La obra a veces devora al escritor. El caso de Miguel de Cervantes Saavedra es un ejemplo. Su deificación deja de lado al hombre mundano, sus penurias y excesos. Aquí hay una aproximación a ese lado oscuro de un hombre luminoso.

 

Nada podrá suplir al Cervantes que cada cual ha visto en su obra
Jordi Gracia

 

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Resulta difícil, casi imposible, encontrarle lo amarillo al diente de nuestro ídolo. Puesto que lo idealizamos, nuestra voluntad se resiste a meterlo en el saco de los seres ordinarios. Todo en él parece digno de himnos y alabanzas, cada uno de sus gestos, por nimios que sean, indicarán al fanático la urgencia de erigir un monumento que sea testimonio de su particularidad.

Nuestra naturaleza, siempre ligada a la idolatría y al exceso de genuflexión, impondrá la reverencia y el vasallaje como únicas actitudes viables. ¿Qué biógrafo de Heidegger ha considerado mencionar los hábitos sanitarios de este personaje? ¿Qué exegeta de la vida de los santos ha reparado en aludir el PH de los humores que despedían estos celebres  hombres?

Los peritos en la obra y persona de Hegel muy rara vez nos cuentan la desmedida afición que éste tenía por la cerveza y las deudas que fue acumulando con algunos taberneros. Asociar la beodez con el espíritu absoluto en Hegel no parece lo más conveniente para una figura que siempre ha suministrado a sus adeptos una garantía numinosa y celeste.

Cualquier observación o menudo comentario en detrimento de esa efigie se impondrá como falta de respeto, miopía ante la grandeza o artera declaración de enemistad

 

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Algo de lo mencionado arriba sucede con Miguel de Cervantes. Sus biógrafos de gabinete lo han descarnado al grado de resultar imposible concebirlo como un tipo con vida cotidiana y familiar. Más que estudios cervantinos ha ponderado una visión quijotesca del escritor de Alcalá.

La biografía, en siete volúmenes (publicados entre 1948 y 1958), que Luis Astrana Marín dedicó a Cervantes, sin restarle méritos a su labor, es más un deseo rayano en la obsesión de glorificarlo que una biografía canónica y definitiva. Se advierte dicha efusividad en el pomposo título de la obra: “Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes Saavedra, con mil documentos hasta ahora inéditos y numerosas ilustraciones y grabados de época”.

Quizá Astrana Marín pretendía zanjar los escollos e imprecisiones de la primera biografía de Cervantes (impresa en Londres en 1738, pero aparecida primero en España en 1737) escrita por Gregorio Mayans i Siscar, la cual, por cierto, fue un encargo de Lord Carteret.

A la biografía sobre Cervantes de Mayans i Siscar le siguieron las de Vicente de los Ríos, autor de la Vida de Miguel de Cervantes Saavedra y Análisis de El Quijote, publicada en 1776, luego la de Juan Antonio Pellicer, aparecida en 1800, caracterizada por una propensión científica en el manejo de sus fuentes. Ya en 1791, el poeta Manuel José Quintana había elaborado una nota biográfica sobre Cervantes, en el contexto de una enciclopedia de españoles ilustres.

Aunque Quintana luego extendió dicha nota, terminó por manifestar su repulsa a seguir investigando más sobre el autor del Quijote para no encontrar probables asuntos desagradables que afearían su perfil

En el siglo XIX Martín Fernández de Navarrete inauguró, con la publicación de una nueva biografía sobre Cervantes, el interés por el manco de Lepando.  En Inglaterra W.H. Prescott y J.F. Kelly, además de Alfred Morel-Fatio (1850-1924) en Francia, aportaron en sus respectivas tierras el interés por la vida de Cervantes. Iniciado el siglo XX se producen ediciones críticas del Quijote, además de biografías menos quijotescas de Cervantes.  Cristóbal Pérez Pastor, Francisco Rodríguez Marín y Narciso Alonso Cortés son los agentes de dichas biografías. Azorín y Unamuno, en el ámbito del quijotismo, publican respectivamente La ruta de don Quijote y Sancho y Vida de don Quijote y Sancho.

