Basta de expertos cocinados al calor de Facebook o de las redes sociales, envalentonados por sus seguidores de Twitter, Instagram o YouTube y que sin ton ni son se ponen a opinar de casi todo.

El buen periodismo, ese que investiga, que cuestiona y contrasta fuentes, hurga, pregunta una y otra vez para desmenuzar los hechos y relatarlos sin edulcorantes, ha recibido un nuevo empuje, un valor creciente, la confianza del público que parecía perdida ante el maremoto de “imbéciles”, los llamó Umberto Eco, que se ponían a opinar a diestra y siniestra, convertidos en expertos de la materia de su análisis. Y ahí iban, cobijados por la lluvia de likes y reacciones, los opinadores permanentes a ponerse al tú por tú con los periodistas de cepa, a cuestionar la veracidad de su información, con una retórica solo aplaudida por sus allegados virtuales.

No es que no sigan existiendo las fake news, los articulistas de un día, pero las crisis, como las guerras, y esta crisis en particular del coronavirus, han hecho que el oficio, la especialidad se imponga para informar, debatir, cuestionar, ver las diversas aristas de una realidad aplastante.

¿A quién le gustaría tener un diagnóstico médico de oídas o verificado por uno de sus “amigos” de Facebook que no sea el propio médico especialista?

Este panorama estaba creciendo muy fuerte en el periodismo. Medios y periodistas acreditados al cien, desplazados o compitiendo por la andanada de supuestos informadores mejor formados que ellos, sin experiencia alguna, pero eso sí, con popularidad en redes.

Necesitados de datos, fuentes más confiables, historias, números y contrastes, tanto el gran público como el público lector de medios, inmersos en esta crisis de la pandemia, ya no se conformaron con revisar su Facebook y echarle un vistazo al celular para enterarse e informarse de lo que acontecía. Claro, de inmediato, al verse más vulnerables que en otras circunstancias, buscaron en los diarios en línea, compraron los periódicos de papel, se metieron a leer a los columnistas y encender los televisores para buscar “la realidad de las cosas”.

Las cifras que reportan los principales diarios del país y varios de Hispanoamérica y Estados Unidos son de un boom creciente de usuarios únicos.  Todos buscan, buscan y buscan información clara que nos diga qué hacer y cómo comportarse.

¿Habrá al menos en los últimos dos meses una noticia más relevante que la que se da a diario a las 7:00 de la noche para informarse en México del comportamiento del virus?

Las redacciones aquí y en China han afinado sus herramientas digitales y puesto al servicio todo un aparato de cobertura periodística ejemplar en la mayoría de los casos.

Hay infografías, actualizaciones permanentes, foto reportajes, entrevistas con especialistas, clips de video, un cúmulo de vertientes que van desde la colonia más escondida hasta los seminarios internacionales al respecto.

Investigar, investigar, investigar y contrastar hasta el cansancio, esa es la tarea periodística

Las herramientas narrativas de multimedia y multiplataformas están aprovechadas casi al máximo por esos reporteros que en la calle o desde sus casas no cesan de informar y cruzar datos con un sentido febril.

Inevitablemente también existen algunos otros que se regodean en la información facilona y sin verificar, pero son los menos.

Se ha valorado la gratuidad de la información ante la crisis, pero no será siempre así, el buen periodismo, sépalo, cuesta.

El País ya lo advirtió y ante un ejercicio mayúsculo de ética y deontología periodística, ha acudido a la donación simbólica, pero advierte que todos sus contenidos no podrán seguir gratis por siempre, pues sería un colapso ante el desplome estrepitoso de los anunciantes.

The New York Times hace un par de años que incluye el pago para tener derecho a todos sus contenidos, y le siguen otros diarios en el mundo.

Los directivos de las grandes empresas de la información están convencidos de que mantener a un equipo de analistas, corresponsales en el mundo, editores, fotógrafos y videógrafos son parte sustancial de su labor

Recordemos a los señeros maestros y cronistas a quienes se recurre una y otra vez para descifrar “las realidades del mundo”. Ahí está un Ryszard Kapuściński, Tom Wolfe, Oriana Fallaci, Arturo Pérez-Reverte, Gabriel García Márquez, Julio Scherer, Vicente Leñero, la imprescindible Alma Guillermo Prieto o la Nobel Svetlana Aleksiévich, entre un centenar más que dejaron constancia de que el oficio periodístico necesita mucha calle y, sobre todo, años de preparación y estudio.

Los medios, los grandes medios, los más profesionales, le apuestan a un entramado digital para mantener, como en una película multimpremiada, en vilo a sus lectores, no defraudarlos, demostrarles con hechos, que el periodismo no es de improvisados, ni de influencers, ni de estrellas fulgurantes de ocasión obnubilados por las redes, no. El periodismo es de mujeres y hombres curtidos por la imperiosa necesidad de informar, contaminados de la historia, la economía, la ciencia, los análisis de datos, el arte de la entrevista, el perfil, la escucha, la pericia para obtener lo que nadie quiere decir o explicar lo que puede parecer muy confuso.

Esta pandemia, como toda crisis ha venido a darnos un portazo en la cara para revalorar el oficio y agradecer que además de los médicos y más héroes anónimos, existan periodistas de cabo a rabo.

Ilustración: Editorial Anagrama

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