Otro ser abandonado, como Hefesto, fue Edipo.

Layo (rey de Tebas) y Yocasta abandonaron a su hijo, recién nacido, en un monte infranqueable (Κιθαιρώνας). Temía Layo, sobre todo, que la predicción del oráculo se cumpliera, es decir, que él fuera asesinado por su propio hijo y luego desposara a su propia madre, Yocasta. Le perforaron al niño los tobillos con unas fíbulas, de tal manera que lo pudieran colgar de la rama de un árbol. Este niño fue recogido por unos pastores y luego adoptado por Pólibo (rey de Corinto) y su esposa Mérope.

Dada la condición del niño, decidieron nombrarlo Edipo (Οἰδίπους), que en griego significa: pies hinchados.

Sófocles lo cuenta así: “Una vez le llegó a Layo un oráculo — no diré que del propio Febo, sino de sus servidores— que decía que tendría el destino de morir a manos del hijo que naciera de mí y de él. Sin embargo, a él, al menos según el rumor, unos bandoleros extranjeros le mataron en una encrucijada de tres caminos. Por otra parte, no habían pasado tres días desde el nacimiento del niño cuando Layo, después de atarle juntas las articulaciones de los pies, le arrojó, por la acción de otros, a un monte infranqueable”. (Edipo Rey; 712-719)

En el Museo Gregoriano Etrusco Vaticano, con nº de inventario 16541, encontramos en Kýlix de cerámica ática una representación gráfica en figuras rojas (480–470 AC), donde se puede observar a un joven Edipo (quizá de unos 20 años de edad), viajero, reflexionando ante la esfinge. Seguro trata de resolver el enigma sobre su vida y destino. Lo que llama la atención es que Edipo lleva las piernas vendadas, quizá a causa de la lesión provocada por Layo. Según algunos médicos especialistas, en la actualidad, esto puede sugerir que aún tenía las heridas en los pies, manifiestas como úlceras crónicas o posiblemente llegó a padecer flebolinfedema[1].

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Leo las anteriores notas y caigo en cuenta que me engolosiné con datos inútiles para justificar mi fantasía sobre el origen de la cojera, en el nacimiento o en la primera infancia, de Epicteto.

No hay pruebas, o no las conozco, de que haya sido así. Me siento tentado a borrar las notas sobre Hefesto y Edipo, pero no lo haré. De alguna manera, releer a Homero y a Sófocles ha sido estimulante. Tanto me concentré en encontrar lo que buscaba que olvidé mis dolencias en la rodilla.

De hecho, ya puedo caminar bien. Lo que si no ha cesado es el malestar en mis oídos. La loca de la vecina sigue con la música a todo volumen y lanza sus berridos como quien maldice a un bribón

No me queda de otra más que seguir a Ilaria Gaspari, que en su agradable libro: Seis semanas con los filósofos griegos, se da a la tarea de vivir la cuarta semana como una estoica. Pero, a diferencia de ella, no escribiré en la balda de una estantería, con pequeñas letras evanescentes, el lema de Epicteto: «Aνἐχου καί απἐχου» (Soporta y abstente); optaré por rotularlo en la puerta de la vecina, para que cada vez que intente ir a reclamarle, me abstenga de ello.

Dice la misma Gaspari, en la introducción de su libro: “¡Qué desperdicio sería renunciar a ese patrimonio de sabiduría práctica! Por suerte, nadie nos prohíbe inscribirnos en alguna de sus escuelas, las que más nos atraen, en un ejercicio de feliz diletantismo, en un experimento existencial y filosófico desprovisto de pretensiones filológicas y, sin embargo, serio, a su manera, como es serio todo lo que nos empuja a revertir nuestras perspectivas, a barajar las cartas, a darle la vuelta a los puntos de referencia”.

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Casi todo concuerdan en que la cojera de Epicteto fue ocasionada por tortura, o a consecuencia de un malestar; el ocioso lector puede consultar la amplia bibliografía que ofrece el artículo Épictète, [Dictionnaire des philosophes antiques. Tomo III; (d’Eccélos à Juvénal), Publié sous la direction de RICHARD GOULET; Paris, 2000], sobre todo en las páginas 114 y 115. De esa enorme bibliografía ofrecida pude leer algunas referencias donde se expone, a manera de rumores o leyenda, cómo fue que a Epicteto lo aquejó la cojera. Básicamente son dos las líneas de exposición que explican el malestar de nuestro estoico. La menos documentada, y de la que no pude seguir el rastro, mi griego y latín no dan para más, es la que supone a un Epicteto con problemas de reumatismo.