No es posible en este espacio anotar a cada uno de los biógrafos del siglo XX que han puesto su atención en Cervantes, algunos de ellos reiterativos respecto a trabajos que les precedieron, pero convengamos en mencionar a Emilio Sola, Martín de Riquer, Jean Canavaggio y Franco Meregalli. Añadamos el trabajo de la italiana Rosa Rossi que, a diferencia de sus colegas cervantistas, vuelve a replantear el tema de la homosexualidad de Cervantes. Fernando Arrabal, en su obra Un esclavo llamado Cervantes (Madrid, Espasa-Calpe, 1996), también, pese a lo discutible de sus argumentos, afirma la homosexualidad de Cervantes, e incluso la no mancura de Cervantes.

Es una constante en las biografías de Cervantes la inclusión de hechos ficticios, algunos de estos tomados de sus obras, otros elaborados para esgrimir la ausencia de documentos sobre ciertos periodos de su vida. Ambos procedimientos convergen, vale la pena la insistencia, en plantear a Cervantes como un ser excepcional, único. Lo que equivale a una incomprensión de su vida y de los usos de su época. Sus biografías son más cercanas a un relato novelado  que a un estudio crítico y sistemático.

Recientemente, el cervantista y catedrático de Filología Románica de la Universidad Complutense de Madrid, José Manuel Lucía Megías ha escrito una nueva biografía de Cervantes. La originalidad de ésta estriba en evitar el lastre de la grandilocuencia en torno a Cervantes, al tener como propósito declarado sesgar la imagen mítica del escritor para volver los ojos al hombre de carne y hueso, el que vivió en la España de los Asturias, con sus valores y forma de vida.

Necesariamente este trabajo ha sometido a un duro análisis los hitos historiográficos que han mitificado a Cervantes para encontrar el origen y sentido de esas adulteraciones, muy socorridas, por cierto, en los círculos de la crítica.  A la biografía sobre Cervantes de Lucía Megías (proyectada en tres tomos, de los cuales sólo los dos primeros he consultado) se le pueden sumar otras dos, igual de exhaustivas y documentadas. Me refiero a La figura en el tapiz (2015),  de Jorge García López y Miguel de Cervantes. La conquista de la ironía. Una biografía (2016), de Jordi Gracia.

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Después de este famélico repaso por algunas de las biografías de Cervantes podemos aventurar un par de juicios.

1. Ninguna de la biografías, incluyendo las últimas tres referidas arriba, se escapa de la conjetura, es decir, de la fabulación en torno a la figura de Cervantes. En menor o mayor medida cada biografía, lo cual no les resta valor literario y documental, se va inventado su propio Cervantes, al igual que lo hace cada lector del Quijote, de las Novelas ejemplares, de sus obras de teatro y de su poesía.

2. Ese Cervantes inventado por eruditos, especialistas y agolpados lectores es motivo de una permanente idealización. Cada hecho y gesto, sea con base en documentación fiable o en disimuladas y confesas ficciones, que se le atribuyen a Cervantes robustecen la mitificación y mistificación de la que ha sido objeto. Aun los que no han querido caminar por ese sendero tarde que temprano son presas de esa avalancha. Sin embargo, poco a poco, el Cervantes de carne y hueso va asomándose como el joven idealista, el pobretón, el preso en Argel, el funcionario de la corte, el comisionario de abastos, el cobrador de impuestos, el mujeriego, el sempiterno deudor, el insurrecto y alborotador, el deseoso de ir a América, el resentido con Lope de Vega, el defensor de la libertad y el desencantado.

 

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Cada que voy a Guanajuato y espero a alguien en las escalinatas del Teatro Juárez no puedo evitar pensar e imaginar a ese Cervantes, que en su juventud se vio constantemente inmerso entre una fauna de aventureros, estafadores, truhanes, prostitutas y siniestros rufianes. Me pregunto, después de fantasear, sí habrá, entre los allí sentados, un émulo de Cervantes.

Luego me respondo que ninguno de los que ahí nos apoltronamos para babear tenemos el temple y talante del autor del Quijote. Nos queda entonces seguir alabando su inventiva y conjeturando sobre la vida de ese cabrón escritor inalcanzable.

 

  • Intervención fotográfica: Ruleta Rusa
  • Ilustraciones: Especial
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