En ‘El valor del primer paso’ tracé el camino de la acción bajo la guía de frases que, si bien provienen de diversas fuentes, podrían formar parte del mismo discurso. Y destaqué el valor del primer paso y de la fe al andar el camino que nos tracemos.

Además de dar cuenta también de la importancia que tiene no sólo el primer paso, sino el resto de ellos hasta llegar a nuestra meta. Por último, me aventuré en la terra ignota que está más allá del último paso: andar un nuevo camino, mantenernos en el movimiento de la vida. Pero a veces no basta con eso.

I. La voluntad y el coraje

La vida es así de sencilla y sin embargo, con frecuencia nos demanda más que andar nuestro camino. Múltiples obstáculos nos asedian: distracciones, adversidades, dificultades que intentarán disuadirte. Es aquí donde tienes que apelar al coraje para seguir.

¿Cuánto lo quieres? La medida de tu deseo es la medida del coraje que estarás dispuesto a invertir en tu acción.

En los Upanishad, escritos antes de Cristo, puedes leerlo:

«Tú eres lo que tu deseo más profundo es: como es tu deseo, es tu intención; como es tu intención, es tu voluntad; como es tu voluntad, son tus acciones; y como son tus acciones, es tu destino».

La movilización de la voluntad es la volición. La volición es un acto de la voluntad. Pero cuando no es suficiente la acción «voluntariosa», tenemos que hacer acopio de nuestra fuerza de voluntad. Esa fuerza de voluntad, esa voluntad exacerbada, es el coraje

Sin esta capacidad de persistir, perseverar y sobreponerse a las dificultades, suele no llegarse lejos. La siguiente frase anónima, de dominio popular, lo distingue así: «el cobarde nunca empieza; el débil nunca termina; el valiente nunca se rinde». Desistir es incompatible con el coraje.

II. El valor y el miedo

Si el cobarde nunca empieza es porque está dominado por el miedo. El miedo es un mecanismo para la sobrevivencia, desarrollado desde la prehistoria. Pero si el miedo desborda al sujeto, éste se paraliza.

En nuestra sociedad, el temor al fracaso nos impide afrontar los retos de la vida. El cobarde prefiere no empezar que fracasar en el intento. Si el débil no termina es porque le falta el coraje, la fuerza de voluntad para seguir en contra de obstáculos y dificultades. En cambio, si el valiente nunca se rinde es porque el valor es en esencia un acto de coraje.

«En realidad —escribe Fernando Savater—, el coraje es como el cemento de toda virtud: sin él, cualquier edificante apariencia no es más que un castillo de arena en espera del primer vientecillo crepuscular que desmoronará sin esfuerzo sus inconstantes almenas».

Las múltiples asociaciones conceptuales del valor y el temor las analiza José Antonio Marina en un estudio del miedo que, a su vez, deriva en un tratado sobre la valentía.

«Valiente —propone en su definición– es aquel a quien la dificultad o el esfuerzo no le impiden emprender algo justo o valioso, ni le hacen abandonar el propósito a mitad del camino. Actúa, pues, “a pesar de” la dificultad, y guiando su acción por la justicia, que es el último criterio de la valentía».

Dos mil quinientos años antes que Marina, Confucio afirmaba: «conocer lo que es justo, y no ejecutarlo, es falta de valor». Lo que significa: el valor consiste en hacer lo que es justo

En el Bushido, el antiguo código ético de los samuráis japoneses, el coraje aparece asociado al valor y al heroísmo:

«Un samurái debe ser absolutamente arriesgado. Pero el coraje heroico no es ciego. Es inteligente y fuerte. Reemplaza el miedo por el respeto y la precaución. El camino del valiente no sigue los pasos de la estupidez».

Además de la fe y la voluntad, andar el camino en pos de lo que anhelamos, requiere pues de valor, coraje, una acción justa y heroísmo.

III. El héroe y el hombre heroico

La cobardía, el valor, la justicia, el coraje y el heroísmo, forman un nudo indisoluble en Lord Jim, la novela de Joseph Conrad publicada en 1900. El coraje exacerbado desemboca en actos de heroísmo; y el heroísmo demanda una dosis extra de coraje.

