Dice un amigo que dice Séneca: “A menudo sufrimos más por nuestra imaginación que por la realidad”. Le digo que no recuerdo dónde dice el cordobés eso. Pero supongo me lo señala a tono de exhortación para que salga de mis pensamientos funestos y caiga en cuenta de que, pese a todo, sigo vivo.

Acepto de buena gana su sugerencia y pongo mi atención en el cielo, luego en el piso. Evito, no sin tropiezos, prestarle importancia al teatro de locos que ofrece función gratuita en mi cabezota. Noto que se acerca un pajarito vivaz a la silla donde estoy sentado. Me conmueve su agilidad, su permanente estado de alerta. Vuela. Respiro hondo.

Vuelvo a mis pensamientos y me cuestiono qué tan viable sería practicar, de manera consciente, el estoicismo. Dado que, ante ciertas circunstancias y experiencias, sin darme cuenta del todo, he tenido una actitud estoica. Y, a ojos de terceros, estos gestos me han ganado fama de frío e indolente. “Tú, tan serio y apático como siempre”, repiten algunos de mis conocidos. Me lo tomo como un cumplido, puesto que no encajan con precisión los adjetivos en mi supuesta personalidad.

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Tengo por vecina a una mujer muy loca, y algo renca. Me he contenido una y otra vez de ir a reclamarle, con bufidos y maledicencias, que baje el volumen de su altavoz. Canta con enjundia una letra de moda, de desamor y engaño; y lo hace con todo el histrionismo del que es capaz. Y vaya que está capacitada para el melodrama. Tolero las tres primeras repeticiones que mal entona, luego mis nervios colapsan, mi dentadura cruje y el ojo izquierdo comienza a zapatear compulsivamente. Salgo a caminar.

Mientras aprieto el paso imagino cómo decantar el odio en venganza efectiva. Ya le grito a la vecina, la demando, le pongo un molote de gasa bañada con petróleo en la boca para luego arrojarle una cerilla encendida; me ha pasado por la mente levantarla a las cuatro de la madrugada con canciones de Alvin y las ardillas, por supuesto, a todo volumen (aunque sospecho que esto sería como darle los buenos días con un entusiasmo inmerecido). La cosa no para ahí, luego se recrudecen mis representaciones y me veo en prisión por atosigar a la loca renca, apuñalado por el novio de esta cierva del mal gusto.

A estas alturas, me doy cuenta de que sudo más por el estrés que me ocasiona la película proyectada en mi cráneo que por la caminata. Sufro. Contener la ira, sentir culpa y luego impotencia se tornan un calvario para mis escasas y bobas neuronas

Vuelvo a mi domicilio, mientras abro la puerta la vecina me saluda muy quitada de la pena, y me comenta, como si yo fuera su confidente de años: “Usted es muy serio, se nota que nada le cala, como que me imagino que usted ha de practicar el espoycismo (SIC) que vi en un video de YouTube. La neta lo felicito, a ver qué día yo lo empiezo a practicar, como que suena chido eso de filosofar bien harto con la vida”. Sonríe como un duende en pleno exorcismo antes de desearme que tenga buen día y sigue barriendo. Por mi parte, me alejo de su escoba antes de que la punta de mi oscuro Derby se incruste en sus magulladas y no simétricas nalgas.      

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Cada que recuerdo la sonrisa de mi vecina me duele el estómago y siento agruras. De alguna manara le deseo, a ratos, la suerte de Crisipo de Solos, el estoico que murió en plena carcajada mientras veía a su asno tragar higos y ajumarse con vino. Lo admito, soy malvado y vengativo. En caso de que la vecina me preguntara si tiene madera de estoica, le diría: ni duda cabe, usted tiene algo de Epicteto. La certeza de mi respuesta la fundamento, como dicen los odiosos tesistas, en la cojera padecida por la vecina.

