“Imaginó una cabellera completa: la de su inspiración. Imaginó un lugar para su inspiración: el camino a la salida del bosque. Imaginó la situación donde se hallaba el bosque: y percibió dos unicornios peleando sobre una campiña verde con un cielo azul.” (Benjamín Valdivia. El pelícano verde, 2a edición, El Tapiz del Unicornio, México, 2024).
La novela El pelícano verde, publicada originalmente por Ediciones Castillo en 1989, fue el texto ganador del I Premio Internacional de novela Nuevo León 1988. El fallo estuvo a cargo de un jurado de lujo: Salvador Elizondo, Arturo Azuela, José Agustín y Alfredo García Vicente.
Para entonces su autor, Benjamín Valdivia, tenía apenas veintiocho años, pero contaba ya con varios libros publicados y había alcanzado más de una decena de premios literarios (nacionales y extranjeros). Aunque según Valdivia este libro fue concebido con intención mordiente, para confrontar y poner en evidencia el entramado artificioso de la novela como género, El pelícano verde representa su despegue como novelista.
La novela transcurre a través de variadas sendas físicas y mentales, a horcajadas de la memoria y el extrañamiento: la vida sólo es digna de ser vivida y asimilada –se nos sugiere– en el temple de la memoria [“El hecho de escribir novelas está íntimamente ligado al acto de la memoria”: Carlos Fuentes]. Yo agregaría: la vida desmemoriada es por antonomasia el recurso del olvido para diluirnos en su suerte aciaga. Realmente, no hay vida sin memoria. Hasta las piedras, los ríos, los árboles, los pájaros, son sujetos de memoria, nos comenta Adán Roca, protagonista multitudinario del relato.
Adán Roca es la sombra memoriante de cada uno y todos los personajes que comparten travesía con él. La desmemoria –si existe– es una aberración, una infausta herramienta del vacío para succionarnos a su entraña, el laberinto insondable. La muerte de la vida, pero sobre todo la negación de la muerte. Aún la muerte tiene memoria, se nos dice. La memoria de la muerte en tanto ente histórico hace que la vida sea digna de ser vivida.
La vida es muerte en transcurso, tiempo en proceso de memoria: la muerte, vida en proyección: la memoria confiere identidad y motivos válidos a los diversos sinos (y signos) de la vida y la muerte. La desmemoria, limbo y purgatorio, todo lo mantiene en estado de no ser, de no existir. Sólo se existe a través de la memoria
Es éste el embrollo filosófico por el que transcurre El pelícano verde y su protagonista, Adán Roca, quien es a la vez los muchos Adán Roca posibles. El hombre que interpreta las máscaras humanas. Camino que desde su sitio inmóvil abarca todos los caminos. Adán Roca es su Dios y en consecuencia su propio espejo, su cuerpo y su sombra: imagen / semejanza de todo lo que fluye. El Adán primigenio con toda su carga de angustia vital (Søren Kierkegaard) y el Adán agorero del tiempo presente que vuelve mierda, podredumbre, todo lo que toca: el Adán de la muerte, que únicamente es capaz de manifestar, de avalar su ser de hombre en la expresión de un estar escatológico.
En el culmen de su hombricidad, ya en las fronteras físicas de lo divino (durante el coito, por ejemplo), la explosión de sus esfínteres le recuerda que es hombre, y además, infecto (Milan Kundera). Por eso su interlocutor es mudo, muro de silencio: la muerte que en Kundera se expresa en nuestros fluidos corporales y orificios nauseabundos. Es esa fetidez inherente a lo humano, la que documenta e identifica nuestro ser, la que nos hace aprehensibles. Sin el detritus humano el ser y el estar son menos que vacío: desde la nada enarbolan su propio laberinto.
Según el doctor en Letras y ensayista Daniel Ayala Bertoglio, en paralelo al hecho evidente de que El pelícano verde trata de la confrontación del olvido versus la memoria en pos de un lenguaje que los justifique, la principal característica de este libro (en tiempos del artificio como sustento del discurso) es la de ser una novela narrativa, un corpus que arriesga por la tradición.
En Adán Roca (en Benjamín Valdivia) el principal rasgo que identifica al hombre como tal, no es su carga de culpas y angustias heredadas por la tiranía de Dios, ni su corporalidad excrementicia con visos irremediables de muerte y podredumbre, sino la memoria (y el habla, don de dones que también es memoria). No “la memoria”, al estilo Funes el Memorioso de Borges, que es tal, de manera supranatural y en contra del propio deseo de ser normal (su memoria es su gracia, pero es, sobre todo, su desgracia), sino un memorioso que aprende a serlo (selectivamente, como el protagonista de El pelícano verde) para quien el recuerdo implica salvación, salto de calidad desde el olvido.
Por eso Adán Roca se rodea de instrumentos físicos de memoria (el gallo de hojalata, el reloj despertador con manecillas fosforescentes, la escalera de destellos rojizos que va a ninguna parte) y mentales (genéricamente: el barco, el marinero, el poeta, los libros, los rasgos de la piel, la hoja desprendiéndose del árbol), que le ayuden a sortear a través de tantos distractores el laberinto vital. Símbolos que amurallan el recuerdo. Anclas físicas para fijar la memoria al concierto del habla circunstante. Ni excremento ni culpa (como en Kundera y Kierkegaard), sólo resistencia al transcurso del tiempo a través de la memoria devenida palabra significante.