Thomas Carlyle sostiene que los héroes son seres excepcionales, separados de los hombres. Creía que los héroes pertenecen a una raza elegida para guiar a la humanidad que, sin el liderazgo de los héroes, se hundiría en el caos de la Historia.

La historia universal, afirmó en 1840 Carlyle: «es en el fondo la Historia de los Grandes Hombres que aquí trabajaron. Fueron los jefes de los hombres; los forjadores, los moldes y, en un amplio sentido, los creadores de cuanto ha ejecutado o logrado la humanidad. Todo lo que vemos en la tierra es resultado material, realización práctica, encarnación de Pensamientos surgidos en los Grandes Hombres. El alma universal puede ser considerada su historia».

Pero Ralph Waldo Emerson vino a decirnos, siete años después, que los héroes no son una raza de elegidos: son grandes hombres que representan las aspiraciones de la humanidad

Esto significa que Goethe, el héroe como escritor, me representa a mí y representa mis aspiraciones literarias. En consecuencia, los héroes nos inspiran con su ejemplo. El argumento anterior, dicho a la inversa, es: yo podría ser Goethe, podría ser como él.

De hecho, «no nos asombraría que los compañeros de nuestra infancia se convirtieran en héroes o fueran como reyes», escribe Emerson.

IV. El valiente y el cobarde

Lord Jim sueña desde chico ser un héroe. Aunque pertenece a una familia de tierra, cree que el mar es propicio para las hazañas heroicas: naufragios, motines y tormentas reclaman actos de heroísmo.

Sin embargo, en la primera ocasión que tiene de medir su valor, durante su formación de oficial de Marina, el miedo lo paraliza. Es apenas un desliz, pero se avergüenza de sí mismo y se promete que cuando su valentía sea puesta a prueba en alta mar, sabrá honrar la ocasión, sabrá comportarse a la altura de las circunstancias.

Pero de nuevo, en la primera oportunidad que tiene, vuelve a flaquear y huye en una lancha salvavidas con otros marinos de la tripulación. Esta vez, su cobardía implica el abandono de ochocientos pasajeros a su suerte, a lo que puede ser una muerte inminente.

Jim no es un criminal porque los pasajeros son rescatados con vida, pero es el único de la tripulación que enfrenta las consecuencias y, en acato a su sentido de la justicia, acepta el castigo que le es impuesto: perder su permiso para enrolarse en la marina mercante

Se convierte así en un exiliado del mar. Pero como no puede alejarse de él, vive en sus márgenes, empleándose como corredor de empresas proveedoras de barcos. Fija su residencia en un puerto y desempeña su función en los vapores y veleros que atracan. Pero aceptar su culpa y su castigo en un juicio no aplaca sus remordimientos: cuando alguien lo reconoce, él desaparece, huye del oprobio que lo persigue, a puertos cada vez más alejados. Esconderse tampoco lo exime de la culpa: su conciencia reclama una reparación.

En una remota comarca de Borneo, por fin encuentra la ocasión de ser un héroe, de actuar con heroísmo, obrar con justicia en los términos del valor que especifican Marina y Confucio, y redimirse.

Fernando Savater considera a Lord Jim la mejor tesis escrita sobre el coraje:

«El núcleo de las virtudes de existencia (…) es el coraje, cuya ambigua e inexcusable querencia se halla mejor expresada en novelas como ‘Lord Jim’ de Conrad que en ningún manual de ética».

V. La actitud heroica

El heroísmo de Jim, aunque culmina con el sacrificio de su vida, es algo que debe trabajar desde que llega a aquel rincón olvidado del mundo en Malasia donde, por su valor, es que lo llaman Tuan, título equivalente a Lord en lengua malaya. Por eso constato: para cumplir la visión de tu vida, no importan las circunstancias, sólo el trabajo de cada día.

Ray Bradbury cuenta que escribió la primera versión de Fahrenheit 451 en una máquina de escribir pública, provista de un reloj y un mecanismo que se accionaba con una moneda de diez centavos

Era pobre, cuenta, y no tenía un despacho. Así que debía elegir entre escribir en el garage de su casa, donde lo distraían sus hijas, o escribir en un sitio público. Esta opción la encontró en la sala de mecanografía ubicada en el sótano de la biblioteca de la Universidad de California, en Los Ángeles.