Aunque, cierto, Epicteto es claro en este asunto, en las Διατριβαί [Disertaciones (por Arriano)] dice: Entonces, ¿por qué mezclas cosas que concurren en los mismos hombres por azar? Si Platón era guapo y fuerte, ¿tenía también yo que sentarme a hacer esfuerzos por ser guapo o por ser fuerte, como si esto fuera necesario para la filosofía, porque cierto filósofo era al mismo tiempo guapo y filósofo? ¿No quieres darte cuenta y juzgar de acuerdo con qué criterios los hombres llegan a filósofos y qué cosas existen en ellos por azar? ¡Vamos! Si yo fuera filósofo, ¿tendríais vosotros que ser cojos también? Entonces, ¿qué? ¿Suprimo esas capacidades? ¡Desde luego que no! Ni tampoco la de la vista. Sin embargo, si me preguntas cuál es el bien del hombre, no puedo decirte sino que cierto albedrío. (I 8, 12-16).

Sospecho, francamente, que la cojera en algo influye, así como la esclavitud, en el pensamiento de Epicteto. En la medida que siga elaborando notas en esta libreta quizá tenga alguna pista.

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Hoy, en un revés de la vida, me he lastimado la rodilla derecha. Intentaba acomodar una caja de zapatos en la parte superior de un librero y, quizá porque ya no soy un jovencito, pisé mal al descender de un mueble que hacía de escalera. No sentí el dolor inmediato que sucede a las fracturas, sólo una leve incomodidad que fue subiendo en intensidad mientras me duchaba.

Al salir rumbo al Café, ya iba renqueando. Pensé que era una oportunidad para practicar conscientemente ese estoicismo del que me habló la vecina, del que hablan libros y artículos y que profesaron hombres como Zenón de Citio, Cleantes, Crisipo, Diógenes de Babilonia, Antipatro de Tarso, Panecio, Posidonio, Cicerón, Catón el Joven, Séneca, Epicteto y Marco Aurelio

Y digo práctica consciente del estoicismo porque de alguna manera lo he hecho toda mi vida, pero sin darme cuenta de ello, dado que provengo de una base cultural judeocristiana, la cual tomó prestado o robó mucho al estoicismo. Así que resistiré el dolor de rodilla y me abstendré de lloriquear y enfurecerme por mi diezmada locomoción.

Puede que un día suscriba con cierta holgura lo que escribió Quevedo del estoicismo: «Yo no tengo suficiencia de estoico, mas tengo afición a los estoicos: hame asistido su doctrina por guía en las dudas, por consuelo en los trabajos, por defensa en las persecuciones, que tanta parte han poseído en mi vida. Yo he tenido su doctrina por estudio continuo: no sé si ella ha tenido en mí buen estudiante      

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A paso lento y sin refunfuñar he conseguido llegar a mi habitación. Mientras reposaba me sentí tentado a escribir uno de esos ensayos o artículos donde, como sermón soporífero, se persuade, en las conclusiones, al hipotético lector de que se ejercite en el estoicismo. Me abstendré. Estos trabajos son la misma cantinela a la que estamos acostumbrados desde el aula. Hay en esas redacciones un despliegue de información poco pringosa que nos permite pasar por medio cultos, o medio sabios, en una sobremesa donde se ha agotado el chisme caliente sobre una infidelidad anunciada.

Escribo esto para modificar mi discurso interior, propenso a volcarse en empresas miserables como la redacción, o calca, de datos que ofrece una historia de la filosofía firmada por erudito alemán. Pierre Hadot, en su hermoso libro La Ciudadela interior (Introducción a las Meditaciones de Marco Aurelio), no deja de insistir en que el Emperador filósofo escribía para sí mismo, como una especie de terapéutica de la palabra, para modificar su discurso interior. El pulso de su escritura respondía a los problemas y progresos (ya planteados por Epicteto), de su procesión espiritual.

Por ahora no intento emular al Emperador sabio, pero corroboro que escribir es un alivio, la tentación de borronear el articulillo ha desaparecido.

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Lo que me sigue dando vueltas y tumbos en la cabeza es la cojera de Epicteto

¿Nació padeciendo esa deficiencia?, ¿o fue un accidente, una lesión provocada por un tercero?, ¿el haber sido cojo tuvo que ver con su condición de esclavo? Pese a que él es explícito en que la cojera nada tiene que ver con ser filósofo ¿esa deficiencia influyó en sus discernimientos filosóficos?