“Las palabras son el recurso para aproximarnos a una visión honda del mundo”, afirma Valdivia en un posterior libro (Indagación de lo Poético, Ediciones Conaculta, México, 1993). “Eludiendo ‘el artificio’ como recurso discursivo, ‘El pelícano verde’ no renuncia a la esencia narrativa de contar una historia”, señala el doctor Ayala Bertoglio

El demacrado y enjuto relator de la historia (Adán Roca mismo, desde una de sus múltiples personificaciones, otro quijotesco Hamete Benengeli armado de palabras) narra con su voz, pero sobre todo con el flujo de su memoria simbolizante. Relata experiencias vitales, mas tales vivencias al chocar con el muro de silencio del mudo –y del mundo que pretende instaurar– se transforman de inmediato en símbolos, en alquimia del verbo. El obsequio a Maritza de una fruta del solar de la casa, aquel primer beso inocente a los labios de Maritza (Adán Roca a los trece años de edad) y su consecuente primera erección consciente se convierten de pronto en reminiscencia genésica: Adán Roca se ha transformado en ADÁN y Maritza en EVA.
Ya no es tan sólo el regocijo compartido de Adán y Maritza tras su primer beso adolescente, sino la primera tentación por influjo del fruto prohibido y su consecuente expulsión del paraíso.
*El paraíso: “Eran seis árboles, cinco alrededor de uno, como una estrella de follaje con un punto en el centro. Cinco vértices y un centro, como una estrella vegetal” (El pelícano verde, pag. 82).
*Preludio del pecado: “La imagen de Maritza fue suplida por la imagen de los árboles ofrecedores de un fruto deleitable, especialmente el injertado en el centro de la estrella por Adán Roca padre. Contempló en su pantalla visual a Maritza como un fruto del árbol al centro de la estrella verde formada por los otros cinco” (Ibíd. pags. 82 / 83).
*El pecado: “Adán estaba todavía en el patio, esforzándose por asimilar la terrible enseñanza de los labios de Maritza. Su padre Adán Roca entró y se dirigió a dar la última mirada a sus árboles” (Ibíd. pag. 86).
*La expulsión: “–Has comido del árbol que injerté y nada puedo hacer sino evitar que repitas tu fechoría…
“El padre de Adán Roca se dirigió al cuarto de los trebejos y sacó un viejo sable… Colocó el viejo sable atravesado en las dos agarraderas de fierro que tenía la puerta del solar”… (Ibíd. pags. 88 / 89).
A partir de la expulsión de su dizque paraíso, Adán (Roca) se convierte en ADN, el conferidor de identidades, y aborda un ciclo de vida memoriosa que cruza el proceloso mar histórico (el personal, el íntimo, y además, el que se asigna, de testigo de la memoria culta de occidente). Y qué mejor oficio para este flamante surcador de mares narrativos: a los cincuenta años se vuelve marinero
La revelación que queda después de la lectura de El pelícano verde es que el inmenso océano por el que transcurre la vida (imaginaria) de Adán Roca es un mar libresco. A los cincuenta años, Adán Roca decide hacer estación en su vida y cortar de tajo con las referencias físicas del mundo material impuestas por su padre (como su carrera de ingeniero) y en un barco de recuerdos se lanza a navegar por un piélago de libros. Alonso Quijano se convierte de pronto en ‘Quijote’ de lanza, yelmo y armadura, después que las abundantes lecturas perturban su cerebro, Adán Roca se transforma en marinero a la conquista de ínsulas de libros tras un contundente arrebato de lucidez. Su escudero es un mudo.
La embarcación física (El Josefine) vuela (explota) muy pronto con todo y habitantes, y el único que queda en pie es nuestro protagonista armado con un arcón de sueños, símbolos y palabras. Nada se sabe de su tangible travesía marítima más que de allí surge triunfante Adán Roca, navegante del lenguaje. “¿A quién se le va ocurrir reconstruir su vida mediante regresión de la memoria personal para llegar al punto donde se conectaría con la memoria genealógica y más allá de eso con los arquetipos simbólicos de toda la humanidad?” (El pelícano verde, pag. 169).
Adán Roca es a la vez Ulises, el Capitán Ahab, Cortés o Maximiliano rumbo a México, el capitán del Titánic, o cualquier marinero del verbo como el extinto poeta argentino Jorge Léonidas Escudero (“De un gran capitán que giró su nave al infierno / no preguntéis por qué le prestaron obediencia: / la espuma de su voz en el oído / de la tripulación perdida / fue más dulce que el canto de los pájaros”. JLE. El pelícano verde, pag. 42).
Finalmente, no importa quién aborde el navío, en qué coordenadas del océano del habla el barco se convierte en símbolo o en objeto de usura, o es más: si la nave naufraga. Lo importante es que el barco es conducido por Homero, capitán memorioso del habla occidental, que aunque ciego, una quilla de palabras luminosas por certeras lo hará siempre arribar a buen puerto, y a su cauda de imaginantes con él. El capitán griego sin nombre que comandaba el extinto Josefine, era también Homero.
- Fotos: El Tapiz del Unicornio/Benjamín Valdivia