Esta explicación de la cojera de Epicteto está registrada en el Souidas o Léxico de Suidas (del siglo X aproximadamente), una especie de diccionario gramatical y enciclopedia en el sentido moderno, donde además de ofrecer explicaciones sobre la fuente, derivación y significado de las palabras según la filología de su tiempo, se entretiene en la confección de  artículos sobre la historia literaria antigua, en los que proporciona muchos detalles y hasta cierto punto citas de autores cuyas obras se han perdido.

Es en esta enciclopedia bizantina donde se afirma que Epicteto padeció reumatismo, lo cual desembocó en el malestar de la cojera. Sin embargo, hay al menos una alusión en la Disertaciones de Epicteto que contradicen esta información, además de otros testimonios registrados en la literatura inmediatamente posterior a la muerte del estoico cojo. La hipótesis más socorrida y documentada sobre la cojera de Epicteto afirma que esta fue una consecuencia del maltrato o tortura. 

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El sirio Luciano de Samósata consideraba todo lo sobrenatural como una vacuidad, se partía de risa y carcajadas, mediante sus sátiras, de todo aquello que irradiara la religión.

La enciclopedia bizantina arriba mencionada lo califica y juzga como: βλάσφημος ἢ δύσφημος, ἢ ἄθεος εἰπεῖν μᾶλλον (blasfemo o maledicente, o por mejor decir ateo). Luciano, aunque muchos lo dudan, fue amigo de Celso, fustigador y azote de los cristianos.

De Luciano se dice que fue una especie de Voltaire de la antigüedad, y a Celso lo llaman el Nietzsche de los antiguos, dada su enjundia y severidad al criticar la memez de los antiguos cristianos

Es este Celso el que ofrece una explicación, en el siglo II, de la cojera de Epicteto en su obra: El discurso verdadero contra los cristianos. En el libro III de esta obra, que lleva por título: Crítica a los Libros Santos (sólo por morbo pongo las materias desarrolladas en este libro: Diversidad de las sectas cristianas; plagio de los Libros Santos; puerilidad de la cosmogonía mesiánica; refutación de las profecías; oposición de Cristo a Moisés; grosero antropomorfismo del Dios de Israel; imposibilidad de la resurrección de los cuerpos), Celso hace una breve e importante referencia a Epicteto.

Quizá este pequeño fragmento sea el más decisivo para quienes sostienen que la cojera de nuestro estoico fue producto del maltrato.

Trascribo ahora la referencia, citada por doquier como leyenda: “Si tenéis tan gran voluntad de innovación, ¡cuánto mejor os habría sido escoger para deificarlo a alguno de los que murieron valientemente y que son dignos del mito divino! […] ¿Por qué no escogéis entonces a Epicteto? Mientras su señor le retorcía una pierna, le dijo calmoso y sonriente: «Vais a partirla», le decía; y habiéndole partido la pierna efectivamente: «Ya os decía yo que ibais a partirla». ¿Qué dijo vuestro Dios de semejante en medio de su tormento?”.

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La desgraciada de mi vecina hoy ha enloquecido un tanto más, hoy ha pujado en todas las malditas canciones, ha llorado hasta el paroxismo. Qué ganas de enfundarla en una camisa de fuerza y taparle la boca con una manzana verde, como se hace con los cochinillos que van al horno.

Pero me abstengo. Esta vecina, que rebosa juventud, es una migraña. Mientras leía al teólogo, asceta y Padre de la Iglesia griega Orígenes (185 d. C – 154 d. C.) no podía concentrarme, de alguna manera pensé que estaba experimentando una especie de sincronicidad junguiana. Pues todo lo que estaba cerca de Orígenes tenía tufo a desgracia y tragedia.

No por nada se dice de Orígenes que era maestro de mártires, y recordemos que su propio padre también fue mártir. Y creo que yo, si sigo escuchando los alaridos de la vieja loca, voy que vuelo a un altar

Pero leo al eminente exégeta para otros fines menos angélicos. Orígenes, aconsejado por su mecenas Ambrosio, escribió, entre muchísimas otras obras, un erudito y sistemático alegato que puso a Celso como lazo de cochino. Me refiero al Contra Celso (quizá escrito de un solo tirón en el año 248). Orígenes se da a la tarea de refutar, una a una, las injurias y blasfemias que Celso escribió en El discurso verdadero contra los cristianos.

