El martes 22 de enero de 2019 Jorge Ibargüengoitia cumplió 90 años; recordar su fecha de nacimiento, como lo hago constantemente, es recordar las circunstancias de su muerte. Hace 35 años falleció en un avionazo. Era 1983.

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Su obra en gran parte tiene poco de trágica, a diferencia del último capítulo de su vida, que deberíamos llamar más bien epílogo. Y creo que, si algo ha hecho que se le continúe leyendo con inusitado interés, sobra decir que se debe a su humor involuntario.

Aunque siempre rechazó ser un escritor humorista; siempre pensó que, si alguien soltaba la gran carcajada, era responsabilidad suya, no de él. Pero, aún contra su voluntad, se le leyó y se le sigue leyendo así. Pienso por esto mismo que si él aún viviera, como Mario Vargas Llosa, sería lo opuesto al autor de La fiesta del Chivo. Estaría muy lejos del pedestal de las vacas sagradas de la literatura.

Imaginemos que un pesado Ibargüengoitia sube al estrado en el marco del Foro Internacional Desafíos a la Libertad en el siglo XXI en la Universidad de Guadalajara. Su boca junto al micrófono. Luce un overol limpio, aunque ajado por los años, y unas sandalias de goma plana. Separa los labios, y antes de decir cualquier cosa, el auditorio ríe. Él permanece serio. Abre los ojos, de por sí ya grandes, en señal de escepticismo; se le ven desmesurados. Voltea a un lado y a otro y, finalmente, se baja del estrado. La horda de aplausos cierra una intervención triunfal. Al instante, Google se llena de fotos, notas, crónicas y reportajes.

Pero Jorge Ibargüengoitia no es una vaca sagrada de la literatura

Lamento decir que hoy tampoco sería tomado en serio, quizá aún menos que antaño. Él se lo tomaría con el suficiente coraje como para ofrecerle a Joy Laville (que falleció en abril del año pasado), un par de margaritas, porque la noche es fresca y cantan los grillos a lo lejos. Y entonces sí, entre dientes, se reiría. ¿Y de qué lo haría? Sí, lo haría de la pomposidad, de la solemnidad y de la crema de la intelectualidad mexicana.

He aquí, pues, una de las grandes verdades de la vida: el humor. Esto no significa ir por la vida pegando de carcajadas, sino detenerse un poco a contemplar el material mismo del que el humor está hecho; sobre todo cuando rasga un poco, con su brillo propio, la agrietada máscara de la solemnidad.

El humor es cosa seria. De eso se encargó Jorge Ibargüengoitia al escribir sus novelas; no de hacernos reír, sino de hacernos mirar el filo gracioso del mundo. ¿Y qué es esto? Pues lo que don Juan explicó una tarde a Carlos Castaneda: “Para reír necesitamos mirar con los ojos […] porque sólo cuando miramos las cosas po­demos captar el filo gracioso del mundo”. ¿Esto querrá decir que las cosas son graciosas por sí mismas? ¿O querrá decir que debemos captar precisamente esa gracia?, mirar con los ojos y captar con la conciencia ese sutil y delgado filamento.

El humorista, entonces, no es sólo un creador de chistes o un generador de risas, sino un visionario. Es una persona que aprende a mirar las cosas de cierto modo y las “descubre” en su realidad intrínseca; esto le permite transmitir después su “darse cuenta”. El humorista es un transmisor de lo que en sí mismo es gracioso. Su tarea es mostrarlo al mundo. Su tarea es darse cuenta. Y en esto gana o pierde según la fidelidad de transmisión que posea, o según su talento, como si fuera una antena parabólica que capta las ondas desopilantes del aire.

En este sentido es como leo a Jorge Ibargüengoitia. Como un transmisor privilegiado del filo gracioso del mundo

Él escribe con los ojos. Éstos son los órganos principales de su escritura. Los ojos de Jorge Ibargüengoitia le permiten ver lo que es absurdo o irónico o burdo o tragicómico. No juzga, expone. No inventa, muestra. Por eso siempre rehusó ser un escritor humorista, porque su tarea no era la de hacernos reír, sino la de mostrar lo que, a veces, no nos deja otra opción.

Adolfo Castañón dijo sobre la obra de Ibargüengoitia: “Sus novelas nos recuerdan a aquellos hombres que cierran los ojos no tanto para verse mejor a sí mismos sino para mirar bien lo que tienen en frente”. Políticos corruptos, funcionarios públicos pagados de sí mismos, esposos torpemente infieles, crímenes ridículos, mentiras mitificadas, acartonamiento discursivo. La mirada de Ibargüengoitia revela lo que la solemnidad oculta con sus dientes amarillos.

