Si antes la boda era una fórmula de cierre para narrar las historias de amor, ahora se perfila como una fórmula de inicio en el que la imposibilidad de la unión de la pareja ofrece una nueva y distinta forma de narrar y amar.

Este año, dos películas que tratan el tema del amor fueron contendientes por el premio de la Academia a mejor película: Historia de un matrimonio (Noah Baumbach) y Mujercitas (Greta Gerwing), lo cual es un indicador de la vigencia del tema, aunque cada película hace una propuesta particular acerca de cómo contar estas historias.

La película de Baumbach propone la desintegración de la pareja como el pretexto narrativo para contar su historia de amor, mientras que el filme de Gerwing hace una crítica a quienes deciden mantener la inamovilidad de los finales convencionales, es decir, la boda y unión de los protagonistas como símbolo de su amor.

Desde películas clásicas en contexto de guerra como Casablanca, Lo que el viento se llevó y El paciente inglés, las de ficción histórica como Shakespeare enamorado o las de adaptación de cuento de hadas donde los protagonistas se casan y “viven felices para siempre” como Mujer bonita y otras muchas, el amor ha estado siempre presente en el cine.

Tal vez la última gran historia de amor ampliamente premiada haya sido Titanic (1997), que encabeza la lista de mayor cantidad de premios Oscar ganados, incluido mejor película, sólo al lado de Ben-Hur (1959) y El señor de los anillos: El retorno del rey (2003).

Los temas de amor, religión y guerra han sido los más premiados en el cine; como radiografía de las predilecciones humanas, esto ya dice bastante

Las películas que en los últimos años han sido nominadas a mejor película por la Academia y que tratan el tema del amor, lo hacen involucrando alguna variable. Ella (2013) muestra el amor hacia una inteligencia artificial y la imposibilidad de la monogamia, Llámame por tu nombre (2017) y Carol (2015) muestran un amor homosexual.

En el 2016, Lalaland mostró la historia de un amor en la cual los protagonistas no terminan juntos, pero en las últimas escenas se muestra cómo esto sí hubiera sido posible si los protagonistas hubieran tomado decisiones diferentes en momentos definitorios. En esta película, el final de la historia de la pareja no fue feliz, pero el final del filme sí, como ocurre también con la francesa Cinco veces dos (2003). La forma de narrar una historia de amor comenzando por su aparente final también se observa en las novelas El pasado (2003) de Alan Pauls y Feliz final (2018) de Isaac Rosa.

Los cuentos tradicionales tienen una estructura estable en donde la última de sus funciones y el cierre del relato suele ser la boda, ejemplo de esto son los cuentos de princesas.

En los cuentos (no en las versiones de Disney), la unión matrimonial de los protagonistas poco o nada tenía que ver con el amor sino con el triunfo del personaje principal y su victoria frente a los obstáculos que tuvo que vencer. En el cine esta estructura fue adoptada por las películas de amor, cuyo principal antecedente fueron dichos cuentos. El ejemplo más evidente de esto quizá sea el cuento de Cenicienta y la película Mujer bonita (1990).

Pero el final feliz no siempre privó en las películas de amor, y los finales trágicos donde éste es sinónimo de sacrificio se convirtieron también en clásicos del cine

Un ejemplo de estos cierres dolorosos ocurre con Casablanca (1942) y su célebre frase: “Siempre nos quedará París”, o bien, con el sacrificio de Jack en favor de Rose en Titanic.

Aun cuando en los últimos años se han mostrado gran variedad de formas para narrar una historia de amor en el cine, Historia de un matrimonio no sólo ofrece una alternativa al cierre convencional, sino que incluso cambia su función dentro de la narración. Si antes la boda era el final de una historia de amor, en esta película la imposibilidad del matrimonio es apenas el comienzo, pues inicia con el proceso de divorcio de los protagonistas.

La misma fórmula de apertura muestra la producción mexicana Cindy la regia (2020), ya que el inicio y desencadenante de la trama es el escape de la protagonista de una propuesta matrimonial.

Tal vez la mayor crítica a los finales convencionales de las historias de amor sea la propuesta por Greta Gerwing en su versión de Mujercitas. Hay una doble crítica: por un lado, el mecanismo mercadológico que implica el final con boda: “las mejores historias son las que venden”, le dice el impresor a Jo cuando condiciona la publicación de su novela a que la protagonista se case al final.

Esta parte de la crítica radica en mostrar cómo quienes deciden el tipo de arte que llega al público lo hacen privilegiando una postura económica y no estética, aunque esto limite los procesos creativos

El otro lado es una crítica lanzada al consumidor de historias de amor, en este caso, un público del siglo veintiuno que aún sigue demandando y disfrutando un final de diccionario y repetidamente probado como el que era exigido en las historias de amor decimonónicas. El gran logro de Gerwing es hacer una crítica de los valores de Mujercitas, actualizarla, pero sin cometerle traición.

Aun cuando se habla de que el principal referente de Historia de un matrimonio es Kramer contra Kramer, en la película de Baumbach se privilegia el vínculo amoroso entre los protagonistas, por lo que es un halo que permanece aun después de su divorcio, de modo que su principal propuesta es desvincular el amor del matrimonio. El amor entre los protagonistas se cifra en que la causa que los orilló a divorciarse se desvanece para lograr que ambos cumplan sus logros personales. Esta es una propuesta similar a la de Lalaland, donde la falta de espacio personal dentro de la pareja genera el rompimiento, pero el mutuo apoyo hace que prevalezca el amor entre los protagonistas, aunque no su unión.

Esto lanza la principal crítica al final clásico de las historias de amor donde a partir de la boda se vive feliz para siempre debido a la unión. En cambio, los nuevos finales son felices porque los protagonistas consiguieron darle suficiente espacio al otro —es decir, amor— para que cumpliera sus logros aun cuando implicara la disolución de la pareja.

Antes el sacrifico amoroso era personal en favor del otro, ahora lo que se sacrifica es la unión de la pareja en favor de continuar un vínculo amoroso, aunque separado, para que los integrantes logren sus metas personales. Esta parece ser una nueva propuesta del amor para un siglo caracterizado por vínculos no convencionales, lo cual más que clausurar las historias de amor, les abre infinidad de senderos narrativos.

  • Fotograma: Lalaland