Recuerdo que Martín Cerda, en un ensayo titulado El escritor y su cuerpo, plantea, como lo hicieron en su momento Husserl, Sartre, Merleau-Ponty, Ortega y Gasset y Barthes (por mencionar sólo a los filósofos que me vienen a la memoria, no tiene caso referir a antropólogos, etnólogos y sociólogos porque sería el cuento de nunca acabar), cómo es que el escritor no puede evadirse de su cuerpo. Supongo, considerando que Epicteto no redactó las dos obras que condensan su filosofía, que el planteamiento de Cerda puede extenderse a la relación Cuerpo-Reflexión.

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Hay algo cierto, a los cojos no les iba nada bien en la antigüedad. Pese a que se ensalza, con méritos de sobra, la cultura greco-latina, se sabe que la percepción que tenían de los discapacitados no era propiamente favorable. De ordinario se arguye, con tono acusatorio, que las creencias religiosas solaparon, en ambas culturas, la erradicación y maltrato de los considerados deficientes. Y no es mentira, pero si una verdad a medias.

El catedrático Antonio León Aguado Diaz, en su Historia de las deficiencias (Fundación Once, Madrid, 1995) expone, sintéticamente, la presencia de dos actitudes (pasiva y activa) ante las deficiencias en Grecia, Esparta y Roma. 

La actitud pasiva se hace patente en: 1) Infanticidio no sólo de deformes, sino de neonatos con apariencia inusual; bien visto por Platón y Aristóteles. 2) Esparta, eugenesia e infanticidio: exposición del recién nacido ante consejo que si aprecia tara lo despeña por el monte Taigeto. 3) Atenas, infanticidio de débiles y deformes: se les deja a la puerta de un templo por si alguien los adopta. 4) Ley de Rómulo: abandono de hijo inválido si cinco vecinos lo aprueban; incumplimiento, confiscación de la mitad de los bienes. 5) República: infanticidio de deformes. 6) Imperio: infanticidio y mutilaciones de niños y jóvenes para mendigar. 7) S.II d.C.: compra de discapacitados para diversión. 8) Roca Tarpeia y columna Lactaria (La roca Tarpeia, según escribe Tito Livio, cumple funciones similares a las del monte Taigeto, y los niños no deseados eran situados en la base de la columna Lactaria, donde muchos eran mutilados para incrementar su valor como mendigos). 9) Séneca, aversión natural hacia los deficientes. 10) Claudio, ridiculizado por su apariencia física y dificultades de habla. 11) Celso: defiende hipótesis del miedo: castigo con privación de alimentos, cadenas, grilletes. Estas observaciones, cuando hay suerte, son las que se registran para avalar la tesis de que, en la antigüedad, las deficiencias no eran atendidas y, por tanto, solapadas por el poder y la sociedad en general. Pero como mencioné, esto es verdad a medias.

El mismo Antonio León Aguado Diaz menciona la otra cara de la moneda, que no pretende redimir la brutalidad de los tratos a los deficientes, pero si poner en consideración la historiografía de los remedios, paliativos y soluciones a un problema que rebasaba el orden de lo particular entre individuos.

El catedrático llama actitud activa a las siguientes medidas: 1) Primacía del enfoque naturalista de la enfermedad mental. 2) Hipócrates: atribuye enfermedad y deficiencia mentales a causas naturales: ya se habla de enfermedad.  3) Fracturas y articulaciones: banco de extensión para tracciones vertebrales. 4) Templos de Esculapio, casas de salud, con baños, paseos y procesiones. 5) Cicerón, responsabilidad del enfermo mental. 6) Vena filantrópica de gobernantes: Augusto, Vespasiano, Trajano. 7) Asclepíades de Prusa: tratamiento humano a enfermos y deficientes. 8) Aurelio Cornelio Celso, De medicina: imbecillis: astenia general; scamnun, banco de extensión hipocrático. 9) Galeno: rastreo de vías nerviosas y lesiones cerebrales; ejercicios con la pelotita, mecanoterapia. 10) Sorano de Éfeso: hospital de enfermos mentales y probablemente retrasados. 11) Influencias del cristianismo primitivo. Concilios: hospedajes y asilos. San Basilio, ciudad-hospital de Cesárea.

