador Pedro sale a caminar —sale de la ignorancia que dice tener como domicilio—, para serenarse de no se sabe qué demonios personales. En esa caminata el personaje tiene, al sentir las gotitas de lluvia de una tarde, una regresión a la niñez; las mismas gotas mojan a ambos Pedros en un presente y un pasado narrativos mezclados con notas de Nils Frahm. Su destino es el silencio. ¿Acaso no es el destino de todos? El silencio de un templo en donde encontrarse con el diablo —que no es como lo pintan—, para conocerlo, para descubrir sus colores, ese mismo que atormenta al personaje por las noches y del que tiene que cuidar sus pies para que no sean lastimados por aquellas garras. Hay que envolver bien los pies antes de dormir ya que un ser humano sin superstición o sin supersticiones sería un monstruo, un absurdo

Melancolía, depresión, un llanto gemelo evocado por Pascal Quignard escurre, un llanto de otro Pedro tocayo; Simón Pedro; Pedro piedra. Pedro Mena; mente obsesiva nos cuenta: Volví a  sacarle punta al lápiz. Volví a escribir. Primero en el aire, luego en la tierra floja de un macetón, en los restos de un cenicero. 

El ensayista se sabe dentro de los globos oculares de un cachorro. Hay que buscar un recuerdo.  La vida que se asoma en el ensayo es la de un hombre ocupado en leer. Pedro, otro tocayo, un Pedro narrativo que en una caseta vende periódicos y las revistas pornográficas que no podía comprar de adolescente, recibe durante su larga jornada laboral, interrumpiendo la lectura o escritura, la visita de personajes que detesta pero que necesita. El ensayista toma venganza. Los extrae de su realidad para meterlos en la blancura de una hoja, para encerrarlos en prisiones de letras y palabras y hacerlos parte de estos ensayos, de estos colores del diablo.  

Pedro Mena tranquiliza a sus demonios con el lápiz. Cree tocar el piano cuando escribe en una laptop. La tristeza le entume la mano; instrucciones para barrer, un remedio casero para el mal de Montano. Pedro, amigo de la escoba, dialoga con ella, su silencio es casi sagrado nos dice. Entre toda esa soledad, desesperación de escritor que no puede escribir, entre toda esa tristeza antropomorfa de estas páginas transcurre el tiempo narrativo entre datos y recomendaciones de lectura y autores que él nunca recomienda.

Que la tristeza se vaya y que vuelva la escritura. Hay que repetir este mantra mientras tomamos la escoba y barremos cuando no sepamos cómo combatir el mal de Montano parece uno leer entre líneas de los colores del diablo de Pedro Mena.  

  • Ilustración: Editorial E1
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