En el libro VII (en § 53 y § 54) del Contra Celso, el teólogo hace referencia a la anécdota de la cojera de Epicteto, respaldando la versión de Celso respecto al origen de la deficiencia del estoico. “También nos manda a Epicteto, admirando su noble dicho; pero no es tan alto lo que Epicteto dijo al romperle el otro la pierna, que pueda compararse con las maravillosas obras y palabras de Jesús, a las que Celso no presta fe. Sin embargo, fueron pronunciadas por virtud divina y hasta ahora convierten no sólo a unos cuantos simples, sino a muchos inteligentes” (VII, § 54. Entre mitología e historia).

Orígenes, del que se cuentan pocas imprecisiones en sus obras, no daría fe de ese hecho si hubiera tenido otra versión de la anécdota. Es licito pensar que le hubiera propinado a Celso otro garrotazo por referir mal ese dato, como lo hace en toda su obra, pero lo sigue, respalda el apotegma de Celso. Para los críticos y especialistas en Epicteto este detalle basta para confirmar que el estoico quedo cojo por tortura de su amo.

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No es tan retorica la pregunta sobre quién demonios era el amo o dueño del esclavo llamado Epicteto. Hasta en las ediciones más chafas y chungas del Enquiridión se dice que su amo era un tal Epafrodito.   

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Directa o indirectamente, en las Disertaciones escritas por Arriano en honor a la memoria de Epicteto, encontramos referencias al carácter de Epafrodito, refractario al significado de su nombre (en griego “ep” quiere decir “para”, y “afrodito” hace alusión a Afrodita, diosa del amor).

Se sabe que Epafrodito fue un liberto (libertus), es decir, un esclavo liberado, probablemente por el emperador Claudio, dado que su nombre oficial era:  Tiberius Claudius Epaphroditus, con la añadidura de Augusti libertus

El historiador Tácito, en sus Anales, nos informa que este personaje sirvió como chismoso a Nerón ante la amenaza de un golpe de estado fraguado por el senador Pisón: “Y así, al rayar el día, Milico marcha a los Jardines Servilianos; y como en la entrada lo detuvieron, empezó a decir que era portador de grandes y terribles noticias. Fue conducido por los porteros a presencia de Epafrodito, liberto de Nerón, y luego por él ante Nerón en persona; entonces le revela el peligro que lo amenazaba, lo temibles que eran los conjurados y todo lo demás que había oído o conjeturado, mostrándole incluso el arma dispuesta para darle muerte y pidiendo que se hiciera comparecer al acusado” (Lib. XV, 55).

Este servicio al Imperio le trajo a Epafrodito honores militares y riqueza. Llegó a desempeñarse como secretario (a libellis) de Nerón y de Domiciano.

Ya desde entonces Epafrodito era amo de Epicteto, al cual probablemente adquirió por compra a la edad de 15 años. Nuestro estoico cojo, en las Disertaciones, lo pinta indirectamente como un tipejo metiche (I, 1, 19-20), propenso al servilismo (I, 19, 19-22 y I, 26, 11), y cruel y avaro (I, 9, 29).

Algunos especialistas de Epicteto no dejan de mencionar que Epafrodito no era del todo cruel, pese a que para el estoico cojo representaba un hombre vulgar e ignorante, pues permitió a su esclavo tomar lecciones con el estoico Musonio Rufo, además de que liberó a Epicteto antes del año 93. Algunos sospechan (como Jordán de Urríes) que quizá Epafrodito tenía en la mira a Epicteto como posible pedagogo, pero esta idea supone que el amo no causó la cojera al esclavo.  

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En su Vida de los doce Césares, Suetonio escribe: [Nerón]… “lloraba y repetía constantemente: «¡Qué artista desaparece conmigo!». Mientras se detenía en esto, un correo trajo una carta a Faonte; Nerón se la arranco de las manos y leyó que el Senado le había declarado enemigo público y que se le buscaba para castigarle según la costumbre de nuestros mayores; preguntó en qué consistía este tipo de castigo, y cuando se enteró de que se desnudaba al condenado, se le metía la cabeza en una horca y se le azotaba con varas hasta la muerte, lleno de terror cogió dos puñales que había traído consigo y, después de haber probado su punta, los guardó de nuevo, alegando que la hora fatal todavía no había llegado. Tan pronto exhortaba a Esporo a comenzar las quejas y los lamentos como pedía que alguien le ayudara con su ejemplo a darse muerte; a veces se reprochaba su cobardía con estas palabras: «Seguir vivo es una vergüenza, una deshonra», «Es indigno de Nerón, es indigno». «Hay que conservar la serenidad en semejantes momentos». «¡Vamos, despiértate!». Ya se acercaban los jinetes que tenían órdenes de arrastrarlo vivo. Cuando se dio cuenta de ello, exclamó temblando: “El galope de caballos de agiles pies golpea mis oídos”, y hundió el hierro en su garganta con la ayuda de Epafrodito, jefe del departamento de peticiones. Aún se hallaba con vida cuando irrumpió en el cuarto un centurión y, fingiendo haber venido en su auxilio, colocó su capote sobre la herida; Nerón le dijo simplemente: «Demasiado tarde» y «Esto es lealtad». Y con estas palabras expiró, quedando sus ojos tan abiertos e inmóviles que provocaban el horror y el espanto de cuantos lo miraban” (VI, 49, 2-4).