Por eso su obra le sobrevive y estoy seguro de que se le lee más que a las vacas sagradas de la literatura, o al menos con más goce y menos tensión, cosa que muy pocos están dispuestos a admitir, como si el humor fuese una cosa menor o de bajo perfil. Quizá es verdad que sus novelas sean fáciles de leer, pero dudo, como afirma asimismo Castañón, que sean fáciles de olvidar.  Al menos a mí nunca me ha sucedido.

 

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Me gustaría hablar un poco de su tercera novela: Estas ruinas que ves, publicada en 1975. Merecedora del Premio Internacional de Novela México y llevada a la pantalla grande en 1978 por Julián Pastor, narra las aventuras de un profesor de literatura: Francisco Aldebarán, quien regresa a Cuévano, su tierra natal, trasunto de Guanajuato, para impartir clases en su espléndida universidad. Francisco Aldebarán juega a parecerse al propio Jorge Ibargüengoitia. Ambos comparten apellidos atípicos, escriben artículos periodísticos, redactan novelas sobre asesinas de mujeres (las Baladro en la novela, las Poquianchis en la realidad) y regresan a la provincia desde la capital del país.

Las aventuras del profesor Aldebarán retratan las costumbres cuevanenses, que uno suele confundir con las que suceden, quizá, en Guanajuato

Por ello, para continuar gozando mi propia confusión, me mudé a Guanajuato en 2010. Allí viví 3 años. Y ahí entendí que, si Ibargüengoitia acude a la ficción para hablar de una realidad oculta en la solemnidad y en la épica, se debe a que busca descifrar el material genético de su tierra natal, mirar el filo gracioso de Cuévano, lo que es muy, muy diferente a ser humorista.

Para quien ha vivido en estas tierras, sería fácil darse cuenta de cosas aparentemente normales dentro de las costumbres propias de la ciudad, pero que revelan el filo gracioso de la vida; por ejemplo, los funcionarios públicos aparecen arañados de la cara por asuntos de alcoba; los procuradores de justicia lucen chamarras de cuero nocturno en motocicletas ostentosas (como Bruce Wayne de día y Batman de noche); Protección Civil revisa las casas de los estudiantes y de los ciudadanos de la tercera edad después de que el niño se ahogó en el pozo; un pederasta amañado con delincuentes vende cerveza clandestina mientras Fiscalización se preocupa por decomisar las máscaras de un artesano indígena de Guerrero; el Alcalde no quiere que los pobres visiten Guanajuato Patrimonio de la Humanidad, etcétera. Por supuesto, con todo esto sólo me refiero a Cuévano, la capital del estado, perdón, Guanajuato, Guanajuato, capital del estado.

Pero el humor de Ibargüengoitia es crítico, no escribe una novela para burlarse de su tierra natal, sino para tematizar una idea que le ronda en la cabeza: Cuévano es involuntariamente graciosa y merece, por lo tanto, ser mirada bajo la piel. Levantarle la falda, sacudirle un poco el bigote canoso que aparenta madurez o sabiduría y que no es más que caspa.

Cuando se publicó ‘Estas ruinas que ves’ muchos célebres guanajuatenses se leyeron incómodamente a sí mismos; se vieron retratados y ofendidos

Yo conocí a uno de esos personajes ilustres en mis días de reportero policíaco; en mi morral de cuero, por si se presentaba la ocasión, cargaba yo su libro Una mala mirada, publicado en 1979. Sabía del relato dedicado a Ibargüengoitia, donde se habla de un escritor carente de ideas; el personaje del relato, frustrado por sus propias incapacidades creativas, hurga en los chismes de pueblo para darse una idea más o menos cabal de qué escribir. Obviamente se trata de una alusión directa a Ibargüengoitia. Un relato en respuesta a Estas ruinas que ves y en venganza a una misteriosa razón personal. Baste este caso para entender por qué durante mucho tiempo al autor de La ley de Herodes (1967) se le consideró persona non grata.

