A cien años de su nacimiento, el cineasta italiano legó un cine único y de un gusto exquisito.

De Fellini, el cineasta de culto que ha cumplido cien años de nacimiento en este 2020, me quedo con esa figura de mago imbuido de la corriente neorrealista del cine italiano, me anclo en él, con su ojo prodigioso de observador, que disecciona y se sirve de los perdedores, de los vagabundos.

Como un esteta imposible, que hurga en la belleza de las oquedades y la oscuridad, Federico, siempre Federico, sacó los demonios y multiplicó las caras de su inmensa Roma hasta deslavarla por completo en sus películas.

De la veintena de cintas que dirigió, es complicado y mucho, elegir algunas, ya sea porque todas tocan un algo, ese algo incómodo, escatológico y suicida que habita la piel de todos (aunque suene a filme de Almodóvar).

Su mundo, plagado de observados y observadores, cual puesta teatral, se difumina en la galería de sus personajes, sus historias tan llenas de eso humano, como un fresco de Émile Zola

La dolce Vita (1960) es una ensoñación fascinante, pues este clásico que hace sorna del mundo del espectáculo y su aristocracia a través de la mirada periodística (Marcello Mastroianni) tiene un sin fin de lecturas, que van más allá de haber adoptado el término paparazzi.

Enamorado de la cinta, conservo el paquete trabajado en color azul que antaño se vendía en librerías del Fondo de Cultura Económica o Educal, con el mote de “Grandes directores del cine europeo”.

Compré esta colección de 6  DVD solo por la cinta de Fellini, sin menospreciar que en el mismo estuche hay películas de Buñuel, Jacques Tati, Rene Clair o Ingmar Bergman.

Y al igual o casi a la par que Ocho y medio  (1963), habré visto ambas cintas unas seis o siete veces en los últimos cinco años.

De la segunda, resultan vivificantes los conflictos existenciales de su protagonista, ese director de cine que golpea sin descanso la puerta de su auto en búsqueda de oxígeno.

Para el caso de La dolce Vita, no voy a mentirle al lector ni usar términos literarios para ocultar que desde siempre he estado enamorado de  Anita Eckberg, pues quedo hipnotizado con la escena en que ella avanza por los callejones de Roma, tan curvilínea y hermosa hasta que llega a la fuente de Trevi y sumerge sus piernas en el agua, dejando ver esos muslos marmóreos, hasta que Mastroianni va a su encuentro.

Ni qué decir de Satiricón (1969) , una locura surrealista donde la adaptación de la obra clásica de Petronio dibuja con precisión de cirujano la decadencia del Imperio Romano en tiempos de Nerón.

En su Satiricón hay gula, lujuria, pereza, el retrato de los pecados capitales y todo eso incómodo que fascina, fascina como únicamente puede hacerlo este mago italiano del que han abrevado David Lynch o Paul Thomas Anderson

Se quedan en el tintero Roma (1972), La calle (1954), Julieta de los espíritus (1965) y por supuesto Amarcord (1974) o Casanova (1976), todas son una lección de cine pegado a los huesos de la condición humana.

Fellini, que se alzó con cuatro Premios Oscar en su carrera, nació en Rímini, Italia, y a los 19 años decidió buscar fortuna en Roma.

Dijo o se inventó que iba a estudiar Derecho, más nunca llegó a clase alguna pues se inició en el periodismo y como dibujante.

 Se cuenta que el semanario satírico Marc’Aurelio lo convirtió en una firma reconocida, y pronto empezó a moverse a sus anchas por el ambiente de la noche romana, el teatro y los vodeviles.

En sus inicios como cineasta, Fellini conoció a una joven actriz, Giulietta Masina,  quien fue su esposa, musa y actriz fetiche.

Lo demás, es historia que de la ya ha corrido mucha tinta y las últimas noticias de este italiano que murió en 1983,  a los 73 años, llega desde un viejo cine romano ubicado en el barrio de Trastevere, donde se exhiben las copias restauradas de cinco de sus películas, las más inolvidables a los ojos de la crítica.

El trabajo de restauración de las películas originales, lo realizó la Cineteca de Bologna, donde se susurra que han hecho un trabajo fenomenal, único, casi como si fuera la primera vez que los actores aparecían en la pantalla y no hubiese pasado el tiempo, lo mismo con el sonido de la música compuesta por el inolvidable Nino Rota.

Sea pues y por todo el país, las muestras que andan ya brincando de sede en sede de manos de la Cineteca Nacional, incluyen alguna de las películas del creador italiano que legó un cine delirante.