Con diez centavos podía escribir media hora. Pero tenía que hacerlo bajo el agobio del tictac del cronómetro, y terminar antes de que se agotara el tiempo, pues entonces el mecanismo trababa la máquina, bloqueando papel y teclas.

«El tiempo era dinero», dice Bradbury.

En esas condiciones escribió las veinticinco mil palabras de que constó la primera versión de su novela, en nueve días. Escribir esa primera versión de Fahrenheit 451 le costó, según las cuentas de Bradbury, nueve dólares y ochenta centavos.

VI. El heroísmo cotidiano

Juan Pablo II dijo: «es necesario que el heroísmo sea cotidiano y que lo cotidiano sea heroico».

Carlyle criticaba la democracia: «es la desesperación de no encontrar héroes que nos dirijan»; repudiaba los parlamentos; llegó a ponderar la pena de muerte y a abominar de la abolición de la esclavitud. Creía en el derecho divino de los héroes. Por eso, en sus ideas se justificaron regímenes despóticos como el nazismo y el fascismo.

En cambio, Emerson fue líder del trascendentalismo americano y, más tarde, abolicionista. Creía en la intuición y en la capacidad de la conciencia individual para trascender.

Lord Jim está fundada en la creencia de que el heroísmo es una aspiración legítima de cualquier hombre, es un destino al que todos podemos aspirar.

En una sociedad democrática, virtualmente todos tenemos los mismos derechos y las mismas capacidades para ser héroes de nuestra vida, héroes de nosotros mismos. Todos podemos ser Bill Gates, Steve Jobs, Elon Musk, Jeff Bezos

Por eso hay tanto estrés, por eso pesa tanta presión sobre el mundo. Es como si en la antigüedad, las multitudes quisieran ser Hércules, Aquiles, Ulises, Sansón.Pero la manifestación del heroísmo no tiene que ser épica; basta con que sea cotidiana.

Benjamín Valdiviaescribió una novela que aborda esa manifestación modesta del heroísmo: Veleidades de Numa Fernández al caer la tarde.

El protagonista, un hombre ordinario, quiere ser un héroe a imagen de los héroes antiguos. Pero se da cuenta de que en su nimiedad el heroísmo épico no es posible. Entonces se sale en las tardes a las calles de su ciudad, para acometer insignificantes actos de heroísmo.

En efecto: la actitud heroica no es sólo un acto de sacrificio épico: es el coraje de todos los días, cuando estamos perdidos, cuando no podemos más, cuando estamos a punto de rendirnos o de sufrir una derrota.

Cuando te levantas y vuelves a empezar, una y otra vez si es necesario, pero nunca dejas de intentarlo. Este coraje, este heroísmo —esta tenacidad— es posible cuando sabes que no hay atajos a donde vale la pena ir.

Bibliografía

Bradbury, Ray (1995). Zen en el arte de escribir. (Ed. digital en español; M. Cohen, trad.)

Carlyle, Thomas(1840). De los héroes, el culto de los héroes y lo heroico en la historia. (Ed. en español) España: Océano; Conaculta.

Confucio (400 A.C.) Analectas. (Ed. digital en español; A. Colodron, trad.)

Conrad, Joseph (1900). Lord Jim. (Ed. en español; R. D. Perés, trad.) Barcelona, España: Ediciones Orbis

Emerson, Ralph Waldo (1847). Hombres representativos. (Ed. en español) España: Océano; Conaculta.

Marina, José Antonio (2006). Anatomía del miedo. Un tratado sobre la valentía. (Ed. de 2019) Barcelona, España: Anagrama.

Nitobe, Inazo (1809). Bushido. El código ético del samurái. (Ed. en español de 2017; G. Jiménez de la Espada, trad.) España: Biblok Book Export.

Savater, Fernando (1988). Ética como amor propio. (Ed. de 1991) México: Grijalbo.

Valdivia, Benjamín (1998). Veleidades de Numa Fernández al caer la tarde. (Ed. de 1999) México: Ediciones La Rana