Hoy, cuando menos, existe en la capital una escuela con su nombre. ¿Quién no tendría el orgullo de estudiar ahí? También se organizan coloquios en su honor, diputados locales editan y publican libros sobre su obra, directores de Casas de la Cultura bautizan caprichosamente salones, se hacen tesis favorables, se realizan charlas, se exhiben galerías fotográficas y en fin, el rostro del viejo escritor desempolva un poco la ambición seria y circunspecto de una ciudad que, por momentos, se antoja indescifrable. A veces maravillosa; a veces, peligrosa. Y no sabemos si vale la pena llorar después de disfrutar tanto.

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Pero Ibargüengoitia no fue solo non grato en su tierra natal. En la Ciudad de México también despertó malestares. Por ejemplo, alguna vez se le ocurrió criticar una obra de Alfonso Reyes. De inmediato fue duramente replicado por un Carlos Monsiváis de 26 años; esto ocasionó que renunciara no sólo a la Revista de la Universidad de México que dirigía Jaime García Terrés, sino al teatro mismo; y de este agravio nació su inclinación por la novela. Tres de ellas han sido llevadas a la pantalla grande, pero no mentiré si digo que Estas ruinas que ves es la que más me gusta.

Desde que comencé mi tesis de licenciatura en 2008, y me fui a encerrar después a una casa habitada por burlones espíritus mezclados con lluvia vespertina, en Euán, Yucatán, cada vez, —creo— la disfruto y comprendo más. Digamos, pues, algo más sobre ella.

Paco Aldebarán sustituye a un profesor de literatura que cae muerto en la cena de navidad; pronto, ya en Cuévano, conoce a sus colegas. Todos son bastante pintorescos.  Con ellos asiste a cenas en casas de personajes distinguidos, charlas de café, fiestas particulares y borracheras pornográficas. Pero una mujer lo cautiva desde el primer momento: su alumna Gloria Revirado, hija de una de las familias más influyentes y distinguidas de Cuévano.

Gloria es joven pero aparentemente sufre un problema del corazón. Su vida corre peligro. Está mortalmente enferma. El suceso que la hará morir es el amor. Sí, Gloria morirá en cuanto tenga su primer orgasmo

Un enamorado Paquito Aldebarán tiene que luchar consigo mismo para evitar seducir a Gloria, quien, por otra parte, propicia el juego erótico. Paquito debe domar sus impulsos sexuales y resistir a la tentación de abalanzarse sobre Gloria; ella goza con el dilema existencial del cuarentón. ¿40 y 20? Sí, y no parece ser problema. He aquí el juego moral (o inmoral, según se vea). Porque Gloria está comprometida con Raimundo Rocafuerte. Porque van a casarse dentro de poco. Pero coquetea con el profesor de literatura. Él imagina una y otra vez el siguiente dilema irónico: Gloria Revirado morirá de amor.

Éste es prácticamente el conflicto que lleva al profesor Aldebarán a descubrir la verdad… aunque demasiado tarde.

Estas ruinas que ves es novela de iniciación a la literatura. Me parece improbable que no produzca goce al lector (que nada tiene que ver con decir que Ibargüengoitia es un escritor chistoso). Estas ruinas que ves es también novela de costumbres, en el sentido más llano de la palabra. Vemos desfilar una serie de personajes que se parecen bastante a personas que conocemos en nuestra vida diaria. Tal vez alguno se parezca incluso a nosotros. Tal vez algunas de las prácticas de sus personajes se parezcan a ciertas prácticas de nuestros semejantes. Somos humanos, y la novela de Ibargüengoitia nos muestra de qué está hecha nuestra humanidad, es decir, de qué está hecho el humor.

Todo es válido en la novela. Francisco Aldebarán descubre la verdad acerca de Gloria y Gloria, encarnación de la femme fatal de pueblo, disfruta de las confusiones. Estas ruinas que ves es igualmente novela erótica. Se habla de infidelidad, de días de juerga, de relativización de la moral. Pero no es para tomarse en serio, ni tampoco para tomarse a broma.

Vivimos en una sociedad de palabras para afuera, pero de actos para adentro. En ese lugar viven los personajes de Cuévano y habita también el lector, acompañado de la mirada simpática, lúdica, cómica o trágica de un profesor de literatura, no un cazador de ballenas, o un hombre que busca a su padre en Comala, o un gaucho que regresa al sur, o un campesino que inicia la Revolución o, peor aún, un detective salvaje, sino un profesor de literatura que, ¿qué otra cosa puede hacer si no confundir la realidad con la ficción?, ese filo gracioso del mundo que debemos, como dijo el viejo don Juan, aprender a mirar con los ojos.

  • Foto: Especial