Más adelante, cuando Suetonio se concentra en Domiciano, escribe: “Y para convencer al personal de su casa de que no debía atreverse a dar muerte a su patrono ni siquiera con un propósito encomiable, condenó a muerte a Epafrodito, jefe de su departamento de peticiones, porque, según se creía, había ayudado con sus propias manos a Nerón a darse muerte, después de su destitución” (VIII, 14, 4).

Llaman a mi atención dos detalles de las anteriores escenas escritas por Suetonio. El primero tiene que ver con el patetismo y humor involuntario de Nerón y de Domiciano. Creo que un Cantinflas o Tin Tan se inspiraron en estos pasajes para robustecer la comicidad de algunos de sus personajes

Una arqueología de la tontería y el ridículo tendría la obligación de contener un capítulo entero dedicado a Nerón, y claro, también a los otros once Césares. Pero no me quiero extender más en lo aberrante de esos emperadores.

El segundo detalle que llamó mi atención es la aparición de Epafrodito. Las referencias de Suetonio ayudan a dibujar, y corroborar, la imagen cruel y algo despiadada de Epafrodito. No era el resentimiento el que nublaba la vista de Epicteto, los hechos hablan por sí solos. El amo de nuestro estoico cojo era, en definitiva, un hijoputa bien calado, pero nada tonto. Qué si él lisió a Epicteto es cosa que aún a mí no me queda clara, pero dadas sus actuaciones todo apunta a una respuesta afirmativa.       

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Creo que a estas alturas no faltará quién, con machete en mano o dedos en su smartphone, ya quiera lincharme por detenerme en la deficiencia de Epicteto, por llamarlo cojo.

En fin, emularé el espíritu estoico y dejaré que esos adalides de los eufemismos sacien su sed de justicia mientras yo sigo en lo mío; es un hecho que no puedo ni tengo gana de cambiarlos. Para mí, hasta cierto punto, es relevante la cojera de Epicteto, sospecho que esa privación del andar influyó en más de alguna de sus reflexiones. Su caminar traqueteado supone una lentitud, una serenidad que hoy en día sólo toman en consideración, porque suena bonito y chic, los epígonos de youtubers espirituales, los emprendeduristas que se quieren alinear con la armonía del universo y todos aquellos que indirectamente se adscriben a las teologías de la abundancia.

Por supuesto, lo que dejó Epicteto, por manos de su discípulo y taquimecanógrafo Flavio Arriano, da para más, da para todo aquel que busque ser menos infeliz y desgraciado.         

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Veo con placer cómo la vecina va sacando los escasos muebles de su domicilio. No se irá lejos, creo que se mudará a uno de los departamentitos del fondo. Sin embargo, es un alivio saber que ya no me golpeará los tímpanos su asquerosa música.

Mientras ella renquea yo suspiro. Sé que su cojera es pasajera, no su salvajismo. Puedo jugar al caritativo y asistirla en el cambio, pero pienso que quizá no sea buena idea. No sea que me pase lo que a Epafrodito con Nerón.

Mientras llega un nuevo vecino, que aquí es cosa de todas las semanas, disfrutaré del silencio externo. Del ruido de mi cabeza, de las estruendosas representaciones que imagino, sólo el suicidio me podría salvar. Pero por ahora no me siento tentado a libremente darme el estate quieto definitivo.


[1] En: Estudio EDIPO: Heridas en las Extremidades Inferiores ¿Cómo se aborda su manejo? Jordi Guinot Bachero, Evelin Balaguer López, Adrián García Montero y Pablo García Molina. https://gneaupp.b-cdn.net/wp-content/uploads/2020/05/Edipo-libro-1.pdf

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