Recordemos el pasaje mitológico en donde la Ninfa se convierte en flor. Es un sacrificio. La tragedia de quien sufre la inmolación es, por las circunstancias, tan violentas como inexplicables, un suceso, un ajusticiamiento.

Ordenar el acto es el proceso en el que se le otorga nitidez y sentido, otro distinto al del mero sacrificio inconsecuente, sugiere Cărtărescu en el Ojo castaño de nuestro amor. El relato, pues, es ese orden que escoge Marionn Zavala como hilo de su libro La balada de Ninfa para librar de la maligna banalidad y olvido indiferente a historias de mujeres.

Marionn Zavala titula su libro de relatos La balada de Ninfa, nombre que toma del relato inaugural en este volumen publicado por Cuadrivio y el Consejo Estatal para la Cultura de Nuevo León. Se conforma por cuatro relatos con un tema conductor: se trata de la intención de hacer de estos repetitivos sucesos, que de tanta multiplicación corren el peligro de perder sentido, una historia. Incluidos muchas veces en la nota roja, los hechos se reducen a incidentes, diría la María Luisa Mendoza.

La propuesta de Marionn Zavala es hacer una reivindicación. Darle el carácter de acto conspicuo a una materia dolorosa por sí misma es el fundamento de la becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas para así nombrar a las víctimas de una escandalosa e inocua realidad

Destacan los distintos registros a los que acude Marionn Zavala empleados en cada relato. En principio, relaciono a la balada con el romance y con el corrido. Asocio los conceptos con lo que se entiende de la balada romántica, es decir, el recuento de la historia de alguien con carácter de gesta. Al final, la tragedia nunca esconde la caída de sus protagonistas, podemos contarla como gesta entonces. Lo mismo pasa con el romance que es el originario modo de referir, de lugar en lugar, una historia, en este caso, de tragedias relacionadas con muertes de mujeres por mano violenta, ubicua al parecer.

En el romancero, ese compendio de tragedias y crímenes donde se cuenta la manera en que las vidas de quienes pueblan la historia contada fenecieron suele mostrar, en un evento trágico, inaudito y hasta clamoroso, un sedimento de la Roman.

El corrido, por su parte, como nos dice Aurelio González, tiene entre sus características una trama que cuenta la caída en desgracia del personaje, a veces en circunstancias tan anodinas como evitables. También, el propio miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, dice del corrido que tiene una historia como de “cuento” que se relata a manera de trovadoresca proeza.

Las principales historias que incluye Marionn Zavala en su libro La balada de Ninfa, no tienen protagonistas voluntarias sino obligadas por las circunstancias, pero el tono o el registro que el lector encuentra puede ser en ese tenor: un tono alto, a veces en do de pecho o al menos con agudeza de registro alto

En ese sentido, aspira a un realismo que ajusta con diferentes registros ya lo decía líneas arriba. El carácter de denuncia que expresa la propia autora guía las intenciones del libro. Busca, o eso apunta Geney Beltrán en unas notas sobre este libro, estremecer.

El realismo de Marionn es mimético en función de que la fiereza y el vigor de la violencia son expresados aquí como en composición para que sea un efecto en quien lee. Replica o repite las hazañas con una perspectiva de balada, de romance o de corrido. Compone cuatro relatos acarreando técnica narrativa para cuestionar el realismo y afinar las posibles respuestas a cómo contar la tragedia. Es una mímesis siempre distinta en cada relato. El caso de La balada de la Ninfa, [mi nombre de Cathy], Marta y La Tía Elo, son cada  uno la respuesta a la pregunta de cómo contar lo inenarrable.

Los tratamientos con técnica diferente, de una a la otra historia, es en donde se distingue que Marionn enfrenta como prosista esa aspiración al orden. Muestra oficio y es contundente a la hora de proponer un relato como La Tía Elo, que es un texto evocador y con aire costumbrista. Se lee el texto con ritmo de tal forma que los ecos de una literatura anacrónica no son un estorbo para la actualización de este modo de contar las cosas, las vidas de las familias.

El registro desorbitado y de pastiche lo practica en los dos primeros textos en donde, con prosa cuidada o exacta, fluye el relato con consistencia

Podemos notar también que estamos ante textos en el que se disponen ciertos elementos para construir una trama y un efecto: una narradora que se esconde entre los papeles oficiales o documentación de prensa y medios, a la manera documental, y que los hechos o los textos hablen por sí mismos; o tras una mirilla que no revela cómo testifica los sucesos quien los cuenta son los recursos que emplea Marionn.

Marta, que es una historia intermedia en el libro, también es el texto que explora además de la violencia contra las mujeres, la ternura y el descubrimiento de las propias protagonistas. La autora cuenta con matices que no se ven en los otros relatos, entre la fantasmagoría y el tono cadencioso, como contado paso a paso, como cortado para no llegar a la tragedia.

El asunto es reivindicar desde la posición presente, dice Marionn Zavala. Lo hace, además, con el oficio narrativo que exige lo sagrado de estas tristes historias, como de balada, como de corrido, como de romance.

Contar para recordar y estremecer, este posiblemente es el vuelo crítico que hay en La balada de Ninfa en el que ha reculado Geney Beltrán al hablar del primer libro de relatos de Marionn Zavala, un volumen de relatos que es también un testimonio de estos tiempos en donde es menester ordenar, hacer memorial y generar las narrativas de esas historias que suelen estar condenadas al olvido o al silencio de un expediente en alguna fiscalía.

  • Ilustración: John William Waterhouse

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