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El anterior pestañazo al problema de las deficiencias en la antigüedad me permite fantasear, puesto que no soy competente en materia de historia antigua ni poseo las bases filológicas para un estudio exhaustivo, cómo es que Epicteto terminó siendo esclavo. A tono de juego, puedo apostar por algunas hipótesis

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Es posible que Epicteto haya nacido cojo y, debido a esa deficiencia, fuera esclavizado. Esta idea es la menos manoseada por los estudiosos del frigio. Un par de académicos españoles, José M. Melero Martínez y Carmelo Blanco Mayor, suscriben en su ensayo: La antropología de Epicteto (Revista de la Facultad de Educación de Albacete, Nº. 9, 1994, págs. 73-82), la afirmación de que Epicteto era hijo de una esclava. Se infiere, por tanto, la razón por la que él haya sido esclavo. Sin embrago, no sé de dónde han sacado este dato, no ofrecen ninguna fuente fiable.  

Si Epicteto nació cojo tenía al menos dos destinos cantados, el de mendigar o el de ser esclavo. No he leído noticias de que el frigio mendigara, aunque prácticamente toda su vida fue pobre, así lo reporta Simplicio en su Comentario al Enchiridion. Incluso, y esto ya es fantasía mía, puede que Epicteto no tuviera padres esclavos, sino que fuera abandonado.

Las razones de dicho abandono: su cojera o fealdad. Así le pasó a Hefesto, el dios griego del fuego y la forja, creador de las armas de Aquiles, a quien su madre, Hera, lo tiró del Olimpo por la fealdad de su cojera, agravando así esta deficiencia. En el arte griego, Hefesto suele ser representado acompañado de un palo al caminar o con los pies al revés.

En la Ilíada, Hefesto aparece aquí y allá, pero en el Canto XVIII (391-420) se detalla lo siguiente: Llamó a Hefesto, el ilustre artesano, y le dijo: / «¡Hefesto, ven aquí! ¡Tetis te necesita para algo!» / Le respondió entonces el muy ilustre cojitranco: / «Temible y venerable es la diosa que honra nuestra casa, / la que me salvó del dolor que me invadió aquella vez que caí / lejos por voluntad de la perra de mi madre, que había decidido / ocultarme porque era cojo. Entonces habría padecido dolores, / de no ser por Eurínome y Tetis, que me acogieron en su regazo, / Eurínome, la hija de Océano, el que refluye a su fuente. / Con ellas pasé nueve años forjando primorosas piezas de bronce: / broches, brazaletes en espiral, sortijas y collares, / en la hueca gruta a cuyo alrededor la corriente de Océano / fluía indescriptible entre borbolleos de espuma. Nadie más / ni de los dioses ni de los mortales hombres estaba enterado; / sólo lo sabían Tetis y Eurínome, las que me habían salvado. / Aquélla es quien ahora llega a nuestra casa; por eso es mi deber / pagar íntegra mi redención a Tetis, la de bellos bucles. / Mas sírvele tú ahora bellos presentes de hospitalidad, / mientras yo dejo los fuelles y todas las herramientas.» / Dijo, y levantó su resoplante mole del cepo del yunque / cojeando, mientras las frágiles pantorrillas iban meneándose. / Apartó del fuego los fuelles, y todas las herramientas / con las que trabajaba las reunió en un argénteo arcón. / Con una esponja se enjugó el contorno del rostro y las manos, / el robusto cuello y el velludo pecho; y se enfundó / una túnica, cogió un grueso bastón y salió a la puerta / cojeando. Marchaban ayudando al soberano unas sirvientas / de oro, semejantes a vivientes doncellas. / En sus mientes hay juicio, voz y capacidad de movimiento, / y hay habilidades que conocen gracias a los inmortales dioses.

(continuará…)

  • Ilustración: Grabado anónimo sobre Epicteto (detalle)